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VIERNES, 13
Maleta en mano, los que partían se apresuraban en busca de su andén.
Los que llegaban lo hacían en dirección opuesta, en busca del taxi o del tranvía que los llevaría a su destino final.
Eran numerosos también los que no se apresuraban y se limitaban a fumar, leer la prensa o conversar apaciblemente a la espera de su transbordo o de quienes llegaban.
Por último, estábamos los que no partíamos, ni llegábamos ni esperábamos.
En el caso concreto de mi acompañante y yo, nos limitábamos a deambular mientras manteníamos, para cualquiera que pudiera observarnos, una trivial conversación.
—Aquí tiene. —Gelb extrajo una cuartilla del abultado sobre que traía consigo—.
Es una lista de los asistentes al Solvay.
El sobre contiene los dosieres de los que más nos interesan.
Se los he marcado a lápiz en la lista: en rojo, los alemanes y los que trabajan en universidades alemanas.
Peierls no cuenta; siendo judío, es impensable que se plantee regresar de Cambridge, donde disfruta de una beca Rockefeller.
Schrödinger solicitó este verano por carta un permiso de estudios para conferenciar en Gran Bretaña, comunicando que no daría sus clases el semestre de otoño.
Nos tememos que pueda quedarse allí. En cuanto a los otros, Bothe, Debye, Meitner y su querido Heisenberg, cualquiera de ellos podría estar planteándose ahora mismo seguir sus pasos.
Incluso puede que alguno aproveche el viaje a Bruselas para hacerlo.
Siempre pegado a su pipa, el hombre de la NG volvía a confundirme: sus maneras corteses, amigables, desdecían la gris frialdad de su mirada, y su voz tranquila, casi afable, no era la que uno le pondría a un agente de la Kripo o de la Gestapo.
—Heisenberg no, se lo aseguro. —Meneé la cabeza—. Y por lo que sé de Debye, tampoco creo que lo haga. Al menos, de momento.
—Esperemos que así sea. Los vigilará de cerca a todos ellos, en cualquier caso. En cuanto a los marcados en azul, son gente que nos gustaría atraer a Alemania.
—Dirac, Paul —leí—; Fermi, Enrico; Mott, Nevill Francis…
Absorto en reconocer los nombres de la lista, un silbido seguido de una imprecación me hizo saltar a un lado para esquivar a un hombre que, sudoroso, empujaba un carrito hasta arriba de equipaje.
Lo seguían una señora con un bebé en brazos y otros tres niños con idénticos abrigos de paño marrón en decreciente tallaje.
En pos, leí en sus caras, de un emocionante fin de semana.
Todos ellos —los físicos, no los niños— destacaban por sus aportaciones a la física moderna. Abrumaba pensar que me los encontraría cara a cara en breve.
—Perrin, Francis —continué—; Walton, Ernest; Cosyns, Max. —Arqueé una ceja—. ¿Max Cosyns no es…?
Gelb asintió con la cabeza.
—El hombre que acompañó al profesor Piccard hace un año, en efecto, en la ascensión que batió el récord absoluto de altitud. Además de físico, Cosyns es un notable espeleólogo y aventurero. Un espíritu intrépido, cosa poco frecuente entre los hombres de ciencia.
Me mordí los labios para no enumerar los incontables hombres de ciencia intrépidos que me venían a la cabeza. Pero no era plan de entablar un debate sobre, por ejemplo, las expediciones científicas de la Ilustración.
—Veo que no ha marcado usted a Wolfgang Pauli —observé, en cambio—. Ha desarrollado gran parte de su carrera en Alemania, aunque ahora se halle en Zúrich.
—Pauli tiene abuelos hebreos —se limitó a decir Gelb.
—Ya. —Volví a repasar la lista. Había una marca más: la del soviético George Gamow, del Instituto Físico-Matemático de la Universidad de Leningrado—. ¿Y por qué, según usted, querría alguno de estos hombres trabajar en Alemania? Ya lo hacen en reconocidas universidades y laboratorios europeos.
—Porque todos ellos rondan la treintena.
Son profesores jóvenes que en sus respectivos países habrán de esperar años hasta que queden vacantes cátedras y puestos de responsabilidad, mientras que aquí podrían desarrollar una carrera rápida.
Tenga en cuenta que el despido de los judíos ha dejado disponibles muchas plazas en nuestras universidades; plazas que nos interesa cubrir, en la medida de lo posible, con científicos de calidad.
—Gelb señaló la lista con la boquilla de su pipa—.
Y estos son los mejores, hoy por hoy. Cualquiera de ellos podría ganar un Nobel en el futuro.
Así que sondéelos, Maier; con tacto, con discreción.
Si detecta usted en alguno de ellos la más leve predisposición a venir a Alemania, trataremos de aprovecharla.
En un rincón, un limpiabotas frotaba con obstinación el zapato derecho de su cliente, protegiendo el calcetín con viejos naipes intercalados.
Habíamos llegado al extremo de la vasta nave que daba acceso a los andenes.
Surgida de la reunificación de tres estaciones casi contiguas, y convertida en una de las mayores del mundo por tráfico y superficie, Leipzig Hauptbahnhof era un nudo ferroviario de capital importancia para las comunicaciones alemanas.
Y el megalómano edificio que la albergaba, un orgullo para los leipsienses.
Desde donde nos hallábamos, el gran cielo abovedado de acero y cristal, donde repiqueteaba gris e insidiosa la lluvia, se perdía en la lejanía.
Y bajo el mismo, de extremo a extremo, la muchedumbre asemejaba una colonia de afanosas hormigas que viajaran solas, en grupo o en pareja.
—Lamentablemente —comentó Gelb, que esa tarde parecía de buen humor—, no tendrá ocasión de conocer a Einstein. Aunque es miembro del Comité científico del Consejo, ha excusado su asistencia.
Dimos media vuelta, dispuestos a recorrer la nave en sentido contrario.
Nos cruzamos en silencio con un caballero de gesto grave que rodeaba con el brazo los hombros de una joven muy maquillada a quien triplicaba la edad; con dos tortolitos cogidos del brazo que intercambiaban arrobadas miradas de recién casados; con un viajante de semblante cansino,
fácil de reconocer por la pesada maleta de muestras y la más pequeña para las mudas y el neceser; y con un grupo de jóvenes militares de reemplazo que, a la vista de sus expresiones risueñas, comenzaban un anhelado permiso.
En ese momento, más que hablar de Einstein, lo que me interesaba era que mi interlocutor escuchara lo que iba a decirle y lo entendiese sin sombra de duda.
Antes de hablar esperé a que se alejase una cuadrilla de operarios cargados con voluminosos cofres de herramientas y enfundados en grasientos buzos azules, visibles bajo los toscos chaquetones de viaje.
—Entonces… —Carraspeé para aclararme la garganta—. Lo de la ayuda que supuestamente he solicitado, la que usted transmitió a Heisenberg…
Gelb hizo un ademán tranquilizador. También a él debía de parecerle natural que se hablase de las contrapartidas.
—En cuanto consiga la venia legendi se le asignarán fondos de investigación para tres años y una plaza de profesor en la universidad que usted elija. Ahora mismo es fácil —sonrió, jocoso—: hay vacantes en todas.
—Veo que da usted por sentada mi colaboración, herr Gelb; pero todavía no ha oído mis condiciones.
Tal como me temía, la sonrisa afable se torció en avinagrado gesto.
—Me sorprende, Maier. Creía que, a estas alturas, la cosa estaba hecha.
—Y lo está, en principio —concedí—; pero hay una condición previa.
Alzó él una ceja rubia.
—No está la cosa para condiciones, joven. Le recuerdo que se juega usted la carrera.
Por si no bastase con el condescendiente «joven», lo de jugarse la carrera sonó, más que a recordatorio, a amenaza. Pero yo no había pasado la noche en vela decidiéndome para echarme atrás ahora, en el último minuto.
—Esta es sencilla —suavicé, por si acaso—. A usted no le costará gran cosa, y para mí es muy importante.
—Le escucho —gruñó él.
—Se trata de Jakob Weiss. Ya sabe que, de no haberlo atropellado una motocicleta, sería él quien acompañase a Heisenberg a Bruselas.
Gelb desvió la mirada, como si le incomodase el tema.
—Mala suerte —sentenció.
—Para él, sí; pero buena para mí. Y para usted, porque puede contar con mi ayuda; mientras que Weiss, siendo judío…
—¿Adónde quiere ir a parar?
—Quiero compensarle. Aquí, en Alemania, la física se ha acabado para él. Consígale un visado para Dinamarca.
—¿Un visado? —Gelb me miró con los ojos muy abiertos—. ¿Por qué cree que tal cosa está en mi mano?
Me encogí de hombros.
—El accidente de Weiss… No creo en las casualidades, herr Gelb. —Lo dejé ahí, porque creí que se me había entendido bien—. Y si ha influido usted en Heisenberg para que me lleve como ayudante, no veo por qué no ha de convencer a quien corresponda para conseguir los dichosos visados.
—¿Los visados? —me espetó él, juntando las cejas—… ¿Ahora son más de uno?
Puse cara de póquer, como si para mí se tratase de una obligación ineludible.
—Weiss tiene una hermana de diecinueve años. La han expulsado de la Universidad por judía.
Callé para darle tiempo a asimilar la cuestión.
Calló él, el semblante calculador. Como si le ayudase a pensar, dio comienzo al ritual de vaciar y cargar su pipa.
Nos paramos para dar paso a un nutrido grupo de jóvenes uniformados cargados de mochilas, sacos de dormir, banderines e insignias con la cruz gamada, con todas las trazas de disponerse a pasar el fin de semana en algún albergue de montaña.
—¿Cómo se llama? —preguntó al fin—. La hermana.
—Rachel.
Desaprobó con una negativa silenciosa.
—Rachel, Jakob… Ya sabe cómo están las cosas, Maier. En el supuesto de que yo pudiese hacer algo, y fíjese que digo «en el supuesto», con esos nombres resultaría imposible.
Maldecí para mis adentros. ¿Por qué los judíos eran tan limitados a la hora de poner nombres a sus hijos? Gelb tenía razón; y yo, ingenuo de mí, no había previsto tal inconveniente. Pero no era cuestión de amilanarme tras haber llegado hasta ahí.
—Pues cámbieselos —improvisé a la desesperada—. Consígales unos pasaportes nuevos.
Calló él de nuevo, absorto en encender su pipa y en valorar, supuse, costes y ganancias de la operación.
Pero yo estaba seguro de haber ganado la partida, porque ¿qué significaban dos judíos desahuciados frente a la posibilidad de atraer a las filas de la ciencia alemana a algún referente de la física moderna?
—Veré lo que puedo hacer —concedió al fin, suspiro de por medio—. Le telegrafiaré esta semana, antes de su partida.
—No se arrepentirá, herr Gelb —prometí—. Le haré unos informes inmejorables.
—Más le vale, Maier, más le vale. Porque en caso contrario desarrollará el resto de su carrera como físico teórico en Meissen, en la escuela de su madre.
Sonó terrible, pero comprendí que era una pose cuando vi que, cual negociador que cree haber alcanzado un buen acuerdo, el hombre de la NG recuperaba el talante amable.
Como si la naturaleza quisiera contribuir a aliviar la tensión, el repiqueteo de la lluvia había cesado y los sonidos se oían más diáfanos en el ajetreado vestíbulo.
—¿En qué hotel se alojarán? —Quiso saber Gelb.
—En uno llamado Métropole, creo.
—¡Caramba con el Instituto Solvay! No se anda con estrecheces con sus invitados: el Métropole tiene fama de ser el mejor hotel de Bruselas.
Bien, Maier, pues allí encontrará al enlace a quien deberá entregar los informes.
Sea exhaustivo, pero no por ello deje de dormir.
—Me dedicó una risita sarcástica—. ¡Lo quiero bien despierto cuando esté con sus colegas!
—Pero ¿cómo reconoceré al enlace?
—Oh, no tiene de qué preocuparse. Él lo reconocerá a usted.
El arquetipo ario de sombrero y gabardina gris, mirada clara y eterna pipa calada en los labios; el hombre con quien acababa de cerrar un trato que, esperaba él, redundaría en mayor gloria de la física alemana, y, esperaba yo, en un espaldarazo a mi carrera, me tendió la mano en señal de despedida.
—No lleve los dosieres a la universidad. Estúdielos en su casa y destrúyalos antes de partir. No queremos que nadie pueda verlos y pensar cosas extrañas, ¿verdad? —dijo, guiñándome un ojo—. Y ahora, si me lo permite, debo coger el próximo tren a Berlín. Adiós, doktor Maier.
Lo vi alejarse por la inmensa nave en dirección a su andén.
Por enésima vez desde que apareciese en mi vida en el café Riquet, me pregunté qué inconfesable interés podía moverlo a ocultar su verdadero nombre.
El instinto, la intuición o, simplemente, la inevitable desconfianza que invadía las vidas de todos los alemanes en aquellos tiempos revueltos, la mía incluida, me hacía dudar de que me hubiese contado toda la verdad.
LEIPZIG-brUSELAS