Hôtel Métropole 27
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—Su llave, monsieur Maier.

Al depositarla sobre el mostrador, el conserje, con quien ya había tratado otras veces, me dedicó la mirada satisfecha de quien se sabe haciendo un buen servicio.

—Una joven acaba de preguntar por usted —me informó—. Ha dicho que estaría un rato en el salón de lectura.

Supongo que puse cara de sorpresa.

—¿Una joven?

Los impenetrables labios se estiraron en una apenas perceptible sonrisa.

—Y muy atractiva, si me permite decirlo.

Introduje índice y pulgar en el bolsillo del chaleco, donde procuraba llevar siempre unas monedas, y deslicé la mano sobre el mostrador con discreción.

—Gracias, Remy.

Joven. Atractiva. Me dirigí al salón. Solo se me ocurrían dos posibilidades, y a una de ellas acababa de dejarla atrás en la Villa alta. La otra difícilmente se dejaría ver por el Métropole, a menos que…

—¡¿Charlotte?!

—Hola, Matthias. —El objeto de mis mejores sueños dedicó una mirada arrobada a las suntuosas paredes—. No he resistido la tentación de sentarme un rato en este salón tan distinguido.

Apenas dos o tres huéspedes tomaban un aperitivo o leían la prensa, arrellanados en sus sillones con aire ausente.

Charlotte removía una taza de café con la misma mano que sujetaba un cigarrillo entre el índice y el corazón.

La otra reposaba indolente en el bolsillo de su chaqueta de tweed.

Dejé abrigo y sombrero a un lado y me senté en una butaca vecina a la suya.

—Pensaba que no querías venir aquí —repliqué, todavía sorprendido—, por si alguno de los profesores te reconocía.

Un gesto despreocupado dejó tras su mano una estela de humo aromático.

—Supongo que a esta hora no hay riesgo. Están todos en la Universidad, n’est-ce pas?

—Si vienes a por otro informe, te advierto que…

—Tranquilo —me atajó—. El de ayer era muy detallado. No espero que hayas tenido tiempo para reunir más material.

Asentí con la cabeza. Sí lo había hecho, en realidad, pero prefería reservar la información para el siguiente informe. Por un instante consideré la posibilidad más optimista: que ella, simplemente, deseara disfrutar de mi compañía.

—Entonces… ¿es que te apetecía verme? —aventuré.

—Digamos que me apetecía seguir charlando contigo. La de anoche fue una velada interesante.

Interesante. Recordé la despedida en su automóvil, frente a la puerta del Métropole.

Envalentonado por cómo nos habíamos besado ante las indisimuladas miradas de sus amigos, me atreví a pedirle un último beso.

Ella se resistió, como si yo fuera un niño caprichoso.

Mañana tienes que trabajar; no me lo perdonaría si te quitase el sueño, dijo con poco convencimiento.

Yo, con su sabor aún en la boca, insistí.

Acabó consintiendo, y yo, ebrio de felicidad, dormí como un bendito.

—¿Interesante, dices? —Torcí el gesto, queriendo parecer decepcionado—. Para mí fue más que eso: fue muy agradable; sobre todo al final.

Sonrió halagada.

—También he venido a pedirte una cosa.

Justo en ese instante se acercó un camarero. Más que café, me apetecía una cerveza. La pedí, me puse cómodo y dirigí a Charlotte una mirada mitad curiosidad, mitad reproche.

—Ya decía yo.

Ella levantó los ojos al techo.

—Oh, vamos —protestó—. Se trata de algo sencillo. Y sí, ya que lo has dicho, para mí también fue agradable.

Suspiré. De nuevo se divertía conmigo, como la tarde anterior. Volvía a manipularme, y yo, ¿qué podía hacer si estaba, en cierto modo, a su servicio?

—¿Y bien? —pregunté resignado.

Sacudió la ceniza con el pulgar. Dio una calada profunda, los ojos gatunamente entornados. Exhaló el humo con parsimonia, como si le costase hablar. Intuí que la cosa no era tan sencilla como pretendía.

—He recibido un cable de Berlín —dijo al fin, adoptando un tono confidencial—. Se interesan por otro físico, otro alemán. Quieren que informes sobre él.

Arqueé una ceja.

—¿Otro alemán? —Repasé en silencio la lista de asistentes al Consejo—. Pero Charlotte, no hay…

—Se trata de Jürgen Attel, el ayudante de Bothe.

Me rasqué la barba mientras el camarero depositaba mi cerveza en la mesita baja. Luego me revolví incómodo.

—Mira, Charlotte, no sé qué interés puede tener la NG en Attel, pero no es el mío. Yo… no me hallo a gusto con esto.

—Pero Matt, si estamos muy satisfechos contigo. ¡Estás haciendo un trabajo impecable!

—Pues yo me siento mal. Además, Attel no figura en el trato que hice con Gelb. Ni siquiera es un científico de primer nivel, vital para el Reich.

—Cierto, pero la situación en Heidelberg es complicada.

Tú lo sabes bien, porque la has descrito en tu informe sobre Bothe.

Han quedado buenas plazas vacantes y Attel ha sido recomendado por Philipp Lenard aun antes de haber conseguido la venia legendi.

Hay quien teme que sea cuestión de afinidad ideológica más que de méritos propios, cosa que la NG quiere evitar.

—Pero casos así habrá a docenas en todo el país —protesté—. Cientos. ¿Por qué he de ocuparme yo de uno de ellos?

Ella aplastó el cigarrillo mediado contra el cenicero. Si durante una fracción de segundo —por primera vez desde que la conocía— me pareció nerviosa, enseguida se recompuso para dedicarme una mirada severa.

—Porque necesitamos todos los recursos a nuestro alcance para evitar que la Ciencia alemana se convierta en un desastre —dijo con amargura—. Attel y tú estáis aquí y ahora. ¿Qué hay de malo en que converses con él?

Apoyé los codos en las rodillas. Hundí la cabeza en las manos. Negué con vehemencia.

—No se trata de eso. Es que no está bien por mi parte. Heisenberg, Debye, Meitner… ¡Son mis colegas, por Dios! ¿Y ahora Attel? ¡Si ni siquiera es profesor!

Charlotte apoyó la palma de la mano en mi hombro.

—Comprendo que estés confuso, pero míralo de este modo: no se te piden juicios de valor; solo datos. Información con la que otros decidirán en consecuencia.

—Pues por eso. ¿Y si les perjudica? Espiarlos me hace sentirme innoble.

Charlotte me sostuvo la mirada.

—No seas melodramático. —De repente su voz sonaba enfadada—.

La NG es una institución respetable. No somos la Gestapo; no metemos a nadie en la cárcel, solo damos ayudas para investigación.

Además, piensa en todo lo que podemos hacer por ti —añadió, suavizando el tono—.

Y no hablo ya de conseguirte una plaza donde quieras.

Tú no eres nazi, Matt. Cuando seas profesor te verás sometido a una gran presión para acatar las directrices del régimen.

Recibirás ataques incluso de tus propios colegas, ya has visto cómo funciona.

Y si te obstinas en mantenerte al margen, tal como parece que harás, entonces desearás contar con nuestro apoyo.

Todavía no había probado mi cerveza. Bebí un sorbo para darme tiempo.

Sabía que Charlotte tenía razón. De hecho, todo eso ya me había quitado el sueño más de una vez.

Por otro lado, había llegado al hotel pensando en Attel.

Quería disculparme por mi descortesía del día anterior; invitarlo a tomar algo, quizá.

Charlar con él iba de suyo y nada de lo que hablásemos, seguramente, lo comprometería.

Sin embargo, antes de claudicar ante Charlotte me vino a la cabeza la imagen de Klara.

—¿Puedes prometerme que Jürgen Attel será el último? —pregunté.

—Puedo.

Por algún motivo, la seguridad con que respondió hizo que un escalofrío me recorriese el espinazo.

—Está bien —dije con un postrer suspiro—. Haré lo que esté en mi mano.

Continuamos hablando durante un rato de forma distendida. Conseguido su objetivo, Charlotte me premiaba, además de con su voz sensual y el parpadeo de sus ojos de jade, con el placer de su conversación mundana, que no frívola.

—… y a Albert Einstein, por supuesto —decía, concluyendo un repaso de los físicos relevantes que había conocido desde que trabajaba para la NG—. ¿Qué opinión te merece, por cierto?

La pregunta me sorprendió. Einstein, con su abierta oposición al régimen y su definitiva marcha a América, estaba en el foco de las iras nazis; opinar sobre él, según qué opinase uno y ante quién lo hiciera, podía tener consecuencias. Me pregunté si, de alguna forma, Charlotte me examinaba.

—¿Por qué quieres saberlo? —inquirí.

Ella, las piernas cruzadas con elegancia, las rodillas pudorosamente cubiertas por la falda de su traje de chaqueta, se mostraba modosa en comparación con su actitud provocativa de la noche anterior.

—Mera curiosidad —respondió, encogiendo los hombros.

—Ya. ¿Y te interesa mi opinión sobre la persona o sobre el científico?

—Sobre el científico, desde luego. De la persona ya tengo una idea bien formada.

Asentí con la cabeza. Hablar del Einstein científico resultaba más objetivo; y de ese, yo tenía una opinión bien formada.

—En eso Einstein es único. Solo sus trabajos sobre mecánica estadística y teoría cuántica bastarían para consagrarlo en el Olimpo de la física; pero su descubrimiento de la relatividad lo convierte en un grande, al nivel de Newton o Maxwell.

—¿Maxwell?

—James Maxwell fue un físico escocés que, a mediados del siglo pasado, formuló la teoría de la radiación electromagnética. Y Einstein…

—Espera. ¿Por qué es tan importante Maxwell?

Me gustó el interés de Charlotte: demostraba que no conversaba para tenerme entretenido. Adopté la expresión didáctica con que preparaba mi habilitación.

—Porque la mecánica de Newton —respondí—, la termodinámica de Joule y el electromagnetismo de Maxwell eran los tres pilares básicos de la física a finales del siglo pasado.

Sus fundamentos parecían definitivos e inmutables, hasta el punto de que los universitarios brillantes optaban por la química o la fisiología, pues en física parecía quedar poco por descubrir.

Había anomalías que no podían explicarse, desde luego, pero se suponía que su comprensión sería cuestión de tiempo, a partir de las bases teóricas ya establecidas.

—Ah. Y entonces llegó Max Planck.

Elevé una ceja. Eso no me lo esperaba.

—¡No me mires así! —Charlotte puso los ojos en blanco—. Que tenga una licenciatura en economía no quiere decir que no lea sobre otros temas.

—Disculpa, no quería… —Carraspeé—. Bueno, pues sí; esa concepción clásica de la física duró, en efecto, hasta que Planck se atrevió a proponer la hipótesis cuántica en 1900.

No se trataba de una teoría propiamente dicha, sino de una especie de atajo provisional que soslayaba las deficiencias de la teoría de Maxwell para describir una de esas anomalías, la radiación del cuerpo negro.

Lo que no podía imaginar Planck era que su hipótesis abriría la puerta a una revolución sin precedentes: durante los años siguientes, la física clásica se vería desbordada por la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica y la física de partículas.

—La física moderna, en resumen.

—Exacto. Y esa física moderna ha traído consigo un cambio de paradigma en la ciencia. Así que ya lo ves: Einstein ha revolucionado no solo la física, sino también la concepción filosófica del mundo.

—También tu profesor Heisenberg lo ha hecho, entonces —puntualizó Charlotte.

—Cierto. Pero el de Einstein fue el trabajo de un solo hombre[41]. Y eso, querida, tiene un mérito incalculable. Y ahora —añadí, con la autoridad de quien da por concluida una clase—, ¿quieres que almorcemos juntos?

—¿No tienes que trabajar?

—He quedado luego con Heisenberg; y he de entrevistarme con Attel, ya sabes. Pero para el almuerzo estoy disponible.

Charlotte frunció las comisuras de los labios como si lo sintiese de veras.

—Yo no, por desgracia —dijo—. Mi madre me espera en su atelier. Quiere que comamos juntas y utilizarme luego, supongo, como percha para alguna nueva creación.

—No puedo imaginar percha mejor.

Hacía tiempo, desde la noche anterior, por lo menos, que no oía una de sus carcajadas de contralto. Solo eso ya me compensaba el encuentro. Pero ella hizo ademán de levantarse.

—Espera. —La retuve por el codo. Todavía me quedaban media cerveza y un par de cuestiones a tratar—. ¿No quieres llevarte el esmoquin? No tardo ni un minuto en bajártelo. Los pantalones están un poco arrugados, pero…

—Quédatelo de momento. Mis amigas quedaron encantadas contigo, y muy intrigadas. Quién sabe, tal vez vuelva a necesitar de tus servicios esta semana. —Sonrió traviesa—. De esos servicios.

—Será un placer —asentí.

La otra cuestión era más delicada, pero también más importante. Logré armarme de valor, tras haberla venido posponiendo todo el rato.

—Oye, Charlotte…

—¿Sí?

—El beso, anoche, en tu automóvil…

—Fue delicioso, Matt —me interrumpió—; y también un error. Debes olvidarlo. —Abatió la mirada, como si se avergonzase—. Yo… no te convengo.

Pero avergonzada, ¿de qué?

—¡Charlotte! ¿Cómo puedes decir eso? —protesté.

—Es… Uh. Complicado.

Esta vez sí se puso en pie. La imité. Me incliné para recoger mis cosas, pero ella me detuvo.

—No hace falta que me acompañes. Termina tu cerveza con tranquilidad.

Se despidió rozando mi mejilla con los labios.

Me dejó con la cerveza a medias y una gran desazón.

Solo me faltaba ruborizarme hasta las cejas cuando me percaté de que Klara Hofmann, en su camino hacia el ascensor, se había quedado plantada en el vestíbulo, la perplejidad pintada en su rostro al observar el gesto cariñoso de la glamurosa Charlotte.