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Bruselas, sábado, 21 de octubre de 1933

Querido Jakob:

No puedo esperar para contarte las novedades surgidas, en la seguridad de que esta carta te llegará antes de mi regreso a Leipzig.

El almuerzo de hoy ha sido interesantísimo: Heisenberg ha tenido la gentileza de invitarme a compartir mesa con sus buenos amigos Wolfgang Pauli y Niels Bohr, a quien acompañaba su encantadora esposa Margrethe.

Todos ellos se han mostrado muy amigables conmigo, como si yo fuese uno más de tan ilustre grupo.

Del Bohr científico no creo poder decir nada que no sepas.

Como persona no difiere un ápice, puedo asegurártelo, del retrato que tantas veces hemos oído de boca de Heisenberg.

Es persona de elevada estatura y mirada melancólica, hasta podría decirse que ingenua.

He visto en él a alguien extremadamente amable, casi tímido; de habla reflexiva y pausada, no es nada dado a pontificar, y me ha sorprendido la ausencia en él de toda autocomplacencia, esa que uno podría esperar en quien cuenta con un Nobel en su haber[24]…

En cuanto a Pauli, en mi carta le explicaba a Jakob que probablemente no hubiese una persona más opuesta en aspecto, carácter y aficiones a Heisenberg.

El austriaco era moreno, de rostro atezado y marcadas entradas que hacían destacar su frente amplia.

Sus ojos prominentes respaldaban con brillo vivaz la mordacidad de sus apreciaciones, siempre ingeniosas, capaces de desconcertar incluso a quienes lo trataban con asiduidad.

Heisenberg y él habían hecho gran amistad cuando estudiaban en Múnich.

Frente al alemán, disciplinado y amante de la naturaleza, el austriaco era más de costumbres urbanas, e incluso su afición a la vida nocturna le hacía perderse a menudo las clases matinales de Sommerfeld.

Pero el extrovertido y mundano Pauli engañaba a primera vista: era tan dado como cualquier otro físico de su época a las cuestiones filosóficas de la vida[25]. Tanto, que él y Heisenberg solían mantener vivas discusiones sobre la naturaleza de la materia.

… pero no quisiera que me malinterpretases, Jakob. No es mi intención darte envidia; menos aún que lamentes tu suerte, siendo tú quien debería estar aquí por derecho propio. Espero que no me guardes rencor por haberte usurpado el puesto, aunque haya sido accidentalmente (disculpa el chiste).

Lo que en realidad quería contarte con urgencia es que tanto Pauli como Bohrse han mostrado favorables a ayudarte. Pauli ha sugerido Cambridge, y ha prometido hacer algunas consultas rápidas.

En cuanto a Bohr, ve con buenos ojos tomarte como ayudante, supongo que influido por el elogio que nuestro querido profesor ha hecho de tus cualidades científicas y humanas.

Bohr se ha convencido de que tus trabajos sobre rayos cósmicos podrían encajar en su línea actual de investigación sobre el núcleo.

Se ha comprometido a llamar por teléfono a su administrador, de forma que, cuando Heisenberg regrese a Leipzig, pueda transmitirte un avance de fechas, salario y demás condiciones de una eventual colaboración.

¡Espero que el paquete incluya una generosa asignación semanal de cerveza, por si alguna vez te hago una visita[26]!

Ahora en serio: tanto Copenhague como Cambridge se me antojan inmejorables destinos en los que continuar tu carrera. A no ser que tengas una preferencia clara, te diría, si me permites un humilde consejo, que te dejes asesorar por Heisenberg.

En fin, no sabes cuánto me alegro de poder transmitirte estas nuevas. Espero que a mi vuelta estés bien restablecido y con ganas de oír mis impresiones sobre el congreso que comienza el lunes y sobre el resto de sus participantes.

Transmite, de mi parte, un afectuoso saludo a tus padres; y también a Rachel, para quien adjunto una simpática postal del símbolo por excelencia de Bruselas.

Satisfecho con aquella forma elegante de enviar a Rachel la postal, en la que incluí para ella unas palabras corteses, me dispuse a plegar la carta. Pero antes de cerrar el sobre, caí en la cuenta de un detalle importante. Pasé cinco minutos pensando en la mejor forma de plantearlo.

P. S.: He conocido a alguien con notable influencia en ciertos círculos de Berlín. No puedo darte más detalles, pero esta persona se ha comprometido a echar un cable en el asunto de tu visado.

Así, en singular. Prefería no mencionar la eventual salida de Alemania de Rachel.

Ni mi amigo me había aclarado su postura, ni yo sabía si había planteado el tema a la familia.

Tal vez fuese más prudente no generar una prematura ansiedad a los padres, la cual podría afectar a la decisión de la hija.

Ya me ocuparía de ello en su momento: una vez tuviese los visados en la mano, sería más fácil convencer a los Weiss.

Con los sentimientos confundidos por la perspectiva de una dolorosa despedida de mi bella judía, que a la vez consideraba obligada, me dirigí al vestíbulo a despachar la carta y en busca de Klara.

Klara Hofmann —no volvería a equivocarme— era una caja de sorpresas.

Apareció en el vestíbulo cinco minutos tarde, con una espléndida sonrisa y una moderna Leica de treinta y cinco milímetros colgada del hombro.

Vestía un traje de chaqueta a la moda, con la falda por debajo de la rodilla y un gracioso sombrerito a juego, y llevaba al brazo su abrigo de fina lana beis, a cuyo lado el basto paño del mío desmerecía.

Mientras me mostraba la cámara, bromeando con que esa tarde haríamos nuestras propias postales, pensé que debía de ser de familia pudiente, pues era imposible que su salario como ayudante de Meitner le permitiese una vida tan desahogada.

… La fuente es famosa debido a la estatua en bronce que la decora, de apenas un metro de alta, y que representa a un Cupido del que mana el agua de forma muy natural pero poco decente…

Clic.

Comenzamos, naturalmente, por el Manneken Pis. Posé para Klara, y luego un amable transeúnte aceptó sacarnos una foto juntos. Tomándonos por pareja, el hombre insistió en que nos arrimásemos el uno al otro, ante lo que ella no dudó en cogerme del brazo.

… La aguja está coronada por una estatua-giralda de san Miguel en metal dorado, cuyos cinco metros de alzada, vistos desde el suelo, apenas parecen cinco pies…

Clic.

Divertidos por el malentendido, nos alejamos en dirección a la Grand Place, desde donde, tras repetir la sesión de fotos, tomamos camino de la catedral.

… El pórtico principal se eleva sobre una escalinata de cuarenta peldaños. Las estatuas que han sido colocadas en los nichos de alrededor no están, por desgracia, en consonancia con el resto del edificio…

Clic.

Pasamos una tarde agradable. En cada parada, yo leía lo más remarcable de mi folleto turístico.

Klara, si lo estimaba oportuno, obtenía una o dos tomas.

Cuando consideró que la luz diurna ya no daba más de sí, guardó la cámara cuidadosamente en su funda.

Decidimos regalarnos con una taza de chocolate caliente en una coqueta confitería que nos había llamado la atención en las Galerías Saint Hubert.

Tartas en porciones, protegidas por relucientes campanas de vidrio.

Multicolores pastelillos. Delicados bombones.

Trufas al ron, al armañac, al casis, al Cointreau.

Los escandalosos precios de los chocolates no podían ser ajenos, me dije, a que fuésemos los únicos clientes jóvenes, una nota discordante frente a la homogénea selección de damas encopetadas que animaba el salón.

La merienda resultó distendida. Dada la susceptibilidad de Klara ante ciertos temas, me preocupaba volver a tener un involuntario desliz.

Pero esa tarde no había cuidado: mi nueva amiga estaba de excelente humor.

Aunque la notaba inquieta, no me dio tiempo a preguntarle la causa de su excitación: ella misma me la desveló en cuanto nos vimos cómodamente sentados junto al ventanal, aislados del bullicioso trajín de las galerías.

Si yo había tenido el privilegio de sentarme a la mesa con Heisenberg, Pauli y Bohr, ella cenaría aquella tarde, además de con su jefa, con Rutherford y con el clan Curie al completo: madre, hija y yerno.

Estaba impaciente por conocerlos; sobre todo a aquella mujer asombrosa, la única hasta la fecha en ganar un Nobel científico, y también la primera persona —en eso superaba a todos sus colegas varones— en conseguir dos.

—No está mal —dije—. Yo he comido con un nobel, pero usted va a cenar con tres, contando los dos de madame Curie.

—Pues serán cuatro —replicó ella radiante— si, como espero, la Academia Sueca no tarda en recompensar los méritos de frau Meitner[27]. Es como un sueño, ¿verdad?

Llegaron las dos tazas humeantes, acompañadas por un platillo de galletitas rectangulares con aroma a mantequilla. Resultaba agradable tener la porcelana caliente entre las manos. Klara acercó la suya a sus labios. Sopló el borde con un gracioso mohín, sin dejar de hablar de su profesora.

—¿Sabía usted que Einstein, con quien le une una buena amistad, la llamaba en Berlín «nuestra madame Curie»? —Mojó los labios en el chocolate—. ¡Por Dios, qué rico está!

Lo probé también. Me sorprendieron su textura, más untuosa que arenosa, y su sabor, un punto dulce, un punto amargo, más intenso de lo que yo estaba acostumbrado.

—¡Es verdad! Supongo que por eso nos van a cobrar su peso en oro.

Rio ella mi ocurrencia y se tocó, divertida, la comisura de los labios, dándome a entender que habían quedado trazas de chocolate en los míos.

—La admira mucho, ¿verdad? —pregunté—. Le gustaría ser como ella.

Klara ladeó la cabeza. Su dedo índice jugueteó con el corto mechón que le cubría la oreja.

—En realidad lo que me gustaría es no tener que ser como ella.

Mírela: fue pionera en todo en la universidad, y ahora dirige el departamento de Radiofísica del KWIP.

Entre ella y Hahn, que dirige el de Radioquímica, suman veinticinco científicos contratados, incluyéndome a mí.

Pero, a diferencia de Hahn, Meitner ha sufrido lo innombrable para llegar hasta ahí: incomprensión, menosprecio, rechazo…

¡Es injusto! Las mujeres no deberíamos tener más dificultades que los hombres para dedicarnos a lo que nos interesa —dijo, y me sorprendió que a continuación bajase la mirada hacia su taza humeante, como si se avergonzase—.