Capítulo 11
Jodie Sinclair se sobresalta cuando escucha la puerta del ático abrirse.
Lleva un par de horas limpiando y hoy se ha metido a fondo con la cocina que, aunque estaba bastante limpia, todo lo que está dentro de los cajones estaba desordenado.
Está contenta con el trabajo, ha puesto a mano todo lo que ha visto que su jefa suele utilizar y así no tendrá que rebuscar en los armarios para encontrar una taza o alguna bandeja.
—Buenas tardes, Jodie —saluda Katherine cuando entra y se detiene frente a la nevera. La abre, mira unos segundos y la vuelve a cerrar.
—Hola, ¿qué tal el día? —pregunta la limpiadora que no sabe por qué, pero ha sentido una energía diferente en Katherine.
Katherine enfoca a Jodie y siente, automáticamente, que su día ha mejorado al menos un poco.
Está acostumbrada a que todo el mundo la salude, pero muy poca gente se interesa de verdad en saber cómo está.
Ha sentido una sinceridad tan aplastante en Jodie, que el pecho se le ha inflado de puro placer.
—Un día de mierda —dispara con total honestidad mientras camina hacia un mueble que tiene justo al lado de la puerta de la terraza y está perfectamente equipado con todas las bebidas que a Katherine le gustan .
—¡Vaya! Espero que solo sea hoy —responde Jodie.
—¿Cómo dices? —pregunta la empresaria sin entender el comentario.
—Que espero que sea solo algo puntual, tener un día como este y que no sea algo que se repita muy a menudo —explica la limpiadora.
Katherine ladea esa sonrisa que tanto desestabiliza a Jodie Sinclair.
—Se repite más de lo que me gustaría, pero esta es la vida que elegí —contesta cogiendo una copa de cristal—. ¿Por qué no me acompañas un rato? —pregunta de repente y hace un gesto con la cabeza señalando la terraza.
Jodie se queda en silencio más tiempo de lo esperado porque Katherine le ha clavado su mirada azulada en la cara. Intenta salir del paso como puede.
—Aún me queda trabajo por hacer —dice la limpiadora y levanta un trapo como si fuera un fusil y ella estuviera en la guerra.
—Ya lo acabarás mañana —contesta la dueña del Hotel Mallois—, no me apetece tomarme esta copa sola, además, está a punto de atardecer y es un espectáculo que no te puedes perder.
Jodie asiente con la cabeza cuando Katherine levanta la botella de vino y ambas salen a la terraza. La limpiadora ha estado allí en varias ocasiones, pero siempre ha sido para hacer su trabajo, aunque eso no le ha impedido disfrutar de las impresionantes vistas.
—Puedes sentarte donde quieras —dice Katherine mientras llena las dos copas de su vino blanco favorito.
Jodie se coloca en la tumbona que está justo al lado de donde su jefa se ha sentado y de inmediato nota la comodidad del mullido cojín .
—¿A que son cómodos? —pregunta Katherine sonriendo con gracia al ver la cara de Jodie cuando se ha recostado.
—Mejor que mi colchón —contesta y suelta un suspiro con los ojos cerrados.
Katherine aprovecha para mirarla con detalle ahora que su acompañante no repara en ella.
Jodie le parece una mujer muy atractiva, pero hay algo en ella que va más allá de su belleza.
La empresaria podría hacer una lista de las cosas que le han llamado la atención de su empleada, pero por ahora se queda con esa personalidad que en ocasiones la desquicia, pero que, en otras, le encanta.
Jodie abre los ojos y se gira a mirar a su jefa porque, aunque no podía verla, sigue teniendo esa sensación rara de que algo pasa. Lo confirma cuando Katherine toma un trago tan largo que casi vacía su copa y después se pasa la mano por la cara en un gesto de cansancio poco habitual en ella.
—¿Te ha pasado algo en concreto para que estés así? —se interesa Jodie, aunque no tiene muy claro que su pregunta sea apropiada, Katherine sigue siendo su jefa por mucha confianza que hayan adquirido.
—A veces la responsabilidad me supera —se sincera Katherine—. Hay días que estoy tan agotada mentalmente que me apetece apagar el teléfono y quedarme bajo las sábanas de mi cama.
—¿No tienes ningún hermano que pueda ayudarte?
—Somos tres hermanas y cada una tiene lo suyo, aunque la mayoría del tiempo envidio mucho a Rachel, la mayor de todas —cuenta Katherine mientras se llena otra vez la copa.
—Háblame de ellas —le pide la limpiadora, que ha visto un ligero cambio para bien en cuanto su jefa ha nombrado a sus hermanas .
Katherine vuelve a darle un trago a su copa, se acomoda bien en la tumbona y sonríe.
—Rachel, Caroline y yo. Mis padres tuvieron la fortuna de tener solo chicas en la familia —la carcajada que suelta Katherine hace que Jodie se contagie—.
La mayor no quiso tener nada que ver con los negocios familiares.
Se estableció en Ítaca hace ya muchos años y tiene, junto a mi sobrina, un bar que es la sensación del pueblo.
Caroline, la que llegó sin que nadie se lo esperara, es la más pequeña, pero la que nació con una vena innata para los negocios.
Ella es la dueña de los cruceros y yo —se señala y bebe otro trago de vino—, que ya me conoces.
Jodie le mira los labios mojados por el vino y la respuesta de su cuerpo es que el pecho se le sacuda y la entrepierna le vibre.
Carraspea y mueve el cuello para liberar la tensión sexual que se está apoderando de ella.
Baja la mirada y se da cuenta de que la botella está casi vacía y ahora entiende porque Katherine lleva un rato alargando las palabras.
—Se ha hecho bastante tarde, tengo que volver a casa —dice Jodie mientras disimula mirando la hora en su móvil. Sabe que es necesario zanjar ese momento que han creado con el atardecer de fondo.
Katherine asiente e intenta levantarse, pero pierde el equilibrio y Jodie la coge al vuelo.
—¿Estás bien? —pregunta la limpiadora buscando su mirada.
—Sí, no te preocupes —contesta Katherine con los ojos brillantes y le hace un gesto para que entre al ático.
Jodie camina con un nerviosismo que no logra entender.
Siente que está andando por un bosque oscuro lleno de animales peligrosos que la pueden atacar en cualquier momento.
De repente siente a Katherine muy cerca de ella y una fuerza invisible hace que la limpiadora se detenga en seco a escasos metros de la puerta de la terraza.
Katherine, quien siente una repentina debilidad por el cuello de Jodie, acerca su mano izquierda y le deja una caricia fugaz. Jodie no dice nada, pero los vellos de su cuello se han puesto de punta; evidencia de que la caricia ha hecho su efecto.
—Tienes un cuello precioso —suelta Katherine y se pega más a Jodie.
Jodie está muy quieta, pero lo único que quiere es girarse y pegar a su jefa contra la pared para besarla hasta que la lengua le duela.
Sin embargo, la limpiadora no es tonta y sabe dos cosas; la primera es que la actitud de la empresaria es porque se ha tomado unas copas de más y está segura de que si estuviera sobria, no se habría atrevido a tocarla de esa manera y lo otro es que, entre las dos no ocurrirá nada, hay un abismo de muchas cosas imposibles entre ellas.
—No sigas por ahí —dice Jodie, que ha tenido que reunir toda la fuerza de voluntad para girarse y, con una mano en el pecho de su jefa, alejarla de su cuerpo.
Se siente estúpida por rechazar a la mujer de la que lleva mucho tiempo enamorada, pero sabe que es lo mejor, no necesita más dolor en su vida.
Lo que siente Katherine en ese momento se puede describir como cuando vas caminando por la orilla de una piscina, de repente resbalas y caes en el agua tan helada que tu cuerpo se sacude violentamente.
Si el alcohol había hecho efecto en su mente, desaparece de golpe, dejándola completamente lúcida y en un estado de conmoción que le dice que ha actuado como una imbécil irracional con su empleada.
Si bien la relación entre ambas había avanzado, está segura de que con su actitud ha vuelto a esa casilla de salida de la que tanto le costó salir.