Hotel Mallois (Hermanas Taylor 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Como la mayoría de los pocos días libres que tiene, Jodie aprovecha para ir a visitar a su madre a la residencia.

Siempre que cruza la puerta lo hace con un nudo en la boca del estómago porque, de las últimas quince visitas, Amanda Claris solo ha reconocido a su hija dos veces, durante las demás, en unas ocasiones la miró como si fuera un elemento más de la habitación y otras gritó pensando que era una extraña que iba a atacarla.

Los médicos le advirtieron de que este tipo de situaciones llegarían, pero Jodie no consigue acostumbrarse y cada vez que sucede, sale de la residencia hecha un mar de lágrimas.

—¿Qué tal está hoy? —pregunta cabizbaja a una de las cuidadoras cuando pasa por su lado.

La mujer, algo rolliza y de piel tan oscura que Jodie siempre se queda fascinada observando el contraste con el blanco puro de sus ojos, lleva atendiendo a la señora Claris desde que llegó y ha estado presente varias de las veces que no ha reconocido a su hija.

—Está más lúcida que yo —responde guiñándole un ojo a Jodie, que detiene su paso en seco mientras nota cómo su corazón late con fuerza.

—¿En serio? —pregunta ilusionada.

—Muy en serio, cariño, así que no pierdas el tiempo hablando conmigo y pasa a verla .

—Gracias, Gladis —dice Jodie antes de correr por el pasillo.

En efecto, en cuanto abre la puerta de la habitación, su madre la reconoce de inmediato y Jodie tiene la sensación cuando la abraza de que han retrocedido en el tiempo.

Por un instante, se pierde en el recuerdo de aquellos años en los que su hermano no estaba enganchado a las drogas y la familia al completo trabajaba en armonía al frente del restaurante familiar.

—Estás más delgada, hija, ¿seguro que comes bien? —se preocupa su madre.

—Sí, es solo que ando un poco estresada con los trabajos, ya sabes.

Su madre suspira y Jodie comprueba por la tristeza reflejada en su mirada que es muy consciente de toda la situación familiar que tienen actualmente.

De nuevo, piensa en su hermano y tiene esa mezcla de sentimientos encontrados.

Por un lado, lo echa de menos y, por el otro, lo odia porque lo considera culpable de todo lo que sucedió tras su muerte.

Marvin Sinclair entró en el mundo de las drogas y a partir de ahí todo fue cuesta abajo para toda la familia.

Intentaron hacer todo lo posible para ayudarlo, pero el vicio convirtió a su hermano en un mentiroso que supo manipularlos y manejarlos como quiso.

Para cuando se dieron cuenta de que no solo estaba robando dinero del restaurante, sino que lo había hipotecado, ya era tarde y, en cuestión de meses, entraron en una rueda imparable que corría hacia un precipicio que acabó con la muerte de Marvin por sobredosis, la pérdida del restaurante familiar tras venderlo para no perder también la casa unas semanas después y el suicidio de su padre al cabo de unos pocos meses.

Jodie y su madre se quedaron además con varias deudas que hoy en día todavía sigue pagando Jodie, pero lo peor fue que su madre se dejó vencer por la tristeza y se apagó de tal modo que se convirtió en una carga más para su hija, hasta que le llegó también el Alzheimer hace unos meses y a Jodie no le quedó más remedio que ingresarla en una residencia.

—Pero estoy bien, mamá —añade Jodie de inmediato, cogiendo ambas manos de su madre mientras dibuja una sonrisa sincera—. Ya no trabajo en aquel bar que tanto odiabas.

—¿De verdad? —los ojos de Amanda se abren de par en par al preguntar.

—De verdad —confirma Jodie—. La dueña del hotel donde trabajo por la mañana me ofreció limpiar su ático por las tardes.

Imagínate que cambio, paso de estar detrás de esa barra mugrienta rodeada de babosos mientras sirvo copas sin parar para que me paguen siempre con retraso, a estar en un ático de lujo, limpiando sobre limpio, haciendo menos horas, cobrando tres veces más y…

Jodie se detiene justo a tiempo de decir que trabaja al lado de una mujer despampanante.

—¿Y qué? —exige saber su madre con mucho interés.

—Nada, que la señora Taylor es encantadora, nada que ver con esa panda de salidos.

—Qué alegría me das, Jodie —suspira su madre—. Estás luchando mucho y no te mereces lo que te ha tocado vivir.

—Es lo que hay, mamá, ninguno lo elegimos, pero fue lo que pasó y ahora tú y yo seguimos aquí —dice Jodie con el labio inferior temblando.

—Lo sé —su madre le sonríe y la abraza.

—Con este nuevo puesto creo que podré ahorrar un poco para intentar cancelar las deudas cuanto antes. Hoy le he pedido al señor Kumar que me deje hacer horas extras por la tarde en el ático de la señora Taylor y me ha dado permiso —sonríe Jodie.

—Con razón estás tan delgada —bufa su madre.

—Estoy bien, mamá, además, ya te he dicho que todo está muy limpio. Solo tengo que mantenerlo y hacer cosas básicas como la habitación, el baño o la cocina.

Una hora más tarde, Jodie entra en el hotel Mallois irradiando felicidad por todos sus poros tras la visita con su madre.

Ni siquiera el hecho de cruzarse con Marjorie antes de llegar a los ascensores y que esta casi la atraviese con la mirada, logra aplacar esa alegría que le ha producido poder pasar tiempo de calidad con su madre.

Una vez cambiada y empujando su carro, Jodie sale del ascensor en la última planta con la misma sonrisa con la que ha entrado hace unos minutos, pero se le borra de golpe cuando justo antes de llegar a la puerta del ático de Katherine, esta se abre y se encuentra a su jefa ataviada con una bata de seda, descalza y con el pelo húmedo mientras le da paso para que salga a la misma mujer sofisticada del otro día, la tal Annie.

Jodie es incapaz de escuchar lo que las dos mujeres se dicen cuando se besan las mejillas, pero le arde algo por el pecho sin que pueda controlarlo y siente que se puede convertir en un dragón y soltar llamaradas por la boca cuando las dos mujeres reparan en ella y Annie pasa por su lado y la mira por encima del hombro como si ella no fuera nadie.

La limpiadora la persigue con la mirada hasta que Annie llega al ascensor y entra, momento en el que Jodie se gira y se encuentra con la mirada sorprendida de la señora Taylor.

—No sabía que hoy venías —dice Katherine descolocada.

—No tengo turno —responde Jodie con tono áspero—, pero le pedí al señor Kumar que me dejase hacer un turno extra y lo aprobó, pensé que la habría avisado.

Katherine se aparta un mechón de pelo y se lo coloca detrás de la oreja con aire pensativo. Jodie le escupiría otra llamarada de fuego por la boca si no fuera por lo increíblemente seductor que le ha resultado el gesto.

—Quizá lo haya hecho por correo, pero no lo he mirado —dice Katherine.

—No importa, es evidente que la cojo en mal momento, mejor me marcho —dice Jodie girando el carro.

—No digas tonterías, ya estás aquí, pasa, al fin y al cabo, yo… —Katherine se da cuenta a tiempo de lo poco apropiado que era lo que iba a decir.

Jodie aprieta la mandíbula y vuelve a girar el carro, aunque lo intenta, la furia dentro de ella crece de manera imparable porque los celos se la están comiendo.

Es la segunda vez en tres semanas que ve a esa mujer con Katherine.

¿Serán pareja oficialmente? Solo de pensarlo le entran ganas de salir corriendo, buscar a la tal Annie y borrarle esa sonrisa de estúpida hundiéndole la cara en el cubo de la ropa sucia, está segura de que jamás se recuperaría de un trauma así.

—Supongo que querrá que empiece por la habitación —dice al pasar por delante de Katherine, sin mirarla a la cara mientras empuja el carro con fuerza.

Katherine la sigue observando su actitud desafiante y esa mirada iracunda que la limpiadora tiene desde que ha llegado, y cree adivinar lo que sucede de inmediato.

Mientras cierra la puerta, una sonrisa torcida se le dibuja en los labios y se dice a sí misma que no debe entrar en ese juego, pero cuando se quiere dar cuenta, su lengua ya se ha soltado.

—La verdad es que no —responde mordaz, haciendo que Jodie se gire sorprendida—, hoy hemos follado en el sofá.

Jodie le mantiene la mirada unos segundos mientras traga saliva, después mira hacia el sofá de reojo y piensa en cuánto disfrutaría prendiéndole fuego.

—Muy bien, de momento recogeré la cocina —dice sintiendo que, si no se aleja de Katherine, le tirará algo a la cabeza.

—Tú misma, estás en tu casa —sonríe Katherine, que camina hacia una mesa repleta de documentos, coge su portátil y se sienta en el sofá para comprobar el correo.

Jodie se ocupa de vaciar el lavavajillas y llenarlo con los platos sucios mientras intenta calmarse, pero no deja de imaginarse a la tal Annie con sus manos sobre el cuerpo de Katherine y le resulta imposible.

Deja lo que está haciendo y se va con decisión al armario de limpieza para, al cabo de un minuto, aparecer frente a Katherine con la máquina de vapor preparada.

—Necesito que se quite de ahí, tengo que desinfectar ese sofá.

Katherine levanta una mirada desafiante y la conecta con la de Jodie provocando una subida de tensión en el ático.

Ambas mujeres se la mantienen durante unos segundos hasta que Katherine asiente, cierra la tapa del portátil con tranquilidad y se levanta muy despacio hasta quedar frente a Jodie, que siente que el corazón se le acaba de caer entre las piernas.

—Eres muy atrevida hablándome así —dice Katherine acercándose a su oído para después caminar y desaparecer por el pasillo, dejando a Jodie ahogada en su propio deseo.