Capítulo 16
—¿Te importa si me siento delante? —le pregunta Jodie a Mike cuando sale del salón privado.
Él la mira algo sorprendido en un principio, pero de inmediato asiente.
—Claro que no, puedes sentarte donde quieras.
El chófer cierra la puerta trasera y abre la del acompañante. Jodie no consigue habituarse a ese gesto, pero por mucho que le pide que no lo haga, Mike está tan acostumbrado que lo hace por inercia.
La rodilla de Jodie se pone en marcha al mismo tiempo que el vehículo y empieza a botar de manera frenética a la vez que ella retuerce su bolso entre los dedos buscando una calma que no encuentra.
Mientras estaba en la cocina, no ha tenido tiempo de pensar, se ha evadido como hacía tiempo que no le pasaba, pero ahora que ha llegado el momento de tener esa conversación con Katherine que las circunstancias del día han ido posponiendo, está atacada de los nervios.
—¿Te pasa algo? —decide preguntar Mike, estresado ante tanto movimiento compulsivo.
Jodie detiene su rodilla y sus manos para mirarlo largamente.
—¿Será confidencial entre tú y yo? —pregunta y Mike no puede evitar soltar una carcajada divertida.
—Si te refieres a Katherine, no se lo contaré, salvo que confieses que estás planeando matarla; en ese caso, abriré la puerta y te tiraré del coche en marcha.
La broma hace reír a Jodie y logra relajarla lo suficiente como para sentirse cómoda explicándole a la mano derecha de su jefa y ahora amante, el motivo de su nerviosismo.
—Digamos que ahora voy a tener una conversación muy importante con ella, y estoy muy nerviosa porque no sé cómo va a ir.
Mike la mira de soslayo mientras asiente. Serio.
—No sé de qué va ni me lo tienes que contar, pero yo no me preocuparía, irá bien —asegura con tanta convicción, que Jodie desea poder creerle.
—¿Por qué estás tan convencido?
—No lo sé, pero Katherine es una de las mejores personas que conozco, me cuesta mucho pensar que algo puede ir mal cuando estás cerca de ella.
Jodie sonríe y se queda hipnotizada unos segundos.
—¿Puedo preguntar cuánto hace que la conoces? —se interesa la limpiadora.
—Desde la adolescencia, fue la única amiga que tuve en aquel colegio de pijos.
Jodie arquea las cejas, sin comprender, y Mike sonríe.
—Entré en un colegio de élite con una beca de deporte, en el mismo al que iba Katherine.
Como te imaginarás, un chico de barrio como yo desencajaba por completo en un sitio como ese, pero para ella no.
El primer día tropecé con ella en un pasillo y casi la tiro al suelo.
Un amigo suyo quiso increparme insinuando que lo había hecho a propósito y animando a otros para que buscaran pelea conmigo —Mike sonríe al recordarlo—.
La tendrías que haber visto, le dio tal empujón que el que acabó en el suelo fue él.
No recuerdo las palabras que le dijo porque me quedé perplejo al ver que me estaba defendiendo, y después de eso, simplemente nos hicimos muy amigos y hasta hoy.
—Vaya —dice Jodie sorprendida.
Mike la mira un solo instante y le guiña un ojo y, de algún modo, ella intuye que él sabe muy bien de qué va a ir la conversación y que, lo que intenta dejarle claro, es que si lo que le preocupa es la diferencia de clases entre ella y Katherine, puede estar tranquila.
—Suerte —le dice Mike cuando Jodie se baja del coche.
Ella le devuelve una sonrisa sincera antes de cerrar la puerta y entra en el hotel Mallois tratando de contener los nervios.
Decide no utilizar su tarjeta cuando llega a la puerta del ático, no está trabajando y le parece una invasión a la intimidad de Katherine que, cuando le abre la puerta, vestida de nuevo de manera cómoda e informal, hace temblar a Jodie de pies a cabeza.
Las dos mujeres se quedan frente a frente unos segundos, mirándose sin saber cómo deben saludarse, hasta que Katherine toma las riendas de la situación y estira un brazo para coger la mano de Jodie, tirar de ella y pegarla a su cuerpo.
—Me molestan mucho las situaciones incómodas —dice antes de besarla, al mismo tiempo que empuja la puerta para cerrarla.
—A mí también —responde Jodie cuando rompen el beso.
—Genial, pues evitémoslas de una vez, ¿de acuerdo? —dice y señala la terraza—. Imagino que estarás cansada y tendrás hambre. He mandado a subir la cena aquí, podemos hablar mientras comemos.
A Jodie el estómago le ruge de repente, pero cuando sigue a Katherine hasta la terraza y al salir se encuentra la mesa con un par de velas y una botella de cava que claramente indican que la dueña tiene intención de que la velada se alargue hasta terminarla en su cama, algo hace clic en la cabeza de Jodie y escupe lo que piensa sin tener tiempo de filtrarlo.
—¿Pasa algo? —pregunta Katherine girándose hacia Jodie cuando ella se detiene en seco.
—Llevo dos años enamorada de ti —dispara a bocajarro y los ojos azules de Katherine aumentan de intensidad al escucharla.
El corazón de Jodie bombea al ritmo de un martillo contra su pecho, pero ya lo ha dicho y no piensa retractarse porque está lanzada.
—Te lo cuento porque si lo que esperas de nosotras es algo como lo que tienes con Annie, lo mejor es que nos olvidemos de lo que ha pasado y me marche a mi casa antes de que esto se vuelva más incómodo, porque yo no quiero eso, Katherine.
Katherine está muda, tan impactada por lo que acaba de escuchar que, a pesar de ser una mujer de negocios acostumbrada a sortear todo tipo de situaciones, en esta se ha quedado en blanco.
Jodie no deja de mirarla sintiendo que le zumban los oídos cada vez más fuerte, ante una confesión como esta, solo existen dos respuestas posibles que Katherine puede darle, y ante su mutismo, Jodie tiene clara cuál es su decisión y de repente siente algo parecido a una piedra que le cae sobre la cabeza y la hunde en el suelo hasta hacerla desaparecer.
—Me lo imaginaba —dice apretando los labios—. Nos vemos mañana.
Jodie se da la vuelta dispuesta a marcharse, pero antes de dar un paso, Katherine la coge por el brazo y la detiene.
—Espera…
Jodie se gira y encuentra a la dueña del Mallois apretándose el puente de la nariz unos instantes.
—No te vayas, Jodie —le pide tras suspirar profundamente—.
Supongo que no he reaccionado como te hubiera gustado, pero es que no me esperaba semejante confesión.
Dame una tregua, ¿vale? Quédate y cena conmigo, vamos a relajarnos y cuando ambas estemos más tranquilas, hablamos sobre esto, ¿te parece?
Los dedos de Katherine se entrelazan con los de Jodie en un gesto casual, involuntario. Y Jodie asiente.
La cena transcurre con una tranquilidad que ninguna hubiera esperado tras ese momento de tensión que han vivido justo antes.
Katherine le ha pedido que le hable de su día como cocinera y Jodie se siente en otro mundo al hacerlo, uno al que hace mucho tiempo que no regresaba y que hace que su mirada brille de un modo que hipnotiza más a Katherine.
Le habla de todo lo que ha hecho y no solo eso, también le da algunos consejos de lo que se podría haber mejorado en esa cocina para ser más eficientes, además de un montón de ideas de menús para eventos de ese tipo.
—Sé que te duele hablar de tu familia y te mentiría si no digo que he hecho alguna pregunta por ahí y algún rumor me ha llegado sobre el motivo por el que cerrasteis el restaurante, pero me gustaría que me lo contases tú, Jodie —dice Katherine, clavándole esa mirada azul en la que la limpiadora está segura de que podría perderse eternamente.
Y Jodie se lo cuenta, absorta, como si la historia no fuera con ella y le hubiera pasado a otra persona. Y Katherine la escucha, atenta, observando cada movimiento de su amante, cada cambio de expresión en su rostro y sobre todo esa manera de perder brillo en la mirada cuando habla del tema.
—Siento que os pasara todo eso, Jodie, en especial a ti —dice Katherine.
Jodie hace una mueca tratando de sonreír, pero no lo consigue.
—¿Sabes lo peor de todo? —pregunta Jodie.
Katherine niega con la cabeza—. Que en ocasiones me siento una persona horrible porque tengo la sensación de que, lo que más echo de menos de aquella época, es poder cocinar todos los días para cantidades indecentes de personas, no a mi hermano o a mi padre, si no la cocina, y no sé en qué me convierte eso.
—En humana, supongo —dice Katherine, que se levanta y arrastra la silla para sentarse a su lado—.
Te apasiona cocinar, te ayuda a evadirte y ahora no puedes hacerlo.
Es normal que sea eso lo que más necesitas, y no significa que por eso quieras menos a tu padre o a tu hermano, es solo que la cocina era más divertida que ellos.
Katherine le guiña un ojo y el aleteo que Jodie siente por el pecho, hace que todo se paralice a su alrededor, cortándole la respiración.
La limpiadora se inclina suavemente hacia delante y busca los labios de la dueña del hotel.
El beso es suave y corto, pero está cargado de algo que estremece a Katherine, algo intenso que le ha calentado el corazón y no la entrepierna como suele pasarle, y no quiere dejar de sentir eso.
—Vamos dentro, aquí hace frío —propone y se levanta, tendiéndole una mano a Jodie.
La invita a sentarse en el sofá tras cerrar la puerta de la terraza y se sienta a su lado después de preparar dos copas de vino blanco .
—Me gustas mucho, Jodie —dispara Katherine, que no tiene intención de andarse con rodeos—. Desde el principio ha habido algo en ti que me llamó la atención y me costó identificar lo que era, pero ahora lo tengo clarísimo y si tú estás de acuerdo, quiero intentarlo.
Jodie está perpleja, pellizcándose la pierna para asegurarse de que no está soñando.
—No voy a jurarte amor eterno porque yo soy más de vivir en el presente, pero lo que siento por ti no para de crecer y no pienso ignorarlo.
Sé que has dicho que llevas dos años enamorada de mí —Katherine hace una pausa, todavía asimilando esa información—, pero eso no te da ventaja porque en realidad no me conoces, y yo a ti tampoco, así que, si te parece, podemos empezar por ahí, yendo despacio para conocernos mejor.
—¿Y Annie? —pregunta Jodie antes de dar una respuesta.
Katherine ladea una sonrisa de esas que derriten corazones.
—¿Qué pasa con ella? —decide provocar un poco.
—Ya lo sabes, si quieres que intentemos algo, no será mientras tú y ella, ya sabes…
Jodie no ha querido ser soez y Katherine tampoco va a serlo, aunque le gustaría porque en ocasiones utilizar ese tipo de lenguaje, le parece incluso un juego de seducción.
—Olvídate de Annie, a partir de ahora solo somos tú y yo —declara la dueña del Mallois—. Vamos a conocernos y a ver a dónde nos lleva esto que sentimos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —acepta Jodie, tratando de no mostrar su euforia—. Supongo que ahora debería marcharme, es tarde —dice mirando su reloj.
Katherine levanta una ceja .
—¿No prefieres quedarte aquí esta noche? —pregunta con un tono seductor al que Jodie no es capaz de resistirse.
La limpiadora se levanta y se detiene frente a Katherine, mirándola fijamente hasta que, como toda respuesta, se sienta sobre ella a horcajadas.