Hotel Mallois (Hermanas Taylor 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Jodie y Sarah llevan quince minutos sentadas en el comedor para el personal del hotel Mallois. Ambas tienen sus táperes abiertos, la única diferencia es que Sarah devora sus macarrones con queso con deleite y Jodie pasea el tenedor sobre su carne en salsa sin decidirse a clavarlo en ningún trozo.

—¿Vas a contarme qué te pasa o vas a seguir jugando a los aviones con el tenedor? —pregunta Sarah, cansada de verla.

—¿Qué? —responde Jodie, descolocada.

—No has probado la comida desde que nos hemos sentado y tampoco has articulado palabra, eso por no hablar de que esta mañana cuando hemos llegado parecías una muerta en vida.

Te he dado tu espacio y he pensado que me lo contarías más tarde, pero como veo que no sueltas ni una palabra y me muero de la intriga, exijo que me lo cuentes —responde Sarah señalándola con su tenedor lleno de macarrones, del que cuelga un trozo de queso fundido.

Jodie suspira mientras la mira fijamente. No tenía pensado contarle nada de lo que sucedió ayer en el ático de Katherine, pero lo cierto es que no se lo puede sacar de la cabeza y si no se desahoga, siente que colapsará de un momento a otro.

—Ayer Katherine me invitó a tomar una copa en el ático cuando llegó de hacer unas gestiones. Todo muy natural, no le apetecía beber sola y me dijo que me sentara con ella.

Sarah arquea una ceja.

—¿Katherine? ¿Ya no es la señora Taylor? —cuestiona con sorna.

—Cállate —exige Jodie sin ganas de seguirle el rollo.

Sarah borra su expresión burlona y vuelve a ponerse seria.

—Está bien, te sentaste con ella a tomarte una copa —dice Sarah, animándola a que continúe hablando.

Jodie mira a un lado y a otro asegurándose de que ninguna de sus compañeras puede escucharlas, aun así, baja el tono y se inclina hacia delante.

—En un momento dado intentó… —Jodie se ruboriza cuando lo recuerda y un escalofrío le atraviesa la columna como una corriente.

—¿Besarte? —boquea Sarah.

Jodie se estremece de nuevo, solo de pensar en los labios de Katherine sobre los suyos se marea.

—No exactamente. Yo estaba a punto de marcharme y de repente la tenía detrás. Dijo que le encantaba mi cuello y me hizo una caricia —logra expresar.

—¡Madre mía! —exclama Sarah tapándose la boca—. ¿Y tú qué hiciste?

Jodie carraspea y niega lentamente con la cabeza.

—La aparté.

Sarah le clava una mirada sorprendida al principio, pero enseguida se vuelve comprensiva.

—No puedo acostarme con ella y que después… —Jodie sacude la cabeza y coge aire .

—Lo entiendo —dice Sarah cogiéndole la mano por encima de la mesa—, no sé si yo hubiera tenido esa fuerza de voluntad, pero comprendo lo que hiciste y creo que fue lo correcto.

—¿En serio? —se sorprende Jodie.

—Sí. Tú y ella pertenecéis a dos mundos completamente diferentes, y no digo con esto que no puedas gustarle, pero una mujer como ella, no sé, debe estar acostumbrada a cosas que tú ni te imaginas y supongo que alguien como nosotras solo puede ser un entretenimiento.

Hiciste bien en pararla, necesitas este trabajo y acostarte con ella solo habría complicado las cosas.

Jodie asiente completamente de acuerdo con Sarah, aunque una parte de ella —una muy grande— esperaba que su amiga le dijera que se había equivocado y tratase de arreglarlo.

—¿Y qué hago ahora? En un rato tengo que ir a su ático y no sé ni cómo mirarla —pregunta Jodie con angustia.

—Tú actúa como siempre, ve allí, haz tu trabajo y no saques el tema, como si no hubiera pasado, seguro que ella hace lo mismo. Además, imagino que alguien como Katherine Taylor no estará acostumbrada a que la rechacen, debe ser algo tan novedoso para ella, que será de lo último que quiera hablar.

A pesar de las circunstancias, Jodie no puede contener una sonora carcajada.

—Lo digo en serio —insiste Sarah contagiada de su risa—. A esa gente nadie le niega nada y tú la has rechazado, su ego dolido no le permitirá sacar el tema.

Mientras camina desde el ascensor hasta la puerta del ático, Jodie no deja de pensar en las últimas palabras de Sarah.

Ella no conoce mucho a Katherine y quizá esté muy cegada por los sentimientos que tiene hacia ella, pero nunca le ha parecido una persona dominada por el ego, en cambio, se regocija al pensar en cómo se sentiría la tal Annie ante un rechazo, seguro que le costaría varias sesiones con el terapeuta más caro de la ciudad.

Cuando saca la tarjeta para acceder al ático, Jodie suspira y reza todo lo que sabe para qué Katherine no esté dentro, pero como suele pasarle, sus plegarias no son escuchadas y la empresaria está sentada en esa mesa de trabajo por la que parece haber pasado un huracán.

—Buenas tardes —saluda la limpiadora mientras cierra la puerta.

—Hola, Jodie —responde Katherine levantando la vista por encima de la pantalla de su portátil.

Por un instante, sus miradas se quedan enganchadas y Jodie siente que todo gira alrededor de ambas, pero entonces Katherine devuelve la atención a lo que estaba haciendo y a Jodie comienza a llegarle el aire a los pulmones.

Haciendo caso del consejo de su amiga, decide ponerse manos a la obra mientras se pregunta si Katherine piensa en ese momento de tensión que vivieron ayer o si lo ha eliminado de su mente por completo.

—Mañana necesitaré que me acompañes otra vez al Magnolis —suelta la empresaria cuando Jodie apenas ha dado dos pasos.

—Claro, lo que necesites.

—Bien —responde Katherine sin levantar la mirada de la pantalla.

No entiende el motivo, pero la frialdad de Katherine le molesta. Jodie deja sus cosas y tras recoger y limpiar la habitación, se mete en la cocina para recoger los restos de la comida de su jefa, que por los platos y las varias tazas de café que encuentra, hoy no parece haber salido de su ático.

Termina de enjuagar el último plato y cuando se gira para meterlo en el lavavajillas, se encuentra a Katherine de pie junto a la isla de la cocina.

No es que Jodie se asuste, pero siente tal sacudida por el cuerpo al verla allí, en camiseta básica, pantalón de estar por casa y su famosa melena rubia recogida en una cola informal, que el plato se le escurre entre los dedos y se estrella contra el suelo.

—Madre mía, lo siento mucho —se disculpa nerviosa, mirando a un lado y a otro, incapaz de recordar dónde está la escoba que ella misma ha guardado hace unos minutos.

—No pasa nada, es solo un plato, Jodie —dice Katherine acercándose.

—Soy una torpe —se fustiga Jodie cada vez más alterada, moviéndose de forma errática alrededor de los trozos de cerámica esparcidos por el suelo.

De repente, nota el calor ardiente de la mano de Katherine cerrándose sobre su mano izquierda. Jodie se detiene en seco, paralizada.

—He dicho que no pasa nada —susurra Katherine mirándola a los ojos—, yo lo recojo. ¿De acuerdo? Quédate ahí.

En realidad, no es una pregunta, sino una orden, porque Katherine, con su otra mano libre, invita a Jodie a hacerse a un lado y, un par de minutos después, está tirando los restos del plato que acaba de barrer a la basura.

—Listo, aquí no ha pasado nada —resuelve girándose hacia Jodie, que ha permanecido hipnotizada observando a su jefa hacer algo que debería haber hecho ella.

—De verdad que lo siento, te pagaré el plato.

Katherine baja la cabeza y suspira antes de levantarla de nuevo y atravesar a Jodie con la mirada.

—Deja de decir chorradas, ¿quieres? ¿Crees que a mí nunca se me ha caído un plato ?

—No sé —duda Jodie, rascándose la cabeza.

Katherine suelta una carcajada repentina que tranquiliza un poco a la limpiadora.

—Bueno, la verdad es que no recuerdo haber roto un plato nunca —reconoce Katherine—, pero vasos sí, muchos. En cualquier caso, no he venido para hablar de platos rotos.

Jodie traga saliva. De repente siente una inseguridad que no puede controlar y se aterroriza al contemplar algo en lo que no había pensado, que Katherine la despida para no tener que verla después de lo que pasó el día anterior.

—Quería pedirte disculpas por lo de ayer —suelta la empresaria, dejando a Jodie descolocada al principio y aliviada después.

—No hace falta, no pasa nada —responde la limpiadora, tratando de zanjar el tema cuanto antes.

—Sí que hace falta, Jodie, me pasé de la raya. Había tenido un día de mierda, estaba estresada, me pasé bebiendo y estaba cómoda contigo, y no sé, me dejé llevar.

Jodie la mira con la mandíbula apretada.

Agradece la disculpa porque eso no hace más que ratificar lo que su intuición le ha dicho desde el principio, que Katherine no es de esas personas que por tener poder se creen con derecho a tomar lo que quieren a su antojo, pero le molesta mucho que se excuse en la bebida, porque eso significa que de no haber bebido nada, Katherine jamás se hubiera acercado a ella, y eso duele mucho.

—Te prometo que no volverá a pasar —añade Katherine ajena a esa rabia extraña que comienza a invadir a Jodie sin que pueda controlarla.

—Está olvidado, señora Taylor, no hace falta que siga disculpándose —escupe Jodie cogiendo la escoba y la pala que su jefa acaba de utilizar .

—¿Vuelvo a ser la señora Taylor? —pregunta Katherine sin comprender nada, pero Jodie no contesta y se aleja de la cocina para guardar los utensilios de limpieza.