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O eso es lo que deberíamos pensar, al menos.
—¿Deberían? —inquirí, arqueando una ceja.
Se encogió de hombros.
—Después de la guerra, las mujeres hacían falta en todas partes: en los campos, en las fábricas, en la administración.
Se partieron el pecho para sacar adelante el país sin dejar por ello de atender a sus hogares e hijos.
Aprendieron los oficios, demostraron que podían hacer de todo, y que podían hacerlo igual que los hombres.
Si era necesario, suplían fuerza con coraje.
Y ahora, de la noche a la mañana, Hitler las despide de esos trabajos con que se ganan la vida.
Les dice que lo suyo son los hijos, la cocina y la iglesia[28].
Les arrebata la independencia económica que tantas penurias les ha costado lograr.
—Si hasta entonces Klara había hablado en un tomo más melancólico que áspero, en este punto me dedicó una mirada fiera—.
¿Y sabe qué es lo peor, Matthias? Que muchas lo aplauden y lo votan en masa.
Las muy ingenuas creen sus promesas de que habrá un buen marido para cada una, y de que nunca más faltará el pan en sus hogares.
Eso —sonrió con despectiva amargura—, si es que se las considera lo bastante arias como para casarse y tener hijos.
Suspiré pensando en mi madre, viuda desde los treinta y cinco años.
Todavía la consideraba hermosa a pesar de que el dolor había dejado huella en su rostro.
Habría podido muy bien rehacer su vida con otro hombre, pero nunca llegó un pretendiente: la guerra no dejó varones disponibles en Meissen más allá de los jovenzuelos de mi generación.
Extremé la prudencia, pues sabía que entraba en terreno pantanoso.
—Las mujeres aceptan esa política porque tener un marido y una familia es un sueño para muchas de ellas —dije—. Y sindicatos, funcionarios e intelectualoides la apoyan sin reservas. No entienden que haya hombres parados mientras que tantas mujeres están pluriempleadas en el trabajo y en la casa.
—¿Y por qué no se ocupan de la casa los hombres?
—Es una buena pregunta. Yo diría que todo empieza por los hijos: ellas los gestan, los paren, los amamantan. Eso condiciona el resto.
—Supongo que tiene razón —admitió Klara con un suspiro. Luego dejó que un surco se dibujase en su frente—. Y usted, Matthias, ¿también cree que debería preocuparme más por encontrar marido que por la física?
Di un brinco en mi silla.
—¡No! Klara, yo…
Una cálida oleada me golpeó el rostro. Ella correspondió con una refrescante carcajada.
—Era broma, Matthias. —Se tapó la boca con las manos—. Oh, discúlpeme; no quería…
Le quité importancia, aun siendo consciente, por lo oído a Heisenberg y Debye, de que Klara tenía motivos de sobra para preocuparse por su futuro. Aunque Laue se resistiese a despedir a las mujeres del Instituto Káiser Guillermo de Física, era cuestión de tiempo que sucediese.
Terminamos las galletas y rebañamos hasta la última gota de chocolate con las cucharillas.
Klara continuó llevando el peso de la conversación, sin que yo dejase de admirarla.
A mis veinticinco años no tenía mucha experiencia con las mujeres.
Ninguna, para ser honesto. Mi exclusiva dedicación al estudio no había favorecido la interrelación con el sexo opuesto; la escasez de faldas en el ámbito de la física universitaria, menos aún.
Mi aversión a la superficialidad del galanteo había hecho el resto.
Tan solo Rachel me había sacado de aquel letargo misantrópico; pero Rachel era, precisamente, la confirmación de mi torpeza con las mujeres.
Con todo eso, no resultará difícil entender la sensación extraña, desasosegante y agradable a la vez, que me embargaba aquella tarde.
En menos de doce horas había conocido a dos mujeres singulares.
En menos de veinticuatro me había citado con ambas.
Y lo que más me excitaba era que Charlotte y Klara, cada una a su manera, cada una con sus matices, representaban a la perfección esa imagen tan arraigada en mi mente, gracias al cine y a las revistas frívolas que mi madre compartía con su hermana, de la mujer alemana moderna.
Ambiciosas. Inteligentes. Con iniciativa.
Ambas eran buenas en su trabajo. Ambas llevaban una vida independiente en Berlín.
Una vida que imaginaba cosmopolita y mundana; inaprehensible para mi alma pueblerina y timorata.
Mi imaginación desbocada las veía jugando al tenis ligeras de ropa; tomando el sol con ajustados maillots en cualquiera de los lagos que rodeaban la capital; saliendo en compañía del amigo de turno, libremente escogido, como Klara me había escogido para ocupar aquella tarde.
Las imaginaba yendo al teatro o al cine, divirtiéndose luego en un club nocturno, bailando foxtrot o charlestón, bebiendo, fumando, haciendo el amor con su amigo si les venía en gana.
Cosas todas ellas, el teatro, el baile, el amor, que lo mismo podían hacer con una amiga el día que les apeteciese, como era fama en las berlinesas.
Y yo, ¿cómo encajaría en un ambiente así?
Me pregunté cómo sería salir —pero salir de verdad, con romance de por medio— con una mujer moderna.
Mi exigua experiencia resultaba contradictoria: Charlotte me provocaba una permanente opresión en el estómago, como si yo, temeroso de no estar a la altura de su mundanidad, olvidase respirar.
Con ella siempre me parecía andar un paso por detrás.
Con Klara, en cambio, todo resultaba más natural ahora que nos entendíamos.
Klara no me alteraba el pulso, como Charlotte, pero con ella podía hablar en un salón de té esnob y sentirme tan relajado como si estuviera con Jakob o con Hugo en una concurrida cervecería.
Quizá por eso no me sorprendió su pregunta.
—Y usted, Matt, ¿tiene a alguien que lo espere en Leipzig? —me soltó a bocajarro—. ¿Una novia, tal vez?
Quizá por eso, también, y porque por primera vez me había llamado Matt, me pareció que se merecía mi sinceridad.
—No, en realidad —dije con gesto vago—. Hay una chica que… —Carraspeé—. Bueno, que me gusta; pero lo nuestro no tiene ninguna posibilidad.
Klara puso en blanco el acuoso azul de sus ojos.
—No me diga que ella es aristócrata —sonrió—; y que usted, humilde plebeyo, no puede ni soñar con su favor.
—No se ría —la reconvine amistosamente—. Es la hermana de un compañero de trabajo. Son judíos y, si todo va bien, en breve abandonarán Alemania los dos.
Asintió ella en silencio, y luego, como quien tiene una idea brillante, elevó las cejas sobre los ojos muy abiertos.
—¿Sabe qué le digo?… Que debería intentar conseguir una plaza en Berlín. Le gustará la ciudad.
Klara Hofmann no me permitió pagar. Se empeñó en corresponder a mi regalo de la mañana. Yo, prudente, renuncié a contrariarla, no fuese a tomar una eventual obstinación mía como condescendencia para con las mujeres.
He de reconocer que mi bolsillo agradeció el convite.