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—Hola, Rachel.
—Hola, Matthias.
—Vengo a ver a Jakob —dije, y como quiera que la hermana pequeña de mi compañero no hizo ademán de franquearme el paso, me vi obligado a matizar—. Si se encuentra con ganas de visita, claro está.
El lado desconfiado de su mirada me escrutó durante un instante, antes de que el amable decidiese dejarme entrar.
—Le diré que has venido —concedió, cogiéndome el sombrero para colocarlo en la balda superior del perchero—. Está en su cuarto, reposando, porque ha pasado un día bastante molesto.
Su figura menuda me precedió hasta la salita de recibir. Percibí, o creí hacerlo, un sutil aroma a lavanda, e imaginé que lo desprendía la nuca tersa, visible bajo el rodete que recogía una trenza de lustroso cabello negro.
Pulido parqué de roble. Canapé de cretona estampada.
Severos retratos de los abuelos. La salita podría muy bien ser la de mi propia casa en Meissen de no ser por el curioso artefacto que la presidía.
Se trataba de una especie de ánfora apoyada sobre un pedestal sobre la que descansaba, a su vez, un recipiente con tapa, todo ello fabricado en cerámica decorada con vistosos motivos de inspiración art déco.
Un filtro, según me explicara Jakob en mi primera visita, que su padre se había hecho traer de España para obtener el agua mineralizada que convenía a su delicado aparato digestivo, del que recientemente le habían extraído la vesícula biliar.
—¿Cómo están tus padres? —me interesé, por cortesía y porque no quería perderla de vista tan pronto, antes de que Rachel fuese en busca de su hermano.
La maniobra funcionó, porque ella se sentó en un extremo del canapé y me señaló el otro con la mirada.
—Mi padre es un cabezota —respondió con gesto severo—.
Todavía no se ha repuesto de la operación, pero no se permite el reposo.
Pasa más horas que nunca en la farmacia a pesar de que el negocio va de mal en peor desde lo de abril.
Hay gente del barrio que ya no entra, ¿sabes?
… Prefieren acudir a otras farmacias, aunque estén más lejos, por miedo o por mala fe.
—Hizo una pausa para inspirar hondo, y la gravedad dio paso a un mohín triste que se me clavó como alfiler en el pecho—.
Si lo vieses, Matt… En seis meses ha envejecido seis años.
Entendí a qué se refería. Envalentonados por su éxito en culpar a los comunistas del incendio del Reichstag, y como aperitivo a la aprobación de sus primeras leyes antisemitas, los nazis habían decretado a primeros de abril un boicot a los comercios hebreos.
Siguiendo la mejor tradición del partido, las odiosas SS, las tropas paramilitares de Hitler, se lanzaron a la calle para forzar el cierre de negocios y despachos.
En Leipzig, donde se habían vuelto especialmente agresivas por ser una ciudad de mayoría socialista y comunista, la acción fue muy violenta.
Ni siquiera la universidad fue inmune: los camisas pardas entraron a saco, expulsando por la fuerza a los judíos de aulas, laboratorios y bibliotecas.
Yo era consciente de cuánto daño había hecho a los Weiss el desdichado boicot de abril a los judíos; no solo por los desperfectos registrados en la farmacia, sino por la frustración que les produjo la baja calidad moral de muchos convecinos, que tendían a verlos más como culpables que como víctimas.
Y si traté de recordar al Simon Weiss animoso que había conocido la primera vez que Jakob me invitó a comer a su casa, me vino a la cabeza el hombre taciturno y desmejorado, venido a menos según mis cábalas, del café Riquet.
—Y en cuanto a mi madre —concluyó Rachel—, no recuerdo cuándo la vi sonreír por última vez.
Su suspiro fue casi un sollozo. Sus ojos, de un color marrón oscuro, casi negro, no me parecieron menos bonitos que cuando reía.
—Y tú, ¿cómo estás?
La pregunta era oportuna, porque Rachel sabía que yo sabía que ella atravesaba una mala temporada.
—Harta —confesó, con la rotundidad de quien no se resigna a su suerte—. Cansada, aburrida y harta de no hacer nada.
Lo decía porque, tras promulgar la ley que limpiaría de funcionarios judíos la Administración, los nazis la tomaron con la educación.
Las consecuencias de la Überfullung[13], la Ley contra la Saturación de las Universidades, habían resultado funestas para ella: quizá por estar de algún modo en el punto de mira —se resistió lo poco que pudo a ser desalojada durante el boicot—, o por el mero hecho de ser mujer,
o por la combinación de ambas cosas, Rachel, recién ingresada en el Instituto de Farmacología, formó parte de la lista de los excluidos para el semestre de otoño por überfüllung de hebreos.
Desde entonces estudiaba por su cuenta los viejos libros de su padre con la esperanza de que la cosa cambiase.
De que los nazis depusieran su actitud antijudía o de que el pueblo recuperase la cordura, los descabalgase del poder y restableciese la normalidad.
De que la Universidad, en fin, la readmitiese.
—No es cierto que no hagas nada, entonces —la animé—. Al menos, no te has dado por vencida.
Ella ladeó la cabeza, ofreciéndome la virginal curva de su nuca.
—No, pero sin profesores, sin laboratorios…
Y los textos de mi padre están anticuados.
Por mucho que practique en la farmacia, la diferencia es abismal.
¿Y sabes qué es lo que más me duele? —Añadió, haciendo que su tersa frente se arrugase—.
Ninguno de mis compañeros se ha interesado por mí.
Ninguno se ha tomado la molestia de visitarme o de ofrecerme su ayuda; ni siquiera los judíos que todavía siguen en el curso.
—Vaya —fue lo único que acerté a decir.
Rachel se levantó de improviso, la desolación pintada en el rostro.
Dio unos pasos por la estancia sin rumbo fijo, hasta apoyar una mano sobre la vasija del filtro —«Sinaí. Fuente de salud», rezaba en español el rótulo impreso sobre el depósito superior—.
Deslizó los dedos por la brillante cerámica, siguiendo el sinuoso contorno del ánfora.
Se volvió a sentar, esta vez más cerca de mí, sin que yo hubiese encontrado las palabras que buscaba.
—Es que tengo miedo de salir a la calle, Matt —confesó, la voz quebrada—.
Cada vez pululan más bandas de fanáticos con sus uniformes paramilitares, sus banderas y sus esvásticas, siempre buscando gresca con todo el que no les sigue la corriente.
Importunándonos a los judíos, sobre todo; maltratándonos impunemente.
¿Sabías que el tipo que arrolló a Jakob con su motocicleta ni siquiera se paró a socorrerlo, el muy bastardo?
—¡Qué cerdo!
—Sí.
Por Jakob sabía que su hermana era mujer de carácter, y me impresionó que incluso ella se sintiese amedrentada. Pero, aunque apreciaba que me confiase sus cuitas, no tenía claro cómo hacer para animarla. Aun así, lo intenté.
—Sé que es difícil —dije—, pero debes ser fuerte. Todo esto cambiará tarde o temprano, Rachel. Los nazis no durarán.
Un destello en sus pupilas me hizo pensar que la intentona había resultado.
—¿Eso crees? —Pero la esperanza se nubló enseguida—. No sé, Matt… Ojalá Dios te oiga.
Guardamos un silencio introspectivo, hasta que recordé el principal motivo de mi visita.
—Traigo buenas noticias para tu hermano —anuncié—, si te sirve de consuelo.
—Es verdad —sonrió ella, pestañeando—, nos habíamos olvidado de él. Espera un segundo; le diré que has venido. —Se levantó como impulsada por un resorte, quizá para disimular el toque de arrebol que iluminó sus mejillas—. Por cierto, ¿sabes que estás más guapo con la barba recortada?
Alegraba la alcoba un rayo anaranjado del primer sol que se dejaba ver en días.
La inconfundible cabecera en tipografía gótica del Leipziger Neueste Nachrichten, doblado por la mitad sobre la colcha, fue lo primero que me saltó a la vista.
Su arrugado aspecto sugería que había sido profusamente manoseado.
Tratándose de un diario conservador, la idea no acababa de encajar con mi amigo, a menos que se tomase como una medida de su aburrimiento.
—Veo que sigues fiel al Leipziger —bromeé a modo de saludo.
Reclinado sobre un gran cojín, el esfuerzo por incorporarse le costó a Jakob un rictus de dolor.
—Lo seré mientras se mantenga contrario al Partido Nazi —gruñó, siguiéndome la corriente—. Que no sé si será por mucho tiempo, tal como están las cosas.
—Y tú, ¿cómo estás, amigo?
—Ahora, mejor —suspiró—. He pasado una noche horrible, pero el calmante ha hecho efecto. Cortesía de Apotheke Weiss, ya sabes —añadió, queriendo esbozar una sonrisa—. A tu servicio.
Despejé una silla cargada de libros, que fueron a parar sobre la cómoda, y la acerqué a la cama.
Además de por su luz natural, envidiaba el cuarto de Jakob por la profusa colección de banderines de ciudades que lo decoraba, y por su colección de trofeos de atletismo, de la que mis dos o tres medallas de carrera pedestre de la época del gymnasium eran una triste sombra.
—Lo tendré en cuenta cuando me atropelle una motocicleta —dije con una sonrisa—. Ánimo, que dentro de poco podrás volver al trabajo.
—No creas que me apetece —refunfuñó—. Allí me siento como un apestado.
Toda esa gentuza de la Liga Nazi de Estudiantes, que ahora resulta que tiene más poder que nadie en la Universidad, no puede vernos a los hebreos.
Ya ves cómo han tratado a Rachel; y casi es mejor que ella no vaya a clase.
Cualquier día habrá problemas serios, te lo digo yo.
—Todo se arreglará. Esta situación no puede durar.
—Pues mientras tanto, el Instituto de Física ha perdido a varios profesores. Si a ellos los tratan así, ¿qué podemos esperar los aspirantes, dime?
Los judíos, nada, me callé. Y me dije que vendría bien una buena noticia.
—Tienes razón. Precisamente por eso vengo a verte. —Hice una pausa teatral, dejando que mi amigo me escrutase con los ojos entornados—. Heisenberg quiere ayudarte, Jakob; está dispuesto a conseguirte un trabajo en el extranjero.
—Pero no puedo marcharme —protestó—. Aquí está mi familia…, y también mis amigos.
—Aquí no vas a encontrar trabajo. Y menos como físico. Piensa en tu carrera: ¡podrías colaborar con el mismísimo Niels Bohr!
Alzó una ceja, escéptico.
—¿Eso ha dicho Heisenberg?
—Lo va a intentar, al menos. Y sabes que puedes confiar en él: está haciendo una gran labor por los despedidos, ya sean de Leipzig o de otras universidades.