17
Bothe, Walther Wilhelm Georg
Nacido el 8 de enero de 1891. Oranienburg
Nacionalidad: alemana
Estado civil: casado
Doctor en Física. U. Berlín
Voluntario Ejército alemán (1914)
Prisionero de guerra, deportado a Siberia (1915-20)
Director Lab. de Radioactividad-PTR Berlín
Director Instituto de Física-U. Giessen
Act. dirige el Inst. de Física-U. Heidelberg
Distinciones:
Miembro de la Academia de Ciencias de Gotinga
Miembro de la Academia de Ciencias de Heidelberg
Investigaciones más relevantes:
Durante su prisión en la Unión Soviética, Bothe no dejó de trabajar en los problemas teóricos derivados de su tesis doctoral sobre la teoría molecular de la reflexión y la difracción de la luz…
Llegamos al hotel con tiempo de sobra para acudir a nuestros respectivos compromisos.
Invitado por Heisenberg, yo me uniría a los participantes más jóvenes en el Consejo para acudir a una brasserie típica.
Ni qué decir tienen las expectativas que tenía puestas en aquella cena de cara a progresar con mi lista.
El vestíbulo del Métropole era un hervidero.
En número variable, grupos de huéspedes se encontraban, conversaban, se dirigían al bar o salían de él, todos ellos con el ánimo dispuesto para la cena.
La mayoría de los participantes en el Solvay había llegado ya a Bruselas, aunque algunos rezagados lo harían el domingo, a tiempo para la inauguración del lunes por la mañana.
En el trayecto al ascensor nos interceptó una voz conocida.
Heisenberg charlaba con un recién llegado, a juzgar por las maletas acumuladas a los pies de este.
De mirada penetrante, bigote bien recortado y prematura calvicie, le calculé unos cuarenta.
Mi jefe nos lo presentó como Walther Bothe, director del Instituto de Física de la Universidad de Heidelberg.
—Me temo que no por mucho tiempo, amigo Werner —puntualizó Bothe con desmayada sonrisa—.
Las cosas se han radicalizado en nuestra universidad hasta límites insoportables.
Los nazis ejercen un control férreo, y ese petulante de Lenard está logrando que mi posición resulte insostenible, cuando fue él mismo quien me propuso para el puesto.
Heisenberg negó con la cabeza.
—Cuánto lo siento, profesor. ¿Cree que le harán renunciar?
—Lo veo inevitable —suspiró Bothe—. Lo contrario implicaría renegar de todo aquello por lo que he trabajado en el pasado.
Había en aquel hombre la serena resignación de quien sabe que hace lo correcto, aunque le perjudique.
Comprendí lo que quería decir: por su dossier sabía que sus experimentos en Giessen lo habían llevado a descubrir una nueva forma de radiación con un intenso poder penetrante; descubrimiento que, a su vez, resultaría en el del neutrón por parte del británico James Chadwick.
Toda una revolución para la física nuclear, convertida en leitmotiv del Solvay que nos ocupaba.
Lo que quiero decir es que Bothe estaba implicado hasta la médula en la física judía, y que no me parecía que un hombre que había sobrevivido a cinco años de reclusión en Siberia como prisionero de guerra fuera a dejarse achantar por un dinosaurio, por mucho que este se llamase Lenard.
Bothe no solo estaba en la lista de Gelb, sino que una declaración de intenciones suya podía convertirse en elemento clave de mi informe.
Debió de ser el exceso de interés lo que me perdió, porque cambió de tema al reparar en mi boca, muy abierta.
—Pero no sigamos hablando de mí ante estos jóvenes prometedores —dijo, señalándonos con su mirada perspicaz—. Van a llevarse la impresión de que la política ha desbancado a la ciencia.
Bothe se interesó por las actividades de Klara junto a Meitner, a quien conocía bien de su época en Berlín. La charla duró hasta que un joven con sendos llaveros del Métropole en la mano, a quien presentó como su ayudante, se unió al grupo.
Jürgen Attel se cuadró casi militarmente para tender la mano a Heisenberg, y luego, más relajado, estrechó la de Klara y la mía.
—¿Cenarán con nosotros? —preguntó Heisenberg, cortés.
—Nada me complacería más —respondió Bothe—, pero algunos de los profesores más veteranos han organizado una cena privada, y me temo que no me perdonarían una deserción. Sin embargo, estoy seguro de que herr Attel preferirá unirse a ustedes, los jóvenes.
Creí percibir —pero sin duda fueron imaginaciones mías— cierto interés por parte del profesor en librarse de su ayudante.
La primera impresión que me produjo Attel fue ambigua.
A su aspecto alto, rubio y atlético, que más bien daba envidia, se contrapuso la mirada de curiosidad que dirigió a Klara, como si evaluase su aptitud para la crianza de esos cachorros tan deseados por el Führer.
Tomé buena nota mental, de cara a una futura conversación con mi amiga.
Ella —con satisfacción creí percibir una gelidez en su mirada como respuesta— se excusó para subir a su habitación. Bothe y Attel se dirigieron a tomar posesión de las suyas. Yo permanecí en el vestíbulo con Heisenberg, con la esperanza de que hiciese algún comentario sustancioso. No me defraudó.
—Ya lo ve, Maier —dijo, siguiendo con la mirada a los de Heidelberg—: es seguro que Bothe compartirá algún día un Nobel con Chadwick[29]. Y a pesar de ello, en unas semanas podría verse forzado a abandonar Alemania.
Puse la cara que reservaba para cuando me obligaba a acompañar a mi madre a la iglesia en Meissen.
—¿De verdad cree usted que será para tanto?
Mi jefe torció el gesto.
—Bothe es un buen hombre, un buen físico y un buen alemán; pero si los nazis lo obligan a dejar Heidelberg, no encontrará trabajo en ninguna otra universidad del país.
—En su frente se dibujaron unas líneas de concentración—.
No veo alternativa, a no ser que Planck…
—Luego meneó la cabeza, como quien descarta una idea absurda.
Me quedé sin saber en qué pensaba.