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Debye, Peter J. W. (nacido Petrus)
Nacido el 24 de marzo de 1884. Maastricht
Nacionalidad: holandesa
Estado civil: casado
Graduado en Electrotecnología. TH Aquisgrán
Doctorado en U. de Múnich
Profesor U. Zúrich, Utrecht, Gotinga
Director Inst. de Física.ETH Zúrich
Act. director Inst. de Física-U. Leipzig
Distinciones:
Medalla Rumford (RS Británica)
Investigaciones más relevantes:
Debye ha mostrado un permanente interés por la difracción y por la interacción de la radiación con sistemas atómicos y moleculares. Ya en la época de Múnich, bajo la dirección de Sommerfeld…
—Nuestro formidable equipo se ha ido desmembrando, Werner —se lamentaba Debye—. Unos se fueron de forma natural, porque les llegó el momento; otros lo han hecho a la fuerza, por judíos…
Se refería al Instituto de Física, que seis años antes había tomado a su cargo en un estado de lamentable decadencia, sin apenas estudiantes y entregado a una física obsoleta.
Con Heisenberg como director de la sección teórica, entre ambos habían renovado planes de estudios, modernizado laboratorios y multiplicado de forma espectacular el número de estudiantes hasta convertir Leipzig en una referencia internacional para la física.
—… y lo mismo ocurre con algunos de nuestros mejores estudiantes, expulsados de la Universidad de forma ominosa.
Ellos aportaban juventud, dinamismo, empuje; y había una gran compenetración entre todos nosotros.
Los últimos años han sido prolíficos en ideas frescas y en el desarrollo de nuevas teorías…
De aspecto siempre impecable, el cabello repeinado y el bigotillo cuidadosamente recortado, nuestro director acompañaba su presencia bondadosa de unas maneras un tanto relajadas en el trabajo; más de lo que resultaba aceptable en un académico de su edad y estatus,
al decir de sus colegas más estirados.
Pasear por el jardín regando flores en horas de trabajo no podía ser tan malo, pensaba yo, si no le había impedido convertirse en el mayor experto mundial en estructuras moleculares.
Había estudiado a fondo los dosieres de Gelb, si bien ya conocía la mayor parte de los datos relativos a Peter Debye.
Nacido en el seno de una familia humilde, el empeño de sus padres en aprovechar sus buenas calificaciones en la escuela lo llevó, por economía de recursos, al politécnico más cercano, el de la ciudad alemana de Aquisgrán.
Allí caería bajo la tutela de un joven profesor de ingeniería mecánica, el mismo que más tarde se convertiría en maestro de Heisenberg y de muchos otros físicos notables: Arnold Sommerfeld.
Impresionado por el talento del holandés, Sommerfeld lo llevó consigo como ayudante cuando fue nombrado director del Instituto de Física Teórica de la Universidad de Múnich.
Luego vendría una sucesión de puestos en diferentes universidades que convertiría a Debye en un buen ejemplo de la facilidad con que los académicos cambiaban de trabajo en pos de mejores condiciones salariales o de una mayor relevancia profesional.
—En cierto modo los envidio, ¿sabe? —dijo Heisenberg con un suspiro—. A los judíos.
—¿Qué quiere decir? —inquirió Debye con extrañeza.
—Que no han tenido que decidir: los nazis lo han hecho por ellos.
No digo que exiliarse sea fácil, entiéndame, aunque a los más conspicuos no les han faltado buenas oportunidades: Bethe, Simon, London…
, todos ellos han recibido ofertas de universidades y centros de investigación punteros.
A los modestos no les resulta tan fácil, claro está, pero las asociaciones de ayuda en el extranjero están haciendo un gran papel.
Recostado en una esquina del compartimento de segunda clase, me dejaba mecer por el acompasado vaivén mientras los profesores comentaban la situación.
Con los ojos cerrados y el oído atento, procuraba no dejarme adormilar para no perder palabra de una conversación que se tornaba interesante por momentos.
No olvidaba que ambos, Heisenberg y Debye, estaban en la lista de Gelb.
—A este paso —continuó el primero—, americanos y británicos acabarán quedándose con toda nuestra ciencia.
Por eso no creo, Peter, que emigrar sea lo mejor.
Como le decía, los judíos no han tenido opción; los no judíos, en cambio, hemos de hacer frente a un dilema: ¿debemos exiliarnos, como defienden algunos, aduciendo que la ciencia es libre y no puede estar sujeta a imposiciones políticas;
o debemos permanecer en Alemania para tratar de contener la desbandada?
Por la rendija de los párpados entrecerrados vi cómo Debye se encogía de hombros.
—Abandonar Alemania supone dejarla en manos de quienes reniegan de la física moderna, como Lenard[17] y Stark[18] —respondió.
—Física judía, según ellos; teórica y probabilista.
—En efecto —asintió Debye—. Mientras que la verdadera física, la que denominan aria, sería causal y experimental.
Pero si quiere mi opinión —su voz adquirió un matiz irónico—, el verdadero motivo de su rechazo está en su propia incapacidad de comprender la relatividad y la mecánica cuántica.
La defensa de la física aria no se basa tanto en fundamentos científicos como en prejuicios raciales; por eso, mi querido Werner, los que aman a Alemania no pueden dejar que entre todos, los que se van y los que abrazan la doctrina única, la conviertan en un erial, científicamente hablando.
Heisenberg cabeceó un asentimiento.
—Supongo que tiene razón. ¿Y qué hay de usted, Peter? Los alemanes debemos decidir si seguimos la estela oportunista o la rebelde, pero su situación es menos comprometida, porque al ser extranjero no está sometido a tanta presión.
Oí a Debye inspirar hondo. Noté que dudaba, como quien enfrenta una situación enrevesada.
—La verdad es que ya no me reconozco como holandés, ¿sabe? —Se sinceró al fin—. Alemania me ha dado casi todo lo que poseo: una educación, una carrera profesional, una esposa… Me siento tan alemán como el que más.
—Sin embargo, prefiere mantener la nacionalidad holandesa.
—Y cada vez estoy más convencido de que acierto, porque, como usted bien dice, el hecho de ser extranjero me dispensa de muchos compromisos y obligaciones que el nacionalsocialismo exige a los alemanes.
En cuanto al dilema que me plantea, Werner, mi postura es permanecer en Alemania y hacer todo lo posible para que nuestra física, esa que hemos hecho grande entre todos, permanezca libre de injerencias políticas.
—Eso mismo opino yo. Y, visto que nuestros esfuerzos por retrasar o impedir los despidos vienen siendo estériles, y que tampoco es posible convencer a los judíos de que permanezcan en Alemania a la espera de que las cosas cambien,
he llegado a la conclusión de que debemos luchar para que sus plazas las ocupen los más competentes.
Gentes —añadió, tras una pausa en la que adiviné su mirada clavada en mí— como nuestro doktor Maier, que tan a gusto duerme.
Con la puntualidad que le era obligada, el convoy de la Preussische Staatseisenbahnen fue dejando atrás estaciones y paradas.
La conversación de los profesores decayó, y mi supuesta cabezada se hizo real hasta que, al filo de las once de la noche, la lenta marcha se ralentizó todavía más para la entrada en Magdeburgo, donde habíamos de transbordar.
Una vez en el andén del que partiría nuestro expreso, me ofrecí para quedarme con el equipaje mientras los profesores estiraban las piernas en dirección a la cafetería.
A ellos les vendría bien tomar algo caliente ante la larga noche que se avecinaba; y yo, que de la temprana, apresurada y frugal cena de la pensión solo conservaba el recuerdo, podía reparar el triste vacío de mi estómago con un bocado frío.
Mientras masticaba, por gentileza de mi patrona, un emparedado de jamón que me supo a gloria, no dejaba de dar vueltas a las palabras de Debye sobre la opinión que la física judía merecía a los científicos pronazis, tan coincidente con la de Hugo Reetz sobre la teoría de la relatividad.
Quizá no había juzgado a mi amigo en su justa medida.
Tal vez, me dije, fuese más extremista, más antisemita, más nazi de lo que pensaba.
No me había pasado desapercibido, por ejemplo, que Hugo siempre me evitaba cuando yo estaba con Jakob; lo cual, tratándose de mis dos mejores amigos en el Instituto de Física, me resultaba embarazoso.
Y yo, que debía nadar entre dos aguas, con frecuencia me veía criticando a Hitler ante el primero y defendiéndolo un cuarto de hora después ante el segundo, como si me fuese obligado ejercer de contrapeso.
Menos mal, sonreí para mis adentros con el último bocado, que Hugo no tenía una hermana que también me gustase.
En el expreso a Hannover las tornas cambiaron: pasada la medianoche, los profesores descabezaron un sueño mientras yo me obligaba a permanecer despierto para transcribir, en una libreta de notas comprada al efecto, lo que recordaba de su conversación.
Una repentina sombra me oscureció el ánimo.
¿Y qué había de mí? Hice una pausa en mis anotaciones.
¿Cómo me afectaría el dilema? Porque, si conseguía una plaza de profesor, ¿no me vería yo mismo obligado a plegarme a la doctrina nazi?
Peor aún: ¿no me vería forzado a renegar de la física moderna?
¡La física de Einstein y Heisenberg! Si me desasosegaba el recuerdo de mi última conversación con Hugo, un mero aspirante a la habilitación, ¿qué ocurriría si había de enfrentarme a mis colegas profesores, a mis superiores, a todo un claustro?
Y aunque lo hiciese, ¿no sería una farsa por mi parte, puesto que, al aceptar una plaza arrebatada a un judío, habría mostrado una vergonzante aquiescencia con el antisemitismo?
Con los últimos renglones de la transcripción traté de olvidar todo aquello.
El futuro, me dije, no podía ser tan enrevesado.
Me arrellané en el confortable asiento corrido del compartimento, que los profesores y yo compartíamos con un simpático matrimonio de Magdeburgo, también abandonado a un apacible duermevela; y,
mecido por el monótono traqueteo del coche y agradecido por la calidez que emanaba de su potente calefacción, me dispuse a echar una cabezada.
Recordaba la última recomendación de Gelb: sin poder reprimir un bostezo, tuve el presentimiento de que la semana que se avecinaba iba a dormir poco.