Hôtel Métropole 13
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La impúdica ninfa seguía ignorándome desde su pedestal. El conserje, en cambio, me saludó cuando dejé la llave sobre el mostrador.

—Ah, monsieur Maier, acaban de dejar una nota para usted —dijo con adusta profesionalidad—. Precisamente iba a enviársela con un botones.

Buscó en el casillero y me tendió un sobre del tamaño de una tarjeta de visita. Un recado tardío de Heisenberg, supuse; o quizá, fantaseé, una nota de Klara Hofmann, que deseaba reconciliarse. Ni lo uno ni lo otro. Tan solo se trataba de una tarjeta comercial impresa en letras de molde.

HOTEL ASTORIA

101-103, RUE ROYAL

ESTRICTLY FIRST CLASS

Mi decepción se vio en parte aliviada cuando leí el lacónico mensaje escrito a mano en el dorso: «21:00 en el bar». Una cita, pues. Pensé en el misterioso enlace que debía ponerse en contacto para recoger mis informes.

—¿Ha visto al mensajero? —pregunté al conserje.

«Remy», rezaba una chapita prendida en su pecho.

Se encogió de hombros y extendió ambos brazos en elocuente gesto: qué más quisiera él que poder abarcar todo lo que ocurría ante el ajetreado mostrador.

Sin embargo, no me defraudó cuando mi ademán de sacar el monedero —lección número uno del manual del detective de Hollywood— le refrescó la memoria.

—Era un botones del hotel Astoria, creo recordar —dijo.

Tenía sentido. Siendo con toda probabilidad el enlace alguien de la NG, no querría venir en persona y exponerse a que alguno de nuestros físicos lo reconociese.

—¿Tiene un mapa? —pregunté—. Si fuese tan amable de indicarme su situación…

—Desde luego, monsieur Maier. El Astoria queda junto a la plaza del Congreso, en la Villa alta. Puede tomar un taxi o el tranvía, si lo desea. Veamos…

Iras las explicaciones pertinentes, convenientemente agradecidas con una moneda de dos francos de plata a cambio del mapa de cincuenta céntimos y un folleto turístico gratuito de la ciudad, consulté mi reloj de bolsillo: las siete y cuarto.

Tiempo de sobra, calculé, para callejear un poco y llegar puntual a la cita. Pero antes…

—Espere un momento, Remy —dije en el preciso momento en que el conserje se disponía a devolver la llave a su casilla—. He olvidado algo en la habitación.

Subir a la última planta del Métropole era cuestión de un minuto, y además se disfrutaba del pueril placer del viaje en ascensor. Pero mi sonrisa plácida se desvaneció cuando observé que la puerta de mi habitación estaba entreabierta.

Intrigado, me detuve fuera a escuchar: un repetido crujir de ropa almidonada revelaba que había alguien dentro.

Asomé la cabeza con precaución hasta que alcancé a ver una figura de cofia y delantal blancos, inclinada sobre la cama.

Al apoyar mi mano en el pomo, la puerta rechinó.

La figura dio un respingo y se volvió hacia mí: era la camarera de la mañana.

—¡Jesús, qué susto me ha dado! —exclamó al verme, llevándose una mano al pecho—. Estaba… Ejem. Arreglando su cama para la noche.

Eché un vistazo en derredor. Todo estaba en orden; incluido el sobre en que había introducido el informe, visible encima del escritorio. Me lo guardé en el bolsillo interior del abrigo.

—Está bien —dije—. Disculpe, no quería asustarla.

—Oh, no ha sido culpa suya —contestó ella, azorada—. Además, soy yo quien debo disculparme por mi actitud de esta mañana, monsieur Maier. El conserje me ha dicho que es usted el ayudante del profesor Heisenberg, y…

—¿Conoce usted a Heisenberg?

La mujer abrió mucho los ojos.

—Todos en el hotel lo conocemos. Se ha alojado aquí varias veces; y es un científico muy importante, ¿no es cierto?

Suponía yo que, en un lugar como aquel, en el que acostumbraban a recibir personajes célebres, el personal estaría aleccionado para proporcionarles un trato exquisito, pero no imaginaba que eso incluyese a los físicos conspicuos.

Cabeceé una afirmación.

—Lo es. Y en cuanto a lo de esta mañana, ha sido un lamentable malentendido. Esperaba a una persona para…

Ella hizo un gesto de rechazo.

—No necesita darme explicaciones, monsieur Maier. Por cierto, me llamo Francine. —Sonrió—. Soy la camarera de esta planta. No dude en usar el pulsador del servicio para cualquier cosa que necesite. Procuraremos atenderle enseguida.

—Así lo haré, muchas gracias.

Se inclinó Francine al tiempo que hacía una leve genuflexión —una reverencia que se me antojó teatral—. Luego, cuando se disponía a abandonar la estancia, se detuvo en el umbral.

—Ah, también le he repuesto el recado de escribir —añadió con mohín cómplice, señalando la bandejita repleta con sobres y cuartillas con membrete del hotel.

Opté por caminar hasta el Astoria. Además de resultar económico, me permitiría echar un vistazo a algunos lugares obligados de la ciudad.

Dejé a un lado la monumental columnata del Teatro de la Moneda donde, según el folleto, se oyeron los primeros gritos de la revolución que en 1830 traería la independencia al país, y siguiendo el mapa tomé la calle de L’Ecuyer y luego por d’Arenberg.

Quizá Bruselas, en sus amplios bulevares periféricos, mostrase la importancia que se le suponía a la capital de un reino, pero aquellas calles del centro histórico no me parecían muy diferentes de las de Dresde, Leipzig o Chemnitz, las pocas ciudades que conocía.

Estaban constituidas en su mayoría por casas modernas de tres o cuatro plantas, similares, a la vez que desiguales, en los miradores y balconadas de hierro forjado que adornaban sus fachadas, más o menos vestidas según los posibles de quienes las hicieron construir.

Me asomé a las —siempre según el folleto— famosas galerías Saint Hubert, una calle comercial que alojaba elegantes tiendas y restaurantes enteramente cubierta por una bóveda de cristal, algo bastante práctico dado lo lluvioso del clima.

Luego llegué a una encrucijada desde la que, al final de una calle diagonal, percibí una mole simétrica en sus torres sin pináculo: la catedral de Saint Michel destacaba su intensa negrura contra el tinte violáceo del cielo recién anochecido.

Tras comprobar que andaba bien de tiempo, examiné la fachada a la escasa luz del atardecer, y después rodeé el edificio para continuar hacia la parte alta de la ciudad, remontando una suave pero pertinaz pendiente que me obligó a reducir el paso, so pena de perder el resuello.

La calle Royale resultaba reconocible por el amplio edificio del Parlamento, erigido en la acera opuesta.

Para llegar al Astoria bastaba con seguirla hasta más allá de la Columna del Congreso, a cuya plataforma recomendaba el folleto subir para disfrutar de las vistas.

Sería en otra ocasión.

La fachada del Astoria, con su entrada flanqueada por lujosas tiendas, presentaba un aspecto imponente.

En el suntuoso vestíbulo el ambiente me hizo sentir fuera de lugar: damas enfundadas en rutilantes vestidos de cóctel y caballeros de riguroso esmoquin, con pinta todos ellos de haber cenado bien, circulaban en animada conversación entre el comedor y los diversos salones: el de señoras, el de fumar,

el de lectura.

Al preguntarle por el bar, el recepcionista dedicó una mirada displicente a mi traje de calle, que todavía conservaba —y conservaría indefinidamente, a menos que lo hiciese planchar— las arrugas del viaje.

En el bar la animación no era menor. Recordé que no era responsabilidad mía reconocer al enlace, sino suya.

Lo único que yo debía hacer era acercarme a la barra, pedir una consumición que no me hiciese un agujero en el bolsillo y sentarme a esperar.

Y puestos a sentarme, ¿por qué no en el taburete libre junto a la esplendorosa, interminable espalda que un pronunciado escote dejaba al descubierto y que una especie de gargantilla negra separaba de un no menos espléndido cuello, visible gracias al artístico recogido de la cabellera caoba?

La damisela fumaba un cigarrillo acodada en la barra.

Ante ella, un líquido de tinte anaranjado burbujeaba en una copa adornada con piel de naranja.

Decidido a vencer mi natural timidez, coloqué abrigo y sombrero sobre un tercer taburete y me senté a su lado.

Esbocé un «con su permiso» que, por no atreverme a mirarla a la cara, no pudo por menos que parecer tímido.

Mientras esperaba a que el barman reparase en mí, percibí de reojo cómo se retiraba de mi campo de visión una mano enguantada en negro hasta el codo y cómo luego retornaba a su posición inicial, seguida de una vaporosa voluta de humo perfumado.

Un aroma a especias que reconocí.

—¿Ya ha tenido ocasión de visitar la ciudad, Matthias? —preguntó una voz más ronca de lo que cabría esperar.

—¡¡¡Usted!!!