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—Heil, Hitler!
Cuerpo erguido. Mirada al frente. Brazo en alto. Jürgen Attel, investigador del Instituto de Física de la Universidad de Heidelberg, saludó como era preceptivo a Wolf Stahel, oficial de las SS y jefe local de la Liga Nazi de Estudiantes en su ciudad.
—Heil! —replicó este, para luego adoptar un tono menos rígido—. Pase, doktor Attel, pase y siéntese… Le agradezco que haya acudido tan rápido a mi llamada.
La escena tenía lugar en el despacho de Stahel en la misma universidad, más o menos a la hora en que Klara Hofmann-Hausmann abandonaba airada mi compartimento.
Los posteriores acontecimientos en que me vería envuelto en Bruselas me permiten recrearla sin temor a equivocarme en lo esencial, aunque yo entonces todavía no conocía a Attel.
Halagado por la deferencia que le mostraba el oficial, Attel aceptó el cigarrillo que aquel le ofrecía. Stahel le dio lumbre, y luego encendió otro para sí.
—Dice el profesor Schrader que puedo serle útil, mi sturmführer —comentó el investigador con las primeras volutas de humo—. Será un honor para mí ayudarle en lo que esté en mi mano.
Complacido, Stahel asintió con la cabeza.
—Según Schrader —dijo—, además de un científico capaz, es usted un patriota sin tacha. Aunque esto último ya lo sabía —añadió, dando unos golpecitos con su dedo corazón sobre el dossier de cartulina gris situado ante él—: consta en su ficha.
—Intento ambas cosas, señor.
—Dígame, Attel, ¿qué opinión le merece la… ejem, física judía, como la denomina Schrader?
No era lo mismo pensar algo que expresarlo, en especial cuando de judíos se trataba ante un representante del Partido Nazi.
Attel sintió el peso de la mirada escrutadora del Führer, cuyo retrato, recordatorio de su presencia omnipotente y omnímoda, colgaba en lugar preferente del despacho.
Aspiró una profunda calada y luego la liberó lentamente para darse tiempo a ordenar su respuesta.
—Se refiere a cierto modo de entender la física que ha proliferado en las últimas décadas —dijo al fin—.
Verá, mi sturmführer: la ciencia no es neutra; está condicionada por los objetivos, la motivación, la manera de pensar de quienes la hacen.
Ejem… La hacemos. Frente al espíritu alemán, observador y metódico, la física judía elabora teorías rebuscadas a partir de elucubraciones abstractas.
Con ella sus creadores han tejido una tupida red de influencias en nuestras instituciones, corrompiendo la manera de pensar de muchos otros físicos, que han de creer en la relatividad o en el principio de incertidumbre como dogmas de fe, so pena de ser excomulgados.
El oficial elevó una ceja.
—¿Excomulgados?
Attel encogió los hombros.
—Marginados, si lo prefiere, de esa supuesta élite, esotérica y ventajista, que pone la ciencia al servicio de su ego, cuando la verdadera física, nuestra Deutsche Physik, sirve tan solo a los intereses de Alemania.
—Comprendo. Usted es ayudante del profesor Bothe. ¿Diría que es uno de esos… hum, corruptos?
Attel se revolvió en su silla, como si se hubiese vuelto incómoda. La cuestión que se le planteaba era compleja; nada que pudiera responderse con un sí o con un no.
Con un extraordinario currículo investigador a sus espaldas, Walther Bothe había recalado en Heidelberg el año anterior, procedente de la Universidad de Giessen.
A Philipp Lenard, uno de los físicos más prestigiosos de Alemania, le había llegado el momento del retiro, y él mismo había ofrecido su puesto a Bothe como director del Instituto de Física.
Pero Lenard, que continuaba en activo como profesor emérito, era el principal instigador del desprestigio de la física judía, con argumentos que Bothe consideraba anacrónicos y absurdos.
El idilio entre ambos se había marchitado pronto, empeñado el primero en utilizar su notable influencia para socavar la autoridad del segundo.
Como físico y colaborador suyo, Attel admiraba y respetaba a Bothe; como físico y patriota, admiraba y respetaba a Lenard. Hasta entonces había logrado nadar entre dos aguas, pero la mirada severa del oficial dejaba claro que no iba a admitir evasivas.
—Que yo sepa, herr Bothe es un buen alemán —declaró, resuelto.
Pero ante el silencio expectante de Stahel, se vio obligado a matizar—.
Como experimentales, nosotros no participamos directamente de la física judía, pero Bothe es tolerante con ella e incluso la asume.
Es lo que le venía diciendo, mi sturmführer, se trata de una enfermedad contagiosa, y algunos arios la han contraído.
—Ya. ¿Podría decirse que mantiene usted una buena relación con su jefe?
Un sexto sentido hizo que Attel se pusiera en guardia.
Tal vez la cuestión no era tan inocente como Stahel pretendía aparentar.
Sin duda Bothe no estaba bien visto por el Partido Nazi, y seguro que a él mismo estaba a punto de caerle un buen rapapolvo.
Pero era inútil mentir, suspiró, puesto que la respuesta, a buen seguro, constaba en el dossier gris.
Apagó su colilla en el cenicero para ganar tiempo. Carraspeó. Descruzó las piernas y luego, en un intento de no aparentar nerviosismo que produjo el efecto contrario, las volvió a cruzar.
—Tenemos una buena relación profesional —admitió—. Y también tenemos nuestras diferencias, como es lógico —puntualizó, prudente—. Pero el profesor Bothe es un excelente científico, leal a su país, como demostró en la guerra. Supongo que necesita más tiempo para asumir los cambios, y que…
—Hum. Sí, posiblemente sea eso —atajó Stahel, quien tampoco quería incidir en el tema—. Tengo entendido —añadió con gesto despreocupado— que va usted con él al Consejo Solvay de Física, que se celebra la semana próxima en Bruselas.
El cambio de tema animó a Attel.
—Así es —confirmó—. Iba a hacerlo su esposa, pero se encuentra indispuesta; por eso el profesor ha tenido la gentileza de pedirme que lo acompañe en calidad de ayudante.
Algunas de las conferencias están relacionadas con mi trabajo, y ha considerado que me resultarán de sumo interés.
Partimos mañana temprano para llegar a Bruselas por la tarde, vía Darmstadt.
El oficial asintió, retrepándose en su silla.
Durante unos instantes pareció como si no quisiera perderse detalle de las volutas de humo que desprendía la brasa de su cigarrillo.
En su abstracción, consideró con calma las palabras de Attel, tratando de valorar si el joven —demasiado joven, para su gusto— era la persona adecuada.
Él tan solo tenía que transmitirle ciertas instrucciones precisas de Berlín; pero también le habían recalcado la necesidad de asegurarse de su compromiso.
Ahora bien, Jürgen Attel pertenecía a su sección de la Liga, había prestado juramento de fidelidad al Führer y se había labrado una reputación como investigador perseverante y metódico.
Por si todo eso fuera poco, no había duda de su ambición por labrarse un porvenir en esa Deutsche Physik, como él la llamaba, lo cual siempre lo predispondría a obedecer.
Difícil pedir más, concluyó. Y, puesto que el tiempo se echaba encima, quizá no debería darle más vueltas al asunto.
—Tengo aquí un informe elaborado en Berlín sobre los asistentes al Solvay que proceden de universidades alemanas —dijo, abriendo por primera vez el dossier que tenía ante sí—: seis en total.
Es curioso, ¿sabe?… Dejando al margen a Meitner y Peierls, los judíos, el resto simpatiza con sus compañeros de esa raza inferior, cuando no les presta apoyo de forma abierta; todos asumen las tesis de la física judía, menospreciando la física aria que usted describía hace un minuto;
y lo que es peor: todos, sin excepción, son desafectos al régimen nazi. ¿Qué opinión le merece eso?
Attel tomó la cuartilla mecanografiada que le tendía Stahel.
Los comentarios que acompañaban a los seis nombres eran escuetos pero taxativos.
De Walther Bothe el informe no desvelaba nada que no fuera vox populi en Heidelberg: que su desdén por la física clásica lo hacía indigno de su predecesor, y su postura crítica con el antisemitismo, mal visto entre sus compañeros.
De Lise Meitner, a quien se había retirado la venia legendi y prohibido dar clase en la Universidad de Berlín, resaltaba su obstinación en continuar con sus investigaciones,
amparada por su condición de austriaca y a pesar de la renovada doctrina de que las mujeres debían ceder sus puestos de trabajo a los hombres.
De Erwin Schrödinger revelaba fundadas sospechas de su desagrado por el nazismo, hasta el punto de que se disponía a abandonar temporalmente su cátedra en Berlín en beneficio de la Universidad de Oxford.
De Peter Debye destacaba su renuencia a pedir la nacionalidad alemana, a pesar de que acostumbraba a definirse a sí mismo como «muy alemán».
De Werner Heisenberg, las múltiples gestiones que venía llevando a cabo en favor de sus colegas judíos.
De Rudolf Peierls, en fin, su negativa a regresar a Alemania tras la promulgación de las leyes de abril.
Todo muy desagradable, en suma.
—Lo que yo pienso —dijo sin ocultar su enfado— es que el Consejo Solvay solo tiene en cuenta a nuestros físicos judíos y a sus simpatizantes, mientras que ignora la Deutsche Physik, aunque a sus máximos representantes, los profesores Lenard y Stark, los hayan laureado con el Nobel.
—Esa es la cuestión —coincidió el otro—. Comprenderá usted, por tanto, la preocupación que existe en ciertas esferas. Lo que nos lleva, doktor Attel, al motivo de esta entrevista.
Si Attel pensó que el oficial iba a ir al grano, lo que hizo este fue demorarse en el ritual de encender un nuevo cigarrillo.
Luego, con parsimonia, extrajo del dossier un sobre de papel manila y lo sopesó pensativo, asegurándose de que su interlocutor reparase en la figura representada en el membrete: un águila de alas desplegadas sobre una corona vegetal que circundaba una esvástica.
Cómo les gustaba a los militares, se dijo el joven físico, la teatralidad. En especial, a los paramilitares.
—El partido —prosiguió Stahel, envuelto en humo— me ha ordenado asegurarme de que es usted una persona de la máxima confianza, capaz de llevar a cabo un cometido que puede resultar crucial para el futuro de la ciencia alemana. Por lo que a mí respecta, tiene usted mi visto bueno. Si acepta, claro.
Aunque formulado de un modo amable, Attel tuvo la impresión de que Stahel no contemplaba una negativa. No de un miembro de la Studentenbund, desde luego; y, menos todavía, de un científico con la habilitación y toda su carrera profesional por delante.
—Estoy a su disposición, mi sturmführer.
Complacido, Stahel extrajo del sobre un fajo de francos belgas y una cuartilla con un escueto renglón escrito a máquina.
—Aquí tiene dinero para eventuales gastos. Sus instrucciones son sencillas: deberá memorizar el número de teléfono aquí indicado, al que llamará una vez instalado en el hotel. Solo pregunte por Peter y siga sus indicaciones.
—¿Peter? —se extrañó Attel—. ¿Quién es Peter?
El otro hizo un gesto vago.
—Es un nombre muy común, supongo —se limitó a decir—. ¿Alguna pregunta?
Un contacto misterioso. Una misión secreta. Sin tiempo a digerir tanta opacidad, a Jürgen Attel se le ocurrían docenas. Pero su intuición le dijo que Stahel no tenía las respuestas.
—Supongo que las que surjan podré hacérselas a Peter —contestó.
Wolf Stahel se puso en pie. Fuera lo que fuese lo que acababa de iniciar, su papel había acabado.
—Usted limítese a hacer lo que se le indique —concluyó, dando por finalizada la entrevista—. El Partido sabrá recompensarlo.
brUSELAS
Heisenberg (cont.)
… A partir de un trabajo experimental sobre el movimiento de agua en un canal, Heisenberg se dedicó al estudio teórico de la transición del régimen laminar al turbulento, para lo que tuvo que resolver las complejas ecuaciones diferenciales que determinan el movimiento del líquido.
Un tema de una dificultad tal que, en palabras de Sommerfeld, «no lo habría propuesto como tesis a ningún otro de mis discípulos»…
Desde tiempos inmemoriales, la vida en la tranquila ciudad de Gotinga había girado alrededor de su universidad, considerada como el centro mundial de las matemáticas.
En 1921 el consejo rector recuperó a Max Born, uno de sus egresados, para reemplazar en la dirección del Instituto de Física a Debye, en ese juego continuo que hacía mudarse a los académicos en busca de mejor sueldo, mejores condiciones de trabajo y mayor prestigio.
Born puso al mando de la física experimental a James Franck —quien traería el Nobel de 1925 a Gotinga—, y se reservó el área teórica, menos prestigiosa pero la única que le interesaba.
Estaba decidido a revisar por completo la teoría cuántica del átomo, y a hacerlo aplicando las matemáticas y la mecánica, herramientas que conocía bien, para construir un modelo consistente y estable, a semejanza de la astronomía planetaria.
De algún modo los astros se alinearon para el precoz Heisenberg: Sommerfeld, invitado a impartir clases en la Universidad de Wisconsin durante el curso siguiente, acordó con Born que algunos de sus estudiantes se trasladarían a Gotinga; entre ellos Werner, quien trabajaría allí en su tesis doctoral.
Heisenberg se presentó en Gotinga en octubre de 1922.
Seis meses más tarde, profesor y alumno habían hecho grandes progresos en el modelo cuántico-planetario del átomo, solo para descubrir que no funcionaba.
Se hacía necesario, en palabras de Born, reconstruir el sistema entero de conceptos físicos desde su base.
A pesar de todo, el profesor estaba tan satisfecho del alumno que le propuso que, una vez aprobada la tesis, regresase a Gotinga para convertirse en su colaborador y preparar la habilitación como profesor.
Tras una breve estancia en Múnich para presentarse al examen rigurosum de la tesis, y humillado por la mediocre calificación obtenida, Heisenberg regresó a Gotinga temeroso de que Born lo rechazase.
Pero al profesor le tenía sin cuidado el nulo interés de su alumno favorito por la experimentación, a la que él mismo tampoco era aficionado.
Max Born estaba decidido a reinventar la mecánica cuántica, y Werner Heisenberg, doktor a la temprana edad de veintiún años, estaba preparado para aceptar el reto.