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DOMINGO, 1 DE OCTUbrE DE 1933
En mi época de estudiante frecuentaba los cafés.
Ya sean tranquilos o bulliciosos, resultan idóneos para descubrir los usos y las maneras de la gente de la ciudad.
Para alguien como yo, criado en un pueblo pequeño, eso representaba un preciado valor añadido a los pocos pfennigs que costaba un café o una jarra de cerveza, y que podía permitirme gracias a la beca con que el estado de Sajorna financiaba mi dedicación a lo que más me gusta en el mundo: la física.
Situado a un paso de Markt Platz, cerca de la pensión en que me alojaba, el Riquet era mi preferido los domingos por la tarde, cuando con el café me regalaba un extra —un trozo de tarta o un delicioso leipziger lerche relleno de mermelada de fresa— que justificase una estancia más larga.
Con frecuencia las tertulias subían de tono, lo que me impedía concentrarme en la lectura que siempre llevaba conmigo.
En tales casos me dedicaba a mi otro pasatiempo favorito: observar a los presentes más cercanos por encima del libro, tratando de inventar una historia para cada uno de ellos.
Gruesa cintura. Gruesos brazos y piernas. Rostro abotagado.
Por ejemplo, la mujer sentada dos mesas más allá en compañía de una joven de ojos grandes y redondeadas facciones.
Madre e hija, dada la innegable similitud de sus rasgos.
Por la desconfianza con que la madre miraba a su alrededor y la curiosidad que mostraba la joven, resultaba obvio que no eran de la ciudad.
Es más, la desgastada chaqueta de lana basta y los deslucidos zapatos pasados de moda de la madre, unidos a su fruición al engullir una porción de tarta Sacher, me convencieron de su condición pueblerina.
Admito que se trataba de una conclusión fácil, porque desconfianza, atuendo y fruición me recordaban a los de mi propia madre en la única ocasión en que vino a visitarme a Leipzig, al poco de mi ingreso en la universidad.
En cuanto a la muchacha, lo más probable era que viniese a colocarse en la pujante industria algodonera, aunque su vestuario modesto pero nuevo, adquirido, sin duda, para la ocasión, me hizo inclinarme por su entrada al servicio de una familia bien.
Me pregunté si volvería a verla, con cofia y delantal blancos, empujando un cochecito de bebé por los jardines próximos a Augustus Platz.
Mientras meditaba sobre el ineluctable destino que estropearía su gesto agradable, observé que la madre lanzaba suspicaces miradas de reojo al individuo que acababa de tomar asiento en la mesa contigua.
Rostro enjuto. Frente despejada hacia atrás. Lentes redondas de pasta negra. Poblado mostacho cano con ribetes amarillentos.
El hombre se convirtió en mi siguiente ejercicio.
Al sentarse había depositado el sombrero de fieltro oscuro sobre la mesa tras asegurarse de que estaba limpia y seca, pero no se había quitado el gabán.
Ambos, sombrero y gabán, aparentaban una calidad excelente, poco acorde con el aspecto desmejorado del dueño, que permanecía encogido, como si tuviese la humedad otoñal incrustada en el cuerpo.
Pidió un café solo y un vaso de agua al camarero, y un pitillo suelto a la cigarrera.
Nada de tartas o bollería; nada de licores o cigarros puros; ni siquiera un agua de Seltz.
Mientras esperaba, su mirada permanecía ausente, perdida en algún punto indeterminado más allá de la puerta de vidrio del establecimiento.
Fui atando cabos, hilvanando en precario una historia que se hizo más probable cuando el hombre, después de abrir con suma delicadeza el estuche de los azucarillos y echar uno en el café, se guardó el otro en el bolsillo del gabán tras echar un rápido vistazo en derredor que denotaba incomodidad.
Si en esas manos hubo un día poder adquisitivo, no quedaba gran cosa de él.
Judío.
Fue una inspiración repentina: las leyes de abril habían despojado de sus cargos a una legión de funcionarios hebreos, así como apartado a abogados de los tribunales y a médicos de los hospitales. La matrona de prejuiciosa educación aldeana había llegado, por lo visto, a la misma conclusión que yo.
Judío, pues. Venido a menos.
No llevaba cinco minutos con su café cuando el supuesto funcionario, o abogado, o lo que fuera, se estremeció como si hubiese visto al diablo. Sorprendido por cómo hundió su nariz huesuda en la taza, miré hacia la entrada en busca del objeto de su desasosiego.
Corpulento. Mediana edad. Rostro muy anguloso en el que destacaba una mirada pétrea.
El sombrero y la gabardina grises del individuo podrían perfectamente ser los de un inspector de la Kriminalpolizei.
La pipa curva colgada de sus labios tampoco desmerecía.
Era fácil hacerse una idea de por qué había causado tanta impresión al judío: el recién llegado atufaba a nacionalsocialismo tanto como si llevase una esvástica tatuada en la frente.
Siempre parapetado tras mi libro, lo observé con curiosidad al principio, mientras intercambiaba unas palabras con el barman; con interés luego, cuando cruzó el salón con parsimonia, provocando que las discusiones se enfriasen a medida que recreaba su mirada en los tertulianos;
sin disimulo a continuación, pues me dio la impresión de que se dirigía a mi mesa; y con sorpresa por último cuando, con un desparpajo insolente, cogió una silla y se sentó frente a mí sin pedir permiso.
Inaudito.
—«Canta, oh, Musa, la cólera del Pélida Aquiles, que causó a los aqueos incontables dolores, precipitó al Hades las almas valerosas de muchos héroes, y los hizo servir de presa a los perros y a las aves de rapiña» —recitó el desconocido con manifiesta voluntad de impresionarme,
tras un rápido vistazo a la portada de mi libro.
Dejó el sombrero sobre la silla contigua, extrajo una cajetilla de fósforos del bolsillo de la gabardina y, tras frotar uno contra el raspador, lo aplicó a la cazoleta de su pipa.
—La Ilíada es exactamente el tipo de lectura que uno esperaría en un físico teórico, doktor Maier[2] —dijo entre chupada y chupada.
Si él me conocía, yo no lo recordaba de nada. Pero en la universidad me cruzaba todos los días con gente en la que no fijaba mi atención.
—Disculpe si no lo reconozco —dije, visto que la memoria no venía en mi ayuda—, herr…
Satisfecho con la brasa conseguida, el hombre aspiró sin prisas una profunda bocanada y devolvió al ya recargado ambiente una espesa nube de penetrante aroma.
—Mi nombre no importa. —Negó al fin con la cabeza—. Basta con que sepa que represento a la NG[3].
Todo universitario, fuera profesor o estudiante, conocía la poderosa organización político-científica que financiaba la investigación en nuestro país. ¡Y el fulano decía que su nombre no importaba! Abrí la boca para responder a la descortesía, pero él se me adelantó.
—Llámeme Gelb —dijo—, si eso le hace sentirse más cómodo.
En ese preciso instante, un camarero se inclinó hacia él. Gelb me apuntó con la boquilla de su pipa.
—¿Otro café, doktor Maier?
—Con uno me basta, gracias.
—¿Un schnapps, quizá?
—Gracias, no.
Encogió sus robustos hombros, inmune a mi tono desabrido, y se retrepó en su silla tras pedir café con leche y agua de Seltz.
—Matthias Maier —dijo—. Nacido el 25 de marzo de 1908 en Meissen.
Hijo de Martin, mecánico electricista, desaparecido en el siniestro del L-59 en 1918, tras una brillante hoja de servicios en los dirigibles del Reich; y de Agneta, maestra de escuela, quien le inculcó su afición a los números —recitó con la suficiencia de quien trae la lección bien aprendida.
Yo escuchaba con los labios apretados mientras sentía la sangre afluyendo a mi rostro y mis orejas—.
Obtuvo unas calificaciones brillantes en la escuela primaria, lo que le permitió acceder a una beca de estudios para huérfanos de guerra.
Ingresó en el gymnasium[4] local, donde destacó en lengua y literatura clásicas, en francés y en matemáticas.
En 1927 ingresó en la Universidad de Leipzig.
Tras un notable primer semestre en el Instituto de Matemáticas, unas conferencias impartidas por el profesor Debye le hicieron mudar su matrícula al Instituto de Física, donde se licenció en 1931 bajo la supervisión del profesor Heisenberg, quien posteriormente dirigió su tesis doctoral.
Ahora se dedica al estudio de la estructura del núcleo.
Colabora con Heisenberg gracias a una beca de investigación que finaliza, si no me equivoco, a finales de este semestre, plazo en el que espera obtener la venia legendi[5]. ¿Voy bien, doktor Maier?
Dado que la pipa ya no parecía tirar, Gelb, si es que ese era su verdadero nombre, aprovechó la pausa para golpear la cazoleta contra el cenicero y limpiarla.
Yo me revolví en mi silla incómodo. Que un funcionario de la NG conociese mis datos personales y mi historial académico era entendible; al fin y al cabo, constaban en mi ficha universitaria.
Pero… ¿que Debye despertó mi interés por la física?
¿Y que supiese de la pasión de mi madre por las matemáticas?
Incómodo, sorprendido y preocupado.
—¿Cómo sabe usted todo eso? —inquirí—. Y no me venga otra vez con evasivas.
—Lo sé todo sobre usted. —Sonrió, indiferente a mi expresión ceñuda—.
Sé dónde vive, qué come, qué no come, qué aficiones tiene y con qué amistades se relaciona.
Que no son muchas, por cierto. Pero nada de eso viene al caso, no perdamos el tiempo.
Volvamos a la física, que es por lo que estoy aquí.
Le supongo enterado de que dentro de unas semanas tendrá lugar en Bruselas el séptimo Consejo de Física Solvay.
En el grupo de investigación se hablaba a menudo del evento. No vi razón para negarlo.
—Cómo no estarlo —admití, prudente.
—Entonces sabrá que en estos consejos participan, por estricta invitación, los más eminentes físicos del mundo, en su mayoría europeos.
Y que varios de ellos son alemanes, como su profesor Heisenberg, o extranjeros que trabajan en Alemania, como su profesor Debye.
—Gelb hizo una pausa para acercar un nuevo fósforo a la cazoleta, que había ido rellenando mientras hablaba—.
Imagino que sentirá usted admiración por esos hombres.
Me creí en la obligación de puntualizar, quizá por el respeto que sentía hacia el amor de mi madre a la ciencia.