Hôtel Métropole 23
51%

23

En el Parque todo quedó en beso robado. Con la lección de fotografía se había hecho hora de regresar.

En el tranvía charlamos como si nada hubiese sucedido, supongo que para no enfrentarlo.

Mientras Klara me hablaba de un compañero suyo, un tal Fritz Strassmann[37], condenado a la indigencia por su manifiesto desprecio a los nazis, en lo único que pensaba yo era en que tal vez ella pudiese resolver mi problema.

—¿Sabes hacer un nudo de pajarita? —le pregunté.

Parpadeó varias veces.

—¿Es para tu cena de etiqueta?

—He de pedirte un favor.

Una luminosa cascada inundaba mi dormitorio.

Millones de motitas de polvo relucían como un universo estrellado.

Klara estaba hermosa, bañada en la luz dorada.

No solo me hizo un nudo impecable; también me enseñó a colocarme el fajín, ajustó los puños de la camisa para que sobresaliesen la longitud adecuada, y plegó el pañuelo de forma que asomase elegantemente por encima del bolsillo.

Ante mi desconcierto por su destreza, me aclaró que lo había aprendido de su madre: herr Hofmann era catedrático de Fisiología de la Universidad de Berlín, y a menudo se vestía de etiqueta para acudir a los actos académicos propios del cargo.

—Vaya —dijo al fin, satisfecha con su obra—. Tu tía está en todos los detalles.

—Es… —Carraspeé—. Debe de ser muy detallista, en efecto. La verdad, no sé si me encuentro cómodo vestido así.

La cautivadora acuosidad azul se elevó un instante hacia el techo. Su dueña dio un último retoque al pañuelo.

—Pues deberías —dijo con una sonrisa—. Estás muy guapo.

Las palmas de sus manos se demoraron un poco más de lo necesario alisando las solapas del esmoquin. Las cogí con las mías. Las manos, no las solapas. Algo que escapaba a mi control estaba a punto de suceder.

Sucedió. En ese preciso instante, unos nudillos golpearon la puerta.

El corazón me dio un vuelco. Quizá me buscaba Heisenberg, de regreso de su excursión.

Podría ignorarlo para no comprometer a Klara.

Pero también podría ser Léa, la camarera, en una de sus rutinarias rondas.

De no obtener respuesta, abriría con su propia llave.

Crucé mis labios con el índice. Klara asintió, retirándose a un discreto ángulo muerto.

Inspiré hondo. Entreabrí la puerta un palmo.

—Buenas tardes, Maier. Disculpe la molestia.

Supongo que se me avinagró el rostro. Traté de paliar el efecto mostrándome amable.

—Attel… ¿Qué ocurre?

Encogió él sus hombros atléticos, sonriente.

—Nada. Quería decirle que hay una cena de ayudantes, por si no está enterado. He venido antes, pero no estaba en la habitación.

—Sí, algo de eso me han dicho —asentí—. Muchas gracias por avisar, pero no puedo asistir: tengo un compromiso.

Me miró de la pajarita a los zapatos.

—Ya veo —dijo en tono admirativo—. Bueno, pues…

Se disculpó de nuevo. Le agradecí el gesto.

Si en algún momento pensó que le franquearía la entrada, lo cierto es que no moví la puerta un milímetro.

Pero sí le desee una buena velada con mi más educada sonrisa antes de despedirnos hasta el día siguiente.

Cerré la puerta. En su rincón, Klara se tapaba la boca con la mano para sofocar la risa.

Me acerqué victorioso, cual caballero que acabase de alejar un grave peligro de su damisela.

Entonces sucedió de verdad.

Esta vez no fue el otro, sino yo, Matthias Maier, quien le cogió las manos y me las llevé a los labios.

Y al instante nuestras cabezas se atrajeron como se atraen dos polos magnéticos opuestos.

Esta vez el beso fue mutuo, instintivo, consensuado.

Presioné los labios rígidos contra los suyos, mórbidos, y luego los relajé sin apartarlos.

Presionó ella, como si no hubiera tenido bastante.

El resultado de tanta presión fue que una humedad de sabor indescriptible, extrañamente dulce o afrutada, se filtró entre nosotros.

Nos apartamos al fin, respirando hondo; abriendo los ojos para comprender mejor lo que había sucedido. Por algún motivo, los de Klara brillaban mucho. Tenía las mejillas encendidas. Supongo que yo también.

Al instante me sentí fatal: la había utilizado para preparar mi cena con Charlotte, y luego… aquello. No quise saber qué significaba. No era el momento.

—He de irme —dije.

Ella asintió con la cabeza.

—Claro. Te veré mañana.