Hotel Mallois (Hermanas Taylor 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Una semana más tarde

—Tengo que arreglar esa maldita calefacción —masculla Jodie cuando Katherine, que acaba de levantarse, se sube la cremallera de la sudadera que Jodie le ha prestado hasta el cuello para después hundir las manos en los bolsillos.

La dueña del Mallois se acerca de manera peligrosa y le da un beso en el cuello. Ayer cenaron cerca de la casa de Jodie y se quedaron a dormir en ella y, aunque entre las sábanas no percibieron la baja temperatura, al levantarse el frío es importante.

—Puedo ayudarte con eso —susurra Katherine melosa.

—No —ruge Jodie como una leona y Katherine se aparta sonriendo, levantando las manos en señal de rendición—. Ya haces bastante por mi madre.

—Eso ya lo hablamos, Jodie.

—He dicho que no —insiste señalándola con un dedo amenazante.

Katherine asiente y se dirige a la cocina a preparar café. Ya le dejó claro en otra conversación que podía ayudarla si se lo pedía, y no piensa agobiarla.

—¿Qué vas a hacer hoy? ¿Me necesitas para algo esta mañana? —pregunta Jodie, entrando tras ella para preparar el desayuno .

—Esta mañana, no. Todo lo que tengo pendiente es papeleo y después una reunión con Annie en el banco —dice Katherine.

Se hace un silencio repentino en la cocina. No han vuelto a mencionar a Annie desde que comenzaron a salir, esta es la primera vez, y Katherine observa la reacción de Jodie de reojo.

—No es santo de mi devoción, ya lo sabes —aclara Jodie de repente—, pero confío en ti, así que puedes contarme lo que quieras sobre ella y nombrarla siempre que lo necesites.

—Muy bien —sonríe Katherine, apoyándose contra el mármol con aire desenfadado mientras se come una galleta.

A Jodie no puede parecerle más sexy.

—No comas más, que después dejas la mitad del desayuno —dice arrancándole el paquete de las manos.

A Katherine le entran ganas de arrancarle la ropa, pero se contiene.

—Esta tarde sí que te necesito —dice cuando termina de masticar—. Ayer le pedí a Lamir Kumar que me hiciera llegar los nombres de las limpiadoras del hotel que él considera que serían adecuadas para el puesto de Marjorie.

A Jodie las cejas le salen disparadas hacia arriba.

—Pensaba que ibas a contratar a alguien externo al hotel.

—Y era mi intención. Pero ya ha pasado una semana y según Lamir no llegan perfiles buenos, y se me ocurrió que podía buscar dentro del hotel para cubrir el puesto, al fin y al cabo, vosotras sabéis mejor que nadie lo que hay que hacer.

Jodie asiente.

—¿Y qué necesitas de mí ?

—Que me des tu opinión, tú conoces a todo el personal, no quiero quedarme solo con la opinión de Lamir, que seamos francas, el hombre como director es eficiente, pero criterio con el personal, me parece que le falta. De lo contrario, él mismo se habría encargado de Marjorie hace tiempo.

Horas más tarde, Jodie baja a la recepción a entregar un par de objetos que ha encontrado en una de las habitaciones que ha limpiado cuando algo llama su atención cerca de los ascensores.

Sus ojos se desvían de inmediato mientras una alarma silenciosa se activa dentro de su cuerpo sin que sepa el motivo, hasta que repara en la persona que espera frente a uno de los ascensores: Annie Cohen.

A Jodie comienza a inundarla un calor extraño que se convierte en furia repentina.

Sabe que Katherine todavía no ha salido porque puede ver a Mike en el lobby del hotel, hablando de manera distraída con uno de los botones.

Con el pulso disparado y la mirada fija, observa cómo Annie entra en el ascensor y se queda quieta como una estatua cuando las puertas se cierran.

Entonces su mirada se eleva hacia los números que hay justo encima y, aunque está segura de que sabe a qué planta se dirige, no parpadea ni una vez hasta que comprueba que, en efecto, el ascensor se detiene en la última planta, justo donde está el ático de Katherine.

Irritada, sube por las escaleras hasta la tercera planta, donde sabe que está Sarah, y ni siquiera el esfuerzo físico de haber subido en tiempo récord, logra que su malestar disminuya.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Sarah cuando repara en la presencia de su compañera.

—Annie está en el ático de Katherine, acaba de entrar —jadea Jodie .

Sarah hace una mueca mientras ubica a la tal Annie en su memoria.

—¿La mujer a la que la señora Taylor se tiraba? —pregunta entornando la mirada.

—Esa misma.

Sarah se rasca la punta de la nariz.

—Pero te dijo que ya no tiene nada con ella, deberías darle un voto de confianza —opina Sarah.

—También me dijo que hoy iba a tener una reunión con ella en el banco, no en el ático —rebate Jodie.

—Aaah —contesta Sarah, sin saber qué decir.

—Quiero que me ayudes a controlarla, yo no puedo estar pendiente todo el rato y quiero saber cuánto tiempo pasa en el ático —le pide Jodie.

—Cuenta con ello —se apunta Sarah a la misión, alzando el bote de desinfectante que tiene en la mano.

Katherine está a punto de abrir la puerta de su ático para reunirse con Mike en el lobby cuando el sonido del timbre por poco le revienta el tímpano. A pesar de estar dentro de su casa, se aferra al bolso con fuerza de manera instintiva por culpa del susto y cuando se le pasa, abre la puerta.

—Annie —dice sorprendida—, pensaba que habíamos quedado en el banco.

El gesto de confusión en la expresión de Katherine, provoca una pequeña carcajada divertida en Annie, que se acerca y le besa la mejilla antes de pasar por su lado y entrar al ático.

—Sí, quedamos en eso, pero como últimamente siempre nos reunimos allí y no hemos tenido tiempo para hablar de nada que no sean negocios, he pensado que podíamos tenerla aquí y relajarnos un poco —dice, y saca una botella de vino de una bolsa mientras muestra una sonrisa seductora que Katherine conoce muy bien.

Con la botella en la mano y antes de que la dueña del Mallois pueda abrir la boca, Annie da dos pasos hacia ella y la acorrala contra la pared mientras su mano libre resbala por su cintura.

Acostumbrada a eso que han hecho tantas veces, por un instante fugaz, Katherine siente la tentación de permitir que siga, pero de inmediato la cordura vuelve a ella y le recuerda que no son esos labios los que quiere sentir, ni son esas las manos de las que desea las caricias a pesar de que siempre le ha gustado mucho follar con Annie Cohen.

—Espera, Annie —dice colocando la mano abierta sobre su pecho a la vez que aparta la cara justo a tiempo de evitar el beso que la banquera iba a darle.

Annie se detiene en seco, confundida, y da un paso atrás para permitir que Katherine se aparte y se aleje de ella. La observa caminar mientras asimila lo que ha escuchado, tratando de adivinar si habla en serio o le está tomando el pelo.

Katherine camina en medio de ese silencio incómodo hasta el armario donde guarda las copas de vino, mientras piensa en la mejor manera de exponerle la nueva situación a Annie, pero lo que le sale es una explicación bastante torpe y seca.

—No podemos seguir acostándonos.

Annie parpadea y deja pasar unos segundos.

—¿Hablabas en serio? —pregunta la banquera, todavía pasmada.

Katherine pasa de largo y deja las dos copas sobre la mesa que hay frente al sofá .

—Sí, Annie, hablo en serio.

—No me digas que te has encaprichado de la chacha esa que anda últimamente por aquí —suelta Annie con un tono bastante despectivo que molesta mucho a Katherine—, porque es mona, Katherine, eso no te lo voy a discutir, pero esa mujer es…

—Para, Annie —la corta Katherine de forma tan tajante que Annie se acerca a por su copa y se bebe el contenido de un trago—, ten mucho cuidado con lo que vas a decir porque la cosa va en serio.

Annie deja su copa vacía y coge la de Katherine, también se la bebe mientras la dueña del Mallois la observa con cierta perplejidad.

—Lo siento, necesito beber para digerir esto —dice Annie.

—¿Te tengo que echar de mi casa? —pregunta Katherine, sin saber cómo tomarse el comentario.

Annie niega moviendo la cabeza con tanta fuerza que la empresaria teme que el moño perfecto de la banquera se pueda deshacer.

—No, perdona, es que no me lo esperaba. Estamos hablando de ti y de una limpiadora, Katherine, entiende que me cueste —le pide y se sienta.

Katherine rellena las dos copas.

—Lo entiendo, siempre que hables de ella con respeto. A veces tengo la sensación de que se te olvida de dónde vienes.

La mirada verdosa de Annie se intensifica de tal modo cuando la levanta para enfocar a la que ha sido su amante durante meses, que Katherine tiene la sensación de estar viendo un prado verde a través de ella.

—Te aseguro que no se me olvida, Katherine, tengo muy claros mis orígenes.

—Perdona, no he debido decir eso, ha estado mal —se disculpa la dueña del hotel.

—No, sí que debías porque tienes razón —dice Annie, sorprendiendo a Katherine—, me ha costado tanto entrar en este mundo donde las apariencias, el poder y el dinero lo son todo, que a veces me comporto como una tirana.

Como si tuviera más derechos que el resto de los mortales solo por haber conseguido todo lo que tengo viniendo de una familia tan desestructurada y pobre, que nadie daba un duro por mí.

Annie coge otra copa, pero Katherine se agacha frente a ella y la detiene cuando ve que su intención es vaciarla de otro trago.

—Bebe despacio, esta, disfrútala conmigo, como amigas —le pide poniendo una mano en su rodilla.

Annie dibuja una mueca de frustración que hace sonreír a Katherine, pero asiente.

—Debo reconocer que me jode no poder follar más contigo, pero si esa mujer te gusta y vais en serio, me alegro por ti, de verdad —dice finalmente.

—Lo sé, gracias.

—¿Cómo se llama? —pregunta cuando Katherine toma asiento a su lado—, es por dejar de llamarla chacha —bromea alzando su copa.

—Jodie, se llama Jodie —sonríe Katherine brindando con su amiga.

Dos horas más tarde y algo perjudicada por el vino, Annie sale del ático de Katherine tras finalizar la reunión.

Jodie ni siquiera la estaba espiando en ese momento, pero la casualidad hace que se crucen en la planta principal.

Se ven desde lejos y cuando sus miradas se conectan y Annie nota ese recelo en la que ahora sabe que se llama Jodie, le guiña un ojo con un deje de malicia que no puede evitar y sigue caminando hacia la salida.