Hôtel Métropole 20
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Fermi, Enrico

Nacido el 29 de septiembre de 1901. Roma

Nacionalidad: italiana

Estado civil: casado

Doct. en Física. Scuola Normale Superiore de Pisa

Estancias en Gotinga y Leiden

Profesor U. Florencia

Act. Profesor de F. Teórica. U. Sapienza de Roma

Distinciones:

Miembro Real Academia de Italia

Investigaciones más relevantes:

Su primer trabajo relevante fue la cuantización de un gas monoatómico perfecto, para lo que elaboró una formulación estadística que tenía en cuenta el principio de exclusión de Pauli. Esta formulación, obtenida independientemente por Dirac, pasó a denominarse Estadística de Fermi-Dirac…

A la salida de la brasserie, la mayoría de los asistentes, capitaneados por Pauli y Cosyns, se animaron a visitar un cabaré en el bulevar Adolphe Max.

Los menos prefirieron una copa tranquila en el Métropole.

Me uní a estos últimos, entre los que, además de Heisenberg, se hallaban Dirac y Fermi, con quienes aún no había tenido ocasión de conversar.

Para mi tranquilidad de espíritu, Attel optó por el cabaré.

Relajante melodía de piano. Azulada atmósfera con aroma a tabaco.

Tintineo de vasos. El pum de una botella de champán.

El ambiente en el bar era distinguido, similar al del Astoria.

Decorado con exquisito gusto art nouveau, entre sus columnas flotaba el discreto rumor de las conversaciones.

La nuestra, inevitablemente, iba a añadir algunos decibelios más.

En la barra conversaba Walther Bothe con una pareja, que nos presentó como James Chadwick y señora.

Esta, sin duda aburrida de rayos beta y neutrones, no disimuló su alivio al conocer a Laura Fermi.

El grupo se distribuyó entre los confortables canapés de cuero.

Yo, necesitado de mantenerme despejado para seguir el hilo de la conversación, asunto ya de por sí arduo a causa de la mezcla idiomática, eludí los espirituosos y me limité a pedir un café.

La ocasión, mitad buscada, mitad casual, me provocaba una excitación no menor que la experimentada a mediodía, durante la comida con Pauli y Bohr.

Por un rato olvidé mi papel de espía. Era mi amor a la física el que quería empaparse, como esponja reseca arrojada a una jofaina, de las palabras de los allí reunidos.

No era para menos, pues aquellos hombres habían dado en los años recientes un impulso vertiginoso a la física de partículas.

Por resumir:

En 1928, Dirac propuso la existencia de una partícula con la masa del electrón, pero con carga de signo opuesto, a la que llamó positrón.

A su vez, a partir de los experimentos de Bothe, Chadwick descubrió en 1932 la existencia del neutrón, una partícula de igual masa que el protón, pero sin carga.

En paralelo, Frédéric e Irène Joliot-Curie observaron que también podía darse la emisión de un positrón por un protón[32]. Pauli, quien detectó una incoherencia en la conservación del momento, postuló que debía haber una partícula desconocida implicada, a la que llamó neutrino.

Y aquí es donde entraría Fermi en escena: allí mismo, de su propia boca, supimos que tenía en mente el desarrollo formal de una teoría del neutrino.

En fin. No se preocupen si les resulta confuso. Lo importante, lo que quería recalcar, es que… ¡Bothe, Chadwick, Dirac, Fermi! Supongo que ahora sí me entienden: de haber estado allí Pauli y los Joliot-Curie, juro que habría corrido en busca de un fotógrafo para hacerme un retrato con todos ellos.

Durante un rato se habló de física. Yo me empapaba sin atreverme a abrir la boca, limitándome a asentir cuando lo hablado entraba dentro de los límites de mi comprensión, y a poner cara de póquer cuando se me escapaba.

Pero era sábado por la noche, se había comido y bebido bien, y también los físicos son humanos.

Habiendo británicos, alemanes y un italiano de por medio, era inevitable que la conversación derivase hacia temas mundanos.

La cuestión alemana, por ejemplo.

—… no creo que me quede otra opción —decía Bothe, por cuyo enfrentamiento con Lenard se había interesado Chadwick—. Gran Bretaña, Francia… Los Estados Unidos de América, tal vez. ¿Cree usted que debería venderme al mejor postor? —bromeó con forzada sonrisa.

—No le faltarían oportunidades, querido amigo —respondió Chadwick—. Estoy seguro de que el AAC[33] le haría una buena propuesta. Y, desde luego, no me cabe duda de que en Cambridge sería usted bien recibido. ¿No le parece, Paul?

Dirac asintió con la cabeza.

—Sin duda. Ahora mismo sus colegas nos tienen invadidos, herr Bothe, ¡pero en el Saint John’s tenemos un escobero que estamos pensando reconvertir en despacho!

Todo el mundo rio la ocurrencia, meritoria por cuanto el británico tenía fama de parco en palabras. Todo el mundo menos Heisenberg, cuyo semblante permanecía contraído. Supe que le daba vueltas a lo que fuera que se le había ocurrido aquella tarde.

—No sería el primer científico alemán que abandonase su puesto por convicción, Walther —observó Chadwick—.

He oído que Haber[34] y Franck[35], pese a que sus méritos de guerra los protegen, han dimitido como protesta ante el despido de sus compañeros.

Y no olvidemos que Schrödinger ha abandonado su cátedra sin siquiera ser judío.

Según Born, que lo visitó durante sus vacaciones en Italia, piensa venir a Bruselas en automóvil directamente, sin regresar a Alemania.

—Haber ya se ha ido con su familia, por temor a sufrir represalias —confirmó Heisenberg, bien informado gracias a su reciente visita a Berlín—; y supongo que Franck no tardará. En cuanto a Schrödinger, imagino que nos desvelará sus intenciones mañana, en la cena de bienvenida.

—A este paso —intervino Fermi—, británicos y americanos van a acaparar lo mejorcito de la física alemana.

—Y usted, Enrico —se interesó Chadwick—, ¿no teme que Mussolini acabe haciendo lo mismo? Me refiero a la cuestión judía.

Miré con disimulada atención al aludido.

No en vano Fermi, miembro del Partido Nacional Fascista, era una de las mayores esperanzas de Gelb.

El dossier de la NG era extenso. Ya desde que estudiaba en Florencia, Fermi había sido un adelantado en la introducción de las tesis cuánticas y relativistas en su país.

Ávido de conocer las fuentes, tras su doctorado marchó al extranjero para trabajar en Gotinga, donde coincidió con Heisenberg, y en Leiden, donde conoció a Einstein.

Actualmente daba clases en Roma, dirigiendo un grupo de investigación tan notable que a él acudían físicos de todas partes.

Su prestigio en Italia era tal que Mussolini lo había nombrado miembro fundador de la Reale Accademia di Italia.

Todo eso, junto con algunos datos personales como su afiliación a una logia masónica y su afición al deporte y a la montaña, constaba en el dossier. Había, sin embargo, un dato que la NG ignoraba.

—Lo dudo —respondió el italiano—. Mussolini comparte con Hitler muchas cosas, pero no su aversión a los judíos.

Aunque nunca se sabe. —Se frotó el mentón con el índice y el pulgar, la mirada clavada en su vaso de cerveza medio vacío—.

Quizá debería pedirle a Paul que me reserve uno de sus escoberos.

—Esbozó una sonrisa, mirando hacia donde su esposa charlaba aparte con Aileen Chadwick—. Por si no lo saben, Laura es judía.

Esposa judía. Se me escapó un involuntario suspiro.

Fermi, descartado.

Maldición.

Mi yo espía tomó nota mental de cuanto se habló aquella velada.

Al disolverse el grupo, al filo de la medianoche, algunos de los profesores se dirigieron al ascensor.

Expresé a Heisenberg mi agradecimiento por hacerme partícipe de la reunión, y luego opté por las escaleras.

Deseaba estirar las piernas, pues mi estómago acusaba la contundencia de la cena.

Realicé el ascenso con parsimonia, arrepintiéndome de haber repetido carbonnade.

En alguna de las plantas oí palabras de despedida en inglés, francés o alemán, conforme el ascensor liberaba su humana carga.

Justo cuando alcanzaba el descansillo de la sexta, la mía, el chasquido de apertura de las puertas dio paso a un par de voces que susurraban en mi idioma.

Reconocí una de ellas en un par de frases sueltas: «… una sorpresa, conocerla…»

, «… en mi dormitorio, mejor…». La otra, femenina, se limitaba a responder con monosílabos.

Me quedé inmóvil, esperando a que se alejasen por el pasillo.

No me apetecía encontrarme con Jürgen Attel, si era cierto que su descaro llegaba al extremo de llevar a una dama, o damisela, a su habitación.

A una damisela —no se me ocurría otra alternativa— conocida en un cabaré.

Aguardé hasta que una puerta se cerró al final del corredor.

Me asomé, comprobé que estaba despejado, y me deslicé hasta mi propia habitación, situada a mitad de camino.

Justo en el momento en que cerraba la puerta, una oleada de sangre caliente me subió a la cara y una comezón se extendió por debajo del cuello rígido de la camisa.

¿Y si ella…?

Me maldije a mí mismo por tan innoble pensamiento.

Además, no podía ser. Habría reconocido su voz, y…

¿De veras la habría reconocido? La mujer solo había susurrado palabras sueltas, a distancia creciente.

Me reproché no haberme asomado al pasillo cuando estaba a tiempo, y luego me desprecié por pensar mal de Klara.

Por mucho que las berlinesas tuvieran fama de liberadas, la cosa no podía funcionar así con ella. La conocía lo suficiente como para estar seguro de que no era una mujer frívola, y no me parecía que su fuerte carácter la hiciese presa fácil de un galanteo circunstancial.

Aunque… ¿qué experiencia tenía yo con mujeres? Y en la remota eventualidad de que se tratase de Klara, ella estaba en su perfecto derecho. Yo no era quién para inmiscuirme en su vida.

Lo cual me llevaba a otra cuestión: ¿por qué me turbaba la idea de que Klara y Attel…

? ¿Celos? Meneé la cabeza. Precisamente esa misma tarde había llegado a la conclusión de que ella no me hacía suspirar.

Me quité la chaqueta para aliviar el calor.

Me aflojé la corbata. Lo mío se trataba, más bien, de animadversión hacia Attel.

Injustificada, tenía que reconocer, pues no sabía nada de él más allá de su admiración por los campos de trabajo voluntarios y otras políticas nazis de las que había hablado en la cena; admiración, dicho sea de paso, que diecisiete millones de alemanes compartían[36].

Pero la forma en que Attel había mirado a Klara aquella tarde me había disgustado. Tanto como para que me sacase de quicio la mera posibilidad —fruto exclusivo, sin duda, de mi imaginación desbocada— de que ella hubiese claudicado a sus galanteos.

Todo eso cavilaba un buen rato después, aún en mangas de camisa, cuando oí una puerta al fondo del pasillo.

Pegué la oreja a la mía: un resuelto taconeo amortiguado por la moqueta se acercó, pasó por delante y se alejó.

Quien quiera que fuese la visita de Attel, aguardaría al ascensor.

No pude evitarlo. Bajar en busca de una aspirina sería una excusa excelente si la cara era conocida.

Y si no, mi paz de espíritu lo agradecería.

Me eché la chaqueta al hombro y abrí la puerta con aire distraído, resuelto a protagonizar el más casual de los encuentros premeditados.

No había nadie en el pasillo. El dial del ascensor, inmóvil, señalaba la planta baja. En la escalera no retumbaba eco alguno. La quietud en la madrugada del Métropole era absoluta.