Hôtel Métropole 18
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—Diga.

—Quiero hablar con Peter.

—¿Quién pregunta?

—Soy Jürgen Attel. Acabo de llegar a Bruselas, y…

—Espere un momento.

Un cloc. Habían dejado el micrófono sobre una superficie dura. Unos pasos se alejaron. Un silencio. Al poco, los pasos regresaban. Imposible saber si era la misma persona.

—Soy Peter. ¿Desde dónde llama?

Attel arrugó el entrecejo. La voz sonaba distorsionada, como si el dueño hablase a través de algún tipo de filtro.

—Desde la habitación del hotel —respondió—. ¿Va a decirme…?

—Por teléfono, no. Nos vemos esta noche en su hotel. ¿A las once le va bien?

Attel hizo un cálculo rápido. La cita para la cena era a las siete y media en el vestíbulo. Por nada del mundo quería perdérsela.

—Voy a cenar fuera con algunos profesores. Sí, supongo que a esa hora habremos terminado.

Una pesada espiración.

—Mejor a las doce en punto, entonces. No conviene que deje usted de hacer vida normal. Estaré fuera, en la puerta del hotel, el tiempo que me dure un cigarrillo. No se retrase.

Peter colgó sin despedirse.

Attel consultó su reloj de pulsera: las siete y diez.

Tenía tiempo. Una vez refrescado y mudado, se acercó a la ventana.

No parecía que fuese a llover. Se aseguró de que llevaba en la cartera un buen puñado de los francos belgas de Stahel.

Del partido, en realidad, que tan generosamente suplementaba su exigua bolsa de viaje.

Sonrió para sus adentros al coger el sombrero, la bufanda y el abrigo.

Resultaba perfecto que Bothe hubiese quedado con los mayores.

Al llegar al hotel había temido que esa tarde tuviesen que cenar juntos, mano a mano.

No es que no mantuviesen un trato cordial, todo lo contrario; pero ya habían pasado suficientes horas juntos en el expreso de Berlín.

Además, el profesor se había mostrado distante la mayor parte del tiempo.

Tenía motivos para estar preocupado, desde luego: su situación en el Instituto no era agradable, y estaba lo de su esposa, que no había podido viajar.

Aunque a esto último debía Attel su presencia en Bruselas, esperaba que Barbara se recuperase pronto.

Tenía en gran estima a la rusa, que se desvivía por los ayudantes de su marido cada vez que este los invitaba a comer.

El matrimonio solía acabar contando anécdotas de Rusia, donde se habían conocido durante el cautiverio de él y se habían enamorado hasta el punto de que, tras su liberación, ella no había dudado en seguirlo a Alemania, ya convertida en su esposa.

Con todo, la oportunidad de relacionarse con colegas más jóvenes, de su edad, incluso, le parecía a Attel liberadora.

Esperaba que acudiese la señorita… ¿Cómo la había llamado Heisenberg?

, ¿Hofmann?… Klara Hofmann, eso es. Preciosos ojos, moderno peinado.

Seguro que era buena en lo suyo, si acompañaba a Lise Meitner.

Lástima que su futuro en la ciencia fuese a acabarse en cuanto el Führer la enviase a casa.

Pero saberla inteligente le daba un plus de atractivo.

Todavía sonreía Jürgen Attel cuando salió al corredor.