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LUNES, 9

Lo que más me admiraba de Werner Heisenberg era que todo en él resultaba admirable.

Profesor paciente. Trabajador incansable.

Investigador perseverante. Todo eso era mi maestro y nada de ello era óbice para que su marcada jovialidad le granjease el afecto de cuantos lo trataban.

Más allá de la física, si no sorprendía que su mente analítica le permitiera ser un gran jugador de ajedrez, quizá lo hiciera su habilidad con el ping-pong, su interés por la filosofía y su afición a la música, que cultivaba como virtuoso pianista.

Y, por supuesto, su pasión por el aire libre, que satisfacía cada vez que tenía ocasión de escapar a la montaña con sus Neupfadfinder, la asociación de jóvenes exploradores a que pertenecía.

—Y bien, Maier, ¿qué le parecería acompañarme a Bruselas como ayudante?

Heisenberg lo dejó caer con el tono indiferente de quien comenta que amenaza lluvia.

Me había dejado una nota en mi escritorio para que lo buscase con urgencia, y lo encontré en su apartamento, en el ático del Instituto de Física.

No tuve que esforzarme en parecer sorprendido: había pasado más de una semana desde mi encuentro con Gelb; encuentro que, tras un par de días de intensa agitación, había sido desplazado por otras prioridades en mi cabeza.

Carraspeé, buscando la mejor forma de expresarme.

—Entiendo que Weiss sustituirá a Bloch como su ayudante, herr professor. ¿Quiere que ocupe su lugar mientras se recupera del accidente?

El hervidor silbó. El profesor vertió el agua en una jarrita donde previamente había puesto dos cucharadas de té. Luego, sus ojos azul pálido se clavaron en mí. Su voz sonó sincera; confidencial, casi.

—Me gustaría pensar que Weiss volverá pronto —dijo con un suspiro, pasándose la mano por el abundante cabello rubio que brotaba desde el final de una frente muy despejada—, pero, la verdad, no sé si le conviene.

Ya ve usted cómo están las cosas: los profesores judíos han perdido sus plazas en la universidad.

Se habla de más de mil en toda Alemania.

Y los físicos… ¡Qué desastre! —exclamó, meneando la cabeza—.

Unos han abandonado Alemania; otros, los que se hallaban de vacaciones o conferenciando en el extranjero, han decidido no regresar.

El Instituto de Física, Maier, ha quedado en una situación lamentable, caótica.

Y todas esas vacantes han pasado a ser objeto de codicia para una pléyade de mediocres que correrán a inscribirse en el partido único, si es que no lo han hecho ya, con el único propósito de medrar a sus anchas.

En estas circunstancias —refunfuñó—, ¿qué futuro pueden esperar los judíos, por brillantes que sean, como Weiss?

Hubo un silencio. Heisenberg sirvió el té.

Yo paseé la mirada por la habitación de techos inclinados y sobria decoración en la que el brillo de un magnífico Blüthner de cola, único capricho visible de su inquilino, destacaba bajo la cenicienta luz otoñal.

No pude dejar de fijarme en las fotografías enmarcadas de los Consejos Solvay de 1927 y 1930, a los que había asistido mi jefe.

Una sensación extraña me invadió: en mi mano estaba conocer en breve a muchos de aquellos sabios rigurosamente encorbatados.

—Usted es amigo suyo, tengo entendido —dijo Heisenberg tras meditar unos instantes.

Su mirada amistosa no daba lugar a dobles interpretaciones.

—Hemos congeniado durante los últimos semestres, es cierto —admití.

—Entonces hable con él —sugirió—. Weiss es un físico brillante.

Yo podría recomendarlo para un puesto en el extranjero, si él quiere.

Pauli coordina en Zúrich una organización para acoger a científicos alemanes refugiados, a quienes busca vacantes en diferentes destinos; y Bohr hace algo parecido en Copenhague.

Cuando estuve allí, precisamente, le llevé una lista de físicos despedidos confeccionada por Planck y Laue, para que viese si podía ayudarlos.

Me sorprendió la naturalidad con que Heisenberg me contaba aquello.

Sabía, como todo el mundo en el departamento, que el profesor había decidido no acudir a la reunión de septiembre de la DPG, la Sociedad Alemana de Física, donde se le iba a hacer entrega de la medalla Max Planck[8]; y que, en su lugar,

había asistido a una conferencia que Niels Bohr organizaba en Copenhague.

Pero nunca habría imaginado que estuviese actuando como correo para Max von Laue, el presidente de la DPG a quien, en apariencia, había desplantado.

Ahora se entendía, me dije, por qué mantenía últimamente tanta reunión en Berlín con Planck y Laue.

—Aunque tratándose de Weiss… —Desvió la mirada al techo, reflexivo, y luego vi cómo su rostro se iluminaba—. Quién sabe, quizá hasta pueda convencer a Bohr de que lo acepte en su equipo.

—Eso sería muy generoso por su parte —alabé—. Trabajar con el profesor Bohr es, con permiso de usted, la aspiración máxima para cualquier físico teórico.

—Sin permiso, Maier, por favor. —Desdeñó con un gesto de su mano y una sonrisa—. Bohr ha sido uno de mis maestros. Dudo que yo hubiese llegado a ningún sitio sin él.

Sabía que Heisenberg era sincero, porque su admiración y respeto por Niels Bohr se remontaban a sus veinte años, cuando acudió a unas conferencias que el danés iba a impartir en Gotinga.

El encuentro, en una época en que el boicot de los vencedores de la Gran Guerra a la ciencia de los derrotados estaba en pleno apogeo, había levantado gran expectación entre los físicos alemanes, ávidos de escuchar la teoría atómica de Bohr de su propia voz.

Allí el jovencísimo estudiante supo ganarse el interés del maestro, quien le propuso dar un paseo para debatir en privado.

Como solía contar Heisenberg cuando nos reunía en su apartamento alrededor del piano, su desarrollo científico propiamente dicho había comenzado con aquella caminata.

—Entonces, ¿verá a Weiss? —me insistió.

Dejé escapar un involuntario suspiro. La idea de visitar a Jakob me hacía evocar una mirada oscura, alegre a veces, a veces melancólica.

Una mirada que solía dejarme una sensación agridulce por la extraña combinación de amabilidad y desconfianza que destilaba hacia mi persona: la de su hermana Rachel.

—Lo haré, por descontado —asentí de buena gana—; pero Copenhague… No sé si los Weiss podrán permitirse…

—Sí, ya lo había pensado —me atajó el profesor—.

Pero no se preocupe: tanto Bohr como Pauli tienen acceso a generosos fondos.

Déjeme escribirles. O mejor, hablaré con ellos directamente.

Está previsto que acudan al Consejo Solvay, y, en ese caso, Maier, tendré el placer de presentárselos.

Si es que se decide a venir —concluyó, para luego clavarme su mirada entusiasta—. ¿Qué me dice?

—Lo haré gustoso, herr professor. Pero… tengo una pregunta, si no le importa. —Me acaricié la barba recién recortada, suave como un parterre de césped—. ¿Por qué yo? Quiero decir… Usted tiene colaboradores más cualificados.

Werner Karl Heisenberg, el hombre que con tan solo veinticuatro años sentara las bases formales de la mecánica cuántica y que, tarde o temprano, habría de ser galardonado por ello con el Premio Nobel, a menos que la Real Academia de las Ciencias de Suecia cometiese una gran injusticia,

se retrepó en su butaca y me dedicó una mirada cargada de curiosidad.

—¿Por qué no me dijo que pensaba solicitar una ayuda a la NG? —preguntó, en lugar de responder—. Sabe que yo habría informado a su favor.

Gelb, claro. Por si me quedaba alguna duda. Abatí la mirada, incómodo.

—Ya. Bueno, es que… usted está siempre tan ocupado… —balbuceé—. No he querido molestarlo con mis cosas.

—Tonterías —rechazó él—. Usted es un alumno brillante, excepcional. Tanto como lo fueron Bloch, Peierls o el mismo Weiss. El problema de usted, Maier, es que se subestima.

—Bueno, es que mi currículum…

—Su currículum es magnífico, incluyendo su brillante nota en el examen de doctorado. ¿Sabe usted cuál fue la mía?

Heisenberg me dedicó una mirada irónica, que no acerté a descifrar.

—Summa cum laude, imagino —aventuré encogiendo los hombros. Qué otra cosa podría ser.

—Pues se equivoca. Fue excelente, en efecto, en lo relacionado con la teoría y con el trabajo de investigación, pero herr Wien me obsequió con un rotundo suspenso en las pruebas experimentales.

Al final, con gran benevolencia por parte del tribunal, aprobé con un mísero cum laude[9] aquí donde me ve.

—Vaya. —Silbé, sin acabar de creérmelo—. No lo sabía.

—Aquello me produjo una gran humillación —confesó—; pero tuve que aceptarlo porque, entre otras cosas, Wien tenía razón: ni la física experimental me interesaba ni me tomé el menor interés en las pruebas. Usted, en cambio, será bueno en lo que se proponga, ya sea la teoría o la experimentación.

—Gracias, herr professor. Procuraré no defraudarlo.

—Ni se le ocurra hacerlo. —Sonrió, admonitorio—.

En fin, como le decía, la NG me ha pedido mi opinión sobre usted.

Parecen predispuestos a darle una ayuda de investigación, a condición, claro, de que antes consiga la venia legendi.

Supongo que ello es, de paso, una forma de evitar que se vaya al extranjero.

Asentí con la cabeza, incómodo por ocultar la verdad a quien tanta confianza me demostraba. Quizá, me dije, debería sincerarme.

—Será un honor acompañarlo a Bruselas, herr professor —afirmé, en cambio, y me dispuse a marcharme, incapaz de prolongar la conversación—. ¿Cuándo partimos?

Se levantó él, a su vez, para echar mano a su gastado maletín de cuero, del que extrajo un calendario.

—El Consejo se inaugura el día 22, domingo.

Estaría bien salir el jueves 19 —calculó—.

Así tendremos la tarde del viernes y el sábado entero, al menos, para acomodarnos y dar los últimos retoques a la ponencia.

Y para tomarnos unas buenas cervezas antes de que la cosa se ponga seria —añadió, de buen humor.

Luego sacó del maletín un dossier de cartulina beis—.

Por cierto, aquí tiene el borrador. Échele un vistazo y…

No, qué digo; léalo con atención —recalcó—, y transmítame cualquier idea, cualquier sugerencia, cualquier cosa que le llame la atención, aunque sea una coma mal puesta.

Vamos a tener un público exigente —sonrió—, como puede imaginar.