Hôtel Métropole 24
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En cuanto vi a Charlotte se disipó mi mala conciencia.

Si yo había logrado llegar puntual al Astoria, ella se hizo esperar quince minutos; y cuando apareció, ni siquiera tomó asiento.

Me cogió del brazo, guiñó un ojo al barman, que esta vez se había dignado atenderme, y me arrastró hacia la calle, obligándome a abandonar una cerveza apenas empezada.

El botones de turno le abrió la puerta de un rutilante Mercedes Sportwagen blanco.

Seis cilindros en línea. Seis mil ochocientos centímetros cúbicos.

Ciento veinte caballos; ciento ochenta con el turbocompresor en acción.

Una bestia, al decir de Hugo Reetz, quien solía alardear de sus conocimientos de mecánica.

Me senté en el lado del pasajero del formidable descapotable, pero Charlotte no hizo ademán de arrancar.

En lugar de eso, me extendió la palma de la mano.

—Antes que nada, el trabajo —dijo con la firmeza que solía aplicar a los negocios.

Le entregué el sobre, más abultado que el anterior.

Esta vez lo abrió. Encendió uno de sus cigarrillos turcos y lo fumó distraídamente, tomándose su tiempo para examinar el contenido.

Escorado hacia ella, yo la observaba expectante.

Olía a intenso perfume oriental. Llevaba los mismos zapatos charlestón y el mismo vestido negro de la tarde anterior, pero esta vez se cubría con una vistosa chaquetilla corta recamada en hilo dorado y pedrería, al estilo de los toreros españoles.

Di un embobado repaso a su fisonomía cautivadora mientras insidiosas volutas de humo especiado se empeñaban en buscar mi nariz. Charlotte estaba tan concentrada que no se percató de lo uno ni de lo otro. Tosí.

—Tu primer informe era bueno, Matt, pero este lo supera con creces —dijo al fin—: Bothe, Cosyns, Perrin… Lo de Bothe es muy relevante, y lo de Fermi… —Dejó escapar un silbido. Sus ojos brillaban—. ¡Menuda sorpresa!

«Tu primer informe». No me pasó inadvertido el cambio. Como era improbable que Klara y ella se hubiesen puesto de acuerdo, concluí que la segunda cita daba derecho al tuteo en Berlín. Charlotte guardó el sobre en su bolso y arrancó. Los seis cilindros atronaron la calle Royale en dirección norte.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

El viento barrió de sus labios una nube perfumada.

—A Laeken, en las afueras.

Se había puesto gafas y mitones de conducir. Ella aceleraba conforme nos alejábamos del centro, y a mí me fascinaba la confianza con que conducía el bólido. A esa velocidad no tardaríamos en salirnos de mi mapa.

Acaricié el salpicadero de noble madera barnizada. Salpicado, valga la redundancia, de diales cromados y bruñidos pomos.

Charlotte adelantó un tranvía sin tocar el freno.

—Veo que la NG paga bien —dije alzando la voz por encima del silbido del viento.

—Monsieur Belle-Croix es amante de la velocidad —dijo ella, indiferente al sarcasmo—. Y yo me aprovecho cuando vengo a Bruselas. Juego a ser niña de papá y mamá, ya lo ves. Ropa cara, coche caro, locales caros… En Berlín no me reconocerías.

Por algún motivo no acabé de creerla.

—¿Y el esmoquin? —pregunté.

Esbozó una sonrisa picara sin dejar de mirar al frente.

—Papá es de tu misma talla, más o menos. Se conserva en una forma envidiable para su edad.

Concentrada ella en la carretera, me permití disfrutar de su exquisito perfil. Frente. Cejas. Pestañas. Labios. Mentón. Si cabía considerar a monsieur Belle-Croix un hombre de fortuna, sin duda Charlotte era su bien más preciado.

Cruzamos una vía ferroviaria que supuse acababa en Bruxelles-Nord.

Cruzamos un ancho canal en cuyas riberas se alineaban decenas de barcazas de carbón en espera de que las descargasen.

Bordeamos una monumental iglesia de reminiscencias góticas, a la que Charlotte se refirió como Notre Dame de Laeken.

Rebasada la población, nos adentramos en una carretera flanqueada por hermosas mansiones, algunas de ellas apenas visibles a causa de sus elevadas tapias.

Nos hallábamos en el campo, en una zona de gente bien.

Cruzamos otra pequeña población. Charlotte conducía ahora más despacio.

De pronto se metió por un sendero de grava que discurría entre unos tilos y acababa, quinientos metros más allá, en una tapia con la cancela abierta.

Al fondo, tras un hermoso jardín de estilo inglés, se erigía una mansión de sólidos sillares de piedra, flanqueada por sendos torreones con chapiteles de pizarra.

No era la más ostentosa que habíamos visto, pero tampoco desmerecía.

Varios automóviles de calidad se alineaban en un terreno lateral habilitado como aparcamiento.

Detrás había unas construcciones bajas que muy bien podían ser caballerizas.

Al otro lado de la casa sobresalía entre unos setos la valla de alambre de una probable pista de tenis.

Lo dicho: gente bien.

Charlotte me informó telegráficamente. La finca era de la familia de una querida amiga.

Olga Rogier celebraba su cumpleaños. El convite sería sencillo: seis amigas de juventud con sus respectivas parejas.

Ostras. Caviar. Paté. Fiambres. Fruslerías, vaya.

Champán a discreción, por descontado. Le pregunté con ironía si las otras cinco eran parejas formales o si habría alguna más de circunstancias.

Me regaló una ronca, sensual carcajada. Ni siquiera todas las parejas, dijo, incrementando mi desazón, eran hombre y mujer.

—¿Por qué yo? —Quise saber en el último momento, cuando recorríamos a pie el sendero de gravilla que conducía a la puerta principal.

—Porque eres apuesto, inteligente y desconocido. Mis amigas se dedicarán a diseccionarte y no tendré que soportar que pasen el rato tratando de buscarme pareja.

Me detuve. Alcé una ceja inquisitiva.

—O sea, que no la tienes.

Se detuvo. Se acercó para retocarme la pajarita.

Aletearon sus pestañas cargadas de rímel, extendiendo unos párpados en que brillaban diminutas motas de purpurina dorada a juego con la torera.

Satisfecha con el resultado, el carmín de sus labios se ensanchó.

Luego me cogió del brazo y enfiló la escalinata.

—Esta tarde, sí.

No aburriré con el relato de una nueva cena. Baste decir que mis previsiones se cumplieron en desigual medida.

¿Los amigos de Charlotte eran esnobs? Sí.

Pero me trataron bien. Ellos, con relativa curiosidad hacia mi persona al principio, tuvieron el buen gusto de no sacar a relucir la política alemana.

Hablaron de sus automóviles, sus caballos y sus negocios —¿o eran los de sus padres?

—, mientras ellas, como había anticipado Charlotte, me disparaban fuego graneado.

Cómo. Cuándo. Dónde la había conocido. Por las miradas complacidas que a veces me dedicaba mi pareja, creo que salí airoso del trance.

¿La cena fue aburrida? No. Lo cierto es que el tiempo pasó volando.

Las fruslerías anticipadas por Charlotte me parecieron exquisitas en su mayoría.

Con una ostra viscosa tuve bastante, pero los caracoles estaban suculentos: me comí dos docenas.

Procuré comedirme con el espumoso de Reims.

En ese sentido me preocupaba Charlotte, mi garantía de vuelta al hotel; pero también ella se moderó.

Me divirtió, sobre todo, su solicitud para conmigo, lo cual provocaba las sonrisitas de sus amigas; lo cual, a su vez, hacía que ella se mostrase radiante.

Tras la cena, sirvieron el café en un salón presidido por un buen fuego.

Supongo que se trataba de crear ambiente, pues la temperatura era benigna.

De las paredes colgaban panoplias con sables y trofeos de caza.

Las conversaciones se fragmentaron por parejas, por tríos.

Ligeramente apartada, Charlotte palmeó el brazo izquierdo de su sillón para indicarme que me sentase junto a ella.

Yo no deseaba otra cosa. Desde mi perspectiva elevada, inclinado sobre su hombro para mantener el equilibrio, una vez más agradecí que el vestido la cubriese hasta el cuello.

Cual garantes del decoro, los ojillos vidriosos de una cabeza de jabalí no me perdían de vista.

—Les he dado tema de conversación hasta mi próxima visita —me susurró Charlotte, a todas luces satisfecha, mientras extraía un cigarrillo de su pitillera nacarada.

El comentario me hizo sonreír. Ella me utilizaba, como yo había utilizado antes a Klara.

Y el caso es que, lejos de importarme, ser su pareja de conveniencia me hacía sentir estúpidamente feliz.

Incluso se me ocurrió —el champán desinhibe una barbaridad— una idea perversa.

Me incliné aún más, hasta rozar con la punta de la nariz su melena caoba.

La mezcla de tabaco y pachuli anuló cualquier resto de recato que pudiera quedarme.

—Deberíamos besarnos —musité en su oreja—. Eso daría verosimilitud a nuestra relación.

La cogí desprevenida, claro. Me miró a los ojos con los suyos muy abiertos; tratando de discernir si le hablaba en serio o en broma. Pero no había hielo en su mirada, solo curiosidad.

—Es usted un fresco, herr Maier —susurró—. ¿Acaso desea aprovecharse de una amiga vulnerable?

Sonreí para mis adentros. Vulnerable no es como la hubiera descrito.

No se me pasó el usteo admonitorio, el mismo que había empleado Klara.

Con la experiencia de lo ocurrido en el parque, di el beso por cosa hecha.

Le cogí la mano de uñas bermellón, a juego con los labios.

Me llevé a la boca el dorso. Cosas del champán.

—Solo deseo servirla del mejor modo posible, fräulein Belle-Croix —respondí—. Mademoiselle Olga ha considerado muy romántico que nos conociésemos en un expreso, pero ha fruncido el ceño al saber que eso sucedió hace solo dos días. No la veo convencida.

Charlotte torció el gesto. Aspiró una profunda bocanada. La exhaló con parsimonia. Como mínimo, consideraba mis argumentos.

—¿Has adivinado ya quiénes son las parejas? —preguntó de repente—. Si aciertas, tendrás tu recompensa. En caso contrario, exigiré la mía.

Resoplé. Una vez más, Charlotte jugaba conmigo. Pero yo, intrigado por el comentario que me había hecho al entrar, había dedicado parte de la cena a pensar en el tema.

Con cinco hombres y cinco mujeres, sin contarnos a nosotros, podían hacerse, en principio, hasta ciento veinte combinaciones distintas de parejas. Un número elevado.

Pero Charlotte había introducido una interesante variable: no todas las relaciones eran heterosexuales.

En primera aproximación, por tanto, cualquiera podía ser pareja de cualquiera.