Hôtel Métropole 3 #2
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Calló mi amigo. La momentánea ausencia de su mirada me indicó que ponderaba pros y contras; que contraponía inconvenientes ciertos a beneficios posibles.

—Quizá tengas razón —dijo al fin con un suspiro. Luego señaló el arrugado periódico—. Aquí no hay más que algaradas, desvaríos y abusos. Dices que todo se arreglará. —Sonrió, irónico—… ¡Pues espero que sea antes de que los hebreos muramos de inanición!

Inanición. La palabra me ensombreció el espíritu, coincidiendo con el instante en que el rayo de sol se desvanecía con la puesta. Agité la cabeza para ahuyentar la imagen de una Rachel famélica, con las cuencas hundidas alrededor de sus ojos marrones, casi negros, que me miraban con triste dulzura.

—Yo… Hum. —Tragué saliva—. Siento que las cosas estén así. De veras.

—¿Por qué dices eso? —Jakob hizo un gesto exculpatorio—. Tú no tienes nada que ver, Matt. Es cosa de esas bestias pardas, los nazis.

No la tenía, lo sabía; pero entonces…, ¿por qué, a veces…? No pude, ni quise, reprimir una repentina necesidad de sincerarme. Inspiré hondo antes de hablar.

—Sin embargo, Jakob, a veces tengo la impresión de que tú…, de que Rachel… —Carraspeé—. De que desconfiáis de mí.

—No digas eso —protestó mi amigo—. Nadie desconfía de ti en esta casa. Pero tienes que comprender que… Bueno, entiende que no eres del todo como nosotros.

—¡Pero tampoco soy uno de ellos! No me apunté nunca a las Juventudes Hitlerianas, ni pertenezco a la Liga ni…

Levantó las palmas de las manos, contemporizador.

—Lo sé, lo sé. Cálmate; no quería decir eso.

Lo que ocurre es que vosotros, los arios que no comulgáis con los nazis, calláis.

Mira a nuestros profesores: ni siquiera Heisenberg, que tanto hace por los despedidos, levanta la voz.

¿Por qué no dimite?… Con su prestigio no le faltaría trabajo en el extranjero.

Encogí los hombros. Creía entender la postura de Heisenberg, pero ¿cómo saber si era la más adecuada?

—Si dimitiese no podría ayudar desde dentro.

Y supongo que tampoco quiere irse —conjeturé—.

Está convencido de que su deber está en Alemania, defendiendo a la ciencia y a los científicos desde su puesto.

De hecho, es lo que hace, ¿no? Y no es cierto que no haya reacciones —añadí—: ha habido muchas protestas.

—Pero débiles —puntualizó Jakob—, y se han apagado enseguida. La gente prefiere pensar que no hay que dar importancia a los desafueros nazis, que las cosas volverán a su cauce tarde o temprano. Tú mismo lo has dicho antes. Pero Matt, quizá tarde no sirva. Quizá tarde sea demasiado tarde.

Me sucede a menudo: cuando alguien tiene una opinión formada sobre un tema y la expresa con vehemencia, tiendo a adoptar una postura crítica.

A detectar sombras, o a buscar matices. Pero lo mismo ocurre si otra persona defiende la opinión contraria.

Supongo que el lado científico de mi mente persigue un equilibrio estable.

Temí que a mi amigo no fuesen a gustarle mis palabras, aunque, puesto que había decidido ser sincero…

—No sé, Jakob. —Meneé la cabeza con anticipada tristeza—.

Creo que los nazis tienen buenas intenciones, en general.

Tras la ineptitud de socialdemócratas y centristas para hacer frente a la Gran Depresión, que den estabilidad al país es bueno; que quieran engrandecer Alemania, devolverle su puesto en Europa y en el mundo, es bueno; y que hagan frente al comunismo es bueno.

¿Te imaginas a los bolcheviques en el poder?

… ¿Te imaginas que hicieran en nuestro país las mismas atrocidades que en Rusia?

—Hice una mueca de repugnancia—. Cualquier cosa es mejor que eso, creo yo.

Pero cuando te enfrentas a una tarea tan colosal, como pretende Hitler, es normal que cometas errores. Y con los hebreos se le ha ido la mano.

—¿La mano? —Jakob se envaró, irritado—… ¡Se le ha ido la cabeza, por Dios!

—Cierto. Y por eso mismo creo que su actitud no durará. La cruda realidad lo sacará de su error: los judíos tenéis un papel importante en la sociedad. La ciencia alemana, sin ir más lejos, no puede permitirse prescindir de la cuarta parte de sus físicos.

Mi amigo emitió un débil quejido cuando adoptó una postura más relajada.

—No sé la ciencia —rezongó—, pero me da que Hitler sí puede.

La habitación se oscurecía, como nuestro buen humor del principio.

Permanecimos en silencio. Jakob, con la mirada fija en el techo, puede que tratando de adivinar cómo sería su incierto porvenir; yo, dando vueltas a una idea que se me había ocurrido antes, cuando, en mi imaginación, los ojos de Rachel me miraban con tristeza.

—Si consigues trabajo en Copenhague deberías llevar a tu hermana contigo —sugerí—. Allí podrá continuar estudiando sin trabas y, sobre todo, estará más segura.

Si a Jakob le gustó o no la idea, no llegué a saberlo. Se limitó a devolverme una mirada desesperanzada.

—Seamos realistas, Matt —dijo—: nunca obtendremos permiso para ir a Copenhague. Ya sabes que es necesario un visado para viajar fuera, y a unos judíos no nos lo darán.

—Ya he pensado en ello, e incluso lo he hablado con Heisenberg. De momento, reconozco que el plan hace aguas por ese flanco. Por cierto —añadí, porque el comentario de mi amigo me había recordado algo que no quería pasar por alto—, el accidente de moto… ¿Viste al hombre que te atropelló?

Jakob hizo un ademán vago con la mano.

—No mucho. Llovía y el paraguas me tapaba la visión. No lo sentí venir hasta que lo tuve encima. El tipo llevaba gafas de motorista y casco de cuero, creo. Y una gabardina gris. ¿Por qué lo preguntas?

Gris. Me pregunté si el accidente había sido casual.

—Oh, por nada —quité importancia—. Es que me gustaría echarme al fulano a la cara algún día.

Jakob me miró escéptico.

—No te lo deseo: era alto y corpulento —dijo, soltando una carcajada que le provocó una punzada en el pecho—. ¡Ay!

Sonreí también, pero no porque mi amigo me pareciese cómico, sino porque se me había ocurrido una idea. Ojalá que funcionase, pues la apuesta iba a ser arriesgada.

—No te preocupes por los visados —concluí—. Ya se nos ocurrirá algo.