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De que los físicos formábamos una especie de hermandad daban buena idea los reunidos alrededor de la mesa.
A la cabecera se sentaba Pauli, como si le correspondiese el puesto de honor por ser el comensal de más edad.
Dado lo informal de la cena, supongo que era una cuestión de azar, más bien.
A su derecha se sentaba su gran amigo Heisenberg, seguido de los británicos Paul Dirac y Nevill Mott; a la izquierda, Rudolf Peierls, el benjamín de los invitados al Consejo, con solo un año más que yo, seguido del italiano Enrico Fermi y del irlandés Ernest Walton.
Todos ellos se conocían de anteriores seminarios y congresos, habían realizado estancias de investigación unos con otros, y los más veteranos habían dirigido las tesis de los más jóvenes,
formando un círculo en el que todos los primeros actores de la física europea se hallaban relacionados de alguna manera.
Y ese concepto elemental, el de que la ciencia es ciencia, independientemente del quién y del dónde, era uno que la ideología nazi se obstinaba en refutar.
Como ya había conversado bastante con Heisenberg y Pauli aquella mañana, procuré hacerme un hueco en el ala francófona de la mesa.
A mi alrededor tenía a los belgas Max Cosyns y Léon Rosenfeld, al galo Francis Perrin —hijo del nobel Jean Perrin—, a Jürgen Attel y al americano Ernest Lawrence.
La jugada me salió bien: Cosyns y Perrin —Rosenfeld era judío— se hallaban en la lista de Gelb.
Más allá, completaban la mesa otros invitados de la ULB, la Universidad Libre de Bruselas.
La cena acabaría dejándome en un claroscuro.
Aquellos once jóvenes sabios se mostraban satisfechos y orgullosos de sus puestos de trabajo, donde habían realizado importantes logros para la física.
Si bien era indudable que Gelb tenía razón en cuanto a que sus oportunidades serían mayores en las diezmadas universidades alemanas, para nada parecía que pudiera interesarles el cambio.
Pensándolo bien, concluí, quizá aquella información fuese importante para Berlín. Aunque levantase ampollas.
Por otro lado, no era cuestión de que mi compromiso con la NG estropease la que podía ser mi cena más memorable hasta la fecha.
El saludable bullicio que reinaba en el abarrotado local me hizo descartar mis prevenciones del día anterior.
A nuestro alrededor, hombres y mujeres comían con festivo desenfado.
Era obvio que la contundente cerveza y las no menos contundentes viandas, servidas por diligentes mademoiselles, alentaban al pueblo belga a demostrar su proverbial buen humor.
Nada que no fuese moneda corriente en nuestras bierstuben.
La mayor diferencia estribaba en que aquí la cerveza era más turbia y de más grado.
Comprendí que debía bebería con tiento si no quería acabar con la mirada vidriosa y la lengua espesa, estadio al que parecían dirigirse ciertos lugareños cercanos.
Confiado en mi innata moderación, me dispuse a aprovechar la oportunidad que se me ofrecía de charlar con mis ilustres colegas.
—… y Ehrenfest le pasó a Einstein una nota que decía: «¡No se ría! Hay una sección especial en el purgatorio para profesores de teoría cuántica, donde se verán obligados a oír conferencias de física clásica diez horas al día»…
Más allá de Dirac, fuera de mi ámbito conversacional, se lamentaba la ausencia de Einstein, con la consiguiente imposibilidad de revivir sus famosas discusiones con Bohr de los anteriores consejos. A veces se oían risas, sin duda provocadas por alguna guasa del irreverente Pauli.
—… si la frecuencia, la fase del voltaje y el campo magnético están bien ajustados, la diferencia de potencial se invierte en el momento justo, y el ion recibe una nueva aceleración. El proceso puede repetirse cientos de veces…
A mi izquierda, Lawrence explicaba a Mott detalles técnicos de su nuevo acelerador de partículas, al que llamaba ciclotrón, con el que confiaba en obtener iones muy rápidos con voltajes reducidos.
—… incluso ingenieros, que trabajan en labores del campo o en el mantenimiento de bosques, y por ello reciben comida y alojamiento, amén de un pequeño salario. Eso es mejor que hallarse parados, ¿no cree usted?…
Frente a ellos, Attel trataba de convencer a Walton, en un correctísimo inglés, de las bondades de los campos de trabajo voluntarios establecidos por Hitler.
No me figuraba cómo habían llegado a tal tema, salvo que el irlandés se hubiese interesado por la política alemana.
El caso es que Attel hablaba con entusiasmo del nuevo régimen; entusiasmo que en cierto modo yo compartía, salvo por determinadas obsesiones de funesta deriva.
Temiendo que Attel pudiera tocar la cuestión judía, preferí quedarme al margen, imaginando que a Rosenfeld, sentado en mi otra diagonal, le incomodaría una diatriba pronazi.
Me tranquilizaba que Pemil se hubiese sentado entre ambos, pues no se me ocultaba la facilidad con que se elevaría el tono en una discusión directa.
—… como una especie de petit París, con sus museos, su Palais Royal, su Bois de la Cambre, que no es sino una maqueta a escala del Bois de Boulogne.
—Es que en ningún caso puede Bruselas competir con la grandeur de París, querido amigo.
—Ni con la animación de sus cafés y sus bulevares, muchacho, ni con la animación…
Pero Perrin y Rosenfeld se mantenían ajenos, enzarzados en una amistosa comparativa entre sus respectivas capitales, que mi regular francés apenas me permitía seguir.
Por suerte, a mi derecha tenía a Cosyns, quien, ejerciendo de oficioso anfitrión, se había ocupado de elegir el local y el menú.
Gran aficionado a la espeleología y la escalada, su mirada perspicaz reflejaba a la perfección al aventurero inquieto que me había imaginado.
Nada más sentarnos desechó las formalidades conmigo y se lanzó a preguntarme sobre la organización de las universidades alemanas.
Respondí gustoso, alentado por la posibilidad de que su interés fuese útil a los propósitos de Gelb.
Hablábamos una mezcla de francés e inglés en la que ambos nos sentíamos cómodos, y para cuando llegó el plato principal, un apetitoso guiso de carne elaborado, cómo no, con cerveza, ya Perrin y Rosenfeld se habían unido a nuestra conversación.
No había olvidado la admiración de Hugo por Auguste Piccard. En cuanto vi que el tema universitario se agotaba, y antes de que mis interlocutores se lanzasen a otro que yo no pudiese seguir, interrogué a Cosyns sobre las ascensiones estratosféricas, asunto que me evocaba las aventuras paternas.
El rostro de Cosyns se iluminó al relatar las dos ascensiones de Piccard, en la segunda de las cuales él mismo había ejercido de copiloto.
Gracias a la cápsula presurizada de aluminio inventada por el sabio suizo, habían traspasado con facilidad la barrera de los cinco mil metros de altitud, que el consenso entre los aeronautas tenía por infranqueable, y establecido el asombroso récord de dieciséis mil doscientos metros.
Por primera vez se había observado la curvatura de la Tierra, y en ambas ascensiones se habían realizado experimentos científicos dirigidos a conocer la composición en altura de la atmósfera y al estudio de los rayos cósmicos[30], tan importantes en el campo de la física de partículas.
El entusiasmo con que Cosyns hablaba de la perfección del globo terráqueo, del profundo azul del horizonte enrarecido, de la intimidante sensación de inmovilidad, acabó atrayendo la atención de todos en nuestra mitad de la mesa.
Y con el relato de los incidentes sufridos por Piccard durante la primera ascensión —una fuga en el casco; los vanos intentos de descender hasta que el enfriamiento de la atmósfera al atardecer contrajo el gas del globo; el final de la aventura en un glaciar alpino,
al límite de las reservas de oxígeno y después de que se los hubiese dado por perdidos—, mi admiración por el suizo aumentó: había que ser muy audaz para embarcarse en un segundo viaje a la estratosfera.
—… pero utilizar instrumentos desde dentro de una cápsula resulta complicado —se quejaba Cosyns—.
Yo creo que el futuro de la experimentación a gran altura pasa por utilizar escafandras autónomas que permitan el manejo de los equipos en el exterior, al estilo de las que emplean los buzos.
El profesor Cabrera me decía esta tarde que un conocido suyo, un ingeniero llamado Herrera[31], ha anunciado su propósito de realizar un ascenso con un traje de su invención que le permitiría alcanzar los veinte mil metros de altitud.
—¿Y no teme usted que le arrebate su magnífico récord? —preguntó Rosenfeld con amistosa sorna.
Cosyns se pasó la mano por el cabello, muy repeinado hacia atrás.
—Bah. En eso estoy de acuerdo con el profesor Piccard —dijo—: el objetivo de un científico no debe ser batir récords. Lo importante es abrir caminos para la Ciencia.
Yo asentía a todo, feliz de verme tratado como uno más por aquellos hombres conspicuos.
Y supongo que a mi satisfacción no contribuía menos la excitación de los sentidos, saturados por el jolgorio que reinaba en el local; por el peculiar sabor del guiso, con su toque a especias, cebolla y jengibre, del que no me privé de repetir; por la exquisitez del postre,
unas deliciosas crepes rellenas de confituras y de fino chocolate, y por la cerveza que, ignorando mi pretendida prudencia, rellenaba mi jarra en sucesivas oleadas.
Se notaba que al día siguiente, víspera de la inauguración del Consejo, era domingo, y que los participantes no tenían ningún compromiso hasta la cena de bienvenida, a la que los ayudantes no estábamos invitados.
En mi placentero estado, comenzó a rondarme la cabeza la posibilidad de invitar a Klara a una cena tête à tête.
Corresponder a su merienda sería lo justo, además de una inmejorable excusa para pasar la velada.
Y en una brasserie como en la que nos encontrábamos —en aquella misma, sin ir más lejos—, mis finanzas no se verían seriamente comprometidas.
Solo debía tener cuidado para que Jürgen Attel no se inmiscuyese en la cita.