Hôtel Métropole 14
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—¿Le sorprende?

Me pregunté si no estaría soñando despierto. Abrí mucho la boca, pero luego la cerré.

—¿Por qué no me lo dijo en el tren? —susurré al fin.

Pestañeó Charlotte con aire inocente. Como si las obviedades no necesitaran explicarse.

—Nunca se sabe quién puede estar escuchando.

Miré en derredor, haciendo con la mano un gesto que quería abarcar el bar atestado.

—Aquí hay mucha más gente que en aquel pasillo —observé.

—Que yo sepa, todavía no hemos hablado de nada —repuso ella, bellísima con su rímel y su sombra de ojos achampanada sobre los iris verde alga, y con sus labios de intenso carmín.

Me froté la barba, como solía hacer cuando me enervaba.

—Pero la forma en que me trató —balbuceé—… Es humillante. Usted lo sabía todo sobre mí, y yo, en cambio…

Ella puso los ojos en blanco.

—Al menos fue sincero, Matthias. Reconozco que ganó muchos puntos cuando reconoció ser un mero ayudante del profesor Heisenberg. Cualquier otro se habría tirado un farol.

—Y se burló de mí al despedirse —añadí exasperado—. En realidad, sabía que volveríamos a vernos.

Charlotte se llevó el cigarrillo a la boca. Inhaló el humo, lo expelió sin prisa; con indolencia, casi. ¿Ganaba tiempo para encontrar la forma de excusarse?

—Ah, eso —dijo al fin. Y luego rio, divertida—. Espero que no le quitase el sueño —Y me obsequió con un delicioso mohín de contrición—. ¿Quiere tomar una copa? Lo invito como desagravio.

Embaucadora.

Pero una embaucadora irresistible.

Ella sabía perfectamente que, más que sentirme agraviado, yo estaba encantado de volverla a ver.

Por un instante me pregunté si no resultaría inapropiado que una dama invitase a un caballero en un lugar como aquel, y luego sonreí para mis adentros.

Al diablo. Al fin y al cabo, no se trataba más que de un sueño.

—¿Qué toma usted? —pregunté.

—Un cóctel de champán.

Según el manual del galán de cine, debería poner cara de póker y decir «tomaré lo mismo».

No creí, sin embargo, que fuese buena idea para mi estómago vacío.

Y, además, el paseo, la pendiente, la incertidumbre, la sorpresa, todo ello me había resecado la garganta.

Quedaría fatal si me bebía el cóctel de un trago.

—Tomaré una cerveza, mejor —dije, aun a riesgo de desentonar.

Pero Charlotte asintió complacida. A una seña suya, el barman que hasta entonces me había ignorado acudió solícito.

—Y bien —dijo ella tras pedir la consumición—, todavía no ha respondido a mi primera pregunta: ¿ha visto la ciudad?

—Poca cosa. —Ladeé la cabeza con gesto impreciso—. Y, además, ya de noche…

Mientras le describía mi recorrido desde el Métropole, me sentí aliviado por el hecho de que el sofisticado vestido negro, que dejaba al descubierto los hombros y una espalda ancha, tirando a atlética, le cubriese las piernas hasta los tobillos y el pecho hasta el cuello,

al que se abrazaba en la gargantilla.

Una preocupación menos, la de que mi mirada no actuara por su cuenta de forma inconveniente.

—… y eso es todo —concluí—. Ni siquiera he podido detenerme a contemplar las vistas desde la Plaza del Congreso.

—Ya tendrá tiempo. No todo será trabajo para usted la semana que viene…

—Eso espero. Por cierto, se la ve a usted muy elegante —añadí, dejando que mis anteriores pensamientos se mezclasen en la conversación.

—Gracias. Pero el mérito es de mi madre: se trata de un modelito suyo.

El camarero colocó ante mí una extraña copa en forma de cáliz. La visión de la cerveza tostada acrecentó mi sed. Charlotte levantó su cóctel, invitándome a brindar.

—Santé!

—Zum Wohl!

Di un largo sorbo a través de dos dedos de densa y amarillenta espuma. Charlotte apenas se mojó los labios, mirándome con curiosidad.

—¿Es buena?

—Mmm… —Asentí con la cabeza, aunque fruncí el ceño sin querer—. ¡Pero es fuerte! ¿Cuántos grados tiene?

Encogió ella la piel tersa y la geometría angulosa de sus hombros.

—Se acostumbrará usted. Todo el mundo se acostumbra a lo bueno.

Lo dijo mientras apagaba la colilla en un cenicero de cristal tallado.

Yo, reconfortado tras un segundo trago, dejé vagar la mirada por el local.

Si antes me habían llamado la atención los refinados vestidos de las mujeres, en ese momento me fijé en los vistosos tocados: sombreritos, turbantes, plumas, diademas.

En comparación, Charlotte lucía un sobrio pero no menos elegante pasador de pelo engastado con perlas.

—Tendría que haberme advertido de que este es un lugar distinguido —la recriminé en tono amistoso.

—Tonterías —desdeñó—. No es más que un hotel. Y, además —añadió, dejando caer los párpados de esa forma que ya no recordaba y que volvió a secarme la garganta—, un joven de buena planta como usted no debería sentirse incómodo en ningún sitio.

Alcé ambas cejas. No sabía si me tomaba el pelo o si me cumplimentaba.

—Gracias —respondí, esforzándome en creer lo segundo—. Usted, en cambio, parece sentirse como pez en el agua. ¿Se aloja aquí?

—¡Por Dios, no! —A su ronca carcajada siguió un susurro cómplice—. Es demasiado caro. Además, ya le dije que mis padres viven en Bruselas.

—¿Está con ellos?

—No exactamente. Cuando vengo los visito a diario, pero prefiero instalarme en un pequeño apartamento que tienen en Ixelles, más allá del Palacio Real. Me da más —hizo un gesto vago—… independencia.

—Entonces, ¿por qué citarme aquí?

—Me gusta este sitio. —Sus ojos brillaron de un modo especial—. ¿Ve a todas esas mujeres?… Algunas llevan creaciones del atelier de mi madre. Luego le cuento lo elegantes que iban y a ella le hace ilusión.

Charlotte siguió hablando. Me relató la historia del hotel, cuyo edificio fuera reconstruido para la Exposición Universal de 1910 con la idea de aunar el lujo y el confort exigidos por la selecta clientela que se esperaba.

Conocía bien el establecimiento porque su padre había suministrado la mayor parte de los cortinajes, doseles, tapicerías y demás telas que lo enriquecían, de ahí la familiaridad que le dispensaba el personal.

Yo la escuchaba embelesado. Decididamente, su voz me parecía muy sexi.

Me pregunté cómo sería la vida con una mujer tan atractiva, tan divertida, tan perfecta.

¿Un sueño? Pero tan independiente. ¿Una tortura?

Sin embargo, algo me decía que no todo en ella era superficial, que bajo su fachada frívola se escondía una mujer inteligente y sensible.

Lo cual, qué puedo decir, no hacía sino redoblar su atractivo.

De repente Charlotte se interrumpió, como si la charla le hubiese hecho olvidar algo importante.

—Ha cenado, supongo —dijo.

Hice como si espantase una improbable mosca ante mí.

—No tengo hambre. El almuerzo con los profesores ha sido copioso. ¿Y usted?

—Lo he hecho con mis padres. En Bélgica también se cena temprano. ¿Le gustaría dar un paseo?

Nada me apetecía más que seguir en su compañía.

Tras un torpe intento por mi parte de pagar las consumiciones, que el barman rechazó con gesto esquinado —«Tout est en ordre, mademoiselle Belle-Croix», dijo en cambio con su mejor sonrisa, el muy taimado, cuando rehusó el billete que le ofrecía Charlotte—,

nos acercamos al guardarropa para que ella recuperase su abrigo, momento que aprovechó para tocar el tema que nos había llevado hasta allí.

—Tiene algo para mí, supongo —dijo.

—¿Para usted?

—Para herr Gelb, si lo prefiere. —Su sonrisa había desaparecido, y hablaba con la firmeza de quien se toma en serio su trabajo—. Pero le advierto que soy yo quien debe estudiar sus informes y telegrafiar a la dirección de la NG mis propias valoraciones.

Sorprendido, le entregué de forma discreta el sobre, que ella sopesó como si su valía pudiera determinarse a bulto. Luego lo dobló por la mitad y lo guardó, no en el bolsito negro a juego con el vestido, sino en un bolsillo interior del abrigo. Estaba claro que no quería correr riesgos.

—No es usted un mero enlace, entonces —constaté mientras salíamos a la noche despejada—. ¿A qué se dedica en realidad, Charlotte?

Había refrescado. Me calé el sombrero y me levanté las solapas del abrigo. Sentí envidia del suyo cuando ella se arrebujó en el cuello forrado y se abrazó a sí misma con ambas manos.

—No se confunda conmigo, herr Maier —dijo mientras echábamos a andar por la calle Royale—.

Quizá me vea como una mujer despreocupada, y es posible que yo contribuya a dar esa imagen, pero eso no quiere decir que no tenga mi cabecita.

Soy graduada en Economía por la Universidad de Berlín y mi trabajo habitual en el departamento financiero de la NG tiene que ver, como persona de confianza de herr Schmidt-Ott[23], con la distribución de fondos entre los diferentes comités científicos.

—Entonces… usted conocerá a Planck, a Von Laue, a Franck…

—¿A los miembros del Comité de Electrofísica? Por supuesto; los conozco a todos. Y también a Meitner y a Debye; y a su profesor Heisenberg, cuyas investigaciones financió el Comité. Claro que eso fue antes de que yo entrase en la NG —puntualizó con un mohín divertido.

Asentí con la cabeza. A todos. De pronto, ciertas incógnitas cobraban sentido: Charlotte no había acudido al coche restaurante, ni desembarcó hasta que todos los pasajeros abandonaron el andén.

Ni siquiera había salido de su compartimento más que de madrugada, para fumar un cigarrillo cuando dormían quienes podrían reconocerla.

De nuevo sonriente, para mi alivio, sacó su pitillera de nácar.

Le hice pantalla con las manos hasta que el fósforo prendió la brasa.

La visión de su rostro fugazmente iluminado me recordó la impresión que me produjo la primera vez, en el pasillo del Nord Express.

Me obligué a ignorar mi pulso acelerado para intentar sacar provecho de su buena disposición.

—Y herr Gelb… ¿Cuál es su papel en la NG? —pregunté—. Por cierto, ¿es ese su verdadero nombre?

Recordé su calculada ambigüedad, su poca pinta de burócrata, su capacidad para gestionar asuntos delicados, como los pasaportes para los Weiss, y mis sospechas, en fin, en cuanto al accidente de Jakob.

Decía trabajar para la NG, pero si Charlotte hablaba sin tapujos de su trabajo, ¿por qué iba él a querer ocultar su nombre?

Sin embargo, ella no quiso, o no pudo, ayudarme.

—Olvídelo —dijo, enigmática—. Él ya hizo su parte. Desde ahora, Matthias, preocúpese solo de que sus informes merezcan mi tiempo. Tengo demasiados quehaceres en Berlín como para desperdiciar diez días enteros en esta… distracción.

¿Distracción?

Suspiré. Por lo menos volvía a llamarme por mi nombre de pila.

—¿Quiere que vayamos a otro sitio? —propuse—. Me gustaría poder invitarla a una copa.

—Si le soy sincera, preferiría retirarme temprano. Yo también he dormido mal esta noche, recuerde.

—Permítame acompañarla al menos.

—Le advierto que hay un buen paseo hasta Ixelles.

—No importa.

Era sincero, porque un largo paseo significaba más tiempo a su lado.

Amigable, como si me hubiese leído el pensamiento, ella se cogió de mi brazo.

Y cuando su cabeza se acercó tanto a mi hombro que pude sentir el perfume de su cabello, tan sutil que en el enrarecido ambiente del Astoria no había llegado a percibirlo, yo, Matthias Maier, hijo único de un mecánico electricista y una maestra de escuela,

nacido en una pequeña población rural del alto Elba, no puedo describir lo que pasó por mi mente.

No solo me hallaba en una ciudad mundana y cosmopolita, a punto de asistir a un congreso en el que participarían los mejores físicos del mundo —como ayudante, sea, pero a punto de asistir—, sino que nunca en mi vida me había visto paseando en compañía de una mujer tan hermosa, sensual, sofisticada,

inteligente y divertida.

Oh, Dios.