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Rio Klara Hofmann, o Hausmann, y un aire soñador en su mirada celeste me hizo situarla más del lado de Rachel que del de Charlotte en la particular clasificación —mujeres dulces, mujeres picantes— que había establecido durante la noche.
Falda marrón oscuro de punto por debajo de la rodilla.
Chaqueta larga a juego, sobre una desenfadada blusa de reminiscencias orientales.
Melena inusualmente corta, acabada en punta a lo largo de la mandíbula.
Moderno reloj de pulsera. Puede que en aquel instante Klara no me pareciese tan guapa como mi bella judía, pero su desenvoltura cosmopolita, su estilo tan chic y hasta su original gusto literario la dotaban de un singular atractivo, raro de encontrar en provincias.
Me sorprendía que una joven dotada de una inteligencia excepcional —no podía pensar otra cosa de quien colaboraba con Lise Meitner— se comportase de forma tan espontánea y, para haberme conocido hacía pocos minutos, tan cercana.
¿Era Klara una excepción a las pocas científicas de su nivel que yo conocía —distantes, hurañas, aburridas—, o era que mi concepto de ellas estaba equivocado?
Mientras me entregaba a tales cavilaciones, Klara había vuelto a su lectura.
Contemplé el paisaje: granjas esparcidas por doquier, entre parcelas de cultivo y pastos habitados por caballos y vacas.
De vez en cuando, un bosquecillo o un curso de agua alteraban la uniformidad del terreno.
¿Cómo se vería desde las alturas? Trazos rectos, ondulados y quebrados limitando un mosaico de verdes, ocres y amarillos, supuse; pero…
Una idea sombría me vino a la cabeza. ¿Cómo se vería el seis de agosto de 1914, a la incierta, mortecina luz de la amanecida, desde un dirigible herido de muerte que luchaba por la supervivencia?
—¿Está usted bien, Matthias?
Klara me observaba con extrañeza por encima del libro.
—Ejem… sí…, claro que estoy bien —respondí—. ¿Por qué lo dice?
—Oh, por nada —quitó importancia—. Es que se ha quedado pensativo.
—Tiene razón. Pensaba en mi padre: sobrevoló estos campos durante la guerra, ¿sabe?
—¿Era aviador?
—Aerostero. Sirvió en los dirigibles del Ejército y de la Marina.
Como parecía interesada, le narré la peripecia del Cöln con el mismo tinte melodramático con que mi padre hacía estremecer a familia y amigos durante sus permisos.
—… Lograron arrojar sus granadas sobre los fuertes de Lieja, pero la artillería belga les provocó averías. La pérdida de gas hizo que se estrellasen en suelo alemán durante el regreso. Ningún tripulante resultó dañado, pero la nave quedó irrecuperable.
Klara había contenido el aliento durante el relato.
—Me alegro por su padre. —Respiró aliviada—. Y después de eso, ¿siguió en activo?
—Ya lo creo. La guerra no había hecho más que comenzar, así que sirvió en diversos dirigibles que operaron con desigual fortuna. Pero él, de una forma u otra, logró sobrevivir hasta casi el final.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Casi? Quiere decir que…
—En 1917 fue destinado al L-59, uno de los mayores dirigibles que se construyeron durante la guerra. Puede que haya oído hablar de él por su nombre de campaña: el Afrika-Schiff.
—¿No fue el que batió un récord de distancia en una misión a nuestra Deutsch-Ostafrika[20]?
—Seis mil ochocientos kilómetros sin paradas para llevar suministros al ejército de allí —respondí, asintiendo con la cabeza—.
Durante cuatro días sus tripulantes soportaron las temperaturas del desierto, abrasadoras de día y gélidas de noche; sufrieron la rotura de un motor, la avería de la radio, pérdidas de gas, alucinaciones por la fatiga y hasta el fuego de san Telmo.
Mi padre nos escribió una larga carta, que todavía conservo —sonreí, orgulloso—, en la que relataba cómo, después de todo eso, a la altura de Jartum recibieron la orden de dar media vuelta, pues los nuestros, rodeados por los aliados, habían tenido que retirarse de la zona de encuentro prevista.
Por fortuna, la aeronave no fue detectada y regresó a su base en Bulgaria con la tripulación sana y salva.
—¿Y qué fue de ellos, entonces?
—El zepelín se dedicó a realizar vuelos de apoyo al ejército otomano, hasta que, en abril de 1918, uno de nuestros sumergibles lo avistó sobre el canal de Otranto: fue testigo de cómo caía en llamas al mar tras una súbita explosión sin causa aparente.
Aeronave y tripulación se perdieron para siempre.
—Vaya. Lo… siento mucho, Matthias.
Agradecí la condolencia con un suspiro compungido; más de lo que me hubiera gustado.
—Mi padre estuvo a punto de conseguirlo —dije—. Solo quedaban siete meses para el armisticio. Le faltó tan poco, tras cuatro años de guerra…
Nos quedamos en silencio, dejando correr ante nuestros ojos el paisaje liejense. Intenté pensar en un tema de conversación que nos animase, pero Klara no me dio tiempo.
—Qué lástima —se lamentó—. Tantos años de dolor, tanta muerte, tanta barbarie, ¿para qué?
—Mi padre me dio una buena respuesta a eso —recordé—.
Fue la última vez que lo vi, antes de incorporarse al L-59.
Él disfrutaba de unos días de permiso en Meissen, que recuerdo felices, pero también tristes por su inminente partida.
Yo contaba diez años, y apenas tenía recuerdos en los que mi padre estuviese presente.
Mi relación con él se limitaba a los breves lapsos que mediaban entre cada reencuentro y la correspondiente despedida.
»Ese día paseábamos por la ribera del Elba.
Él era experto en lanzar cantos rodados al agua, haciéndolos planear y rebotar varias veces sobre la superficie.
Yo me esforzaba en imitarlo, aunque sin éxito.
Supongo que no tenía la fuerza necesaria, porque ahora se me da mejor.
—Sonreí—. En un momento dado, él me dijo que partiría al día siguiente. Yo me eché a llorar.
Un tierno rictus afloró en los labios de Klara.
—Pobre, qué mal trago pasaría usted.
—Puede imaginar lo asustado que estaba: a esas alturas de la guerra, varios niños del colegio habían enterrado a sus padres.
Otros, ni siquiera eso: las familias habían tenido que conformarse con un funeral sin difunto.
Pero lo peor, para mí, era ver a los soldados repatriados del frente: mutilados unos, quemados otros, tullidos, ciegos, desfigurados.
Mi idea de la guerra era que solo traía desgracias, y mi padre se disponía a regresar a ella.
Así que, cuando recuperé la compostura, se lo pregunté: «¿Para qué sirve la guerra, padre?»
. ¿Y sabe qué me respondió? Me dijo que las guerras servían para poca cosa en general, más allá de satisfacer la ambición de algunos que raramente morían en ellas; pero que aquella en particular había causado tanta destrucción que iba a servir, al menos,
para que los hombres nunca cayesen en la tentación de hacer otra igual.
Klara sacudió la cabeza con tristeza.
—Ojalá su padre tuviese razón —dijo—, aunque no sé. La historia demuestra que los hombres olvidan pronto. Tal vez nuestra generación logre mantener el recuerdo de la anterior; pero las siguientes…
—Pues yo, ¿sabe?, soy optimista —repliqué—: creo que los europeos hemos aprendido bien la lección.
Eso dije, y lo dije convencido. Lo juro.
El tren ralentizaba la marcha. El paisaje rural y boscoso se había convertido en una sucesión de pequeñas villas con apeadero. La siesta me había desubicado. Me pregunté si…
—¿Estamos llegando a Lieja?
Klara echó un vistazo a su reloj.
—Eso creo —respondió—. Deberíamos llegar a las diez, y son menos cinco.
Como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, ambos miramos en derredor: estábamos solos en el coche-restaurante, al margen de unos camareros afanados en colocar mantelería y vajilla en el resto de las mesas.
—Creo que nos miran mal —susurré, haciendo un guiño cómplice.
—Les estorbamos —rio ella—. Están preparando el servicio para el almuerzo.
Era evidente que habíamos de dejar libre la mesa.
Se imponía ir en busca de los profesores, pero eso pondría fin a nuestra conversación privada, cosa que no me apetecía.
Recordé que Lise Meitner estaba en mi lista.
Aunque el dossier que me había entregado Gelb era muy completo, profundizar en su persona me pareció buena idea.
—Podemos ir a mi compartimento, si usted quiere, y me habla de su profesora —sugerí con aire ingenuo—. Tengo entendido que es una mujer excepcional, además de una física brillante.