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VIERNES, 20
Mal dormido, mal humorado —había perdido unos minutos preciosos mostrando mi pasaporte a un oficial de policía— y resignado a quedarme sin desayuno.
Cuando me presenté en el coche-restaurante, dispuesto a disculparme ante los profesores por mi tardanza, pasaban ya de las diez y cuarto en mi reloj.
Los vi al otro extremo del vagón, sentados a una mesa en compañía de dos figuras inequívocamente femeninas que me daban la espalda.
Desde la distancia, un sonriente Heisenberg me hizo señas para que me acercase.
Recorrí el pasillo despacio, fijándome en el resto de los pasajeros que ocupaban el comedor.
Tenía la esperanza de encontrar a Charlotte; de contemplar su rostro radiante a la luz del día —no lo imaginaba de otra forma—, y de preguntarle cosas que quedaban por preguntar.
Tenía la esperanza y a la vez lo temía, porque ¿y si viajaba acompañada?
Que yo recordase, en ningún momento había dicho lo contrario.
Pero mis cavilaciones eran en vano: Charlotte no estaba en el restaurante, ni sola ni acompañada.
—Ah, Maier, por fin amanece —me saludó Heisenberg, campechano—. Se nota que duerme usted a pierna suelta.
—Es natural, Werner —dijo Debye, acompañándose de una carcajada—. Nuestro amigo es demasiado joven como para que las preocupaciones se lo impidan.
Tras sus sombrías disquisiciones de la noche anterior, ambos parecían de buen talante.
Me confundió que estuviesen a medio desayunar a pesar de lo avanzado de la hora, y también hallarlos en compañía de dos desconocidas: una dama en la cincuentena que fumaba indolente un cigarrillo, y una muchacha risueña que podría tener mi edad.
Devolví el saludo a los profesores e hice una cortés inclinación de cabeza a las mujeres.
—Les presento al doktor Maier, un colaborador mío —dijo Heisenberg, y luego se dirigió a mí—.
Ellas son la profesora Lise Meitner, de quien sin duda habrá oído hablar usted, y su ayudante, la doctora Klara Hofmann.
Como nosotros, ambas se dirigen a Bruselas para el Solvay.
Pero siéntese, Maier, por favor —añadió, señalando una mesa libre al otro lado del pasillo—.
Supongo que le apetecerá un buen desayuno.
—Por supuesto, pero… —Dudé—. Tenía entendido que el servicio de restaurante cerraba a las diez.
—A las diez de Bélgica, Maier, no de Alemania —se chanceó Debye, quien parecía tener el día chistoso—. Acabamos de atrasar los relojes en Herbesthal.
Todos rieron mi ingenuo despiste, que Heisenberg certificó echando mano a su reloj de pulsera.
—Tendrá que cambiar su hora —señaló—: ahora mismo son las nueve y veintiséis minutos.
Café con leche, pan, mantequilla, fiambres, queso y un huevo pasado por agua en su perfecto punto de cocción.
Para lo limitada que había de resultar la cocina de un vagón-restaurante, era sorprendente lo bien servido que estaba el desayuno en el Nord Express.
Por algo sería, me dije, que lo consideraban un expreso de lujo.
Al principio, mientras daba cuenta de las viandas con sano apetito, traté de seguir la conversación entablada al otro lado del pasillo.
Heisenberg había regresado de Copenhague entusiasmado con las nuevas ideas de Paul Dirac sobre las interacciones entre electrones y núcleos atómicos.
Siendo la profesora Meitner una de las mayores expertas en radiación del país, era natural que mi inquieto jefe no hubiese sido capaz de esperar a las reuniones del Consejo para recabar su opinión.
Para cuando terminé de despachar la refacción, ambos discutían vivamente sobre la forma de abordar las contradicciones de la teoría; Debye, a pesar de que el tema se apartaba del campo molecular, intervenía a veces con oportunas observaciones; y Klara escuchaba a los sabios con fervorosa atención,
asintiendo de vez en cuando, aunque me pregunté si su comprensión correría pareja con su interés.
En cuanto a mí, entre la complejidad intrínseca del asunto, el bullicio del salón-comedor y el pasillo que nos separaba, a menudo atravesado por pasajeros que iban y venían y por camareros que venían e iban, no tardé en perder el hilo.
Lo cual, lejos de molestarme, me llevó a relajarme en el asiento y a dejar vagar la mirada por la campiña que precedía a Lieja.
Que yo supiera, nadie de mi familia la había visitado. Sin embargo, aquella gran ciudad francoparlante, tan alejada de nuestros predios, tan industrial, tan moderna, tan diferente en todo a Meissen, menos en su carácter fluvial, ocupaba un lugar de honor en el imaginario de la familia Maier.
Me explico.
En agosto de 1914 Martin Maier, mi padre, contaba con treinta y tres años.
Lo habían movilizado unas semanas antes, dada la inminencia del conflicto bélico.
Su trabajo como mecánico electricista en una central hidroeléctrica del Elba lo convertía en un activo valioso para el Ejército.
Descartado como carne de cañón, fue destinado a un cuerpo de reciente creación que algunos preconizaban como el arma definitiva: los dirigibles.
Según estas mentes preclaras, tales ingenios, producto de la más moderna tecnología del Reich, no debían limitarse a misiones de observación, sino que, sacando partido a su gran autonomía y capacidad de carga, debían tomar parte activa en la guerra mediante el bombardeo de objetivos estratégicos.
No había un instante que perder. Con Francia y Rusia movilizadas, para Alemania era vital despachar el frente occidental con presteza, lo que permitiría concentrar esfuerzos en el oriental.
Y el primer bastión que había que someter para arrollar a la débil Bélgica era la ciudad de Lieja, bien defendida por un cinturón de fuertes blindados, lo que propició la primera misión de bombardeo asignada a un dirigible, el Zeppelin Z-VI Cöln[19],
con cuyos alternadores y dínamos se afanaba el cabo electricista Maier.
¿Qué debió sentir mi padre, sabedor de la terrible misión en que tomaba parte, al sobrevolar aquellos pacíficos campos, los mismos que pasaban raudos ante mi ventanilla?
Si el Cöln se disponía a arrojar sus bombas sobre la ciudad que se interponía en el camino de su ejército, ¿sentía orgullo patrio?
Si esos explosivos segaban vidas de unos semejantes que solo pretendían permanecer neutrales en una guerra que no era suya, ¿sentía remordimiento?
, ¿sentía repugnancia? Quizá, encerrado en la claustrofóbica góndola de los motores, sucio de grasa, ebrio de vapores de gasolina, ensordecido por el ruido incesante, quizá, digo, la respuesta más probable, por más primaria, es que se limitaba a sentir miedo.
Razones no le faltaban: la artillería antiaérea podía alcanzarlos; el Cöln podía perder propulsión, velocidad, altitud, quedar a la deriva sobre territorio hostil, a merced de los rudimentarios aeroplanos belgas; y en cualquier momento,
ya fuese a causa del fuego enemigo o de un simple cortocircuito, veinte mil metros cúbicos de hidrógeno podían inflamarse sobre las cabezas de su tripulación.
O quizá mi padre, pendiente de sus manómetros, amperímetros, relés y conmutadores, ni siquiera llegó a sentir miedo.
Tal vez, aventuré, y al hacerlo supongo que buscaba la tranquilidad de mi propio espíritu, solo pensó en su esposa, una mente capaz resignada a una modesta escuela de pueblo, y en su espabilado hijo de seis años.
Pero todo eso no eran más que elucubraciones mías. De lo único que podía estar seguro —el bombardeo tuvo lugar a las tres de la mañana— es de que, con miedo o sin miedo, el cabo electricista Martin Maier no tuvo ocasión de contemplar la campiña belga.
Arrellanado en el confortable asiento del coche-restaurante, me pregunté qué sentiría yo en parecidas circunstancias.
Si me dejaría llevar por el miedo; si actuaría como un héroe o como un cobarde.
Parecía poco honesto responder la cuestión con el estómago lleno, una taza de café entre las manos y los ojos entrecerrados para abandonarme al tibio sol otoñal que, por efecto del trazado de la vía, me daba en el rostro en aquellos instantes.
Debí de quedarme dormido, porque, cuando abrí los ojos, vi que el servicio del desayuno había sido recogido y que, sentada al otro lado de la mesa, sin hacer caso al libro abierto entre sus manos, Klara Hofmann —¿o era Hausmann?— tenía la mirada fija en mí.
Se diría que no ha dormido esta noche —observó, entre curiosa y divertida.
Reprimí un bostezo que hubiera resultado poco elegante, pero no pude resistir una intensa necesidad de frotarme los párpados.
—No mucho, la verdad —reconocí—. Hicimos transbordo a las tres de la mañana, y luego… ¿Dónde están los profesores?
Señalé la mesa contigua, donde no había nadie. Klara hizo un gesto ambiguo.
—Frau Meitner los ha invitado a nuestro compartimento para proseguir la conversación —dijo—, y ellos, en vista de su apacible sueño, han optado por no despertarlo. Yo estaba saturada de electrones y positrones, la verdad. ¿No le importa que me haya sentado aquí?
—Claro que no.
—Pensaba disfrutar de la lectura, pero he acabado distrayéndome con el paisaje.
—¿Y qué tal es?
—¿La lectura o el paisaje?
—El paisaje ya lo veo. —Sonreí—. Me refería al libro.
Klara deslizó hacia mí, por encima de la mesa, el volumen encuadernado en tela. El grabado de la portada mostraba una especie de extraño insecto —ancho pico ganchudo, múltiples patas delgadas, como de alambre, y mirada de pocos amigos— sobre un título en tipografía art déco.
—¿La guerra de los mundos? —Arqueé una ceja—. ¿Es una novela?
—Una novela extraña —asintió—. Fantástica. Describe una hipotética invasión de la Tierra.
Fruncí el entrecejo, sin comprender.
—De marcianos —aclaró—. Llegan en cientos de naves, por oleadas; desembarcan en Inglaterra, en las cercanías de Londres; y se dedican a exterminar a los humanos. Por lo que llevo leído, da la impresión de que les servimos de alimento.
—Qué macabro. ¿Y no invaden otros países?… ¿No invaden Alemania?
Klara encogió los hombros.
—Se supone que la invasión es global, pero ya sabe…, ¡el autor es británico! —exclamó.