1 #3
—Usted lo ha dicho. Por eso nos tememos que aquellos a quienes espanta el nazismo o que, simplemente, se sienten incómodos con él, decidan marcharse. Para los científicos de cierto nivel es fácil, pues a menudo viajan al extranjero para colaboraciones universitarias, simposios o conferencias.
—Como el Solvay —comprendí.
—Exacto. Lo cual nos lleva al punto de partida, doktor Maier: a la ayuda que usted puede prestar a la NG; y, por extensión, a su país.
Pero antes, para completar el panorama, déjeme decirle otra cosa: quizá piense que el hecho de que la comunidad física universitaria haya sido diezmada no le afecta.
De hecho, es posible que pueda beneficiarle, puesto que todas esas plazas vacantes se habrán de cubrir tarde o temprano.
Los físicos arios, Maier, van a poder escoger puesto de trabajo, se lo aseguro.
Siempre que se comporten como se espera de ellos.
Carcajada y humo escaparon a borbotones de la boca de Gelb y se disiparon con rapidez en la atmósfera diáfana de un atardecer ya casi oscuro.
—Sin embargo, considérelo desde otro punto de vista —prosiguió, tras tomar aire—: por un lado, el régimen, receloso de las malas influencias que nuestros científicos puedan recibir en el extranjero, ya ha comenzado a restringir sus salidas.
Por otro, los científicos extranjeros, en protesta por lo que ellos consideran una pérdida de libertades en Alemania, anulan visitas a nuestro país, cancelan suscripciones a nuestras revistas y se dan de baja en nuestras sociedades científicas.
Puede que aquí continúe haciéndose la mejor física, pero lleva camino de verse aislada.
—¡Pero eso es un disparate! —protesté—. El aislamiento va contra el ideal de la ciencia; contra su propia esencia, que requiere la libre difusión del conocimiento.
Las volutas de una última bocanada se perdieron más allá del halo luminoso de una farola eléctrica.
Gelb esgrimió un atacador y, en silencio, como si rumiase mis palabras, rascó la carbonilla del interior de la cazoleta, terminó de limpiarla con un potente soplido y se guardó pipa y atacador en un bolsillo de la gabardina gris.
—No se engañe, doktor Maier —dijo al fin con un suspiro—: los ideales murieron en febrero, con el incendio del Reichstag.
Habíamos atravesado el Altes Rathaus, el antiguo ayuntamiento, bajo la arcada sur.
Al salir a Markt Platz, el recuerdo de la abominable pira que redujo a cenizas el parlamento alemán y que propició que Hitler acusase a los comunistas de responsables del suceso y suspendiese las libertades civiles, me provocó un escalofrío.
A nuestro alrededor, todo en la plaza transmitía una dominical normalidad: los puestos de venta permanecían cerrados, los paseantes disfrutaban su asueto cogidos del brazo, los cafés y las tabernas emitían un apagado bullicio.
Todo estaba tranquilo, salvo mi interior.
—¿Qué desea de mí, herr Gelb? —pregunté.
Mi interlocutor asintió con la cabeza. Seguramente también él pensaba que era buen momento para dejarse de circunloquios.
—Se lo diré. Quiero que acompañe al profesor Heisenberg en su viaje a Bruselas.
Que lo asista en la preparación de su charla y en cualquier otra cosa que pueda necesitar: billetes de tren, maletas, papeles, agenda…
Lávele la ropa interior, si es necesario.
Quiero que aproveche la ocasión para conocer y codearse con los mejores físicos del mundo.
Un tercio de los que estarán presentes en el Solvay han nacido en este siglo, así que no son mucho mayores que usted.
Tómese unas cervezas con ellos, escúchelos, pregunte, aprenda; debata si es necesario.
Y guarde registro mental de cuanto vea y oiga: conversaciones, opiniones, preferencias.
Da igual que sean científicas, políticas, religiosas o culinarias; lo banal también me interesa.
Y, por último, quiero que cada noche elabore un informe completo, que entregará a un enlace que se le revelará a su debido tiempo.
Plantado en medio de Markt Platz, escruté los ojos claros del hombre de la NG.
Recordé mi primera impresión en el Riquet: el rostro ario de mirada glacial, el atuendo de inspector de la Kripo y, sobre todo, la invisible aura de nacionalsocialismo.
Sin embargo, esto último en absoluto había traslucido en nuestra conversación, lo que me tenía confuso: ¿debía hacer caso a mi instinto o debía ignorarlo en favor de la sólida, cabal imagen que transmitía Gelb?
Sentí un nuevo escalofrío, pero esta vez el Reichstag no tuvo nada que ver.
—En definitiva —me aventuré a resumir—: me pide usted que espíe a los participantes en el Solvay, incluido mi jefe, el profesor Heisenberg.
Nunca, a lo largo de la inopinada entrevista, el semblante de Gelb se había mostrado tan grave.
—A Heisenberg y al resto de los alemanes en especial —recalcó—, pero también a algunos extranjeros.
Le proporcionaré una lista con los nombres de interés para nosotros.
No malinterprete usted nuestras intenciones, por favor: la NG no quiere perjudicar a ninguno de ellos; solo busca retener el talento alemán y, en la medida de lo posible, atraer el extranjero.
Tras dejarme meditar un instante sobre sus palabras, sus labios se distendieron en un remedo de sonrisa.
—Quién sabe, doktor Maier —concluyó—; quizá su mayor contribución a la física de su país no se escriba en forma de ecuaciones y artículos científicos.