EPÍLOGO
Hans Schneider realizó un fructífero trabajo en el Instituto de Física de Copenhague bajo la dirección de Niels Bohr.
En 1935 se casó con la hermana de un compañero de trabajo.
Helga Schneider acabó sus estudios de Farmacia.
Se casó, un año después que su hermano, con su concuñado.
A mediados de 1943, ante el mal cariz que tomaba la ocupación nazi de Dinamarca, hasta entonces permisiva con los judíos, ambas familias escaparon a Gran Bretaña.
Hans y Helga, antes Jakob y Rachel, no vieron nunca más a sus padres.
Por mi parte, visité a Simon y Martha Weiss con regularidad hasta mi marcha de Leipzig.
Luego lo seguí haciendo cada vez que tuve ocasión de regresar.
Años más tarde encontré el piso cerrado y precintado.
Un vecino me dijo que la Gestapo había llegado en camiones de caja abierta un día helado de enero.
Habían sacado a la calle a todos los judíos del barrio, los habían despojado de sus abrigos y pertenencias y los habían embarcado para llevárselos, aterrados y ateridos, nadie sabía adónde.
Tampoco yo volvería a verlos.
Con Klara Hofmann intercambié varias cartas, cada vez más espaciadas, hasta que otras prioridades propiciaron el natural distanciamiento.
Klara trabajaría en el Laboratorio de Radiación de Lawrence durante los años siguientes, adquiriendo un papel importante en el diseño de sucesivos modelos del ciclotrón, cada vez más grandes y potentes.
El norteamericano sería galardonado con el Nobel de Física de 1939 por su invento.
En algún momento, Klara me escribió para decirme que contraía matrimonio con cierto abogado de San Francisco.
Después de la Guerra Mundial, ya como profesora en Berkeley, se convertiría en una notable activista contra la proliferación nuclear.
En esa época, Klara y Lise Meitner se vieron en cada viaje que la austriaca realizó a Estados Unidos, aclamada como descubridora intelectual de la fisión.
En cuanto a mí, obtuve la habilitación, para lo cual debí pasar varias semanas en un campo de adoctrinamiento junto con varias decenas más de aspirantes a profesor.
Allí me vistieron con un basto uniforme pardo, hice ejercicio físico, realicé interminables marchas, recibí charlas patrióticas, aprendí a desfilar, a saludar con gestos milimétricamente calculados y a utilizar un fusil.
También aprendí innumerables canciones nostálgicas, alegres u obscenas, que todos cantábamos con brío, alentados por ese efectivo vínculo que nadie como los nazis sabía inculcar y aprovechar en favor propio: la camaradería.
El sometimiento era absoluto. Durante el día me obligaba a no pensar en lo que hacía.
Ayudado por la constante y exigente actividad, me limitaba a obedecer órdenes y a cumplir con una rutina de autómata: caminar, cantar, disparar, cantar, comer, cantar.
Por la noche, exhausto, me refugiaba en mi litera y en mis mejores recuerdos de Meissen, Leipzig y Bruselas, lo único que me permitía soportar la humillación.
Superado el examen, me establecí como profesor en la Universidad Humboldt de Berlín, la misma en que habían sentado cátedra Planck, Von Laue, Einstein y Schrödinger.
La NG me financió con generosidad una línea de investigación en rayos cósmicos, tema que escogí por recomendación de Heisenberg y, visto con la perspectiva del tiempo, puede que también como homenaje a Jakob y Jürgen.
Visité en el KWIC a Meitner, quien me presentó a Otto Hahn.
Conocí a Planck y a Von Laue, de quienes tanto había oído hablar a Heisenberg.
Mi amistad con el reciente nobel hizo que todos ellos me recibiesen con suma cordialidad.
Comencé impartiendo Mecánica a los alumnos del primer semestre.
Recordaba a diario las palabras de mi anterior jefe, cuando comparaba su destino con el de Schrödinger: tenía que saludar brazo en alto antes de cada clase, añadir un Heil, Hitler!
a la firma de cada escrito, participar en ceremonias, presenciar desfiles y, no menos importante, evitar mencionar a Einstein.
A las pocas semanas, para evitar que mi vida fuese vigilada a todas horas por los miembros del Partido, abandoné la residencia de profesores y me instalé en un pequeño pero confortable apartamento en Kreuzberg, no lejos de la Universidad.
Por primera vez desde que abandonase el gymnasium no vivía en una pensión.
Pero el mayor cambio en mi vida llegó meses después, cuando me reencontré con Charlotte Belle-Croix en un cóctel organizado por el Instituto Kaiser Guillermo de Física en honor de su nuevo director, Peter Debye.
Yo había acudido invitado por el homenajeado, mi antiguo profesor, y ella…
Bueno, ella conocía allí a mucha gente. Para entonces ya no trabajaba para la NG, pues la política «feminista» de Hitler la había sustituido por un recién graduado con brazalete rojo.
Le pedí una cita, por supuesto. Fuimos de paseo, al cine, a bailar.
Todo lo que yo había soñado. Lo mismo que podría haber hecho con Klara en otras circunstancias.
Pero Charlotte estaba allí, y Klara era historia.
Charlotte conocía mi secreto; yo, el suyo.
Teníamos mucho de qué hablar, y aprendimos que ningún lugar era más propicio que la alcoba.
Al cabo de un año le pedí matrimonio. No solo porque su compañía era lo único que me permitía soportar aquella situación desquiciada, en la que nadie, ni los afines al régimen, podía expresar sus verdaderos pensamientos, sino porque me sentía profundamente enamorado.
Para mi sorpresa, Charlotte aceptó. Nos casamos en Bruselas, adonde viajamos con mi madre y con tía Gretchen.
Ninguno de los dos habría soportado una boda adornada de colgaduras con la cruz gamada.
Regresamos a Berlín tras unos días en París, inmersos en un maravilloso romance.
Yo continué con mis clases en la universidad.
Ella, convertida en ama de casa modelo, continuó con sus labores clandestinas.
Jamás le recordé el peligro en que nos ponía; jamás le confesé cuánto miedo pasaba; jamás le dije lo que, como esposa, debía o no hacer.
Solo cuando la pequeña Helene, regordeta y despierta, comenzó a crecer en una sociedad cada vez más intolerante, paranoica y criminal, de común acuerdo decidimos que madre e hija se trasladasen a Bélgica, al cobijo de los Belle-Croix.
Tan dolorosa separación supuso para mí un gran alivio, aunque pasajero.
Si pensaba haber conjurado los peligros que nos amenazaban, me equivocaba: lo peor estaba por venir.