Capítulo 18
Cuando Jodie abre los ojos esa mañana, lo primero que ve es la figura de Katherine de pie frente al armario.
Está de espaldas y Jodie tiene el tiempo justo de ver su piel desnuda antes de que deslice la camisa y se la ponga.
Se estremece y sonríe sin acostumbrarse a lo que siente, sobre todo entre las piernas ante gestos tan simples como ese.
—¿Te he despertado? —pregunta Katherine al girarse.
Jodie menea la cabeza de lado a lado para negar y sonríe, después trata de desperezarse y siente que le duele cada músculo del cuerpo, por lo que su expresión se transforma en una mueca de dolor que hace sonreír a Katherine.
—Estás desentrenada, quizá deberíamos hacer una maratón de sexo cada noche para que te acostumbres cuanto antes —dice mientras termina de vestirse, torciendo esa sonrisa que siempre desestabiliza a Jodie.
—Cualquier excusa te sirve para llevarme a la cama —suelta la limpiadora y, cuando trata de levantarse, se deja caer como si algo muy pesado le hubiera caído encima.
Katherine no puede evitar una sonora carcajada, repentina y visceral que a Jodie le parece celestial.
—¿Qué vas a hacer hoy? —pregunta Katherine, sentándose en la cama justo al lado de Jodie, antes de besarla suavemente en los labios .
Jodie tiene el día libre y había planeado hacer una y mil cosas que tenía atrasadas, pero se siente exhausta.
Suspira y se recrea observando las facciones de Katherine durante unos segundos.
Jodie siente mucha calma cuando está con ella, es una sensación de la que no logra identificar el origen, pero solo le pasa cuando Katherine está cerca.
—Quería hacer muchas cosas, pero estoy muy cansada.
Creo que voy a desayunar contigo y si no te importa, abusaré de tu hospitalidad y me quedaré aquí tumbada un rato más cuando te marches.
Cuando sienta que las piernas pueden sostenerme —exagera con dramatismo haciendo reír a Katherine—, iré a mi casa, tengo pendiente una limpieza a fondo y he de revisar el buzón, seguro que aparece alguna factura sin pagar —añade con los ojos en blanco.
—Por mí puedes quedarte aquí el tiempo que quieras. ¿Qué te parece si yo te preparo el desayuno? —pregunta Katherine.
Jodie levanta las cejas y Katherine frunce el ceño.
—¿Qué? ¿Crees que no soy capaz de hacerte unos huevos con bacon? —pregunta ofendida.
—Por supuesto —se mofa Jodie—, pero estás tan espectacular con ese traje que no quiero que te manches. Además, unos huevos con bacon son un desayuno muy soso, deja que te prepare algo más elaborado.
Jodie se levanta, en bragas, y Katherine retuerce las sábanas entre los dedos para calmar la necesidad repentina que ha sentido de quitárselas y desayunársela a ella.
La chef se pone una sudadera que encuentra en el armario de Katherine y va descalza hacia la cocina.
Katherine quiere aprovechar para hacer unas llamadas mientras ella prepara el desayuno, pero sus piernas desnudas y su melena suelta y despeinada le parecen una provocación que no la deja concentrarse.
—Ve a vestirte —ordena de repente y Jodie se gira hacia ella, dejando la nevera abierta.
—¿Cómo dices?
—Que te pongas algo de ropa o te juro que te quito la poca que llevas y te follo encima del mármol —dispara Katherine, con sus ojos azules tan oscurecidos por el deseo, que a Jodie le parecen negros.
El corazón de Jodie se desboca dejándola paralizada en el sitio.
De inmediato, nota la humedad empapándole la ropa interior y un deseo palpitante sacudirle la entrepierna.
Entorna los ojos y sus labios se separan muy despacio antes de humedecérselos con la lengua mientras decide que no piensa vestirse.
—Pues vas a tener que follarme —dice, y a Katherine le falta tiempo para llegar hasta ella, ponerle las manos en el trasero y levantarla hasta que Jodie se sienta sobre el mármol.
En esta ocasión, Katherine no se entretiene con los preliminares, ni ella tiene paciencia para ello ni Jodie lo desea.
Le aparta la ropa interior y la penetra sin dificultad, porque Jodie está empapada y los dedos de la empresaria resbalan por su interior como si formaran parte de ella.
Jodie jadea antes de lanzarse a por la boca de Katherine, que la recibe ansiosa mientras se mueve de manera rítmica y constante dentro de ella, provocándole tal estallido de placer, que Jodie se desploma sobre ella en un abrazo y necesita algo más de tres minutos para recuperarse del orgasmo.
—Así mejor —concluye Katherine satisfecha cuando Jodie se retira y la mira a los ojos.
La limpiadora siente que no le queda energía y se pregunta cómo hará el desayuno sin caerse al suelo, pero el sonido de su teléfono interrumpe su pensamiento y no le queda más remedio que bajarse del mármol para contestar la llamada.
Katherine aprovecha para lavarse las manos mientras Jodie contesta, pero se apresura al ver como a su amante la expresión le va cambiando y va perdiendo el color de la cara.
—¿Cómo que se ha caído? ¿No había nadie con ella? —pregunta angustiada.
Katherine se acerca y, aunque no escucha lo que le dice su interlocutor, puede concluir por las respuestas de Jodie que su madre ha tenido algún tipo de percance en la residencia. Cuando por fin cuelga, la dueña del Mallois tiene que quitarle el teléfono de la mano porque Jodie está temblando.
—¿Qué pasa, cariño? ¿Tu madre está bien?
—Sí, creo que sí —dice con un tono de voz tan bajo que Katherine casi ha tenido que leerle los labios—.
Se ha caído en la ducha y han tenido que llevarla a urgencias porque se ha golpeado la cabeza.
Le han puesto cuatro puntos y ahora ya está de vuelta en la residencia —explica con la mirada perdida—.
Tengo que ir a verla, y también a hablar con esos incompetentes para saber por qué demonios no había nadie con ella mientras se duchaba.
Jodie comienza a moverse de manera tan errática que Katherine la detiene.
—Iré contigo.
—No puedes, tú tienes cosas que hacer —dice Jodie nerviosa.
—Cosas que pueden esperar, tú eres más importante. Date una ducha rápida y vístete, le diré a Mike que prepare el coche.
Jodie no discute, no solo agradece que Katherine la acompañe, sino que esté tomando las decisiones ahora mismo, porque ella está tan nerviosa que, si la empresaria no llega a recordarle que no está vestida, habría salido del ático en bragas y sudadera.
Una hora más tarde están cruzando la puerta de la residencia. Jodie saluda y, a pesar de estar fuera del horario de visitas, le permiten pasar a ver a su madre dadas las circunstancias. No sabe si es por el golpe que se ha dado o pura casualidad, pero de nuevo, su madre la reconoce.
—¿Estás bien? ¿Cómo ha pasado? Te habrás dado un susto de muerte —dispara agachada frente a ella.
Katherine observa desde la puerta, sin atreverse a pasar, pero los ojos inquietos de Amanda se clavan en ella de inmediato.
—¿Quién es? —le pregunta a su hija y Jodie nota que las mejillas comienzan a arderle de repente.
No sabe cómo presentársela, y tampoco quiere darle muchas explicaciones para no crearle confusión a esa mente de por sí deteriorada, pero Katherine le ahorra el trago y se adelanta.
—Me llamo Katherine, soy amiga de su hija —dice y extiende una mano para saludarla.
Amanda se la estrecha y le sonríe con amabilidad antes de mirar a Jodie, que sigue paralizada.
—Es la primera vez que vienes con una amiga —dice Amanda intentando sonsacar a Jodie, que mira el suelo esperando que se abra un agujero y se la trague.
—La traeré más veces, mamá, aunque espero que no sea porque te has caído. Me has dado un susto tremendo.
Amanda asiente, satisfecha porque hay algo en la tal Katherine que le gusta.
Tras pasar un rato en la habitación, finalmente salen y Jodie camina enfurecida hacia la recepción exigiendo hablar con el director, al que llaman de inmediato.
—Tranquilízate —le pide Katherine en un susurro suave que en parte logra su efecto, porque Jodie suspira y se pega a ella mientras espera.
—Cuando es para pedirme dinero no tarda tanto en aparecer —farfulla Jodie haciendo reír a Katherine.
El hombre hace acto de presencia al cabo de unos minutos y lo siguen hasta un despacho, donde les relata lo que ha sucedido.
—Al parecer ha resbalado en la ducha, por suerte no ha sido grave. Ha pulsado el botón de aviso y enseguida ha entrado una cuidadora —explica tranquilo.
—Lo que no comprendo es por qué se estaba duchando sola, ¿no se supone que las cuidadoras están para eso? ¿Para ayudarlos? —protesta Jodie, aunque mantiene las formas.
El hombre carraspea visiblemente incómodo antes de responder.
—¿Qué? —frunce el ceño Jodie.
—Verá, señora Sinclair, usted paga una cuota básica que solo incluye alojamiento, comida y cuidados básicos de asistencia.
Lo cierto es que su madre está en un punto en el que, debido a su enfermedad, debería estar asistida para muchas otras cosas, como ducharse, ayudarla a vestirse, acompañarla cuando sale al jardín a pasear…
Jodie abre la boca, pero no es capaz de decir nada.
—Debería plantearse aumentar el nivel de sus cuidados a la cuota intermedia, que es la que ella necesita.
El silencio se instaura en el despacho como una losa pesada.
Jodie no puede procesar lo que escucha, si ya tiene problemas para pagar la cuota básica, ¿cómo va a pagar la intermedia?
Por no hablar de que es la primera noticia que tiene de la existencia de esas clases, o de la vergüenza que siente por no poder atender a su madre como se merece.
—Gracias por todo, lo hablaremos para tomar una decisión y se lo haremos saber lo antes posible —interviene Katherine, cogiendo a Jodie de un brazo para sacarla del edificio antes de que se desmaye.
Una vez fuera, la coge de la mano y la lleva directamente hasta el coche.
—¿A dónde vamos? —pregunta Jodie, sintiendo que es una muñeca en las manos de Katherine.
—A comer en un sitio que conozco. Te gustará, es muy tranquilo —zanja la empresaria.
Jodie no protesta, necesita esos minutos en el coche durante el trayecto para pensar, y sobre todo para procesar lo que ha pasado.
Katherine no ha mentido al decir que el sitio era tranquilo, básicamente porque se trata de un reservado en uno de los restaurantes más caros de Nueva York, donde están completamente solas.
Por un momento, Jodie se siente incómoda por disfrutar de esos lujos mientras su madre está mal atendida en la única residencia que puede permitirse pagar, pero sabe que la intención de Katherine al llevarla ahí no es la de mostrarle todo lo que puede permitirse, sino la de proporcionarle un espacio tranquilo para que se calme, uno para ellas.
—Tenemos una fundación —dice Katherine haciendo bailar el vino dentro de su copa—, en realidad, como grupo empresarial, tenemos varias —aclara ante la mirada de desconcierto de Jodie.
—Entiendo —dice la limpiadora sin entender por qué saca ese tema, Katherine sonríe.
—Como digo —insiste atravesándola con esa mirada tan azul—, tenemos varias fundaciones, pero de la que te quiero hablar es de una en concreto, porque esa colabora con varias instituciones para el cuidado de la gente mayor, como tu madre.
—Entiendo —repite Jodie.
—No, cariño —sonríe Katherine—, creo que no.
A lo que voy es a que gracias a eso tengo muchos contactos y me basta una sola llamada para conseguir una plaza para tu madre en una de las mejores residencias, no en esa en la que está ahora.
No me malinterpretes, Jodie, no digo que no hagan su trabajo y se esfuercen dentro de las posibilidades que tienen, pero tu madre puede estar mucho mejor de lo que está ahí, y por supuesto, atendida las veinticuatro horas.
Jodie asiente y hace una mueca.
—Te lo agradezco, pero no me lo puedo permitir, ni siquiera sé cómo lo haré para aumentar la cuota en esta. Vas a tener que dejarme hacer más horas en el hotel.
Katherine tuerce el gesto, contrariada.
—No vas a hacer más horas, Jodie, ni en el hotel ni en ningún otro sitio, eso no pienso permitirlo.
Jodie se tensa, a ella nadie va a prohibirle nada, por mucho que le guste y la haga suspirar.
—Me he explicado mal —rectifica Katherine cuando ve cómo se le transforma la expresión—. Solo digo que al comentarte esto no pretendía que pagases nada, lo haré yo, yo pagaré la residencia de tu madre, y antes de que protestes y blasfemes —dice y la señala.
Jodie se queda quieta, decidiendo si le grita o se ríe.
—Sé todos los problemas económicos que tienes y nunca he intervenido, ni pienso hacerlo si tú no me lo pides. No consideres esto como algo que hago como un favor para ti, es algo que quiero que me dejes hacer por mí.
—¿Por ti? No entiendo nada .
—Mi madre murió de manera repentina, Jodie, sin que yo tuviera la oportunidad de hacer nada por ella, de sentir que lo había intentado todo. A ella no la pude ayudar, y tampoco puedo hacer nada con la enfermedad de tu madre, pero sí que puedo mejorar sus condiciones, déjame hacer eso.
Jodie la mira, pensativa.
—Hay cosas que no tengo, Jodie, como paciencia, pero el dinero no es un problema.
Déjame invertirlo en algo importante. Una llamada, cariño, descuelgo el teléfono y mañana tu madre puede estar en un apartahotel con tantas comodidades y asistencias que hasta tú querrás mudarte con ella, aunque no te lo permitiré.
Jodie no puede contener la risa con ese comentario y asiente.
—Está bien, haz esa llamada.
—Esa es mi chica —asiente Katherine, torciendo la sonrisa mientras saca su teléfono.