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Heisenberg, Werner Karl
Nacido el 5 de diciembre de 1901. Wurzburgo
Nacionalidad: alemana
Estado civil: soltero
Doctor en Física por la U. Múnich
Ayudante de Max Born. U. Gotinga
Ayudante de Niels Bohr. U. Copenhague
Act. catedrático de Física Teórica. U. Leipzig
Distinciones:
Miembro de la Academia Sajona de Ciencias
Investigaciones más relevantes:
Su primer trabajo destacable consistió, en su época de estudiante en Múnich con Sommerfeld, en un controvertido modelo cuántico que, si bien no los justificaba, sí acertaba en predecir los espectros para átomos con varios electrones allí donde el modelo de Bohr fallaba…
Pese a su relativa juventud, el dossier de Heisenberg era de los más extensos.
Para cuando embarqué rumbo a Bruselas me lo sabía casi de memoria.
Sin que me considere el más indicado para resumir su biografía temprana, me permito dedicar aquí unas líneas escogidas por cuanto ayudarán a comprender la evolución previa de la física moderna, y a conocer a la persona de cuya mano me disponía a tomar contacto con su élite.
Siendo su personalidad remarcable, lo más sorprendente era la extrema celeridad con que, a sus treinta y un años, mi maestro había desarrollado una intensa y fructífera carrera.
Para empezar, resultaba notable que lo hubiesen admitido en un seminario desde el primer semestre[14].
Pero Heisenberg había aprendido por su cuenta muchas matemáticas, más allá de las que se enseñan en el gymnasium, y fue aceptado de inmediato por Arnold Sommerfeld, un prestigioso catedrático de física teórica de la Universidad de Múnich con quien había estudiado Peter Debye,
estudiaba Wolfgang Pauli y estudiaría Rudolf Peierls, a quienes menciono porque todos ellos estaban invitados al Consejo Solvay.
Gracias a la reconocida habilidad de Sommerfeld para hacer que sus alumnos diesen lo mejor de sí mismos, Heisenberg obtuvo su doctorado a la temprana edad de veintiún años.
Para entonces ya había realizado notables logros, no solo en sus trabajos de investigación, sino también en trabar amistades y relaciones que, a la postre, resultarían determinantes en su trayectoria.
En 1920, el año en que Werner Heisenberg se convirtió en alumno de Sommerfeld, el modelo atómico de Niels Bohr —una singular combinación de física clásica y cuántica que el propio Sommerfeld había contribuido a perfeccionar— mostraba síntomas de estancamiento.
Los átomos con una mínima complejidad no acababan de encajar y nuevos avances en física experimental habían detectado efectos extraños para los que no ofrecía respuesta.
Los más inconformistas comenzaron a pensar que ya era hora de dar un nuevo impulso a la que ya consideraban como «vieja» teoría cuántica…
Leipzig, jueves, 19 de octubre de 1933
Querida madre:
Como ya le avancé la semana pasada, esta tarde parto para Bruselas con el profesor Heisenberg.
Si todo va según el programa, emprenderemos regreso el lunes, 30 del corriente, con lo que el primer fin de semana de noviembre podré hacerle la acostumbrada visita mensual.
Aunque, pensándolo bien, es posible que lo deje para el siguiente; así podremos celebrar Martinstag[15] juntos, en recuerdo de padre.
Pero tengo más buenas noticias: mi proyecto de investigación llega a su fin y ya he comenzado a redactar la memoria correspondiente. Confío en poder presentarla pronto, tras las vacaciones de Navidad, y en obtener la habilitación antes del comienzo del semestre de primavera.
Al final, madre, va a resultar que mi elección no fue tan mala, pese a que usted siempre vio con escepticismo que cambiase las matemáticas por la física.
Es cierto que los números son intrínsecamente bellos.
Son honestos, porque siempre dicen la verdad; pero también son esquivos, capaces de llevar al límite nuestra capacidad de raciocinio antes de dejarse arrancar sus secretos más profundos.
La física, además de belleza, tiene alma.
Usted siempre ha dicho que cuando era joven se la daba por amortizada: se había desentrañado la naturaleza de las fuerzas cósmicas y pocas novedades cabían en el orden establecido.
Sin embargo, el siglo XX ha traído la revolución: durante las últimas tres décadas, mientras yo veía pasar mi infancia y mi juventud preguntándome si algún día haría algo de provecho,
hombres poco comunes con mentes extraordinarias han tenido la clarividencia y la valentía —porque una gran dosis de esta es necesaria para enfrentarse al statu quo— de romper las barreras tradicionales del pensamiento.
La teoría de la relatividad y la mecánica cuántica desbordan cuanto parecía atado por la física clásica, y desafían, no menos que los problemas de Hilberty[16] los límites del intelecto y de la imaginación.
Así que ya ve, madre: siendo la física moderna, quizá, menos honesta que las matemáticas, es igual de esquiva. Y yo tengo la oportunidad de participar en la emocionante tarea de enfrentar sus retos.
¿Por qué me invade, entonces, un sentimiento de frustración?
Soy joven, estoy bien preparado y pertenezco al país que lidera el mundo de la ciencia.
Y de repente, cuando debería entrar en sana competencia para crearme un futuro, se allana ante mí el camino de forma inesperada, no por mis méritos científicos, sino por el mero hecho de pertenecer a determinada raza.
¿Cómo debo tomarlo? Estoy confuso, madre.
Si hoy rechazo la forma en que nuestro país trata a los judíos, ¿deberé aceptar mañana una plaza arrebatada a uno de ellos?
Si no lo hago, si renuncio, mi simbólico gesto pasará inadvertido, y quedaré condenado al ostracismo.
Si acepto, en cambio, tal vez pueda hacer algo desde dentro, pelear para que las cosas vuelvan a su antiguo cauce y ayudar, ya que no a los profesores, a algunos estudiantes, al menos.
Mi preocupación podría parecer prematura si no fuese porque en el ambiente politizado de la universidad ya me veo sometido a innumerables presiones: para participar en mítines y manifestaciones donde se aclama al Führer, para acudir a campos de adoctrinamiento dirigidos a futuros profesores y,
por supuesto, para afiliarme al partido único.
Temo que, si me mantengo en la negativa, mi carrera acabará antes de haber comenzado.
Disculpe, madre, si la atosigo con mis tribulaciones.
No era esa mi intención, pero ¿a quién confiarlas, si no?
Quédese con lo bueno: tiene un hijo que va a participar, aunque sea entre bastidores, en un evento que formará parte de los anales de la física.
A mi regreso se lo contaré con todo lujo de detalles.
Nos vemos en noviembre, pues. Diga a tía Gretchen que no perdonaré su tarta de moras, esa que siempre prepara por Martinstag.
Su Matt
Leipzig Hauptbahnhof. De nuevo allí, con la diferencia de que esa vez yo era un viajero en busca de andén.
El tranvía que había de ahorrarme el coste de un taxi se había hecho de rogar, por lo que llegaba apurado de tiempo al magnificente vestíbulo abovedado de la Preussische Staatseisenbahnen, la Compañía de Ferrocarriles del Estado de Prusia.
Busqué entre la muchedumbre a mis compañeros de viaje, temeroso de que mi impuntualidad fuese objeto de reproche, pero no hubo caso: plantados junto a sus pesadas maletas, al pie de la escalinata que daba acceso a los andenes, Werner Heisenberg y Peter Debye consultaban, ajenos a mi tardanza,
una voluminosa y gastada guía ferroviaria que el holandés sujetaba entre las manos.
—… En Magdeburgo hay que hacer transbordo —constataba quien me hiciera cambiar las matemáticas por la física—. Tenemos una hora, desde las 22:54 hasta las 23:50, antes de la salida del expreso a Hannover.
—Estupendo —asentía Heisenberg—. Suficiente para estirar las piernas. ¡Ah, Maier, por fin llega!
Saludé a ambos con una inclinación de cabeza que también pretendía servir como disculpa.
—Buenas tardes, herr professor. Herr professor Debye…
—Nuestro tren sale del andén seis a las 19:40 —informó Debye, blandiendo la guía en dirección al gran reloj octogonal que presidía la escalinata—. Deberíamos ir hacia allá; faltan solo quince minutos.
Escaleras arriba, el vestíbulo se abría a la inmensa nave de andenes que días atrás recorriese durante mi, a ratos tensa, a ratos relajada, entrevista con Gelb.
El barullo era el mismo, aunque la multitud de aquel jueves estaba compuesta mayormente por viajeros solitarios: trabajadores, comerciantes y hombres de negocios.
En el andén seis esperaba la composición regional —segunda, tercera y cuarta clase— para Magdeburgo, vía Halle.
Más de tres horas de viaje para apenas ciento veinte kilómetros.
Me alivió saber que la siguiente etapa la haríamos a mayor velocidad en un tren expreso para el que los doctos profesores habían encargado billetes de primera clase.