26
—Yo conocí anoche a los Schrödinger, antes de la cena —comentó Klara cuando mencioné mi encuentro con el austriaco—.
Me los presentó Irène Joliot-Curie, con quien coincidieron la semana pasada en París en una reunión de la Sociedad Francesa de Físico-Química.
Anny, la mujer, es muy simpática. E intrépida: imaginaos que, sin haber conducido nunca, se empeñó en que comprasen un BMW descapotable con el que ir de vacaciones al Tirol italiano.
Dice que contrató a un chófer en Berlín para que le enseñase a conducir en el trayecto hasta la frontera suiza.
Salvo autorizadas excepciones, solo los invitados del Comité científico podían asistir a las sesiones del Consejo.
Una vez que los profesores hubieron entrado en la sala, algunos acompañantes permanecimos en el pasillo departiendo y tomando café.
Luego, como quiera que los demás se fueron dispersando, Klara, Attel y yo salimos a tomar el aire.
—Después de recorrerse los Alpes al volante —proseguía Klara—, Anny ha conducido todo el camino hasta aquí, atravesando Italia y Francia.
Dice que a su marido no le interesa conducir y que es mejor así, porque es capaz de quedarse en trance pensando en sus ecuaciones; y claro —dejó escapar una refrescante carcajada—, en esas carreteras de montaña…
La imagen de Charlotte al volante del Mercedes Sportwagen, bordeando infernales quebradas mientras yo, a su lado, permanecía concentrado en adorar su perfil, me hizo inspirar hondo.
—Pues yo tengo entendido que el profesor es aficionado a las faldas —intervino Attel—. Se le conocen varias relaciones consentidas por tu admirada frau Schrödinger, quizá porque ella también tiene sus cosillas.
—Algo de eso se dice en Berlín —admitió Klara, arrugando su bien perfilado entrecejo—. Pero tú ¿cómo lo sabes?
Sentí una leve decepción por el tuteo con que ambos se trataban. Si para tal bastaba una cena con los demás ayudantes, los méritos de una cita privada me parecían devaluados.
Attel —Jürgen en adelante, pese a mi reticencia— hizo un gesto de suficiencia.
—Bah. El otro día, en el cabaré, se habló de muchas cosas, pocas de ellas relacionadas con la física.
—Bajó el tono, a pesar de que estábamos solos—.
Cosas como que Schrödinger le ha conseguido un puesto en Oxford a Arthur March, un profesor de Física en Innsbruck, viejo conocido suyo, porque anda interesado en su esposa.
El comentario me hizo poner los ojos en blanco.
—¿En serio? —protesté—. ¿Eso es todo lo que os interesa del padre de la mecánica ondulatoria?, ¿sus líos de faldas?
—Reconoce que resultan sustanciosos. —Klara se encogió de hombros—. Schrödinger no es, precisamente, un galán de cine.
—Lo que no comprendo es que haya renunciado a su cátedra en Berlín —dijo Jürgen—. Al fin y al cabo, la Ley de Restauración no le afecta.
—¿No lo comprendes? —Klara enarcó una ceja de delicioso perfil—.
Pues yo sí: Schrödinger tiene fama de independiente en su trabajo.
No soporta influencias ni injerencias; ni siquiera le gusta trabajar con colaboradores.
Es fácil imaginar que la obsesión de los nazis por controlarlo todo le resulte insoportable.
Dicen que el Día del Boicot se encaró a los camisas pardas delante de unos grandes almacenes judíos, y que solo la intervención de uno de ellos, un asistente de Von Laue que lo reconoció, lo salvó de un linchamiento.
—¿Laue tiene un asistente nazi? —me sorprendí—. No debe de resultarle fácil.
Jürgen apretó los labios. Comprendí que no quería polemizar.
Consciente de que mi animadversión anterior hacia él resultaba injustificada, deseaba compensar de algún modo la escasa cortesía que le había mostrado cuando llamó a mi puerta.
Traté de desviar la conversación para que no se sintiera incómodo.
—Así que la cena de anoche estuvo bien —dije.
—Resultó divertida, ¿verdad, Jürgen? —Klara le dedicó una sonrisa indulgente—. Los muchachos no hicieron demasiado el gamberro. ¿Y la tuya?
Me recordé durmiéndome con una sonrisa embobada, la que me producía comparar —dulce uno, picante el otro— su beso y el de Charlotte. Curiosamente, no me sentí como un cerdo al responder.
—La mía fue más aburrida, sin duda. Esas cenas formales, ya sabéis…
—Hice como si espantase una mosca. Era obvio que procedía un nuevo cambio de tema—.
En fin, ¿no creéis que deberíamos ser más prácticos?
—Extraje unas cuartillas de mi portafolios—.
Tengo aquí una copia de la ponencia de Cockcroft; supongo que la habéis leído.
Jürgen carraspeó. De repente pareció recordar algo.
—Me temo que debo dejaros —dijo—. He de hacer unas cosas en el centro.
Klara consultó su reloj de pulsera.
—Yo dispongo de media hora —concedió—. Luego he de hacer unas gestiones para frau Meitner.
Gestiones. Cuando abrió su cartera para sacar la ponencia, atisbé el abultado sobre de papel manila que llevaba en la Grand Place. Mi creciente instinto de espía se puso en guardia.
Recorrido de las partículas. Naturaleza de las partículas.
Naturaleza de la desintegración. Balance de energía.
Durante la siguiente media hora, sentados en el hall del Instituto —fuera estaba desapacible—, diseccioné con Klara los aspectos clave de la desintegración del litio y el boro.
Ella se tomaba en serio el trabajo. Más familiarizada con las técnicas experimentales, comprendía mejor que yo los métodos empleados por Cockcroft y Walton para provocar transmutaciones atómicas.
A sus aclaraciones yo aportaba tal duda o cual comentario, a pesar de lo difícil que se me hacía concentrarme.
No hacía veinticuatro horas que nos habíamos besado y allí estábamos, nuestras bocas a escasos centímetros de nuevo, inhalando cada una el aire que respiraba la otra sin que eso pareciese afectar lo más mínimo a Klara.
Llegué, innoble de mí, a preguntarme si lo que para mí había sido extraordinario —¡mi primer beso, por Dios! —, para ella no lo era tanto.
Una vez más, la incertidumbre me invadió.
¿Acaso la amaba? ¿Cómo saberlo, si no había amado nunca?
¿O quizá sí lo había hecho? Que fuese lego en amores no implicaba que no pudiera amar; si no ¿por qué me importaba la seguridad de Rachel hasta el punto de haber desafiado a Gelb para conseguirle un visado?
¿Por qué disminuía la presión parcial del oxígeno a mi alrededor cuando me hallaba con Charlotte?
¿Y por qué me incomodaba tanto que Klara pareciese haber olvidado la escena del día anterior?
Una duda trascendental me impacto cual protón acelerado a un núcleo de berilio: ¿era posible amar a varias mujeres a la vez?
—He de irme —dijo Klara, haciendo ademán de guardar sus papeles—. Además, no se te ve muy centrado. Creo que tu aburrida cena de anoche te está pasando factura.
Suspiré. Su perspicacia también me gustaba de ella.
—Aburrida pero larga —dije a modo de justificación—. Tienes razón, siento no estar más lúcido. Creo que terminaré con esto en el hotel —añadí, ordenando mis notas—; Heisenberg querrá comentarlo luego. ¿Vas a tomar el tranvía?
Frondosos castaños, casi tan altos como los suntuosos palacetes que se alineaban tras ellos, flanqueaban la larga avenida que enlazaba el campus con la Villa alta.
Permanecíamos en silencio. Klara, absorta en castaños, palacetes y todo cuanto desfilaba al otro lado de la ventanilla.
Yo, deseando decir algo sin que mi mente confusa acertase a decidir qué.
Antes, en el hall del Instituto, ella me había mostrado cierto distanciamiento, achacable al continuo flujo de personal que convertía el lugar en poco propicio para las confidencias.
Pero en aquel tranvía medio vacío no había motivo para que no pudiésemos hablar como dos adultos.
—Klara.
—¿Qué?
Miré adelante y atrás. Una mujer de semblante hosco me devolvió la mirada, pero no daba la impresión de entender el alemán.
—Lo de ayer por la tarde… —le dije al oído—. No hemos hablado.
Si pensaba que la insinuación podía resultarle violenta, sus iris claros me sonrieron.
—Fue bonito, Matt —dijo con tono cómplice.
Cogí una mano blanca, cuyo suave tacto me devolvió a la tarde anterior. Inspiré hondo.
—A mí también me gustó. ¿Crees que…?
—¿Si podríamos repetir?
—Sí.
Esta vez ambos miramos en derredor. La mujer de semblante hosco no nos quitaba ojo. Klara trocó la sonrisa en torcido gesto.
—Pero no aquí. Además, me bajo en la próxima parada.
Reconocí las señoriales edificaciones de la Villa alta, en las inmediaciones del Parque.
—Puedo acompañarte, si quieres.
—Gracias, pero no. Las gestiones que he de hacer… —Desvió la mirada, demorándose en recoger el sempiterno mechón rebelde tras la oreja. Supe que trataba de disimular una cierta incomodidad—. Bueno, son privadas.
Por supuesto, me dije. Pero tenía que intentarlo.
—Disculpa, no era mi intención…
Ella puso su mano libre sobre las mías.
—Lo sé —dijo, y el azul pálido se volvió intenso, casi eléctrico—. Podemos vernos más tarde, si te parece bien.
—Me gustaría.
Con una leve inclinación de cabeza, Klara rozó con los labios mi mejilla. Los sentí cálidos, y su dulce aroma permaneció junto a mí mientras ella, el aire resuelto, se apeaba del tranvía.
Desanduve lo más rápido que pude el camino desde la parada siguiente.
Me arriesgaba a una situación embarazosa si ella me descubría, así que había determinado, en tal caso, decirle que no podía esperar a la tarde para besarla; lo cual, dicho sea en mi descargo, no dejaba de ser cierto.
Pero la media mentira no fue necesaria: tuve un atisbo lejano del familiar sombrerito justo en el momento en que desaparecía al atravesar una cancela de hierro forjado.
Me acerqué con precaución, el ala del sombrero muy inclinada hacia delante por si Klara volvía inesperadamente sobre sus pasos.
La cancela estaba abierta, custodiada por un militar uniformado. Una placa desvelaba la incógnita:
United States of America
Embassy
Volví sobre mis pasos, seguro de que podía completar mi informe sobre Lise Meitner. Pero debía pensar bien cómo hacerlo: de ningún modo involucraría a Klara en la deserción de la austriaca.