Hôtel Métropole 11
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No hubo solemnidad en la entrada del Nord Express a la estación de Bruxelles-Nord.

No, al menos, la que un joven de provincias esperaría en su llegada en expreso de lujo a la capital de un reino.

Habíamos recorrido con penosa lentitud suburbios grises y destartalados de poco interés, como los de las otras ciudades atravesadas.

Y si la ralentizada marcha por la playa de vías se me antojó emocionante, ante la vista de la decimonónica cubierta de acero y cristal que, obediente a las leyes de la estática, se agrandaba majestuosa ante mí, el resto de los viajeros se mostró ajeno.

Apiñados con sus pertenencias en el pasillo, deseosos de sacudirse de encima la prolongada inmovilidad y de reanudar sus quehaceres ordinarios, los pasajeros mataban la espera conversando, fumando y mirando por la ventanilla, o se dejaban mecer por el traqueteo, sumidos en insondables pensamientos.

Yo lanzaba constantes miradas a la puerta del compartimento contiguo, que permanecía con la cortinilla echada.

Tarde o temprano había de abrirse, pero el tiempo se acabó cuando el convoy se detuvo entre quejumbrosos chirridos.

Si hubiese viajado solo, cualquier excusa me habría parecido buena para demorarme, buscando cruzar con Charlotte un último saludo.

Dedicándole, quizá, una frase ingeniosa: «Tenía usted razón: no era imposible encontrarnos en Bruselas», podría haberle dicho.

Pero no fue el caso: desde el extremo del pasillo, el profesor Debye me hizo señas para que me apresurase.

Veterano en lides ferroviarias, el holandés sabía que convenía ser diligente para evitar una interminable cola en la parada de taxis.

Con la flema correspondiente a toda una primera clase, los pasajeros fuimos saliendo en orden del vagón.

Los profesores se apresuraron en depositar sus maletas, recargadas a causa de las rígidas normas de etiqueta de los congresos, en el carrito de un mozo de cuerda.

Hice lo mismo con la mía cuando llegaron a mi altura, aunque no habría tenido dificultad para llevarla a mano hasta la salida.

Mientras nos uníamos a la corriente humana, eché un vistazo hacia la parte posterior del convoy, donde se hallaban los coches procedentes de Berlín.

Tenía curiosidad por ver cómo reaccionaría Klara a mi saludo, pero la multitud me impidió ver si ella y la profesora Meitner se habían apeado ya.

Lo que sí pude comprobar, al llegar al vestíbulo, es que el público de Bruselas no difería gran cosa del de Leipzig: grupos familiares, de amigos, parejas, viajeros solitarios…

Muchos viajeros solitarios, sobre todo. Curiosamente, todos daban la impresión de haber dormido bien.

El trayecto se me hizo corto desde la estación hasta la plaza De Brouckère, donde se hallaba el Métropole.

Podríamos haberlo hecho a pie sin dificultad de no ser por el equipaje de los profesores: el taxi apenas recorrió media docena de manzanas antes de detenerse de nuevo.

Pero media docena de manzanas que se me antojaron un mundo por descubrir, pues ambas aceras estaban plagadas de comercios y cafés concurridos y de cines y teatros que, supuse, lo estarían por la tarde.

Apenas tuve tiempo de empapar mis sentidos de tan formidable ajetreo mundano antes de que el taxista detuviese el vehículo.

Ante nosotros se erguía un magnífico edificio de entrada cubierta por un dosel semicircular.

—Voici l’hôtel Métropole, messieurs…

Ricas telas. Ricos mármoles. Ricas maderas.

Ricos bronces y dorados. Si la fachada era de una elegancia contenida, casi sobria, el interior del Métropole impactaba por su lujosa decoración.

Era fama que allí se alojaban reyes, políticos y artistas, y me conturbaba pensar que había gente para la que aquel lugar suntuoso era su hábitat natural.

La primera impresión que producía el vestíbulo, agradablemente iluminado por lucernarios de artísticas vidrieras, era que no se había escatimado en espejos, alfombras y exóticas plantas ornamentales.

En la recepción, una fontana de mármol rosado, pedestal para una lánguida ninfa indiferente a su desnudez, emitía su refrescante murmullo tras el mostrador.

Pero no pude, a pesar de mi excitada curiosidad provinciana, detenerme a curiosear como me hubiera gustado: una vez registrados, los profesores y yo nos dimos quince minutos para reencontrarnos y lanzarnos a la calle en busca del almuerzo.

Mi habitación tenía una ventana abierta a la plaza en el tejado abuhardillado correspondiente a la fachada principal.

Una de las más económicas, supuse, pues se hallaba en la última planta; aun así, el confort saltaba a la vista: la cama, amplia como para dos personas, estaba cubierta por una colcha adamascada, en vistosa combinación con la tela que recubría las paredes.

Había una butaca, dos mesillas de noche de refinada marquetería y un escritorio a juego con silla y lámpara de pesada peana de bronce, que presentí iba a serme útil para redactar mis informes.

La moqueta que recubría toda la estancia era tan mullida que invitaba a descalzarse, pero tampoco tenía tiempo para tales placeres; solo el justo para asearme y ponerme una muda limpia.

—Service de chambre!

Un cauteloso golpeteo de nudillos en la puerta, acompañado de una voz femenina, me sorprendió a punto de ponerme una camisa recién sacada de la maleta.

Dado que no conocía los usos en aquel tipo de establecimiento —ni en ningún otro, a decir verdad, pues mi experiencia hotelera era nula—, abrí la puerta sin hacerme esperar.

—Bonjour, madame —respondí en mi mejor francés del gymnasium.

Al verme en camiseta interior, la camarera, una mujer de mediana edad, rostro bondadoso y el aspecto sobrio que confieren una cofia y un delantal inmaculados sobre un uniforme negro, desvió la mirada con recato.

—Le traigo más toallas por si le hacen falta, señor —dijo.

Curioso, pensé, porque junto al lavabo había una pila de ellas, impolutas, esponjadas y primorosamente plegadas.

—Gracias —respondí—, pero creo que tengo suficientes.

—Como desee el señor. Disculpe si lo he molestado. Si necesita alguna otra cosa…

Pero entonces caí en la cuenta: Gelb había dicho que el enlace se me revelaría a su debido tiempo. Por lo visto, no había perdido un minuto. La de las toallas era, sin duda, una excusa para presentarse.

—¿Viene de parte de herr Gelb? —pregunté con sonrisa cómplice—. Ahora he de salir, pero podemos vernos más tarde. Supongo que hacia las cuatro estaré de regreso, y que…

—Oiga, caballero, ¿qué quiere usted decir? —se escandalizó ella, la mirada centelleante y las toallas apretadas contra el pecho, a la defensiva—. ¿Por quién me toma?

—Yo… Pues…

—¡No sé a quién espera usted de parte de ese tal Gelb, pero le aseguro que este es un hotel decente!

Salí del ascensor disimulando el rostro bajo el ala del sombrero, por si la camarera me había denunciado al conserje.

Todavía sentía el sonrojo provocado por su ira destemplada y su sonoro portazo cuando me reuní con los profesores, que departían junto a la entrada con frau Meitner y con Klara Hofmann. Otra vez era yo el último.

—Ah, Maier, llega a punto —se alegró Heisenberg, para mi alivio—. Salgamos a comer, ahora que estamos todos.

Según la sección turística de la guía de ferrocarriles, las brasseries eran lugares poco adecuados para las damas; pero cuando se lo comenté a Debye en un discreto aparte, al salir del hotel, el profesor quitó importancia al hecho.

La guía está anticuada, dijo, eso son cosas de posguerra.

Nuestros pasos nos llevaron a un concurrido local de la calle Neuve, a poca distancia del Métropole.

El lugar, en efecto, presentaba un aspecto inocuo, al menos a aquella hora del día: había abundancia de presuntos oficinistas, de funcionarios y de quienes, cargados de paquetes y bolsas, sin duda estaban de compras por los comercios aledaños.

Todos ellos parecían de buen humor y mejor apetito.

Me pregunté si más tarde, cuando la cerveza corriese con alegría de viernes por la noche, el ambiente sería igual de recomendable.

No fue casual, supuse, que Klara se sentase en el otro extremo de la mesa.

La impresión de que me rehuía, adquirida durante el corto paseo hasta la brasserie, se convirtió en certeza cuando constaté que evitaba cruzar su mirada con la mía.

Seguía disgustada, sin duda, por la desafortunada discusión con que había acabado nuestra charla de la mañana.

En todo caso, mis cavilaciones acabaron cuando llegaron las generosas raciones de salchichas que el profesor Heisenberg tuvo la gentileza de recomendarnos, cada una de ellas guarnecida con una montaña de, al decir suyo, las mejores frites belges de Bruselas.

—… lo cual —rubricó— equivale a decir las mejores patatas fritas del mundo.

—Sin duda —apoyó Debye—. He aquí un menú sencillo pero contundente. Ya habrá tiempo de degustar el waterzooi, la carbonnade y otras suculencias del país.

Lise Meitner dirigió una mirada cómplice a Klara.

—Me temo, mi querido Peter —dijo con elocuente sonrisa— que pasar toda una semana en su compañía va a resultar catastrófico para nuestra figura.

Ambas rieron de buen humor, a lo que el aludido correspondió con una galantería.

—Oh, vamos —protestó—… No me parece que la señorita Hofmann y usted tengan el menor problema en ese sentido.

Mientras la conversación proseguía por derroteros triviales, alejados de la sesuda ciencia pura del desayuno, aproveché la ocasión para observar con discreción a la conspicua profesora austriaca.

La cual, dicho sea de paso, me parecía lo bastante menuda como para haber tenido que preocuparse alguna vez por los kilos de más.

Por los de menos, si acaso, dadas las penurias que, según Klara, había tenido que soportar para abrirse paso en el masculino mundillo académico.

La profesora hablaba de Viena, su ciudad natal: elogiaba la monumental arquitectura, de imperial grandeza, y describía la intensa vida cultural, que tachaba, aclaró con desdeño, de clásica y encopetada en exceso.

Nada que echase de menos en Berlín, ciudad que a dichos atractivos aunaba otros más mundanos, como su desenfado, su pujanza y su modernidad; aspectos en los que, estaba convencida, la capital germana no tenía parangón.

—… salvo, probablemente, París —puntualizó—.

Pero París solo lo conozco de oídas, por lo que no puedo hablar.

¿Sabían ustedes que, tras obtener el doctorado, solicité a madame Curie que me admitiese como ayudante en su laboratorio de la Sorbona?

Lamentablemente —meneó la cabeza—, en aquel momento no había plazas libres.

—No tan lamentablemente —discrepó Heisenberg—, porque ello nos habría privado de su inestimable presencia en Alemania.

—Agradezco su consideración, Werner. Sin embargo, parece que no todos sus compatriotas la comparten.

Lo noté de repente. Algo, no sabría decir con exactitud qué, ocurrió entre la veterana profesora y su joven pupila.

Un leve asentimiento de esta, apenas iniciado, no concluso; o una furtiva mirada cómplice de aquella, reprimida antes de llegar a su destino.

Observé a los profesores: conversaban sin perder de vista sus frites, que atacaban sin misericordia.

Nada en ellos, más allá de su evidente disgusto por la situación de Meitner, ofrecía indicios de que participasen de esa complicidad atisbada.

Imaginaciones mías, tal vez.

O tal vez no. No pude no admirar a la mujer de aspecto frágil y mirada melancólica que se sentaba frente a mí.

Nadie que no la conociese podría adivinar la férrea voluntad que anidaba en ella, capaz de derribar barreras en una sociedad misógina sin más armas que su desmesurada obstinación, su entusiasmo por el trabajo y su pasión por la física.

Si aparentaba ser poca cosa era, además de por su talla exigua, porque había consumido sus energías en una profesión en la que tuvo que esforzarse más, durante más tiempo y en peores condiciones que sus colegas para ver reconocidos sus méritos por igual.

Pero ahí estaba, codeándose con los grandes, y mañana se sentaría en la asamblea del particular Olimpo de la física moderna, reconocida como igual entre sus dioses.

Y a pesar de todo, suspiré, relegada por quienes venían —de nuevo las sensaciones contradictorias— a redimir Alemania.

—Y usted, doktor Maier, ¿ha estado en Viena? —se interesó ella, devolviéndome a la realidad.

—Me temo que no, frau professor —respondí—. Pero tras oírla a usted ardo en deseos de viajar a esa hermosa ciudad.

—Quizá debería regresar allí, Lise —intervino Heisenberg—. Dado el cariz que están tomando las cosas en Berlín, sería lo más seguro para usted.

—Me decepciona, Werner —se burló la aludida—. Me habían dicho que usted trataba de convencernos a los judíos de que permaneciésemos en Alemania; de que los nazis recuperarán la cordura y podremos reincorporarnos a nuestros trabajos.

Asintió Heisenberg, el semblante preocupado. Su tenedor, cargado con las últimas patatas fritas, interrumpió su camino y regresó al plato.

—Lleva usted razón. Eso hacía, pero… —Meneó la rubia cabeza, y por primera vez desde que lo conocía tuve la impresión de que su animosa mirada naufragaba en un mar de dudas—. No sé, Lise. Últimamente, nuestros gobernantes… Ya no sé qué pensar.

Debye y Meitner asintieron y luego callaron, porque no había nada que añadir, sin percatarse ninguno de ellos del acto íntimo y furtivo que tuvo lugar entre Klara y yo: al oír la mención a los nazis, por primera vez desde que saliéramos del hotel ella me dirigió la mirada.

Un dardo celeste, gélido y acerado, hiriente como una puñalada.