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Meitner, Lise (nacida Elise, judía)

Nacida el 7 de noviembre de 1878. Viena

Nacionalidad: austriaca

Estado civil: soltera

Doctora en Física por la U. de Viena

Colabora con S. Meyer. U. Viena

Colabora con O. Hahn. U. Berlín

Asist. de M. Planck, U. Berlín, e investigadora en KWIC

Voluntaria en el Ejército austriaco (1915-16)

Profesora U. de Berlín desde 1923, act. cesada

Dirige Sección de Radiofísica en el KWIC

Distinciones:

Medalla de plata Leibniz (Acad. Prusiana de Ciencias)

Premio Lieben. Austria

Investigaciones más relevantes:

Desde el inicio de su carrera investigadora, Meitner se interesó por la radioactividad. Sus primeros trabajos en Viena, bajo la dirección de Meyer, se centraron en la dispersión de rayos alfa…

Si hasta poco antes su origen judío y su condición de mujer le habrían vetado una educación superior, Lisa Meitner tuvo la suerte de crecer en una sociedad en que las creencias liberales se abrían paso.

Aun así, no lo tuvo fácil cuando, en 1897, las universidades austriacas abrieron sus puertas a las mujeres: debía afrontar un examen de ingreso sin haber recibido educación secundaria, hasta entonces reservada a los hombres.

Meitner dedicó dos años a prepararse, haciendo gala de una determinación inflexible.

Tras aprobar, optó por matricularse en la especialidad que tan poderosamente atraía a su inquieto espíritu: la física.

Klara Hofmann me hablaba de su admirada profesora en la calidez de mi compartimento, donde el servicio había convertido las literas en respaldo y bancada del asiento.

Más que las investigaciones y méritos académicos de Meitner, profusamente enumerados en el dossier de la NG, me interesaban su personalidad, que no podía sino ser excepcional, y las circunstancias bajo las que había logrado triunfar en un ámbito tan hostil para las mujeres.

Según Klara, tras las primeras dificultades vino una época motivadora para Meitner, pues tuvo buenos y dedicados profesores.

Entre ellos destacaba una eminencia en el campo de la termodinámica y la física estadística, Ludwig Boltzmann, quien también era un firme defensor de la presencia femenina en la universidad.

Su apoyo y sus enseñanzas resultaron determinantes para que Meitner brillase en los estudios y llegara a convertirse en la primera doctora en ciencias por la Universidad de Viena, casi cinco siglos y medio después de su fundación.

—La universidad es ahora asequible para nosotras —decía Klara—, pero para las pioneras como ella fue intolerante; cruel, incluso.

Nunca una mujer había ocupado siquiera el puesto de asistente de profesor, el más bajo del escalafón, y para Meitner no fue distinto.

Sin embargo, estaba empeñada en proseguir sus investigaciones, por lo que decidió acudir por las tardes al Instituto de Física mientras se resignaba a ganarse la vida como profesora en una escuela femenina.

Eso duró hasta que tuvo ocasión de conocer la teoría cuántica de boca del mismísimo Max Planck, y decidiese mudarse a Berlín para seguir sus clases.

—¿Sus clases? —me extrañé—. Pero si ya tenía un doctorado…

—Sí, pero el título no le bastaba. Ella quería entender de verdad la física. Y en eso Planck era el más indicado para guiarla. De hecho, fue más allá: se convirtió en su nuevo mentor y protector, hasta el punto de que entre ambos se estableció una buena amistad.

—Deduzco que usted también siente admiración por Planck.

Klara concentró su mirada en algún punto a mis espaldas.

—Mucha. Y no solo por la audacia con que planteó la hipótesis cuántica en su día, sino porque es un caballero íntegro, amable y respetuoso; y, aunque considera que las mujeres dotadas para la ciencia son una rara excepción, no duda en apoyarlas cuando cree llegado el caso,

como demostró al admitirme sin reservas en su seminario.

Alabé la indudable valía de mi nueva amiga, capaz de llamar la atención del mismísimo padre de la física cuántica.

Se sonrojó ella, quitando importancia al hecho, y luego continuó elogiando al hombre que durante las tres últimas décadas había liderado la física en Alemania.

Yo la dejé hablar, cautivado por su entusiasmo y por la hipnótica luminosidad de sus iris.

Si en el coche-restaurante me habían llamado la atención su aire moderno y su desenvuelta frescura, en el compartimento me acusé de haber infravalorado su atractivo físico, que un misterioso magnetismo —efecto inexplicado, quizá,

de nuestra compartida pasión por la física— realzaba ahora ante mis ojos.

Klara rememoró sus primeros días en el seminario de Planck, sus primeras semanas, sus primeros meses.

Cómo se sintió valorada desde el principio; cuán fácil fue su integración en el grupo, invitada a participar en las actividades que el profesor auspiciaba: los debates científicos, las veladas musicales, las salidas dominicales al campo y la montaña.

No recordé mi interés en Lise Meitner hasta que ella, ahíta de pensamientos alejados en la distancia y en el tiempo, dejó vagar en silencio la mirada por los prados que a gran velocidad nos acercaban a nuestro destino.

—Volviendo a su profesora —dije—, hasta donde me ha contado no parece que la universidad haya sido demasiado cruel con ella. ¿Qué ocurrió en Berlín?

Suspiró Klara, de vuelta al presente.

—Ocurrió que frau Meitner no quería renunciar a sus experimentos mientras estudiaba, pero estos no encajaban en el Instituto de Física; o eso le dijeron.

Entonces conoció a Otto Hahn, un químico que había trabajado con William Ramsay y con Ernest Rutherford; a quien, por cierto, espero conocer en Bruselas.

Silbé con admiración, recordando lo que había leído sobre Rutherford antes del viaje.

—No está mal tener a un premio nobel de química como preceptor.

—A dos —me corrigió Klara—, porque Ramsay obtuvo el de 1904 por su descubrimiento de los gases inertes.

—¿Y qué pasó con Hahn?

—Meitner y él congeniaron enseguida. Hahn había hecho notables progresos en el estudio de la radioquímica, con descubrimientos para cuya comprensión ambos intuyeron que la física y la química debían complementarse.

Decididos a trabajar juntos, tuvieron que instalar su laboratorio en el sótano del edificio, en una carpintería en desuso con entrada por la calle, porque a las mujeres no se les permitía acceder al Instituto.

¡Meitner debía utilizar los lavabos de un restaurante cercano!

Me acaricié la barba, convenientemente retocada antes del viaje.

—Vaya —dije comprendiendo lo que Klara había querido decir—. Tenía usted razón con lo de cruel.

Pero ella me pidió paciencia con un gesto.

—Pues eso no es nada —dijo—. Lo peor viene ahora: Meitner, entusiasmada con sus investigaciones, decidió quedarse en Berlín, donde trabajó durante nada menos que cinco años en el sótano sin percibir un solo marco por ello.

¿Se da usted cuenta?… Se vio obligada a redactar traducciones y artículos divulgativos para subsistir.

Y cuando se creó el Instituto Káiser Guillermo de Química y se le ofreció a Hahn el puesto de director del departamento de radiactividad, a ella se le permitió acompañarlo para que pudiesen seguir investigando juntos, pero —recalcó— sin retribución.

Me revolví en el asiento, incómodo.

—¿Es posible?

—Como lo oye. Tuvo que ser Planck quien la contratase como asistente para rescatarla de la penuria económica; una decisión valerosa en la época, por cuanto quebrantaba prejuicios muy arraigados en la comunidad académica.

Luego, poco a poco, las cosas fueron mejorando.

El KWIC acabó asignándole un sueldo, y Meitner vio al fin reconocida su valía investigadora, que para entonces ya había demostrado de sobra con numerosas publicaciones científicas.

—Su profesora es una luchadora, desde luego —dije respirando hondo por fin.

Orgullosa, Klara levantó la barbilla, gesto que me pareció tremendamente atractivo.

—Ni se lo imagina. Durante la Gran Guerra sirvió como especialista voluntaria en radiología y como enfermera en un hospital de campaña.

Luego, a su regreso a Berlín, continuó con sus investigaciones, que se vieron culminadas con el descubrimiento del protactinio.

A partir de entonces, su reconocimiento como científica fue unánime.

Mantenía contacto fluido con Einstein, trabó amistad con Bohr, quien la invitó a Copenhague, y por fin se convirtió en la primera profesora universitaria de Alemania.

—Sé que recibió numerosas distinciones y premios —apunté recordando el dossier—; y que incluso Planck la propuso para el Nobel.

Si esperaba una sonrisa por su parte, lo que obtuve fue una mirada amarga, el espléndido azul desvaído en acuosa palidez.

—Por eso —dijo con dureza—. Por eso resulta tan grave la injusticia que se ha cometido con ella, después de haber recorrido un camino tan arduo, de haber superado tantas trabas y menosprecios, y de haber llegado a brillar en un mundo reservado a los hombres, donde se codea con los mejores.

—¿A qué se refiere? —pregunté impresionado por la transmutación.

Klara me miró como si yo fuese de otro planeta.

—¿A qué va a ser, doktor Maier?… Han apartado a frau Meitner de su puesto como profesora en la Universidad.

A pesar de estar bautizada y de profesar el protestantismo, ni siquiera Planck y Hahn han logrado evitar que su ascendente judío se imponga a la cordura.

Los nazis, como bien sabrá usted, no atienden a razones de justicia.

De otro planeta, como el marciano del libro que ella había dejado a su lado, sobre el asiento, y que parecía burlarse de mí desde la portada.

Y yo, en lugar de dejarlo ahí, perdí una inmejorable oportunidad de permanecer callado.

—Cierto —admití—. Los nazis han traído cosas buenas, pero no se entiende muy bien su animosidad contra los hebreos.

Hila enarcó una ceja admonitoria, preludio de una tormenta que me cogió por sorpresa.

—¿Animosidad? ¿Llama animosidad a dejar sin empleo a miles de personas de la noche a la mañana?

¿A boicotear sus comercios, reventarles los cristales y saquear sus escaparates?

… ¿Qué será lo siguiente?, ¿encarcelarlos?

, ¿enviarlos a campos de trabajo?… No, doktor Maier, yo no hablaría de animosidad, sino de ensañamiento. De barbarie.