22
Klara comenzó a tutearme de forma espontánea al tomar asiento en el tranvía.
Le seguí la corriente asumiendo que, en Berlín como en Leipzig, una relación amistosa permitía eludir la formalidad académica en privado.
Ella traía su cámara y una bolsa de lona con viandas compradas en un colmado cercano al hotel mientras yo me bañaba.
Insistí en pagar la cuenta, pero ella se reveló como una dura negociadora.
Al final aceptó la mitad del importe y, sin proponérselo, consiguió que aumentase mi admiración por ella.
El tranvía nos dejó cerca de la entrada principal del parque. Nos demoramos para que Klara tomase una instantánea del Palacio de la Nación, y luego nos adentramos en aquel cuadrilátero de verdor situado en lo más noble de la Villa alta.
—Es señorial, ¿verdad? —comenté.
—No es tan grande como el Tiergarten, pero resulta elegante —admitió ella—. ¡Mira esa fuente! Vamos allí. Te sacaré un retrato de recuerdo.
Un ramillete de surtidores divergía hacia las alturas desde el centro de una amplia lámina circular de agua.
La brisa empujaba la estela en su caída, dibujando lentejuelas sobre la superficie espejada.
Klara, fotómetro de bolsillo en mano, me hizo rodear la fuente hasta dar, según ella, con la luz adecuada.
—Pon un pie sobre el borde de piedra. Pon el codo sobre la rodilla. La barbilla, sobre el puño. Sonríe. ¡Así no, tonto, con naturalidad!
Yo había accedido a posar a condición de que luego ella lo hiciese para mí, y me dejaba manejar con la docilidad de un niño al que van a permitir jugar con un juguete nuevo.
—Me toca —anuncié en cuanto se dio por satisfecha.
Klara hizo unos reajustes en la cámara y me la colgó al cuello, no fuese yo a cometer una torpeza. Luego me explicó lo básico: así corres el carrete; así disparas; lo demás, no toques nada. Hablaba con su cabeza pegada a la mía, y yo sentía su respiración tibia en el cuello.
—Ponte ahí, bajo la estatua de Diana cazadora —dije—. A ver si eres capaz de imitarla.
—Para eso necesitaría un cervatillo —rio ella.
—Podríamos pedir prestado el perrito a aquella dama, la del sombrero como un frutero.
Continuamos así, bromeando y riendo; descubriendo aquel parque de rectas avenidas trazadas con escuadra y cartabón; admirando una escultura aquí, una pajarera allá, un pavo real acullá; internándonos en los irregulares senderos que atravesaban los parterres.
Ocasionalmente, Klara tomaba una instantánea.
Yo me sentía relajado. Más que la tarde anterior, cuando me cuestionaba el desparpajo de Klara como síntoma de frivolidad.
De repente —o no de repente, quizá había sido un proceso gradual—, sus encantos estaban por encima de mis preferencias.
Su rostro, más redondeado de lo que me gustaría, y sus caderas, no tan esbeltas como las de mi mujer ideal, importaban menos que la acuosa transparencia de sus ojos; que la oblicua comisura de sus labios llenos; que las agudas observaciones de su privilegiada inteligencia.
Tu problema, Matt —solía decirme Hugo Reetz, a quien le había conocido ya varias novias—, es que analizas a cada muchacha como si fueras a casarte con ella, y como ninguna te parece perfecta de entrada, las desdeñas sin esforzarte en conocerlas.
Debes aprovechar las oportunidades, amigo mío.
Relájate. Date un respiro. Disfruta los placeres de la vida.
Además, ¿quién te dice que las mujeres buscan en ti un marido? Hoy en día ya nunca se sabe.
Hugo exageraba al hablar en un plural tan amplio.
Había ocurrido, es cierto, pero tan solo en un par de citas que él me había concertado con amigas de su novia de turno; citas por las que perdí el interés al conocer a la hermana de Jakob.
Pero ahora debía olvidarla: Rachel estaba a punto de convertirse en pasado sin haber llegado siquiera a formar parte de un presente.
¿Qué tal si, por una vez, le daba una oportunidad al Hugo Reetz que había en mí?
Klara y yo buscamos un lugar donde almorzar. Encontramos un pequeño prado junto a un estanque con patos. Al extender el mantel, un guarda nos dirigió una mirada displicente. Asumimos entre cuchicheos que teníamos su venia.
—Al menos, mientras mantengamos la compostura —bromeó ella.
Yo sumergía un blanco del Mosa en la orilla del estanque.
—Eso será difícil, si nos bebemos la botella —le seguí la corriente.
Klara respondió con una mueca altanera.
—Modérese usted, doktor Maier —me recriminó con impostada ausencia de tuteo—. Tiene una cena esta tarde.
—Y una cena de etiqueta, nada menos —suspiré.
Fue decirlo y sentirme palidecer: acababa de perder una magnífica ocasión para morderme la lengua. Pero ya era demasiado tarde.
—¿En serio? —Klara levantó ambas cejas—. Es usted una caja de sorpresas, Maier. Pero cuénteme; cuénteme, por favor.
Así fue como, mientras desenvolvíamos los bocadillos de jamón, queso y pepinillos, tuve que improvisar la poco verosímil historia de una tía lejana, casada con un industrial belga antes de la guerra, a quien mi indiscreta madre había escrito nada más saber de mi viaje a Bruselas.
Naturalmente, mi tía había insistido en conocer a su sobrino —todo un físico de renombre, a su entender, puesto que acudía al Consejo Solvay— y en presentarlo a sus amistades, sin duda aburridas y esnobs.
O no tan poco verosímil: Klara apoyó una mano en mi hombro.
—Suena horrible, en efecto.
Me sentí bien, a pesar de todo.
—Lo es.
—¿Sabías que este parque fue uno de los principales escenarios de lucha durante la revolución de 1830? Las barricadas en las calles adyacentes pararon aquí al ejército de los Países Bajos…
Recostado contra un roble, yo leía en voz alta la guía turística.
Klara, sentada en una esquina del mantel, asentía distraídamente a veces, concentrada en cambiar el carrete a su Leica.
Habíamos comido con apetito los bocadillos, compartido un racimo de uvas y saboreado con deleite las típicas galletitas especiadas, sin dejar en ningún momento de conversar sobre lo científico y lo divino.
La botella, mediada, reposaba en la orilla del estanque.
—¿Te gustaría aprender a utilizarla? —preguntó Klara sin previo aviso.
Levanté la mirada del folleto.
—Ya sé —dije—: correr el carrete, disparar, no tocar nada más.
Ella puso los ojos en blanco. Luego hizo ese mohín adorable con los labios.
—No, tonto. Me refiero a utilizarla de verdad: hay que medir la luz, seleccionar diafragma y velocidad, y controlar la profundidad de campo, como mínimo, para hacer una fotografía decente.
La natural curiosidad que me había llevado a estudiar física no podía dejar pasar de largo tal ofrecimiento. Supongo que también influyó la intuición de que Klara tendría que sentarse muy cerca de mí.
—Claro —dije incorporándome—. Me encantaría.
—… así, ¿ves? Has de girar el dial hasta que las dos imágenes se superpongan en el telémetro.
—Vaya. —Asentí con la cabeza sin despegar el ojo del visor—. ¿Cómo lo hace?, ¿cambia el paralaje?
—Ajá. Mediante dos lentes, esta y esta.
Nuestros hombros se apoyaban el uno en el otro.
Podría rodear su cintura con el brazo sin estirarlo siquiera.
Nuestras cabezas estaban tan cerca que me bastaría girar el cuello para aprisionar con los labios el diminuto pendiente egipcio y el adorable lóbulo al que estaba prendido.
En ese momento, ambas cosas me apetecían más que nada en el mundo.
Pero si una parte de mí quería pasar a la acción, una extraña laxitud la vencía desde la otra.
Era como si la fragancia que emanaba de Klara, de su piel satinada, de su cabello castaño y sedoso, fuera una droga que anulase la voluntad.
Sin embargo, mi corazón latía muy deprisa, muy fuerte.
¿Era posible que ella no lo percibiese? Y lo que más acrecentaba mi turbación: la pugna entre la idea de que quizá ella desease mi atrevimiento y la de que una torpeza mía podría estropear nuestra amistad.
—Luz directa —dije manipulando el fotómetro—. Cierro la cortinilla.
Klara me observaba en silencio, los párpados entornados.
—Giro la rueda hasta que la marca de fondo se sitúe por debajo de la aguja —continué—.
Entonces, según la escala, a un diafragma de dos corresponde una velocidad de quinientos.
Bueno, de un quinientosavo. Como quiero aumentar la profundidad de campo para que salga enfocado el pato, cierro el diafragma a…
Hum. Pongamos cinco con seis, a lo que corresponde un sesentavo.
Suficiente, mientras el pato permanezca quieto…
Klara no había torcido el gesto, señal de que lo estaba haciendo bien. Seleccioné los valores en la cámara. Enfoqué. Encuadré. El pato me miró con desconfianza. Comprendí que el muy bastardo me estropearía la composición si no disparaba rápido.
Clic.
—Et voilà! —Resoplé, liberando la respiración contenida—. Estanque con pato y nenúfares.
Klara aplaudió enérgicamente.
—Lo has hecho muy bien, Matt. Summa cum laude.
Un solitario rayo de luz se filtraba por la copa del roble, iluminando su cabello. La risa le ensanchaba los generosos labios. A tan corta distancia, sus iris me parecieron más límpidos que nunca.
—Eres increíble, Klara —dije.
—¿Qué?
No fui yo, lo juro. El verdadero Matthias Maier habría permanecido con la respiración congelada y el corazón oprimido.
Fue el otro, el Hugo Reetz que había en mí, quien se inclinó y rozó con sus labios los de Klara.
El verdadero Matt los retiró avergonzado.
—Lo… siento —balbucí temiéndome una catástrofe—. Soy un estúpido. No quería…
Ella había abierto mucho los ojos.
—Matt —me interrumpió. Su tono no era de enfado—. Me ha gustado, Matt.