Hôtel Métropole 21
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Bruselas, domingo, 22 de octubre de 1933

De: M. Maier

Para: H. Gelb

Asunto: Informe de actividades del sábado, día 21

Almuerzo en el hotel con W. Heisenberg W. Pauli, N. Bohr y frau Bohr.

Cena con la mayoría de los profesores jóvenes y otros ayudantes.

Posterior tertulia con algunos de ellos en el bar del hotel.

Conversación mantenida durante el almuerzo.

ídem con W. H. y W. Bothe en el vestíbulo del hotel antes de la cena.

ídem durante la cena con algunos de los asistentes, notablemente M. Cosyns, F. Perrin, L. Rosenfeld y E. Lawrence.

ídem durante la tertulia con W. H., W. Bothe, J. Chadwick, P. Dirac y E. Fermi.

…

Debería de haber escrito mi informe antes de acostarme, pero la larga jornada, intensa en emociones, me hizo caer fulminado en la cama.

Me desperté de madrugada bañado en sudor, secuela anunciada de una pesada digestión.

Incapaz de volver a conciliar el sueño, mi cabeza se puso a dar vueltas a las conversaciones del día anterior.

Volvían a mí una y otra vez, como si la mente temiese olvidarlas, y comprendí que no descansaría hasta plasmarlas en papel.

Me eché la colcha sobre los hombros, encendí la lámpara del escritorio y tomé asiento.

Un borrador bastaría para liberar el subconsciente.

Ya tendría tiempo por la mañana de completarlo y pasarlo a limpio.

Hice hincapié en la problemática situación de Bothe, a quien veía dispuesto, en caso de no hallar una salida digna en Alemania, a emprender un camino en el que no le faltarían buenas ofertas.

Me guardé de opinar que tal cosa supondría una gran pérdida para la nación pues, como espía, suponía que debía limitarme a plasmar los hechos y dejar para otros las valoraciones.

Relaté sucintamente la poca predisposición a trabajar en Alemania de los francófonos Perrin y Cosyns, a quienes había sondeado durante los postres con el señuelo de posibles vacantes de cierto nivel.

Ambos adujeron vaguedades sobre la insoslayable barrera idiomática, barrera que más bien interpreté como política, por la forma en que se expresaban.

Expliqué, en fin, que sus circunstancias familiares hacían adoptar a Fermi un claro posicionamiento projudío, lo que haría inviable cualquier intento de atraerlo a nuestro ámbito académico.

Cosa ya de por sí complicada, pues el italiano gozaba de un elevado prestigio en su país, donde dirigía un grupo investigador de primer nivel.

Por último, dudé sobre qué hacer con algunas frases de Chadwick.

Tras su doctorado, el británico había trabajado con Geiger en Berlín, con tan mala suerte que la Gran Guerra lo sorprendió allí.

Lo acusaron de espionaje y lo internaron en un campo de concentración hasta el final de la contienda.

Era evidente que su pasado le generaba sentimientos contradictorios para con Alemania y que, fuera de contexto, sus opiniones iban a malinterpretarse.

Dado que Chadwick no estaba en la lista, eché mis notas a la papelera.

En cuanto a mis sospechas sobre una eventual deserción de Lise Meitner —en la cual, de alguna forma, estaría involucrada Klara—, la prudencia me llevó a no mencionarlas por el momento. No tenían solidez, y bajo ningún concepto quería que profesora y ayudante se viesen injustamente comprometidas.

A pesar de tantas reservas, hube de esforzarme para soslayar la certeza de que lo que hacía no era ético. Y traté, tanto como me era posible a aquellas horas de la madrugada, de no olvidar nada importante. Ético o no, el hijo de mi madre solo sabía hacer las cosas bien.

«18:00».

Tal era el lacónico mensaje escrito al dorso de la tarjeta del Astoria que un botones me subió a la habitación, junto con una caja plana de cartón de gran tamaño que, según él, un colega acababa de traer a mi nombre.

Intrigado, lo despedí con una moneda de cincuenta céntimos —Heisenberg me había instruido sobre estas cuestiones de orden práctico—, y deshice la lazada que mantenía cerrada la caja. El corazón me dio un vuelco.

¡Charlotte me preparaba una velada de esmoquin!

Sonreí halagado.

Torcí el gesto, preocupado.

La perspectiva de cenar con Charlotte me parecía un sueño.

El problema era que no me veía rodeado de esnobs, como sin duda eran quienes cenaban en el Astoria vestidos de esmoquin.

No quiero decir que considerase esnob a Charlotte, todo lo contrario: ella era espontánea, divertida, amigable.

Pero… ¿y si la cena era con amigos suyos?

¿Tendría que aguantarles miraditas y sonrisitas importunas?

Me senté en la cama, junto a la caja, tratando de ver el lado positivo: al menos no había visto a Klara en el desayuno.

No había tenido, por tanto, ocasión de invitarla a cenar, lo cual me habría puesto en un aprieto en caso de que ella hubiese aceptado.

Pero eso era mucho suponer y, en todo caso, el plan con Klara podría ser otro día. Una cena con Charlotte, en cambio…

Suspiré. Acaricié las sedosas solapas de la chaqueta; el duro, picudo cuello de la camisa, desplegado como las alas de una diminuta gaviota; la suave textura de la corbata de pajarita.

Una vez me puse una de mi padre para la fiesta de graduación del gymnasium.

Mi madre me hizo un nudo primoroso que más tarde, una vez deshecho, fui incapaz de replicar.

Sentí un repentino desasosiego: la pajarita, el fajín, el pañuelo.

¿Cómo iba a vestirme solo? Podía pedir ayuda a Heisenberg, naturalmente, pero ¿qué pintaba su ayudante en una cena de etiqueta, si no conocía a nadie en Bruselas?

Haría preguntas a las que yo no sabría qué responder.

Mi siguiente suspiro resultó más bien un resoplido. ¿Sería cierto, como solía decir Jakob, que las mujeres tendían a complicarle a uno la vida?

Decidí centrarme en lo inmediato: debía completar el informe y pasarlo a limpio sin demora.

Era una pena dedicar la mañana a tan fastidiosa tarea, porque un cielo despejado invitaba a disfrutar de las calles de Bruselas, apacibles por el descanso dominical.

Pero el informe era algo que, con esmoquin o sin él, Charlotte no me perdonaría.

Pulsé el interruptor de servicio. Esperaba que apareciese Francine, pero en su lugar lo hizo una camarera jovencita, de cuerpo menudo y rostro aniñado.

Se presentó como Léa, a mi disposición, y se ofreció a arreglarme el dormitorio.

Le dije que mejor más tarde, que tenía trabajo y que solo necesitaba más papel de escribir.

Al minuto, la muchacha estaba de vuelta con un generoso mazo de cuartillas, que le agradecí con el medio franco de rigor.

Cuando Léa hubo salido, me senté, me arremangué y tomé la estilográfica. Antes de concentrarme en las notas sonreí para mis adentros, pensando que debería reclamar a Heisenberg una asignación para propinas.

Una hora después apilaba con cuidado ocho o diez cuartillas escritas por ambas caras.

Para lo completo que era, el informe me había llevado menos tiempo del previsto gracias a las notas tomadas de madrugada.

Lo doblé por la mitad, lo metí dentro de un sobre y lo guardé en el cajón del escritorio.

Luego me desperecé con ese ambiguo sentimiento, mezcla de satisfacción y culpa, al que me estaba acostumbrando.

La luz que filtraban los visillos había aumentado hasta inundar la estancia.

Al abrir la ventana me restregué los ojos con los nudillos.

No me había dado cuenta del enrarecido ambiente del dormitorio hasta que respiré el aire de la mañana.

Una campanada solitaria sonó a lo lejos.

Saqué el reloj de bolsillo: las diez y media.

Apoyado en el alféizar, me entretuve unos minutos en contemplar la calle.

Unos pocos viandantes se solazaban: aquellos paseaban cogidos del brazo; a esta la arrastraba un perro más grande que ella; ese otro, pipa en boca, leía la prensa a los pies de la fuente ornamental, cuyo cristalino rumor no hacía sino realzar la quietud de la plaza.

Un taxi se detuvo ante la entrada del hotel.

El chófer se apeó, abrió la portezuela a una dama y extrajo dos maletas del baúl trasero.

Reverencioso, las depositó en la acera junto a la entrada.

De inmediato, un botones las recogió y precedió a la dama al interior mientras el taxi se alejaba por la solitaria calzada.

Un domingo apacible y tranquilo.

Como Heisenberg me había anunciado que dedicaría el día a una de sus largas caminatas —seguramente con Bohr, como era costumbre en ellos desde que se conocieran—, yo tenía libre hasta mi cena con Charlotte. Decidí que, si me daba un baño rápido, estaría a tiempo de dar un paseo antes del almuerzo.

Abrí el grifo de la bañera. Esperé, la mano bajo el chorro, hasta que el agua empezó a salir templada.

Puse el tapón. Justo cuando echaba un puñado de sales aromáticas, unos nudillos golpearon con delicadeza la puerta de la habitación.

A la vista de la cama deshecha y de mi traje arrugado, tirado de cualquier manera sobre la butaca, me sonreí.

La perseverante Léa aún tendría que esperar a que me bañase para hacer su trabajo.

—Un momento, por favor —dije en voz alta.

Antes de abrir la puerta, guardé la caja del esmoquin en el armario y, con el celo que cabría presuponer en un espía profesional, me demoré en rescatar mis notas de la papelera, convertirlas en pedacitos y arrojarlas al inodoro.

—Buenos días, Matt. Espero no molestar.

El pulso se me detuvo un instante.

—Ehhh…, no, nada de eso —balbucí, tragando saliva con esfuerzo—. Siento haberla hecho esperar. Estaba… Me preparaba un baño.

Klara sonrió con timidez. Sin apenas girar la cabeza, echó una mirada furtiva a ambos lados del pasillo. Comprendí que se hallaba en una situación incómoda, pero temí parecer desvergonzado si la invitaba a entrar. Ella misma resolvió el dilema.

—¿Puedo? —preguntó, mirando por encima de mi hombro hacia el interior del dormitorio.

Me aparté a un lado, furioso conmigo mismo: mi patético embarazo había tenido el efecto, una vez más, de ruborizarme.

—Por favor —dije atusándome con la mano el cabello revuelto para disimular—.

Pero me coge usted un poco desaliñado. —Me subí los tirantes, que llevaba caídos a los costados, y apunté con el mentón hacia la cama revuelta—.

Y tendrá que disculpar el desorden. He estado escribiendo…

ejem, una carta, y no han tenido tiempo de…

Klara se desentendió con un ademán indiferente. Sus labios dibujaban una línea asimétrica, entre divertida y maliciosa.

—¿Una carta?… ¿Para su novia de Leipzig?

—No es mi novia —protesté—. Y la carta es para mi madre, en realidad.

—Claro.

Eso dijo, «claro», aunque el tono burlón no aclaraba si me creía o no.

Mientras ella, el bolsito sujeto con ambas manos, pasaba revista a la habitación, yo me quedé observándola.

Llevaba el mismo juego marrón de chaqueta y falda que en el tren, aunque una blusa blanca de escote en uve sustituía a la de corte oriental.

Adornaba el cuello con un colgante dorado de estilo egipcio, en combinación con los pendientes.

Me fijé en el detalle porque me pareció rabiosamente moderno, como todo en ella.

—Tiene una habitación muy espaciosa —apreció—. ¡Y con vistas a la calle! La mía da a la parte de atrás, a un patio interior —añadió, arrugando la nariz.

Comprendí que no había ventilado la estancia lo suficiente, pues había cerrado la ventana al dirigirme al baño. Me apresuré a abrirla de par en par. Klara se asomó, entusiasmada con la novedad.

—¿Está sola? —pregunté, y enseguida me obligué a precisar—. Quiero decir… ¿No acompaña hoy a su profesora?

—¡Qué bonita, la vista sobre la plaza! —suspiró ella. Luego, haciéndose visera con la palma de la mano, me miró entornando sus ojos claros—. Frau Meitner atiende algunos compromisos. Hoy tengo el día libre. ¿Usted no?

—Lo tengo.

—En ese caso, supongo que acudirá a la cena de ayudantes.

—¿Ayudantes? —Arqueé una ceja—. No sabía…

Ella parpadeó.

—¿No lo sabe? Anoche, el resto de los ayudantes, junto con algunos posgraduados de la ULB, decidieron organizar hoy una cena, aprovechando que los profesores tienen la de bienvenida.

Me sorprende —añadió con un delicioso gesto en la comisura de los labios—, teniendo en cuenta que estuvo usted con ellos.

Bueno, el caso es que he coincidido con Jürgen Attel esta mañana, en el desayuno, y me lo ha dicho.

Attel. Si fue casualidad que una nube ensombreciese la plaza en ese momento, de ningún modo pudo serlo el que yo sintiese una especie de vacío interno. Tuve que relajar la mandíbula para poder hablar.

—Es que, tras la cena, me vine directo al hotel con algunos profesores. Los demás acudieron a un cabaré. Supongo que lo decidieron allí.

Klara batió palmas, risueña.

—Entonces, ¿qué me dice?… ¿Asistirá?

Bajé los ojos hacia la fuente, donde unos niños jugaban a mojarse los brazos arremangados ante la mirada displicente de sus padres.

—No puedo. —Carraspeé—. Esta tarde tengo un compromiso. Se trata de…

—Por favor, no tiene que darme explicaciones —me atajó ella. Quería parecer despreocupada, pero me pareció que su sonrisa había palidecido.

Agradecí su comprensión, porque no quería mentirle.

—No crea que no lo siento —dije—, porque lo de ustedes será más divertido.

—No tiene importancia, es solo una cena. —Se encogió de hombros y luego, desviando la mirada, hizo ademán de irse—. Aunque lo echaré a usted de menos. No conozco a nadie más, salvo a Attel.

Torcí el gesto. Si la buena suerte me propiciaba una velada con Charlotte, la mala me privaba de una magnífica ocasión de estar con mis colegas y dejaba a Klara en manos de Attel. Fue entonces cuando un Matt desconocido hasta entonces me sorprendió.

—Espere —dijo, hablando por mi boca sin pedirme permiso—. ¿Qué le parece si almorzamos juntos? En media hora puedo estar en el vestíbulo.

Klara abrió mucho los ojos a pesar de la luz.

—Podríamos coger un tranvía —sugirió atropelladamente el Matt verdadero, temiendo que el otro sufriese un airado rechazo—. ¿Le gustaría visitar el Parque de Bruselas?

Pero a ella se le iluminó la cara.

—Quiere decir… ¿un pícnic?

Percibí de reojo que la plaza volvía a brillar. La nube había sido pasajera.

—Tendríamos que estar de regreso temprano. —La euforia no me impidió poner cara de circunstancias—. Debo vestirme para esa… cena.

—En media hora, entonces —zanjó ella—. Y, por cierto —añadió con expresión divertida—, ¿no debería cerrar el grifo?

—¡Oh, mierda!