24 #2
No soy rápido haciendo cálculos mentales, pero lo había conseguido con la ayuda de diez conchas de caracol vacías situadas en círculo en mi plato: ¡novecientas cuarenta y cinco combinaciones de parejas posibles!
Bueno. La cosa no era tan complicada, en realidad.
—Olga y François son matrimonio —dije—. Llevan anillo, y no hay más que ver cómo él se las da de anfitrión en casa de sus suegros.
—Ajá.
Eso reducía las combinaciones posibles a ciento cinco.
—Michel trata con empalagosa afectación a Suzanne, y ella le corresponde. Están prometidos.
—Ajá.
Quince combinaciones posibles. El beso estaba a mi alcance.
Pero entre las tres mujeres y los tres hombres restantes, la cosa no estaba clara.
No conocía los usos en Berlín, pero en Leipzig la homosexualidad se llevaba con suma discreción.
Odette y Sophie se cogían de la mano a menudo y se lanzaban continuos guiños cómplices. Si lo que decía Charlotte era cierto…
—Odette y Sophie —aventuré.
Charlotte se tapó la boca para disimular la risa.
—¿Odette y…? ¡No, por Dios! Vaya idea. Son amigas de la infancia, pero…
—¿Léopold y Antoine?
Otra carcajada ocluida. Afortunadamente, tres o cuatro conversaciones paralelas apagaban nuestro comadreo.
—Pero me dijiste que hay alguna pareja… ya sabes —protesté elevando el tono—. Tienen que ser ellos, porque si no…
Charlotte me puso el índice en los labios.
—Léopold y Sophie están prometidos —explicó en voz apenas audible—. Giselle y Antoine están casados, aunque alardean de no llevar anillo. Odette y René están prometidos. René y Antoine están liados.
Tardé unos instantes en asimilarlo.
—¿Y ellas…? Quiero decir, Odette y Giselle…
—Lo saben, por supuesto. —Charlotte sonrió malévola—. Incluso toman el té juntas de vez en cuando, ya me entiendes.
Creí entender. Abrí la boca para hablar. La cerré sin saber qué decir. Charlotte me había vencido, pero… Compuse una mueca con las comisuras de los labios. ¿Me había vencido?
—Has hecho trampa —refunfuñé—. Según eso, hay más de cinco parejas. ¡Así era imposible!
Agitó la mano como si aventase su propio humo.
—Bah, no has acertado más que dos —zanjó—. Tengo derecho a exigir mi recompensa.
Suspiré. Tratándose de ella podía esperarme cualquier cosa.
—Tú dirás.
El jabalí, los colmillos aguzados, la boca abierta, se mofaba con descaro de mí. Como si lo secundasen, unas risas se elevaron desde el otro extremo del salón. René hacía juegos de manos con una baraja. Los demás grupitos se le aproximaron, ajenos a mi zozobra.
Los ojos de alga me miraron como se mira a un reo para comunicarle una dura condena. Los labios bermellón se pronunciaron.
—Bésame, chéri.
El 22 de octubre de 1933 fue el día más extraño, más increíble, más loco de mi vida hasta entonces.
No tardaría en verlo superado.
EL CONSEJO SOLVAY
Heisenberg (cont.)
… En Gotinga, Born pretendía ser riguroso.
Se basaba en la mecánica celeste, pero solo conseguía avances a medias.
Heisenberg, en cambio, tendía a inventar modelos a base de reglas semiempíricas, que lograban resultados sin responder a una teoría coherente.
Ambos eran conscientes de su estancamiento, y comprendieron la necesidad de una nueva mecánica cuántica que sustituyese a la newtoniana…
En septiembre de 1923, cuando el joven Werner regresó a Gotinga con su título en el bolsillo, la inflación se había desbocado.
Los ahorros, los depósitos, los bonos de guerra, dejaron de tener valor.
Me recuerdo a mí mismo con quince años, aterido de frío ante la panadería, antes de acudir al gymnasium.
Mi madre no podía llegar tarde a la escuela, y faltar a la cola de la mañana significaba, con toda probabilidad, quedarse sin la ración diaria.
Recuerdo que hacíamos una lista cada vez que ella recibía su magra paga de maestra: harina, mantequilla, huevos, tocino, café, todo artículos de primera necesidad; y que ocasionalmente añadíamos unos zapatos, unos ovillos de lana, unas flores para el cementerio.
Había que gastar el salario de golpe, porque guardar unos marcos significaba perderlos.
En casa de los Heisenberg no era muy diferente, a pesar de que la Universidad de Múnich, donde el padre era profesor de griego, incrementaba con regularidad los salarios para adecuarlos a la inflación.
Ellos, como nosotros, eran afortunados por poder pagar lo imprescindible.
Los más desesperados se echaban a la calle o al campo para saquear tiendas, corrales, cultivos, ganado.
El descontento, las huelgas y el hambre se adueñaron del país.
En tales condiciones, los departamentos universitarios no contaban con fondos para contratar ayudantes.
Los investigadores postdoctorales se veían abocados a subsistir con lo poco que podían arañar sus familias y profesores.
Las becas de la NG tuvieron un papel esencial a la hora de lograr que muchos se mantuvieran en activo.
Heisenberg fue uno de los primeros en recibir una.
Aun así, la asignación no daba para vivir de ella, y Born tuvo que ayudarlo con los fondos que su instituto recibía de algunos industriales y mecenas[38].
En julio de 1924, con solo veintidós años, Heisenberg logró la habilitación que le permitía ocupar un puesto de profesor en cualquier universidad alemana.
Antes había hecho una fructífera estancia de varias semanas en el Instituto de Física Teórica de Bohr.
Tanto este como Born querían que continuase colaborando con ellos, por lo que el joven profesor no numerario pasaría los siguientes dos años a caballo entre Copenhague y Gotinga.
Heisenberg describiría su estado mental de entonces como el del excursionista que asciende por un valle sumergido en la niebla, intuyendo la claridad por encima de su cabeza.
De algún modo estaba seguro de que el esfuerzo de la subida se vería recompensado por la superación del banco de nubes.
Por las magníficas vistas bañadas por el sol.
Entonces, a finales de mayo de 1925, sufrió un terrible ataque de fiebre del heno.
PROGRAMA DEL DÍA
Lunes, 23 de octubre
10:00 h: Sesión de apertura
* * *
11:00 h: Informe de M. Cockcroft:
La desintegración de elementos por partículas aceleradas
* * *
12:30 h: Almuerzo
* * *
15:00 h: Discusión
* * *
19:30 h: Cena en el Hôtel Métropole