Hôtel Métropole 9 #2
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El tono de su voz había ido creciendo. Levanté las palmas de las manos a la defensiva. Esa discusión, al fin y al cabo, ya la había mantenido más de una vez; y desde ambos lados del argumentarlo, según fuese con Jakob o con Hugo.

—Tiene usted razón, frau doktor Hofmann —dije tratando de apaciguarla—. Tengo buenos amigos judíos, y me duele tanto como a usted lo que les han hecho, pero no creo que la cosa llegue a tanto como para…

Pero ella no me permitió continuar.

—¿Y a qué «cosas buenas» se refería? —me desafió, visiblemente alterada—.

Esas que, según usted, han traído los nazis.

No lo dirá, espero, por la forma en que menosprecian a las mujeres, que para ellos hemos ido demasiado lejos en nuestra independencia.

No admiten que tengamos inquietudes, o que deseemos elegir nuestra forma de vida y trabajar para ganárnosla.

Según ellos, una mujer trabajadora no aporta nada a la nación; para eso ya están los hombres.

Nosotras deberíamos dejar nuestros puestos a los parados y limitarnos a buscar un marido a quien cuidar, que ya traerá él la comida a casa; y a parir hijos para que acaben nutriendo las filas de las Juventudes Hitlerianas.

Su serena expresión había sufrido una transformación repentina, encendida en fuego su tez transparente, inyectada de furia su mirada límpida.

Había en su actitud, en sus palabras, en sus ojos de tormenta, una arrogancia que nunca había visto en una mujer de mi edad.

Ni siquiera en Rachel, cada vez que me mostraba su desconfianza.

He de decir que me gustó.

—Klara, yo… No niego todo eso, y lo deploro —contemporicé—.

Pero me refería… Lo que quería decir es que toda mi vida he sufrido la grandeza de Alemania: la Gran Guerra, la gran inflación, la gran depresión.

Siento que ya es hora de que volvamos a ser un país grande de verdad, sin ironías, y eso está en manos de Hitler.

—Desvié la mirada por la ventana, buscando con tiento las palabras para no volver a herir su susceptibilidad—.

Desde que tengo uso de razón he oído echar la culpa a comunistas y judíos de todos los males de nuestra Alemania.

Los judíos, en eso estoy seguro de que coincidimos, son un pueblo pacífico y trabajador.

Los comunistas, en cambio, son fanáticos e intolerantes; intelectualoides que no han trabajado en su vida y buscan perpetuarse en su modus vivendi; o trabajadores que, a pesar de no saber leer ni escribir, ansían hacerse con el poder para pasar de explotados a explotadores.

Y para ello están dispuestos a cometer las mayores atrocidades contra su propio pueblo.

Mire, si no, lo que hace Stalin: se habla de millones de rusos torturados y asesinados, de millones de deportados a Siberia.

¡Se sabe que ahora mismo mueren a diario miles de ucranianos a causa de una hambruna salvaje!

Que Dios nos asista si caemos en manos de los bolcheviques.

Por eso hace falta un gobierno enérgico, que sepa armar un ejército poderoso y convertir a Alemania en un estado fuerte, capaz de hacer frente a su amenaza.

Respiré hondo, seguro de haber puesto las cosas en su sitio. Ingenuo de mí, la satisfacción apenas me duró una fracción de segundo: la que tardé en descubrir que, lejos de impresionarla, mi alegato apenas había hecho mella en la argumentación de Klara.

—Y todo eso, naturalmente, se hará sin contar con las mujeres —desdeñó—; que mientras tanto debemos renunciar a los avances que obtuvimos durante la República, por inmorales: la libertad sexual, la de elegir nuestras compañías, la de andar solas por la calle,

la de mostrarnos insumisas ante los hombres.

Pero claro, todo ello va en contra de la virtud, ese concepto arcaico del que los nazis hacen bandera.

—Se tentó la colorida blusa de seda, que tanto me gustaba—.

¡Pero si incluso cosas que hoy nos parecen tan naturales como vestir con comodidad, sin los corsés y refajos que constreñían a nuestras madres, comienzan a estar mal vistas!

Para los nazis, las mujeres somos un objeto que debe guardar la casa mientras los hombres se dedican a salvar la Patria.

Suspiré con una sensación extraña, esa que deja la típica discusión absurda con otra persona que piensa igual que uno.

La diferencia es que yo suscribiría, punto por punto, todos los argumentos de Klara, mientras que ella hacía oídos sordos a los míos, que no eran sino complementarios.

Compuse el gesto ambiguo de quien dispara su último cartucho con poca esperanza de que dé en el blanco.

—Pero mírese usted —observé—: es el vivo ejemplo de la mujer moderna; viste a la última, es culta, tiene estudios superiores… ¡Es una científica, joder! Con nazis o sin ellos obtendrá trabajo en la universidad o en la industria, donde se lo proponga. En eso no hay diferencia entre nosotros dos.

Mientras me arrepentía del exabrupto, Klara, con una parsimonia que me hizo dudar de que me hubiese escuchado, se levantó del asiento, se alisó la falda, recogió su libro y consultó su reloj de pulsera. El tren volvía a aminorar la marcha, y ambos sabíamos que la próxima parada era Bruxelles-Nord.

—¿De verdad cree eso? —dijo al fin, los labios fruncidos en una mueca que me pareció más dolida que enfadada—.

Pues permítame que lo dude, en vista de cómo ha tratado Hitler a frau Meitner y a otras profesoras.

Con lo que les costó ver reconocidos sus derechos, ahora él se los niega.

Y usted defiende a ese… a ese… —Se contuvo.

Al fin y al cabo, yo era un desconocido—.

Me temo que se hace tarde, doktor Maier. He de regresar a mi compartimento.

Abandonó el mío sin despedirse. Cálidamente arrimado a su pecho, el marciano, en cambio, me guiñó un ojo desde su cubierta entelada.