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Schrödinger, Erwin Rudolf
Nacido el 12 de agosto de 1887. Viena
Nacionalidad: austriaca
Estado civil: casado
Doctor en Física por la U. Viena
Asistente en U. Viena
Oficial de artillería de montaña (1914-1918)
Prof. en U. Jena, U. Stuttgart, U. Breslau, U. Zúrich
Act. catedrático de Física Teórica en U. Berlín
Distinciones:
Miembro de la Academia Prusiana de Ciencias
Investigaciones más relevantes:
Schrödinger se inició en el área experimental con su tesis «Sobre la conducción eléctrica en la superficie de aislantes en presencia de aire húmedo».
Siguió trabajando en el laboratorio durante varios años, pero, tras obtener la venia legendi, se convenció de que prefería dedicarse a la física teórica…
Señor presidente, señoras, caballeros:
El nombre de Ernest Solvay está indisolublemente ligado al nacimiento y al crecimiento del Instituto Internacional de Física. La obra del fundador, como ustedes saben, prosigue gracias a las miras altas y generosas de madame Solvay y sus hijos…
Monsieur Rolin, vicepresidente de la Universidad Libre de Bruselas, dirigía unas palabras de bienvenida a los ilustres miembros del Consejo.
De pie, al fondo de la sala, algunos acompañantes presenciábamos el acto inaugural.
Rolin glosaba al hombre que, intrigado por la dificultad de conciliar las novedosas teorías de Planck y Einstein con la física tradicional, había convocado a sus expensas a los más eminentes físicos del momento para debatir sobre la radiación y los cuantos.
El debate se celebró en Bruselas en octubre de 1911, precisamente en el Hôtel Métropole, donde se alojaban los invitados.
Los resultados se publicaron en un volumen, y Solvay, satisfecho, decidió establecer una fundación para promover la investigación de los fenómenos naturales.
La llamó Instituto Internacional Solvay de Física, bajo cuyos auspicios se celebrarían las futuras reuniones periódicas del denominado Consejo de Física[39].
Pero la visión intemacionalista y colaborativa del industrial se vio interrumpida, tras una segunda edición del Consejo en 1913, por el fragor de la Gran Guerra.
… El Consejo de Física, emanación y prolongación del Instituto, comienza hoy los trabajos de su séptima edición, cuyo objeto, me aseguran, ofrece un interés capital. El Consejo se compone de los físicos más ilustres de nuestro tiempo sin distinción de nacionalidad…
«Sin distinción de nacionalidad». La apreciación era importante.
Atrás quedaban la dolorosa contienda y los años difíciles de posguerra.
Las ediciones tercera y cuarta del Consejo, celebradas en 1921 y 1924, se habían vetado a los físicos alemanes y austriacos, sometidos, como el resto de la ciencia alemana, a un contundente aislamiento internacional.
Británicos, franceses y belgas tardaron en perdonar que muchos notables alemanes de la ciencia y la cultura hubieran firmado, en 1914, un manifiesto en el que rechazaban que su país hubiese causado la guerra, negando que su ejército hubiese infringido gratuitamente la neutralidad de Bélgica.
La hostilidad que tales afirmaciones provocaron no comenzaría a verse aplacada hasta 1926, año en que Alemania ingresó en la Sociedad de Naciones.
Al deshielo aportó su grano de arena la ejemplar actitud de Einstein, quien, no habiendo firmado en su día el manifiesto, tampoco quiso hacerse cómplice del boicot, por lo que declinó participar en el Solvay[40].
En el quinto Consejo, celebrado en 1927, las cosas volvieron a la normalidad. Una nueva generación de alemanes y austriacos —Born, Heisenberg, Pauli, Schrödinger— había tomado el testigo de sus mayores, y sin su participación no se entendía la física del momento.
… Que un grupo compuesto por tan eminentes personalidades se reúna aquí es, para la Universidad de Bruselas, un gran honor; créanme que así lo siento de corazón. En su nombre les agradezco su presencia y les deseo una cordial bienvenida.
Los aludidos desplegaban cuatro decenas de privilegiadas testas ante mi vista.
Todas ellas, ya fuesen pulidas calvas o pobladas cabelleras, habían contribuido de forma decisiva al cambio de paradigma de la física.
Y yo, un modesto aspirante a profesor, procedente de una modesta área rural de Sajonia, estaba allí para aprender de ellos.
Sentí un ligero picor en las fosas nasales. Ojalá mi padre me supiera allí.
Una ovación respondió a las palabras del vicepresidente, que dio paso al turno de Paul Langevin, profesor del Collège de France y presidente del Comité científico del Instituto Solvay.
Alumno de Pierre Curie, amigo íntimo de Marie Sklodowska-Curie —llegaron a mantener un romance, viuda ella, casado él, por el que la prensa los maltrató de forma escandalosa— y maestro de Irène, la hija de ambos, Langevin se había convertido en una eminencia en electricidad y magnetismo,
y a sus sesenta y un años era la viva imagen del venerable hombre de ciencia.
En su alocución agradeció la bienvenida y propuso el envío, en nombre de los allí reunidos, de un telegrama de reconocimiento a Su Majestad Alberto por la importancia que este otorgaba a los trabajos del Consejo;
importancia que iba a verse refrendada en el banquete que el rey de los belgas ofrecería a los sabios en palacio.
Después tuvo unas palabras de recuerdo para el difunto fundador y su familia, y agradeció a la Universidad la puesta a disposición de la magnífica sala en que nos hallábamos, un laboratorio del Instituto de Física donde los equipos experimentales ejercerían como mudos testigos del debate.
… Los físicos descendieron primero al dominio interior del átomo, y aprendieron a interpretar las nuevas realidades que allí encontraron. Desde entonces han alcanzado un dominio aún más profundo, el del núcleo, donde las dimensiones son diez mil veces más pequeñas todavía que las del átomo…
Mientras Langevin describía los objetivos científicos del Consejo, busqué a Klara con la mirada.
Apenas había tenido tiempo de saludarla antes del comienzo de la sesión.
Quería estar con ella y a la vez lo temía.
Me sentía confuso. El día anterior nos habíamos besado, y luego yo la había traicionado.
Bueno, puede que esa no fuera la palabra adecuada: en realidad, no le había hecho ninguna promesa.
Aun así, sentía que había actuado con una ligereza impropia de mí y, sobre todo, me pesaba haberle mentido.
¿Qué pensaría ella si supiese de mi frivolidad?
Todavía no se había enfriado en mis labios su beso cuando ya estaba pidiendo otro a Charlotte.
Los dos primeros besos de mi vida, el mismo día.
Los dos con mujeres admirables, cada una en su estilo. ¿Qué clase de casquivano era yo?
… Nos colma la esperanza, ya que ha sido precisamente en estos dos años que hemos visto la aparición sucesiva de los dos últimos nacidos de la física nuclear y de partículas: el neutrón y el electrón positivo, que tan importante lugar van a ocupar en nuestras discusiones de esta semana…
Suspiré. Hugo Reetz me felicitaría. Lo imaginé palmeándome la espalda para celebrar mi doblete.
Meneé la cabeza. Hugo no haría nada, porque en menos de una semana Klara y Charlotte serían un recuerdo que guardaría para mí solo.
En menos de una semana, la euforia que me embargaba volvería a convertirse en soledad.
… Otra característica importante de este encuentro es la presencia de un gran número de estos jóvenes que he mencionado antes. La nueva física necesita nuevos físicos. Confiamos en los jóvenes; ellos son los que se han encargado de los informes, en ellos se apoya la mayor parte del trabajo…
Por un momento, el discurso de Langevin volvió a centrar mi atención.
Hablaba de los jóvenes venidos de diferentes países como ejemplo de colaboración internacional, aspecto en que la física moderna era modélica.
Aunque la mención no me iba dirigida, quizás algún día, ¿por qué no?
, sería yo uno de esos jóvenes invitados al Solvay.
Eché una cuenta tan sencilla como ingenua: de continuar la dinámica trienal, el próximo tendría lugar en 1936.
No era imposible, habida cuenta de la gran cantidad de incógnitas planteadas por los últimos descubrimientos, que lograse en ese plazo los méritos necesarios.
Para ello tendría que hacer alguna contribución relevante —cuando digo relevante quiero decir muy relevante—, pero me hallaba en la compañía adecuada —Heisenberg—, en el lugar adecuado —Leipzig—, con las mejores puertas abiertas —Berlín, Múnich, Gotinga— y, lo más importante,
pletórico de motivación.
Suspiré de nuevo. Quizá 1936 fuese pecar de optimista. Tal vez en el 39.
Langevin acabó su discurso. Con una nueva ovación, el Consejo Solvay más numeroso hasta la fecha se dio por inaugurado.
Los profesores se levantaron de sus asientos.
Se estrecharon las manos, se saludaron unos a otros y salieron al pasillo, donde empezaron a formarse los primeros corros.
Todos estaban ávidos de ciencia; y algunos, de café.
Camareros de chaquetilla blanca aparecieron con jarras y bandejas de viennoiseries que depositaron sobre una mesa alargada. Me acerqué con la intención de conseguir dos tazas de café, pensando que acercarle una a Klara sería una buena forma de iniciar la conversación.
No llegué al bufé. Por el camino, un sonriente Debye me interceptó. Departía con un hombre de aspecto enjuto, expresión severa y más o menos su misma edad.
—Ah, Maier, permítame que le presente —dijo, dirigiéndose luego a su acompañante—.
Mi querido Erwin, este es Matthias Maier, uno de nuestros más brillantes postgraduados en Leipzig.
El doktor Maier está a punto de obtener su habilitación y, quién sabe, quizá le interese optar a alguna vacante que pueda haber en Berlín.
Erwin. Berlín. Y esas gafas de concha sobre una nariz aguileña que yo había visto en la prensa. La asociación de ideas me hizo tragar saliva. Estreché la mano que se me ofrecía. Pero si el gesto de Debye buscaba abrirme puertas en la Universidad de Berlín, al instante se reveló tardío.
—Le deseo mucha suerte, joven —respondió el conspicuo catedrático de Física Teórica—.
Berlín sería, sin duda, un gran destino para quien merece la estima de herr Debye.
Lamentablemente —añadió con un rictus amargo—, no estaré allí para darle la bienvenida.
Como puede que ya sepan ustedes, solicité permiso para una estancia en el extranjero, solicitud que, por lo visto, no sentó bien en el Ministerio de Educación.
—Pero entonces… ¿no regresa a Berlín tras el Consejo? —se sorprendió Debye.
—Mi intención es dirigirme a Oxford desde aquí, mi querido Peter —confesó con un suspiro—. Debo incorporarme al Magdalen College, donde me han contratado por un período de dos años.
Oxford. Dos años. El anuncio me impresionó: el descubridor de la ecuación de onda abandonaba Alemania de forma oficial. Mi país perdía un genio y yo obtenía una miserable ganancia: uno más a borrar de la lista. Sentí una imperiosa necesidad de empatizar.
—Lo lamento, herr Schrödinger —dije—. Supongo que la decisión de abandonar Berlín no ha debido de resultarle fácil.
—Cierto —asintió él con aire indiferente, lo cual me pareció contradictorio—.
Pero no soporto que me fastidien con la política.
Ah —añadió, mirando por encima de mi hombro—, si no les importa, me gustaría saludar a Langevin antes de que comience la charla.
—Me dedicó una leve inclinación de cabeza, y por primera vez sus labios esbozaron una sonrisa—.
Lo dicho, doktor Maier, le deseo mucha suerte.
Debye se alejó con él, tras darme una palmadita en el hombro. Yo me quedé como alelado, mirando al menudo, gran hombre que acababa de conocer.