Hôtel Métropole 1 #2
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—Y mujeres, herr Gelb. Son pocas las que destacan en nuestro campo, pero no por ello menos dignas de admiración.

—Naturalmente —concedió él con benévola sonrisa—.

En la conferencia participarán la profesora Meitner, de la Universidad de Berlín, y las Curie, madre e hija.

Supongo que, para alguien como usted, tomar parte en este evento sería como…

como… —Dudó un instante, el que tardó en encontrar inspiración en la portada de mi libro—.

Como pertenecer al Olimpo de los físicos, ¿me equivoco?

Mientras crecía mi intriga por el rumbo que tomaba la conversación, Gelb parecía cada vez más satisfecho de su juego.

—¿Adónde quiere usted ir a parar? —pregunté alzando una ceja.

—Tengo entendido que el profesor Heisenberg dará una conferencia, algo relacionado con el núcleo atómico. Y que su colaborador más veterano, Jakob Weiss, ha sufrido un desgraciado accidente.

Jakob era mi compañero y amigo. Yo mismo lo había visitado en el hospital un par de días atrás, después de que una motocicleta lo arrollase con el deplorable resultado de varias costillas y un antebrazo rotos.

—Una lástima —prosiguió mi interlocutor—, porque, tras la renuncia de Bloch, su anterior ayudante, es de suponer que Heisenberg contaría con Weiss para que lo acompañase a Bruselas. Ahora tendrá que buscar un sustituto.

Me acaricié la barba, necesitada de un recorte. Era cierto que, en vista de lo mal que se habían puesto las cosas en Alemania para los judíos, Felix Bloch había decidido permanecer en Zúrich, su ciudad natal, tras las vacaciones de verano. Aun así…

—Eso no será problema —dije elevando los hombros—: tiene para escoger.

—Podría ser usted.

—Lo dudo. Hay compañeros más brillantes y mejor preparados. Weizsäcker, por ejemplo: acaba de obtener su doctorado con solo veintiún años, tres menos que yo.

Gelb hizo un gesto condescendiente, como si conociese a Karl von Weizsäcker.

—No se subestime, doktor Maier. —Lanzó sobre su cabeza una gran voluta de humo—. De hecho, ese es el punto débil de Weizsäcker: demasiado joven como ayudante. Y usted lleva más tiempo colaborando con Heisenberg, ¿no es cierto?

—Para ser de la NG, está usted bien informado sobre las circunstancias de unos simples investigadores sin habilitación.

Sospechosamente bien informado, recelé para mis adentros. Como si me leyese el pensamiento, mi interlocutor sonrió.

—Vamos, doktor Maier, no sea suspicaz —dijo—.

Estar informado forma parte de mi trabajo.

Como sabe, la NG proporciona ayudas de investigación, y para ello buscamos y estudiamos a posibles candidatos, sean profesores o ayudantes.

—Adoptó una expresión seria, erguido sobre su silla.

Se inclinó hacia mí—. En fin, vayamos al grano: ¿qué le parecería acompañar al profesor Heisenberg a Bruselas en calidad de ayudante?

—¿Lo dice en serio? —dije, y mi voz sonó incrédula y desconfiada—. Me temo, señor mío, que esa decisión corresponde al propio Heisenberg.

—Por supuesto —concedió Gelb—. Pero si le interesa, la NG podría… —carraspeó— influir, digamos, para que lo escoja a usted. —La sonrisa condescendiente volvió a sus labios—. Imagínese, codearse con todas esas mentes privilegiadas.

—¡Claro que me interesa! —admití con más vehemencia, quizá, de la que debería—. Pero, francamente, no se me ocurre por qué la NG haría tal cosa. Supongo que no será por pura simpatía.

El rostro impenetrable prorrumpió en una abierta carcajada.

—Me gusta usted, Maier; no se anda con tapujos.

Pero tiene razón. —Se inclinó un poco más para, sin dejar de sujetar la pipa entre los labios, hablarme en voz queda—.

Digamos que, a cambio de facilitar su excursión al Olimpo de los físicos, la NG le quedaría agradecida si le prestase un pequeño servicio.

—Hizo como si espantase una mosca con la mano—.

Algo sencillo para usted, no se preocupe, pero de vital importancia para nosotros.

Y ese agradecimiento, como puede imaginar, resultaría beneficioso para su carrera. Muy beneficioso —recalcó.

Un cosquilleo me recorrió el cuerpo. Por lo que sabía, en la NG estaban representadas las universidades, las escuelas técnicas y las academias de ciencias alemanas, así como otras instituciones científicas importantes del país.

Tal como decía Gelb, su agradecimiento no era cosa que un aspirante a profesor universitario pudiera tomarse a la ligera.

—Y ese… ejem, servicio, como usted dice, consistiría en…

En lugar de responder, mi interlocutor echó un vistazo en derredor.

Al seguir su mirada, comprobé que el supuesto judío venido a menos se había esfumado, y que una pareja de enamorados merendaba sendos apfelstrudel en la mesa donde antes se sentaban madre e hija.

En cuanto a los tertulianos, descuidaban de nuevo el tono de su conversación, en vista de que el hombre de la gabardina gris se había desentendido de ellos.

Quizá por el excesivo ruido, o porque un local abarrotado no invita a hablar de asuntos que se deban tratar con discreción, Gelb hizo una mueca de desagrado.

—Salgamos —dijo, dejando unos pfennigs en el platillo—. Esto está muy cargado.

Bajamos por Reichstrasse y luego giramos por Grimmaische hacia Markt Platz. La tarde sajona se había tornado apacible tras un breve rato de lluvia mansa que, sin llegar a formar charcos, había humedecido las calles.

Gelb, o como en realidad se llamase mi enigmático acompañante, apenas se quitaba la pipa de entre los dientes.

Se me ocurrió la absurda idea de que fuese un truco para que no le leyesen los labios a distancia.

Absurda, digo, porque ¿qué interés podría tener un representante de las ciencias germanas en que no le leyesen los labios?

—Como sin duda sabrá, doktor Maier —iba él diciendo—, la física se encuentra en una encrucijada que no es sino reflejo de la que enfrenta el conjunto de nuestra sociedad.

La Berufsbeamtengesetz[6], esa ley que Hitler ha tenido a bien promulgar, supone el despido de una gran cantidad de funcionarios judíos, lo cual, según nuestros cálculos, afecta a uno de cada cuatro físicos que trabajan en las instituciones del estado.

Algunos de ellos dimitieron nada más conocer la noticia, sin esperar a que los destituyesen; otros han sido ya despedidos, y los que están a la espera de resolución con probabilidad lo serán en breve.

¿En qué situación cree que nos deja eso, Maier?

Como la pregunta tenía una evidente intención política, y como el tono en que la había formulado Gelb implicaba que esperaba una respuesta, me lo pensé antes de hablar.

Podía tratarse de una trampa. Y no era, en aquellos tiempos, aconsejable significarse en según qué sentido.

Todo dependía de con qué pie cojease uno y de con cuál lo hiciese su interlocutor.

Y en el caso del mío todavía no estaba seguro.

—Supongo que… hum, tal pérdida de talento, la de los científicos judíos, quiero decir…

, no contribuye mucho, que digamos, a hacer crecer el conocimiento en el Reich.

—Me había enredado en un exceso de prudencia.

Y como quiera que Gelb se detuvo para dedicarme una mirada críptica, me vi obligado a simplificar—.

Lo que quiero decir —carraspeé— es que prescindir de los judíos supone una gran pérdida para la Universidad.

A la mirada críptica siguió una sonrisa torcida.

—Eso piensa, ¿eh?… No se moja usted demasiado, demonios.

Pero hace bien. La prudencia es un activo impagable tal como están las cosas, incluso para alguien cien por cien ario como es su caso.

Oh, no me mire así. Como le he dicho antes, lo sé todo sobre usted.

Y estas cosas, ya sabe, la sangre, la raza y todo eso, no pueden pasarse por alto hoy en día a la hora de hacer un informe.

»En fin, como puede imaginar —prosiguió—, la Ley de Restauración supone un quebradero de cabeza para la NG.

Tras la decisión de Einstein y de algunos otros de no regresar a Alemania en 1933» por la que, salvo determinadas excepciones, como aquellos que tuviesen méritos de guerra, a los funcionarios que no eran considerados arios los excluyeron de la Administración.

Alemania, a nuestro Comité de Física le preocupa la posibilidad de que otras eminencias sigan sus pasos y abandonen el país.

Entendía lo que Gelb quería decir, porque el caso Einstein venía siendo un tema recurrente en la prensa y en los corrillos universitarios desde que, tras la subida de Hitler al poder, el premio nobel protestase abiertamente por la brutalidad del nuevo régimen,

la supresión de derechos civiles y la represión sobre los hebreos, y declarase que no volvería a Alemania mientras la libertad de pensamiento y la seguridad ciudadana no estuviesen garantizadas.

A ello siguieron la dimisión de sus cargos y su renuncia a la nacionalidad alemana, a lo que el Gobierno respondió con el embargo de sus cuentas corrientes, su casa y el resto de sus bienes.

Tras refugiarse en Bélgica, y luego en algún lugar discreto de Inglaterra, donde vivía bajo protección armada —se decía que una asociación secreta nacionalsocialista había ofrecido mil libras esterlinas por su cabeza—, los últimos rumores hablaban de una inminente y definitiva partida hacia América.

—¿Y qué esperaban? —dije al hilo de mis pensamientos—. Es normal que los hebreos emigren si no se les permite trabajar aquí.

—Cierto —admitió Gelb—. Pero no me refería a ellos.

Hitler ya ha decidido que la ciencia alemana tendrá que apañárselas sin judíos y no hay más que hablar.

Sin embargo, al resto de la comunidad científica, a cambio de permitirle conservar su autonomía y garantizarle una cierta seguridad, le exige el acatamiento de la doctrina nazi.

—El Gleichshaltung[7].