Hôtel Métropole 15
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SÁBADO, 21

Por la mañana me encontraba de excelente humor: había dormido como un bendito, me había dado un baño caliente, y luego, limpio y perfumado, que diría mi madre, había disfrutado de un magnífico desayuno en compañía de los profesores,

tanto más reconfortante cuanto que la noche anterior me había ido a la cama sin cenar.

Ahora, acomodados en la suite de mi jefe, ambos repasábamos su conferencia, treinta y cinco folios sobre las posibles respuestas a una de las grandes incógnitas de la física del momento: la constitución del núcleo.

—… y si la experimentación nos permite constatar la posición de una partícula en un instante determinado —argüía yo—, entonces el principio de incertidumbre exige una falta de precisión en lo que concierne a su energía.

—Pero el caso de la emisión de una partícula beta sería diferente —reflexionaba Heisenberg—: puede medirse su energía de una forma bien definida, y entonces la cuestión del balance de energía se impone necesariamente…

En realidad, los asistentes a la conferencia ya disponían de copias mimeografiadas del texto remitidas con anterioridad por la secretaría del Consejo, por lo que, más que revisar la redacción, lo que hacíamos era tratar de anticipar las dudas y comentarios que pudieran surgir durante el acto.

Era un papel, el de abogado del diablo, en el que me sentía cómodo: teorizar sobre los misterios de la materia era lo que más me gustaba del mundo, y hacerlo con Werner Heisenberg era…

Bueno. Él era hombre meticuloso, y gustaba de tenerlo todo bien pensado.

—Magnífico, Maier. Creo que es suficiente por hoy —zanjó satisfecho tras una hora de minucioso escrutinio—. Más adelante, según se vayan desarrollando las demás conferencias, iremos puliendo todas esas ideas.

—Tengo especial interés en la del profesor Dirac sobre el positrón —dije—; y, naturalmente, en la de Gamow, cuyas teorías utiliza usted como base para su argumentación.

—En cierto modo, es una suerte que nuestra charla sea la última. Por cierto, que lo veo a usted bastante recuperado. Es imposible no descansar bien en un hotel como este, ¿verdad? —Rio con ganas.

Sonreí para mis adentros, halagado por el «nuestra».

—Si no le importa, herr professor, voy a salir antes del almuerzo para estirar las piernas. Me gustaría comprar algunas postales para la familia.

—Vaya usted con toda tranquilidad. ¿Volverá para el almuerzo?

—Por supuesto.

El profesor me despidió con una afectuosa palmada en el hombro.

—Estupendo, porque me gustaría presentarle a los profesores Bohr y Pauli, que estarán al llegar. Y, de paso —me hizo un guiño—, les hablaremos de Weiss antes de que se dejen absorber por el Consejo.

Salí a la calle exultante.

Había conocido —Meitner, Cabrera— o estaba a punto de conocer —Bohr, Pauli— a figuras clave de la física del momento, personas que hacían Historia a la vez que Ciencia, tarea a la que yo contribuía con mi modesta aportación como sparring.

Heisenberg, mi maestro, me mostraba verdadero aprecio, y no me cabía duda de que encontraría una salida para Jakob. Rachel estaría lejos, pero a salvo.

Yo abandonaría la provinciana Leipzig. Berlín, quizá. Qué mejor destino para un profesor recién habilitado.

Todavía podía sentir en el brazo, en el hombro, en la base del cuello, la perfumada calidez de Charlotte.

La vida me sonreía.

La mañana era fría y luminosa. Llevaba las manos en el bolsillo, el sombrero bien calado y las solapas del abrigo levantadas.

Deambulé sin prisa por las animadas callejas medievales de Îlot Sacré, una zona contigua al Teatro de la Moneda donde abundaban los comercios y los cafés.

Alcé la vista reparando en el peculiar escalonado que culminaba muchas fachadas de piedra o ladrillo, rematado por una escultura o una cruz de hierro forjado.

En mi recorrido dejé atrás tiendas de ultramarinos y bodegas, zapaterías, carnicerías, panaderías, droguerías, ferreterías, mercerías y todas las «ías» que uno pueda imaginar.

Me detuve frente a una librería de angosta entrada y estrecho escaparate, ante la que unos cajones de madera apoyados sobre taburetes exhibían cientos de postales en blanco y negro o coloreadas.

Me entretuve hasta escoger una de la Grand Place para mi madre y otra de la plaza Royale para tía Gretchen.

Dudé si una del Manneken Pis sería adecuada para Rachel.

Me sonreí pensando en la cara que pondría, y pensé que tal vez fuese más prudente enviársela a Jakob.

Podía desearle un pronto restablecimiento con un saludo para su hermana.

La cogí con idea de decidir más adelante.

Al entrar en el local para dirigirme a la caja, un libro llamó mi atención.

No fue la portada, más bien anodina, sino el título sugerente y el nombre del autor.

Me pregunté si podría con él, porque desde la época del gymnasium mi práctica del francés se había limitado a la consulta de libros de texto y la lectura de artículos científicos.

Ya veríamos, también.

Satisfecho, con las postales en un sobre y el libro envuelto en papel de estraza, busqué en el mapa el camino hacia la cercana Grand Place, deseoso de echarle un vistazo antes del almuerzo.

Temía que mi acento pudiera ser motivo de desconfianza y hasta de hostilidad.

Al fin y al cabo, no hacía veinte años que Alemania había invadido aquel pueblo pacífico y neutral.

Allá donde las tropas defensoras se batían en retirada, las nuestras habían sembrado el terror entre la población civil en represalia a la resistencia hallada.

La prensa extranjera había aireado en su día saqueos, violaciones, masacres.

¿Cómo pudieron llegar a ese extremo? ¿En verdad éramos así los alemanes, o la crueldad era intrínseca a toda la especie humana?

Tales reflexiones, surgidas a la vista de aquellos lugareños de apariencia saludable, afanados en sus quehaceres cotidianos, me llevaron a una cuestión en extremo inquietante: de haber servido en las fuerzas de invasión, ¿cómo se habría comportado el cabo electricista Maier?

¿Habría mantenido la dignidad o se habría dejado arrastrar a la barbarie?

Nunca me había planteado así su papel en la guerra.

Y si su muerte había empañado cualquier otra consideración hasta entonces, en aquel momento agradecí que mi padre hubiese sido destinado al arma de dirigibles, muy por encima, literalmente hablando, de las depravaciones cometidas en el frente.

Pero lo cierto es que los bruselenses se mostraban simpáticos, quizá porque muchos de ellos vivían de los forasteros.

Me pregunté cómo reaccionarían a mi acento en un pueblo represaliado, donde tullidos y viudas fuesen todavía moneda corriente y los memoriales recordasen a padres, hijos y hermanos caídos.

Bulliciosos tenderetes de flores, pájaros y comida. El aire impregnado de sugerentes aromas. La melodía alegre de un violinista ambulante. El ansioso revoloteo de cien palomas en pugna por una miga de pan.

Como el soplo de brisa que despeja la bruma alrededor de una nave al pairo, así la Grand Place alejó las sombras de mi espíritu.

Inspiré hondo ante un puesto de tulipanes multicolores, necesitado de ventilar la mente.

Deseaba que Charlotte estuviese allí, que su brazo me guiase para descubrir tanta belleza.

—Qué coincidencia, herr Maier. ¿También a usted le gustan las flores?

Me di la vuelta. Antes de ver el rostro reconocí el abrigo de botones forrados, ceñido con un cinturón de la misma lana beis.

—¡Klara! Er… Ejem. Frau doktor Hausmann —rectifiqué—, ¡qué sorpresa!

Mi colega berlinesa arrugó la nariz.

—Hofmann, si no le importa. Aunque prefiero Klara, la verdad.

Me ruboricé, pero su semblante amistoso ignoró mi metedura de pata.

—Faltaría más —dije mirando en derredor en busca de la profesora Meitner—. ¿Está de paseo?

—Descubro esta sorprendente ciudad. Como usted, supongo.

Hizo ademán de comenzar a andar, esperando que la siguiera. Me fijé en que apretaba un grueso sobre de papel manila contra el pecho.

—He comprado unas postales —comencé a explicar—, y… —Callé de repente. Una idea atrevida me acababa de cruzar por la cabeza—. Sí, es una ciudad sorprendente. En especial, esta plaza.

—¿Se ha fijado en el ayuntamiento?

—No mucho. Todavía no he tenido tiempo.

Seguí su mirada entusiasta, que aquel día competía con el cielo despejado, y contemplé la fachada de esbeltas ventanas y profusión de esculturas; pero fue sobre todo la torre central, que ascendía airosa hasta el remate en forma de estatua de bronce, lo que me dejó unos minutos sin habla.

—Es bellísimo —dije al fin, tomando aliento.

—Bélgica llegó a ser una región muy próspera en el medievo —dijo Klara comenzando a andar—. Y a principios de siglo era uno de los países más industrializados de Europa. Lástima que los alemanes la arruinásemos en el catorce.

Me giré para mirarla de frente. Una sombra había oscurecido su risueño semblante.

—Es curioso —admití—. En eso mismo venía yo pensando.

—¿Ah, sí?… Cuénteme, por favor.

Mientras hablábamos de esto y de lo otro, atravesamos la Grand Place en dirección al ayuntamiento. Satisfecho porque la tensión entre nosotros parecía haber remitido, me atreví a poner en práctica la idea que me había asaltado antes.

—Klara, yo —comencé inseguro—… Quería decirle que lamento la discusión de ayer por la mañana. Creo que ambos coincidimos en lo esencial, y que…

—Lo sé, Matthias. No tiene que disculparse. Soy yo quien ha de hacerlo por mi mal genio. Me temo que estuve desagradable.

—Le he comprado un obsequio como desagravio. —Le tendí el libro con mi mejor sonrisa—. Pero ha de disculpar el envoltorio; es que en la tienda…

Klara arrugó la nariz, pero su curiosidad pudo con cualquier atisbo de desconfianza: deshizo la basta lazada de bramante con cuidado de no rasgar el papel.

—La Machine à explorer le temps —leyó, abriendo mucho los ojos—, H. G. Wells. ¡Matthias, por Dios! No tenía que haberlo hecho —protestó.

—Puede que tenga razón. ¡Ni siquiera sé si lee usted francés! —Dejé escapar una viva carcajada, complacido porque era evidente que ella apreciaba el regalo—. Pero cuénteme: ¿cómo va la guerra contra los marcianos?

Klara también rio. Se pasó la punta de su corta melena por detrás de la oreja y ladeó la cabeza.

—De momento arrasan con un rayo calórico, y la artillería no puede gran cosa contra ellos. No está claro cómo vamos a salir los humanos del trance.

—Hum. —Arqueé una ceja, pensativo—. La idea me parece novedosa.

Ella enderezó la cabeza. La punta volvió a su sitio.

—¿A qué se refiere?

—A tener un enemigo común. A que las naciones luchen unidas en lugar de despedazarse entre sí.

Continuamos hablando, amigables y distendidos, hasta que el tañido de un campanario llamó nuestra atención. Klara consultó su moderno reloj de pulsera.

—Me temo que debo dejarlo, Matthias —dijo con evidente decepción—. Voy justa de tiempo para hacer un recado de la profesora Meitner antes del almuerzo.

Un recado para Meitner. Un abultado sobre. Aquello me recordó a Gelb. Pero tampoco a mí me sobraba el tiempo si quería llegar a la cita con Heisenberg.

—Puedo acompañarla, si le parece —me ofrecí, a pesar de todo.

Debió notarse mi escaso convencimiento, porque Klara me rechazó con un gesto que no daba opción.

—No es necesario. Pero podemos continuar el paseo esta tarde, si no tiene nada mejor que hacer. —Me miró con aire travieso—. ¿Ha visto ya el Manneken Pis?

Nos despedimos con una amistosa inclinación de cabeza.

Al volver sobre mis pasos, me agazapé tras la esquina del ayuntamiento, que ya habíamos rebasado.

Observé cómo Klara se alejaba de forma resuelta en dirección contraria, por la calle de la Violette.

Desplegué el mapa. Más allá de la plaza Saint-Jean se hallaba el Palacio de Justicia; más allá, la calle de la Régence y la Villa alta, por donde Charlotte y yo habíamos deambulado la noche anterior.

Pero aquel era el distrito elegante de la capital: sedes ministeriales, palacetes de la nobleza, embajadas.

Embajadas.

No pude evitar preguntarme si aquellos papeles tendrían que ver con una eventual deserción de Lise Meitner.