Hôtel Métropole 7
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Hannover Hauptbahnhof. Nuevo transbordo, esta vez el definitivo: el Nord Express procedente de Berlín nos llevaría a Bruselas con solo breves paradas en las principales ciudades.

Y lo mejor de todo es que haríamos el trayecto instalados en un confortable coche-cama, como correspondía a un expreso de lujo.

Le había sugerido a Heisenberg que podría realizar el viaje en un tren más económico, pero fue en vano: no era de su estilo permitir que un colaborador suyo viajase en peores condiciones.

Me pregunté de dónde habría sacado los fondos para mis gastos, que el Instituto Solvay no cubría.

Quizá de sus propios proyectos de investigación, o puede que se los hubiese proporcionado Gelb.

Me lo pregunté, pero no insistí demasiado.

Eran casi las tres de la mañana cuando embarcamos, y lo que más necesitaba entonces, aprovechando que la llegada a la capital belga no estaba prevista hasta las once y media de la mañana, era dormir.

No pude por menos que agradecer el estilo de Heisenberg.

País de estrechas fronteras, fácil de recorren Bélgica ofrece grandes atractivos en forma de noble arquitectura medieval, un rico arte pictórico y un notable desarrollo industrial moderno.

Las numerosas ciudades conservan mayormente su carácter medieval, los ayuntamientos y otros edificios seculares son los más bellos de su clase en Europa, y muchas de las ricas catedrales contienen pinturas y obras maestras de arte…

Nada más echarme en la litera alta —la baja la había cedido, en atención a su superior corpulencia y edad, al campechano comerciante de vinos del Rin con quien compartía departamento—, repasé la sección dedicada a Bélgica de la guía que gentilmente me había prestado Debye.

Más que por afán de culturizarme, con intención de que la lectura acabase de cerrarme los ojos.

… Gobierno: rige Alberto I de Bélgica, nacido en 1875, quien subió al trono en diciembre de 1909.

Moneda: 100 céntimos = 1 franco. Piezas de oro: 20 y 10 francos. Piezas de plata: 5, 2,1 francos, y 50 céntimos. Piezas de cuproníquel: 25,10 y 5 céntimos. Piezas de cobre: 2 y 1 céntimos.

Población: 8,2 millones de habitantes. Bélgica es el país con mayor densidad de población del mundo…

Sintiendo que me vencía el sueño, a las tres y veinte deposité la guía en la minúscula mesilla, apagué el punto de luz de lectura y sentí un inmenso alivio al frotarme los párpados con las yemas de los dedos.

Objetivo cumplido.

¿Cumplido?

Un rato largo más tarde, el tratante de vinos roncaba como un descosido y la excesiva calefacción me resecaba la garganta.

Todavía no había logrado dormirme. Para colmo de males, sentía una incómoda presión en la vejiga, fruto del desordenado horario que arrastraba desde la tarde anterior.

Encendí el punto de luz y consulté el preciado reloj de bolsillo, herencia de mi abuelo materno, que pendía de la rejilla para el equipaje de mano: las cuatro y media, casi.

Maldije mi suerte en voz queda, aunque al vinatero tanto le hubiera dado que lo hiciese a gritos.

Al menos, me consolé, había tenido el acierto de acostarme en ropa interior, sin echar mano del pijama.

De un salto me descolgué de la litera. Me puse los pantalones, la camisa y el chaleco de lana, y me calcé remetiendo los cordones sin atarlos.

Salí al pasillo en dirección al aseo situado en un extremo del coche.

Tras aliviarme, me resigné a quedarme un rato al fresco, pues la sola idea de regresar a los infernales ronquidos se me hacía insoportable.

Fue entonces, al recorrer de vuelta el pasillo en penumbra, cuando reparé en una silueta apoyada en el pasamanos que corría por debajo de las ventanillas, un poco más allá de mi compartimento.

—Buenas noches —saludé al llegar a la altura del mío.

La silueta, absorta en su propio reflejo sobre el cristal, respondió con una inclinación de cabeza, sin apenas girarse.

—Buenas noches —dijo una voz femenina, ligeramente ronca.

Por primera vez reparé en el insondable exterior: un cielo sin luna y sin estrellas sobre un espacio abierto, indeterminado y vasto, de opaca oscuridad.

Imaginé que lo mismo se vería desde un paquebote en alta mar —imaginé, digo, porque nunca había estado en alta mar—; solo que, en tal caso, las ocasionales luces que se cruzaban en nuestro camino no serían granjas aisladas, sino pesqueros faenando a la luz de sus fanales.

—¿Tampoco puede dormir? —se interesó la voz femenina.

—Tenía calor —respondí—. Y mi compañero de compartimento es… hum, algo escandaloso, digamos.

Percibí una comprensiva sonrisa cuando ella se volvió hacia mí.

—Hasta yo lo he notado —dijo, señalando la puerta del compartimento contiguo al mío—. Creo que dormimos pared con pared.

A la débil luz eléctrica del pasillo, la sonrisa, quizá porque iba acompañada de una sutil fragancia a jabón de olor, me resultó atractiva.

La mujer se sujetó con la mano izquierda las solapas del abrigo que llevaba echado por los hombros y, con la derecha, extrajo una pitillera de nácar del bolsillo.

—¿Tiene fuego?

—Lo siento, no.

Hizo ella un mohín de indiferencia.

—Da igual, era para romper el hielo —dijo, y del mismo bolsillo sacó una caja de fósforos—. ¿Quiere uno? —ofreció, abriendo la pitillera.

—Gracias, no fumo.

—Mejor para usted. Se ahorrará un montón de toses.

Rio al decir esto, y la risa dejó al descubierto dos hileras de dientes bien alineados.

La llama del fósforo prendió la brasa a la vez que iluminó el rostro: labios carnosos en una boca ancha; nariz recta, levemente ahuesado el tabique; ojos grandes, de largas pestañas y un color que no pude discernir porque los párpados caían hacia el extremo del cigarrillo.

La espontánea belleza del cutis lavado, sin rastro de maquillaje —supuse que también ella se había desvelado una vez acostada—, me causó una sensación agradable.

—¿Se dirige a Bruselas? —pregunté, por aportar algo a la conversación.

Una densa bocanada, exhalada hacia lo alto, me hizo percibir un inusual aroma a especias. La mujer asintió con la cabeza.

—Mis padres viven allí.

—¿Es usted belga, entonces?

—Demi belge, halb deutsch —precisó—. Mi madre es berlinesa. Antes trabajaba para una reputada modista. Mi padre, comerciante textil, la conoció en París, en la Exposición Universal de 1900, donde ella ayudaba en la exhibición del atelier. Ahora tiene el suyo propio en Bruselas.

—Vaya. Así que usted es el final feliz de una historia romántica.

—Es una forma original de verlo —aprobó—. Por cierto, me llamo Charlotte.

—Matthias…

Su gesto de tenderme la mano y mi ocasión de estrecharla se perdieron cuando un exagerado vaivén, efecto perverso del paso por una aguja, nos zarandeó de tal forma que hubimos de agarrarnos al pasamanos.

—Y usted —se interesó Charlotte, una vez recuperada la estabilidad—, ¿también va a Bruselas?

—Voy a un congreso de físicos; ya sabe: científicos, universitarios y demás ralea.

—Interesante. Conque es profesor.

Pude dármelas de tal. Al fin y al cabo, era cosa de meses, y eso me haría más maduro ante Charlotte, que me parecía algo mayor que yo. Pero siempre me ha caracterizado un absurdo exceso de modestia.

—Todavía no —confesé—. En realidad voy como ayudante del jefe de mi departamento.

—Ah. ¿Y conoce Bruselas?

Qué iba a conocerla, si era la primera vez que me alejaba más de cien kilómetros de Meissen. Pero ese último era un detalle pueblerino; innecesario, por tanto.

—En absoluto. Es mi primera vez.

Charlotte pareció animarse, como quien tiene oportunidad de hablar de un tema que domina.

—Pues le encantará, si es que su congreso le permite conocerla.

Bruselas es una ciudad agradable para vivir y hermosa para ver.

No deje de visitar sus cafés, que nada tienen que envidiar a los parisinos; y sus brasseries, donde le sorprenderá la calidad de la comida y donde podrá degustar las mejores cervezas del mundo.

Lo cual, dicho por alguien medio alemán, es mucho decir.

Volvió a reír. Si su sonrisa me había resultado atractiva, su risa franca y el brillo de unos ojos inmensamente verdes —en aquel momento pude verlos con claridad— me produjeron un extraño vacío en el estómago.

—Por supuesto —me hice cómplice, riendo a mi vez—. Nadie más neutral que usted.

Yo contenía el aliento, sorprendido de que una voz grave pudiese resultar tan sensual, mientras Charlotte, entusiasta de su lado belga, llevaba el peso de una conversación agradable y hasta divertida, que dio por concluida cuando, apurado su cigarrillo oriental hasta el filtro,

lo apagó contra el cenicero de pared situado bajo la ventana.

—Es tarde —dijo, lanzando por la nariz la última bocanada—. Debería tratar de dormir. Le deseo mucha suerte en su congreso, Matthias.

—Y yo a usted una agradable estancia con su familia, Charlotte. Quién sabe, quizá nos volvamos a encontrar en Bruselas.

—No es probable —dijo ella con mohín escéptico.

La conversación me había sabido a poco, pero al menos esta vez sí estreché su mano, tibia y acogedora, a modo de despedida. Y luego, cuando se dispuso a abrir la puerta de su compartimento, Charlotte me dedicó, con una caída de párpados digna de una diosa de Hollywood, una última, traviesa mirada.

—Pero tampoco imposible. —Sonrió.

Mi regreso a la litera no tuvo nada de sosegado.

Me turbaba pensar que apenas me separaba un delgado mamparo de Charlotte, y que podría sentir su respiración si no fuese por mi ruidoso vecino, el chirriar de los bogies y el crujir del vagón.

Y me irritaba mi falta de picardía con las mujeres; esa torpeza, no sé si congénita o producto de la inexperiencia, que la había dejado marchar sin averiguar más sobre ella: a qué se dedicaba, si estaba comprometida, cómo localizarla, si aceptaría mostrarme su ciudad,

esa de la que hablaba maravillas.

Si me consideraría digno, en fin, siquiera por unas horas, de su compañía.

Molesto conmigo mismo, apoyé en el mamparo la palma de la mano, imaginando que ella hacía lo mismo.

Si fuese más avispado le habría dejado caer el nimio detalle de que me alojaría en el Métropole; lo cual, además de darme un toque de distinción, podría haber propiciado un encuentro en el bar del hotel.