Capítulo 15
Cuando Jodie Sinclair abre los ojos, lo primero que siente es un leve escozor entre sus piernas.
Hacía mucho que no intimaba con una mujer y, aunque Katherine fue delicada y respetó su ritmo, su cuerpo ha respondido a la falta de costumbre.
Se mueve con cuidado y en cuanto ladea la cabeza, observa a la rubia que le hizo el amor durante la noche, más guapa que nunca.
Está sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, tiene su inseparable Tablet en las manos y lleva puesta una sudadera desgastada que Jodie reconoce como suya.
La melena totalmente alborotada le confiere un aire tan sexy, que la limpiadora siente ganas de saltarle encima como una pantera en celo, y cuando Katherine se da cuenta de que está despierta, observándola, la entrepierna de Jodie decide ir por libre y se humedece sin que ella pueda evitarlo.
—Buenos días —dice Katherine y asoma una sonrisa que dice mucho.
—Buenos días, ¿has dormido bien? —contesta Jodie humedeciéndose los labios.
Ahora Katherine termina de estirar los labios, deja la Tablet a un lado para acercarse a Jodie. El beso no es más que un saludo de dos amantes que vuelven a verse después de una noche de pasión que les supo a más cariño que lujuria.
—Muy bien —dice la dueña del hotel Mallois—. Pensé que me costaría quedarme dormida, pero, sinceramente, ni recuerdo cuando me rendí.
Jodie sonríe y pasea la mirada por el rostro de su acompañante. Hoy, Katherine Taylor, le parece más guapa que nunca.
—Siento haber cogido tu sudadera, pero me levanté al baño y tenía un poco de frío —dice Katherine cuando Jodie deja una caricia en su cuello y luego pasa la mano por la tela.
—No te preocupes, hay días que hay que abrigarse mucho, con la calefacción rota, la casa se hiela —responde con un deje de vergüenza que no pasa desapercibido para Katherine.
—No importa, me gusta el frío —contesta para ayudarla, pero la limpiadora rompe en una carcajada estridente.
Jodie niega con la cabeza. Le encanta esa versión de Katherine, la que hace lo necesario para hacerla sentir cómoda, pero en esta ocasión ni siquiera la seriedad con la que habla puede enmascarar esa mentira.
La limpiadora vuelve a besarla, esta vez paseando la lengua por su boca y hundiendo una mano en su pelo rubio.
—No puedo entretenerme —suelta Jodie con un quejido mientras Katherine le besa el cuello—, tengo que irme al hotel, se hace tarde.
Katherine le deja un suave mordisco y luego un pequeño beso antes de separarse de ella.
—No es necesario. Lo he arreglado todo para que no tengas turno esta mañana. Quiero que hablemos y esa conversación es muy importante para mí.
—Pero, Marjorie…
—No te preocupes por ella —responde Katherine con autoridad—. Ya nos vio en el ascensor, pero lo que pase entre tú y yo no es su problema.
Jodie no está muy convencida, pero decide darse un respiro. Hace mucho que vive asfixiada por su situación y quiere, por una vez, pensar en ella y disfrutar, además, esa conversación con Katherine Taylor es demasiado importante para ella.
—Entonces primero vamos a desayunar y luego hablamos —contesta la limpiadora y sale de la cama.
Katherine tiene que ejercer todo el control que puede de sí misma al ver el cuerpo desnudo de Jodie.
Puede observar con claridad ese lunar debajo de su pecho izquierdo que lamió muchas veces la noche anterior.
Su culo la vuelve loca y sus pies la desestabilizan, si hubiera sido por ella, los habría devorado sin pudor.
Es uno de sus más grandes fetiches y Jodie los tiene perfectos.
La chica se viste y sale de la habitación después de decirle a la empresaria que la espera en la cocina.
Unos minutos más tarde, Jodie, que está preparando unos huevos revueltos, escucha como Katherine finaliza una llamada y camina hasta la cocina.
Ahora es el turno de la limpiadora de reunir fuerza para no saltarle encima a la dueña del hotel, que solo viste la sudadera y camina con las piernas desnudas mientras se acerca.
—¿Todo bien? —le pregunta intentando desviar su atención a otra cosa.
Katherine suelta un bufido y niega con la cabeza.
—Tenemos un evento en uno de los salones privados del grupo Taylor y parece que el cocinero principal y uno de sus ayudantes, salieron anoche de un servicio y fueron a comer en un bar.
Han acabado con una intoxicación severa en el hospital.
Me acaban de avisar y no tengo margen de maniobra para buscar a alguien más, el ayudante que no les acompañó no es capaz de sacar el trabajo él solo —cuenta Katherine tan nerviosa que a Jodie le cuesta reconocerla.
Es la primera vez que ve a esa mujer tan dura en ese estado.
Jodie se acerca a ella y tras darle un beso casto, le coge la cara con ambas manos y conecta su mirada con la de la rubia.
—Yo puedo ayudarte si me lo permites.
A Katherine, que sigue colapsada por la situación, le cuesta entender lo que dice Jodie.
—Yo era la cocinera en The Rustic Fork; realmente es a lo que siempre me he dedicado. Estudié cocina y, después de ser ayudante durante años en el restaurante familiar, pasé a ser la chef principal. Ese pavo relleno que tanto le gusta a tu padre, lo preparé yo los últimos años que estuvo abierto.
La dueña del hotel Mallois eleva las cejas, completamente impresionada por lo que escucha.
Cae en cuenta de que nunca habían hablado de su pasado con profundidad y lo poco que sabía de ella era que sus padres eran los dueños del conocido Fork de Nueva York.
En cualquier otro momento, Katherine dudaría en aceptar, es una mujer de negocios y cuando se refiere a estos, toma decisiones con la cabeza y no movidas por otra cosa, pero hay dos cosas en ese momento que la empujan a dejar que Jodie la ayude; la necesidad de no fallarle a quienes contrataron el salón privado y las ganas que tiene de conocer a la verdadera Jodie Sinclair.
—Llamo a Mike para que me traiga algo de ropa y nos recoja aquí para llevarnos al salón —contesta Katherine y coge su móvil. Jodie la coge de la mano.
—Primero a desayunar, será rápido, no podemos irnos con el estómago vacío.
Katherine sonríe y no puede evitar sentir un murmullo en el pecho que la asusta y la hace feliz a partes iguales .
—Joder —suelta Katherine que, diez minutos después, está bajo una ducha cuya agua no termina de salir caliente y alterna chorros helados con otros hirviendo.
—¿Estás bien? —se escucha la voz de Jodie amortiguada desde fuera.
—Sí —miente Katherine y termina de aclararse la cara para salir de allí.
—Toma, Mike está fuera esperando —dice Jodie entregándole un traje y un bolso de tamaño mediano.
—Sí que ha ido rápido —contesta Katherine mientras empieza a vestirse.
—Es que tú has tardado mucho —zanja Jodie después de comérsela con la mirada.
Las dos mujeres se apresuran y cuando están listas salen de la casa para encontrarse con el guardaespaldas justo en la puerta.
Se suben al coche y Katherine se sumerge en varias conversaciones telefónicas que ocupan el tiempo que dura el trayecto hasta el salón privado.
Jodie no ha podido preguntarle mucho más y ahora los nervios la están devorando, no pudo evitar decirle a Katherine que se encargaría de la comida del evento, pero ahora teme que todo eso le quede grande y le falle a la mujer que la vuelve loca.
Cuando llegan al lugar, Katherine sigue pegada al teléfono y no cuelga hasta que entran al salón, decorado de forma discreta pero elegante.
Cuando pasan al área de la cocina, un chico vestido de blanco y de cabello largo recogido en una coleta organiza algunos vegetales sobre la mesa con gesto concentrado, pero en cuanto escucha el repique de los tacones de Katherine, levanta la cabeza y observa a las dos mujeres.
—Hola, soy Donald —dice el muchacho acercándose a ellas y extendiendo una mano para saludar a Katherine—. Usted debe ser la señora Taylor.
—Y ella es Jodie Sinclair —responde Katherine tras estrechar la mano de Donald.
—Si me cuentas lo que teníais previsto, Donald, nos ponemos ya con la comida. Según calculo —Jodie mira su reloj—, tenemos solo cuatro horas para sacar el servicio.
Katherine tiene que disimular para no sonreír de genuino placer. Había notado un poco de nerviosismo en Jodie, pero ha desaparecido completamente para dejar entrar a esa mujer que ahora sabe que es de armas tomar.
—Vuelvo a la hora de comer —le susurra y la rubia se marcha porque necesita ir al Magnolis a revisar los últimos retoques que quedan.
A Jodie el tiempo le pasa volando, se siente en su sitio, a gusto dando órdenes en la cocina y de cabeza entre los fogones.
Donald le ha servido de mano derecha y entre los dos han podido acabar de cocinar el menú que consistía en una serie de entrantes variados y un plato principal.
Afortunadamente, el servicio era para un grupo reducido porque, si no, iba a ser imposible que las dos personas pudieran con él.
Un grupo de camareros entra y sale de la cocina con platos para los comensales hasta que solo se quedan atentos a que los presentes acaben sus postres y, finalmente, recogerlo todo.
—Chef, la reclaman en la bóveda —le dice una camarera a Jodie y por su cara de desconcierto, la chica se apresura a explicarle—. Es una oficina que está ahí detrás.
Jodie asiente y le da las gracias. Se seca las manos con un paño y camina nerviosa hasta el lugar con la incertidumbre de lo que se encontrará. En cuanto da dos toques a la puerta y accede, su mirada se ilumina; Katherine Taylor está sentada y frente a ella dos platos vacíos y una copa de vino.
—Ven aquí —le pide la dueña del Mallois y Jodie obedece.
—No sabía que habías llegado.
—Hace rato, pero estabas terminando de sacar unos platos y no quería molestarte —contesta Katherine y le hace un gesto a Jodie para que se siente sobre sus piernas—. Enhorabuena, chef, la comida estaba exquisita y por lo que he escuchado, los comensales opinan igual.
Katherine la besa, tan lento que Jodie siente que va a derretirse sobre sus piernas. No hay sexualidad en el beso, hay orgullo y un cariño que parece inexplicable, pero que está allí y es imposible ignorarlo.
—Me gustaría que tuviéramos la conversación en mi ático, ¿te parece? —le pregunta Katherine cuando acaba el beso y le pasa el dedo pulgar por el labio a Jodie para quitarle los restos de saliva que le ha dejado.
—Sí, pero necesito acabar el servicio —contesta Jodie mirándola a los ojos—, hasta que no terminemos aquí no puedo irme.
Katherine asiente incapaz de reprocharle nada, ella es igual de responsable con su trabajo.
—Le diré a Mike que te recoja cuando me avises.