7 #2
Charlotte sabría encontrar una excusa, y yo, haciéndome el sorprendido, alabaría su glamuroso aspecto, pues ella exhibiría un llamativo rouge, una exquisita sombra de ojos y un vestido de tarde a la moda, muy corto y muy chic.
Yo me obligaría a esforzarme para que mi mirada no se demorase más de lo estrictamente caballeroso en la magnificencia de sus piernas, lo que me distinguiría del resto de los presentes, lascivos ellos, envidiosas ellas.
Charlotte me invitaría a un cigarrillo, luciendo sus brillantes uñas bermellón al abrir la pitillera; y yo, por qué no, aceptaría.
Y luego, poniendo en riesgo la integridad de mi magra billetera, la invitaría a un cóctel con aceituna, de esos que sirven en las películas americanas…
Maldito Hollywood.
Encendí el aplique: las cinco y media pasadas. A este paso iba a perder la noche entera.
Al menos, los ronquidos parecían haber amainado. Escuché atento hasta constatarlo. Ahora o nunca, me dije. Tenía que dormir, aunque solo fuese un par de horas, si no quería ser un despojo de físico por la mañana.
Intenté poner la mente en blanco.
Rachel.
Di media vuelta en la estrecha litera. Di la espalda al mamparo.
Dejar la mente en blanco.
Qué diferentes, Charlotte y Rachel.
¿Por qué pensé eso?
Rachel, tan juvenil, tan fresca. Tan alegre a veces, tan esquiva otras. Tan frágil y tan fuerte a la vez. Con sus mejillas fácilmente arreboladas, Rachel me inspiraba cariño y ternura.
¿Por qué, justo en aquel momento?
Con Charlotte solo había hablado unos minutos. No la conocía. No me conocía. Sin embargo, esos minutos habían bastado para hacer volar mi imaginación. Charlotte era sofisticada, mundana. Charlotte, a la vista estaba, era sensual y divertida.
Qué absurdo, pretender compararlas. No era justo.
Rachel me enamoraba; Charlotte me hacía sentir vértigo.
Pero era inevitable.
Y también era una tontería. Ninguna de ellas estaba a mi alcance: la una, tan próxima que casi podía sentir su respiración sosegada, sin duda había pasado por mi vida como una estrella fugaz, perdida para siempre en el éter de los antiguos.
De la otra me separaba una distancia que aumentaba cada minuto.
Y a mi regreso, si todo salía como esperaba, la perdería para siempre.
Por enésima vez recordé —me lo sabía de memoria— el telegrama que guardaba como un tesoro en el bolsillo de la chaqueta:
«ASUNTO W CONFORME STOP HAGA BUEN TRABAJO brUSELAS STOP GELB».
Buen trabajo.
La mente en blanco.
Tenía que hacer un buen trabajo.
Maldición.
Así no iba a dormirme nunca.
—¡Arriba, muchacho! Son las nueve y cuarto. Estamos llegando a Aquisgrán.
Mi ruidoso compañero de compartimento, bien vestido, bien aseado y, sin duda, mejor desayunado, descorrió las cortinillas de la ventana.
Un chorro de luz inundó el compartimento.
Abrí con fastidio los ojos a la dorada claridad y a la prescindible visión del orondo y satisfecho rostro.
Millones de motas de polvo, que de otro modo serían invisibles, se revelaron al contraluz cuando el comerciante de vinos sacudió su arrugada chaqueta antes de ponérsela.
—Yo me apeo aquí, amigo —dijo, sonriente—. Y usted, si no espabila, se quedará sin desayunar: el servicio de comedor cierra a las diez.
Farfullé un agradecimiento y una despedida al estrechar su mano, y luego cerré los ojos a la luz hiriente.
Solo un momento, me dije. Calculé que había dormido tres horas, como mucho, y necesitaba reunir fuerzas para ir en busca de los profesores, con quienes ya llegaba tarde, pues habíamos quedado a las nueve en el coche-restaurante.
Una inesperada inmovilidad me sacó de mi sopor.
De repente no había chirridos, no había traqueteo ni vaivén.
Estábamos parados. En el pasillo se oía el inconfundible barullo de pasajeros en movimiento, y al otro lado de la ventanilla percibí más bullicio, aderezado con pitidos y anuncios de megafonía. Aquisgrán, todavía.
Esta vez sí, salté de la litera, pues no quería hacer esperar más a los profesores.
Me dirigí hacia el minúsculo lavabo de acero situado en un rincón, junto a la ventanilla, y bombeé agua con el pedal de pie.
Bendije el frescor que alivió mis ojos irritados y el acierto del vinatero al despertarme, pues de lo contrario habría seguido durmiendo hasta Bruselas.
Su santa esposa, me sonreí, sí que habría dormido bien esa noche.
Me enjuagué la boca, me peiné el cabello con agua, tratando de domar las greñas deformadas por la almohada, y busqué pantalón, camisa y chaleco, que milagrosamente, después de la ajetreada noche, se conservaban más o menos libres de arrugas.
Tren expreso estacionado en vía uno, andén uno, procedente de Berlín, Hannover, Dusseldorf, Colonia y Aquisgrán, con destino a Lieja y Bruselas, va a efectuar su salida en unos instantes…
¿De Aquisgrán?
El anuncio de megafonía me confundió. ¿Qué diablos…?
Descorrí la cortinilla, que había cerrado para preservar mi intimidad, y contemplé el siempre animado ir y venir de una estación en plena efervescencia. Pero una estación modesta, no la que correspondía a una ciudad moderna, industrial y pujante como Aquisgrán.
«Herbesthal», leí en el rótulo situado en el andén.
Si recordaba bien la guía de ferrocarriles, aquel era el pueblo fronterizo donde se realizaban los trámites aduaneros y el control de pasaportes.
Pero entonces… Un mal presagio me asaltó.
Desde la ventana no podía ver el reloj de la estación.
Me abalancé sobre el mío, que pendía inmóvil de su leontina, justo cuando el expreso empezó a rodar: las nueve y cincuenta y tres minutos.
¡Maldición una vez más!