Hôtel Métropole 12
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Tras el almuerzo, Heisenberg propuso dar un paseo para estirar las piernas y admirar el centro histórico de aquella, al decir suyo, bella ciudad.

Frau Meitner y Klara aceptaron de inmediato: era su primera vez en Bruselas y no querían perderse una visita guiada por quien llevaba varios consejos Solvay a sus espaldas.

Debye se excusó alegando que ya conocía la ciudad y que prefería salir más tarde, una vez despachada la digestión, lo que todos interpretamos benévolamente como la necesidad de una siesta tras los rigores del viaje.

En cuanto a mí, me uní a él aduciendo que apenas había pegado ojo la pasada noche; y omitiendo, porque no venía a cuento mencionarlo, que debía redactar un informe y que prefería evitar la hostilidad de Klara.

Era consciente de que su ayudante no me había contado nada sobre Lise Meitner que la NG no pudiera saber ya; y no disponía de ninguna pista sobre sus intenciones, más allá de su antiguo intento de trabajar en París.

Nada que pudiese aportar interés a mi informe.

Así pues, aunque el sueño y la pesada carga de salchichas con frites apenas me dejaban pensar en otra cosa que no fuese en echar una cabezada, decidí aprovechar la buena relación que me unía a Debye durante el corto paseo de regreso al hotel.

—Es terrible, ¿verdad? —comenté—. Me refiero al hecho de que le hayan retirado la venia legendi a frau Meitner. La señorita Hofmann me comentó esta mañana lo disgustada que está la profesora, disgusto que comparten colegas de la talla de Planck, Von Laue y Hahn.

Asintió el hombre que algún día, si el dios de los físicos tenía la sabiduría que cabía suponer, debería ganar un Nobel por sus descubrimientos sobre física molecular[21].

—Lo terrible —se lamentó— es que no todos piensan igual. Algunos en Berlín nunca llegaron a aceptar que una mujer impartiese clases en la universidad, y hoy se regocijan de la expulsión de Meitner, exigiendo también que se le impida seguir investigando en el KWIC.

—¿Pueden conseguirlo?

—Esa es una buena pregunta. —Frunció los labios el profesor, como quien considera puntos fuertes y débiles—.

Lo veo difícil —dijo al fin—, mientras la KWG[22] mantenga su autonomía y Meitner cuente allí con el apoyo incondicional de quienes usted ha mencionado.

Por fortuna para ella, su nacionalidad austriaca la exime de muchas normas y obligaciones que afectan a los alemanes, igual que a mí.

Pero también hay fanáticos nazis en la KWG, y estoy seguro de que pondrán todo su empeño en hacerle la vida imposible.

—Supongo, entonces, que es probable que frau Meitner decida regresar a su país o exiliarse en Inglaterra o Suiza, como han hecho otros —aventuré, tratando de sonsacarle—. Digo yo que a una científica de su talla no le faltarán propuestas en ese sentido.

Sea por prudencia o por ignorancia, Debye ni confirmó ni desmintió.

—Tal vez —se limitó a admitir, alzando los hombros—, pero es una mujer valiente.

Ha conseguido todo lo que se ha propuesto hasta ahora, y no creo que vaya a dejarse amedrentar por esa patulea de intransigentes.

Y ahora —añadió con un gesto que interpreté como voluntad de zanjar el tema—, ¿le apetece un digestivo antes de subir a la habitación?

Habíamos franqueado la puerta del hotel mientras hablábamos, y el profesor señalaba con su bastón hacia uno de los salones abiertos al vestíbulo.

Temí quedarme dormido si me sentaba en un sillón, pero la oportunidad de proseguir nuestra conversación a solas era demasiado buena.

Además, un digestivo siempre ayudaría en eso, en hacer la digestión. Saqué fuerzas de flaqueza. Acepté.

—Creo que tiene un hijo en el gymnasium, ¿no es cierto, herr professor?

—Así es —respondió Debye con orgullo de padre—. Se llama Peter también, y he de decir que no se le dan mal los estudios.

Nos habíamos instalado en el salón de lectura, una estancia de mullido alfombrado, cómodos butacones y ecléctica decoración a base de mármoles, dorados y motivos de reminiscencias africanas. Si en eso consistía el lujo, me dije, no me parecía difícil acostumbrarse.

—¿Estudiará física? —aventuré.

Rio él la ocurrencia.

—Es pronto para saberlo —respondió—. Pero no le quepa duda de que tendría todo mi apoyo. Quién sabe, Maier —me guiñó un ojo—, quizá acabe siendo alumno suyo.

Degusté mi peket, una ginebra aromatizada típica de Valonia que el profesor me había recomendado.

Era ligeramente dulce, con sabor a frutas del bosque, al estilo de nuestro himbeergeist.

Él, tras bañar en la suya la punta de un cigarro puro, lo chupó con deleite antes de proceder al ritual encendido con su pericia de gran aficionado.

—Sabe que para mí sería un honor —dije—. Le debo a usted mucho: le debo mi vocación por la física.

—Lo sé. Usted es uno de mis mayores logros como profesor, y sabe que, adonde quiera que lo lleve la azarosa vida del académico, siempre podrá recurrir a mí cuando me necesite.

—Se lo agradezco, herr professor. Es solo que…

Me interrumpió la duda. Observé a aquel hombre de excepcional inteligencia, carácter bondadoso y fama de bon vivant, y me pregunté si no sería indigno aprovecharme de su confianza para mi informe.

—Usted dirá, Maier.

Contemplaba él la regular incandescencia del extremo de su habano tras darle varias chupadas bajo la llama del fósforo. Y decidí, para aliviar mi conciencia, que de ninguna manera pondría por escrito nada que pudiese perjudicarlo.

—Me pregunto si permanecerá usted en Alemania —dije al fin—. Antes, cuando hablábamos de frau Meitner… Bueno, me consta que usted tampoco simpatiza con los nazis, y teniendo en cuenta que es holandés… Lo que quiero decir es que estoy seguro de que en su país lo acogerían con los brazos abiertos.

Claro que, tal como estaban las cosas, quién sabía qué podía perjudicar y qué no. Me prometí a mí mismo ser prudente, en cualquier caso.

—Es cierto que he recibido algunas indirectas. —El profesor exhaló una densa nube de humo con aire complacido—. Ya ejercí en Utrecht en el año doce, y no me disgustaría volver si no hubiese más remedio; pero, de momento, eso no entra en mis planes.

Asentí en silencio. Debye había sido claro, así que opté por no insistir.

Para los detalles del informe ya disponía de mis notas sobre la conversación escuchada en el tren.

Apuré el peket, dispuesto a excusarme, pero no me dio tiempo.

El profesor se levantó antes, el bigote y los labios repentinamente distendidos.

—¡Mi querido profesor Cabrera! —exclamó, mirando más allá de mi espalda—. Qué placer volverlo a ver, don Blas.

Me puse en pie a mi vez para dejar que me presentase al recién llegado, un hombre de ojillos saltones y bigote cano, como el pelo que le crecía desde el final de una frente muy despejada.

Las investigaciones de Blas Cabrera para obtener el valor del magnetón, la unidad básica de carga magnética, habían sido referencia obligada durante la elaboración de mi tesis doctoral.

Y, aunque no figuraba en la lista de Gelb, algo había leído sobre este español, profesor de la Universidad de Madrid y miembro de la Academia de Ciencias de París y del Comité científico del Consejo Solvay, en el que había entrado a propuesta de Einstein y de Curie.

Cabrera era un físico de gran mérito por cuanto, además de su renombre internacional en el campo del magnetismo, era un pionero de la física moderna en un país en el que la ciencia siempre había ido rezagada respecto a las principales naciones europeas.

—Y dígame, Cabrera, ¿cómo les va en su flamante Instituto?

—se interesó Debye tras el pertinente estrechar de manos—.

Debe usted saber, Maier, que el profesor dirige el Instituto Nacional de Física y Química, que se inauguró el año pasado en un moderno edificio construido al efecto.

Sommerfeld estuvo presente —añadió, con la admiración que sentía por todo lo relacionado con su maestro—, y se llevó una magnífica impresión.

—El profesor Sommerfeld nos hizo un gran honor con su presencia en Madrid —dijo Cabrera en un razonable alemán, aprendido durante una estancia de investigación en Zúrich—. Y sí, he de decir que las condiciones de trabajo son excelentes, gracias al generoso patrocinio de la Fundación Rockefeller.

Debye posó una mano amistosa en el hombro del recién llegado. Con la otra señaló la mesa a la que estábamos sentados.

—Cuéntenos usted, por favor. Me interesa mucho saber cómo están organizados.

Campechano, cualidad en la que no desmerecía a Debye, Cabrera exigió invitarnos a una copa a cambio.

Si el holandés se mostró encantado de seguir dando cuenta de su habano en buena compañía, yo rehusé, aduciendo una perentoria necesidad de sueño.

Lo que no me eximió de responder antes a las preguntas del español sobre mi colaboración con Heisenberg, a quien conocía de los anteriores consejos.

Naturalmente, aproveché para hablarle de mi tesis sobre magnetostricción, sobre la que mostró un vivo interés, haciéndome prometer que le enviaría una copia.

—Un placer conocerlo, doktor Maier —dijo, una vez satisfecha su curiosidad—. Espero que volvamos a vernos durante estos días.

—Lo mismo digo, profesor Cabrera. Y ahora, caballeros, si no les importa…

Aún no había alcanzado el umbral cuando ya ambas eminencias reanudaban su amistosa charla. Una del elevado nivel intelectual que en ellas cabía esperar.

—… Creo que probaré uno de esos cigarros, Debye. ¿Es cubano? —Desde luego. Anímese, Cabrera, no le defraudará…

Bruselas. Viernes, 20 de octubre de 1933

De: M. Maier

Para: H. Gelb

Asunto: Informe correspondiente a los días 19 y 20

Partida de Leipzig ayer a las 19:40 con W. Heisenberg y P. Debye.

Llegada a Bruselas a las 11:30 de hoy (hora local) sin novedad, vía Magdeburgo y Hannover. Alojamiento en el Hôtel Métropole, plaza De Brouckère.

Almuerzo con W. H., P. D., L. Meitnerysu ayudante, K. Hofmann, con quienes hemos coincidido en el expreso de Berlín. Se alojan también en el Métropole.

A continuación, se ofrece un resumen de diversas conversaciones mantenidas, con especial detalle de las manifestaciones expresadas por los profesores sobre sus respectivas situaciones personales y académicas, así como sobre sus intenciones de futuro.

Conversación entre W. H. y P. D. durante el trayecto Leipzig-Magdeburgo.

ídem, con K. H. sobre L. M. durante el trayecto Lieja-Bruselas.

ídem, con todos durante el almuerzo.

ídem, con P. D. a solas tras el almuerzo.

…

No imaginaba cómo escribirían sus informes los informadores de la NG, por no decir los espías en general.

Tampoco había recibido instrucciones precisas, más allá de «completo y detallado», así que decidí dar al mío un estilo neutro, impersonal.

Como si de un artículo científico se tratase.

Escribí aparte, para empezar, una lista de las cuestiones que no quería dejar en el tintero: el dilema de los físicos no judíos, el enfrentamiento entre la física aria y la judía, las asociaciones de ayuda a los expulsados.

También anoté de forma telegráfica la actitud de cada profesor ante la situación creada por la Ley de Restauración.

Luego, con más calma, me extendí a lo largo de varias cuartillas en pasar a limpio las notas, incluidas las tomadas en el tren.

La somnolencia se cebó conmigo al igual que hiciese entonces, solo que ahora se hacía más insoportable por la cama de colchón mullido y tersas sábanas que esperaba a mis espaldas.

Pero me obligué, pues no quería dejar escapar ciertos detalles de las últimas conversaciones, todavía frescas en mi cabeza.

Un ruido en la puerta me sobresaltó. No sabía cuánto había dormido.

Lo suficiente como para que la luz exterior hubiese declinado hasta una débil penumbra.

Mi mano buscó sobre la mesilla de noche la cadenita de la lámpara eléctrica.

Me había acostado vestido, constaté sin sorprenderme.

Al menos me había descalzado. Consulté mi precioso, anticuado reloj de bolsillo: las seis menos diez.

Volvieron a golpear la puerta. Esta vez oí la voz jovial de Heisenberg.

—¿Está usted ahí, Maier?

—Un momento.

Me incorporé maquinalmente. Alcancé la puerta maquinalmente, la entreabrí maquinalmente. Debía de parecer un autómata mal engrasado.

—Lo… siento. —Carraspeé—. Me he quedado dormido, y…

La actitud animada del profesor contrastaba con mi torpeza.

—Por supuesto. —Sonrió—. Para eso ha subido, ¿no? Lamento haberlo despertado, si es que no ha tenido suficiente.

Sabía que la cortesía me obligaba a franquearle el paso, pero también que sobre el escritorio estaban desparramadas las cuartillas del informe, tal como habían quedado cuando se me cerraron los ojos definitivamente.

—Es que —balbucí—… he escrito a mi madre antes de acostarme, y… Pero pase usted, por favor.

Me dirigí al escritorio con intención de recoger los papeles, pero Heisenberg no hizo ademán de entrar.

—Oh, no es necesario. Tan solo quería decirle que el profesor Langevin, el presidente del Comité científico, ha organizado una cena para los invitados al Consejo que nos encontramos ya en Bruselas. Pero me temo que eso no incluye a los colaboradores —añadió con visible embarazo—, y que…

Lo interrumpí con un gesto tranquilizador.

—No debe preocuparse por mí, herr professor. A decir verdad, me vendría bien cenar ligero y acostarme temprano. No estoy acostumbrado a viajes tan largos.

—Descanse usted, entonces —asintió él, comprensivo—. El Consejo va a ser largo y le conviene estar despejado. Mañana por la mañana, si le parece, podemos repasar la ponencia tras el desayuno.

Heisenberg no imaginaba lo mucho que me alivió no tener que acudir a una cena de compromiso.

Desde luego que cenaría ligero, si es que cenaba.

En cuanto a lo de acostarme temprano, eso ya se vería.

Necesitaba estirar las piernas, y nada me apetecía más que echar un vistazo a aquella prometedora ciudad.