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»Pero no se vaya todavía, por favor —me rogó, devolviendo el maletín a su sitio y levantando la tapa del piano—. Estoy practicando a Schumann. ¿Le gustaría escucharlo?
No habían pasado cuatro horas de mi entrevista con Heisenberg cuando, tras la pausa del almuerzo, me crucé con Hugo Reetz en un pasillo del Instituto.
—Enhorabuena, Matt. —Me sonrió—. Me he enterado de que acompañas a Heisenberg al Solvay.
—Gracias —respondí extrañado—, ¿pero cómo…? ¿Te lo ha dicho él?
Hugo me guiñó un ojo.
—Estaba en la secretaría cuando Grete ha telefoneado a la agencia de viajes para hacer vuestras reservas. No sabes cómo te envidio: conocerás a madame Curie, a Rutherford, Langevin, Bohr… Y he leído que se ha invitado al profesor Piccard —añadió con un deje de admiración.
Hugo y yo nos llevábamos bien. Teníamos la misma edad y nos conocíamos desde mi primer semestre en la Facultad de Física, que para él era su segundo.
Tras obtener su doctorado con cierto retraso, trabajaba como físico experimental en la división de Radio, ahora objeto de luchas intestinas porque su jefe, Erich Marx, había sido despedido en septiembre por hebreo.
No se me escapó el detalle de que Hugo no había mencionado entre sus referentes a ningún hijo de Israel.
Aunque formaba parte de la Studentenbund[10], la Liga Nazi de Estudiantes, confiaba en que se hubiese apuntado más por conveniencia que por convencimiento. Decidí pincharle un poco.
—Sí. La pena es que Einstein no asistirá —me lamenté—. A él sí que me habría gustado conocerlo.
Hugo elevó los ojos al techo.
—Einstein, Einstein… Bah. Einstein está sobrevalorado, si quieres mi opinión.
Toda esa física suya, tan teórica, tan alejada de la realidad y del sentido común…
Y además es artificiosa: no está basada en la observación, sino que especula con enrevesadas construcciones matemáticas desarrolladas ad hoc para justificar sus propios fines.
—Si te refieres a la relatividad, te recuerdo que ha sido sobradamente demostrada —puntualicé.
—Discutiblemente demostrada, diría yo. Te recuerdo que tanto las mediciones del perihelio de Mercurio[11] como las observaciones del eclipse del 19[12] han sido puestas en duda por nuestros físicos experimentales más prestigiosos.
—Casi todos ellos, ¡qué casualidad!, enemigos acérrimos de Einstein —dije sardónico.
—¡Bah! —Desdeñó él de nuevo—. Eso es porque Einstein es proclive a crearse enemigos.
No olvides que es un renegado: renunció a la nacionalidad alemana para ahorrarse el servicio militar; rechazó la Guerra del 14 con arteros argumentos antinacionalistas; se opone al orden y al progreso que intenta instaurar Hitler; y se ha dedicado, en cambio,
a recorrer el mundo como si fuera una estrella de cine, dándoselas de pacifista y de sionista cuando no es más que un apátrida y un antialemán.
—La tez rubicunda de mi amigo se había ido encendiendo conforme hablaba—.
Y ahora, en el colmo de la desfachatez —continuó, haciendo que su voz irritada resonase de forma poco decorosa en el pasillo—, se dice que ha huido a los Estados Unidos haciéndose pasar por refugiado político, cuando lo único que lo atrae allí, como buen judío,
es el dinero que le han ofrecido por desertar.
Ese es el Einstein a quien tanto admiras, Matt —concluyó, los labios contraídos en un rictus cruel.
Suspiré, arrepentido de mi imprudencia. Y molesto, porque me disgustaba que Hugo hablase así de quien había revolucionado la física con su genial clarividencia; pero la experiencia me decía que era inútil discutir cuando la conversación pasaba de la física a los sentimientos: la razón palidecía,
y si, además, afloraba el antisemitismo, entonces se desvanecía por completo.
Me pregunté si la Studentenbund, el Partido Nazi y hasta el mismísimo Führer se conformarían con los despidos forzosos.
Un oscuro, extraño desasosiego me ensombreció el ánimo.
Pero lo más preocupante para mí aún no había llegado: Hugo me retuvo por el brazo cuando, dejándolo por imposible, hice ademán de despedirme.
—Espera —dijo, suavizando gesto y tono—.
Mañana por la tarde hay una asamblea. Te convendría asistir, Matt.
Tu nombre ha salido a relucir últimamente: que no te hayas apuntado a la Liga está mal visto, por no hablar de que eres reacio a las consignas, no participas en las ceremonias oficiales y no asistes a los campos de formación.
Friedrich, el jefe local, te tiene en el punto de mira, y no me extrañaría que recibieses un mensaje suyo.
Hugo me hablaba con aire confidencial, más preocupado que molesto por mi manifiesta desafección al partido.
—¿Te envía él, acaso? —pregunté frunciendo el ceño.
Ignoró él la pregunta, elevando los hombros.
—Sabe que somos amigos. Me ha preguntado por ti, y yo le he insistido en que a tu padre lo condecoraron como héroe de guerra y en que tú eres un buen alemán. Pero…
Desvió la mirada. Coloqué mi mano sobre la suya, todavía en mi antebrazo.
—Gracias, Hugo —dije, arrepentido de mi mordacidad.
—Pero todo eso no basta, Matt —concluyó él, bajando aún más la voz—. Si Friedrich decide enviarte un mensaje, no será tan amable: hará que tres o cuatro de sus esbirros te den un buen susto.
Tras despedirme de Hugo me apremié a mí mismo —esa tarde mejor que al día siguiente— a visitar a Jakob Weiss.
Y de paso, a Rachel.