Capítulo 7
—No hemos recibido la otra parte del pago como nos había prometido y ya no podemos seguir dándole largas a este asunto —escucha Jodie Sinclair por teléfono—. Si no resuelve el impago esta mañana, hoy por la tarde debe recoger a su madre de nuestras instalaciones.
Jodie lleva unos minutos con el teléfono pegado a la oreja.
Ha dejado de escuchar al director de la residencia en la que permanece su madre cuando este le ha repetido dos veces que es imposible tener allí a una paciente que no paga las cuotas.
La limpiadora, que está agobiada y cabreada, ha ido al bar en el que trabajaba y el dueño no ha querido atenderla, le debe las últimas dos semanas que estuvo allí sirviendo copas y sin ese dinero, es imposible abonar lo que debe.
—No dejaréis a mi madre en la calle —suelta Jodie con contundencia, cansada de que todo el mundo la ningunee—. Le llamaré en cuanto pueda.
Tras colgar la llamada sin darle oportunidad a su interlocutor de volver a abrir la boca, Jodie guarda el aparato en la taquilla y va directa a hablar con su encargada.
Por mucho que deteste a esa mujer, sabe que tiene que pedirle permiso para cualquier cosa que vaya a hacer en el hotel.
Cuando sale del vestuario, se dirige al pequeño despacho que está al lado del cuarto de productos de limpieza, donde Marjorie García pasa varias horas al día haciendo horarios, revisando hojas de trabajo y maquinando —según Jodie— cómo hacer que sus trabajadores la odien más.
No llega a entrar al despacho porque la encargada está en la puerta hablando con una compañera.
—¿No deberías estar ya en la planta tres? —pregunta Marjorie en cuando enfoca a Jodie.
—Sí, quería hablar con usted —contesta la limpiadora.
Marjorie eleva una ceja y suelta el aire como si fuera un búfalo. Le hace una seña con la cabeza para que Jodie le diga qué es lo que quiere.
—Necesito pedir un adelanto, tengo un pro…
—De ninguna manera —la interrumpe Marjorie negando con la cabeza—. Tu comportamiento y productividad últimamente dejan mucho que desear. Los adelantos y otros privilegios se ganan. Ahora, ponte a trabajar si no quieres que te amoneste por comenzar tarde.
Marjorie se gira y entra a su despacho. Jodie siente unas irrefrenables ganas de cogerla por el cuello y darle un buen puñetazo.
Para la limpiadora no es un buen día, quisiera estar en su casa descansando en vez de rogar por conseguir un poco de dinero y poder hacer frente a la deuda que tiene en la residencia.
Movida por la desesperación, va directa a la oficina de Lamir Kumar para hablar con él, que es realmente la persona que puede gestionar este tipo de peticiones.
—Señorita Sinclair, ¿qué necesita? —pregunta Lamir cuando, después de que le anuncien que Jodie necesita hablar con él, la limpiadora entra a su despacho.
—Un adelanto —responde directamente.
El hombre asiente, lentamente, y entrelaza las manos sobre su mesa .
—Esto primero ha de pasar por el departamento de recursos humanos, que luego suele comprobarlo con Olivia, la secretaria de la señora Taylor —explica Lamir, que ya se sabe el procedimiento de memoria—. Por mí no hay problema, pero se gestiona así.
—Lo que sea necesario, pero lo necesito lo antes posible, por favor —pide Jodie, amable.
Lamir levanta el teléfono y hace dos llamadas.
Ha visto la desesperación en la cara de la limpiadora y, después de que él mismo la juzgara por un robo que no cometió, quiere hacerle la gestión más sencilla.
Avisa a Olivia directamente para que la aprobación sea más ágil y, cuando está a punto de decirle a Jodie que seguro que durante la mañana podrá tener ese adelanto, la puerta del despacho del director se abre de repente y entra una muy enfadada Marjorie García.
Los ojos le echan fuego y Lamir Kumar, que siempre parece tener miedo de ella, dibuja un gesto de horror en su rostro.
—Parece que te cuesta acatar una orden —dice Marjorie acercándose a Jodie—, te dije que no podías pedir un adelanto. ¿Es que eres sorda?
Jodie da unos pasos y queda muy pegada a su encargada. Tiene que subir la mirada porque Marjorie es más alta, pero no llega a intimidarla, nunca lo ha hecho, solo que la limpiadora ha preferido tener siempre un buen comportamiento y no hacer nada que ponga en riesgo su puesto de trabajo.
—Jamás te he faltado el respeto —dice Jodie con los dientes apretados—. Te pido que no me lo faltes tú a mí.
Marjorie chasquea la lengua, se aleja de Jodie y se acerca a Lamir.
—Hay que cesar su contrato. Ha desobedecido una orden, ha pasado por encima de mi autoridad y no está cumpliendo con sus horas de trabajo —dice Marjorie con desprecio—. Por su rebeldía, vamos con retraso y las habitaciones no estarán listas según lo programado.
Se hace un silencio en la oficina y solo se escucha la respiración entrecortada de Jodie que, al escuchar a su encargada, el miedo le ha trepado por la espalda y amenaza con asfixiarla hasta dejarla inconsciente.
—Es la empleada de la señora Taylor —contesta Lamir Kumar—. Te recuerdo que ahora trabaja directamente en el ático.
Marjorie vuelve a soltar el aire como un búfalo. Sabe que debe tener cuidado con este tipo de impulsos, sobre todo si afectan directamente a su jefa.
—Te voy a estar vigilando —responde Marjorie, que se ha girado para dirigirse a Jodie.
El teléfono suena y el director agradece la tregua. La secretaria de Katherine Taylor le pide que le diga a Jodie Sinclair que suba al ático de inmediato.
—Busca a Olivia —le dice Lamir a Jodie después de colgar el teléfono—. Quiere hablar contigo.
Jodie asiente y sale del despacho para buscar el ascensor.
El cuerpo le tiembla, su mente es un hervidero de pensamientos y los oídos le zumban.
Maldice el momento en que su difunto hermano le dejó semejante carga.
Si hubiera hecho las cosas bien, su padre estaría vivo, su madre fuera de la residencia y ella llevando el negocio familiar.
Mientras el ascensor sube, Jodie se pierde en los recuerdos y en lo feliz que era siendo una chica con el privilegio de trabajar en lo que le gustaba, salir de copas con sus amigos y disfrutar en la cama del cuerpo de alguna mujer cuando tenía la oportunidad.
Toca el timbre del ático de su jefa y confiada en que será Olivia la que abra, da un respingo cuando es Katherine quien aparece en la puerta .
—Pasa —le pide a Jodie y se hace a un lado.
Jodie no lo entiende, pero de su cuerpo bullen una cantidad de sentimientos negativos que no está siendo capaz de controlar.
Quizá es la montaña de mierda que durante años la acompaña, pero lo que ha puesto la guinda del pastel ese día es que, después del enfrentamiento con Marjorie y la conversación con el director del hotel Mallois, ella tenga que subir a darle explicaciones a la mismísima Katherine Taylor.
—¿Qué pasa, que también tengo que contarle por qué necesito un adelanto? —brama Jodie—. Conozco mis derechos, y este lo es. Sé que se puede aprobar o no, pero tengo todo el derecho de pedirlo sin tener que justificarme ni explicar para qué demonios quiero el dinero.
A Katherine, que permanece de pie frente a Jodie con gesto impertérrito, por dentro el corazón le da varios toques avisándole de que algo en la actitud de la limpiadora le ha encantado.
La dueña del hotel Mallois se da cuenta de que Jodie Sinclair le atrae de verdad.
Desde que la conoció hubo algo que le hizo estar especialmente atenta a la limpiadora y pensó —erróneamente— que Jodie se paseaba de forma constante por su mente solo porque a Katherine le había despertado un sentimiento protector dada la situación de desgracia de la mujer.
Esa cara afilada por la seriedad, los gestos que hace con las manos y esa actitud avasallante, están haciendo que la entrepierna de Katherine lata con la fuerza de un huracán de manera inesperada.
Pero ella es Katherine Taylor y, desde luego, no dejará que sea Jodie quien domine la situación.
—Si tanto conoces tus derechos, por favor, ilumíname. Quizá necesite una actualización —pide la empresaria con voz plana—. ¿A qué más tienes derecho?
Jodie no tarda en contestar. Tiene tanta rabia que no piensa en las consecuencias que puede llegar a tener su arrebato.
—Sé que tengo derecho a ser tratada con respeto y no humillada por una persona que dice ser la responsable del servicio de limpieza de su hotel.
Marjorie es una hija de puta y estoy harta de su maltrato —escupe Jodie ante la mirada de su jefa—.
Ahora, si quiere, despídame por ser una chivata, pero estoy cansada de quedarme callada.
Katherine no dice nada, no porque no le importe, sino porque su empleada está tan nerviosa que no cree que sea adecuado hacerle preguntas que puedan empeorar su estado.
—¿Cuánto dinero necesitas? —pregunta la dueña del hotel, cambiando el tema radicalmente.
Jodie levanta la cabeza, cierra los ojos un momento buscando calma y le contesta a Katherine, que asiente y camina hacia el pasillo desapareciendo tras una de las puertas.
Jodie puede escuchar un par de pitidos que sabe que son de una caja fuerte y, al cabo de unos minutos, su jefa se detiene frente a ella.
—Aquí lo tienes —dice Katherine y le entrega un sobre blanco con el logotipo del grupo Taylor—.
Tienes libres las horas que necesites para solucionar tu problema.
Cuando regreses, avisas a Lamir de que has vuelto.
El dinero se te descontará de las próximas cuatro pagas, por lo que tu salario semanal no se verá tan afectado.
A Jodie le tiembla la mano cuando recibe el dinero y se lo guarda en el pantalón de su uniforme.
Sabe que tiene que disculparse con su jefa por la actitud que ha tenido, pero no cree que sea el momento correcto.
Sigue con esa bola de fuego en el pecho y prefiere estar serena antes de volver a hablar.
La limpiadora le da las gracias y se marcha para dirigirse a la residencia en la que su madre está internada.
Diez minutos más tarde, Katherine Taylor camina junto a Mike hasta la oficina del director de su hotel. Al acceder al despacho, se encuentra a Lamir con el rostro cansado y a Marjorie caminando como una tigresa mientras gesticula y suelta algún improperio.
—¿Algún problema? —pregunta Katherine, dejando a ambos paralizados.
—No, señora Taylor, ninguno —contesta Lamir nervioso, como si Katherine fuera una jefa a la que temer.
—Yo quería hablar con usted —dice Marjorie que, aunque lo intenta, se le nota el enfado en el rostro.
—Tú dirás, Marjorie.
—Debemos prescindir de una de las limpiadoras. Comienza tarde su turno, usa el teléfono en horario laboral cuando sabe que está prohibido y desacata las órdenes que doy —explica Marjorie enumerando cada razón con los dedos—. Jodie Sinclair no es buena para su hotel.
Katherine mueve la cabeza como si realmente la estuviera escuchando.
—Quizá sea impresión mía, pero parece que siempre tienes quejas de esta mujer en particular —señala Katherine con fingido desconocimiento—. No tendrá esto nada que ver con el hecho de que la contratamos a ella en vez de a tu sobrina, ¿no?
Marjorie García se tensa. El Mallois es el mejor hotel de Nueva York para trabajar y ella quiso que su sobrina entrara en las filas como limpiadora.
La chica no pasó las dos entrevistas que le hicieron, realmente no tenía ganas de trabajar y su aspiración no era limpiar habitaciones, sino ser jefa directamente, aun sin tener ningún tipo de experiencia.
El puesto no era para ella y después de entrevistar a Jodie, se decantaron por su perfil. Marjorie no se lo tomó muy bien.
—En todo caso, Marjorie —Katherine no la deja contestar—, te recuerdo que tu trabajo es velar no solo porque el servicio de limpieza de mi hotel funcione, sino también porque las trabajadoras estén bien.
Vivo aquí porque me gusta tener el control de mis negocios y saber de cerca las necesidades de mis empleados.
No voy a tolerar faltas de respeto ni injusticias en mi hotel.
El gesto de Katherine es tan duro que Marjorie no quiere tentar a su suerte. Así que decide mostrarse sumisa y aceptar lo que dice su jefa.
Katherine Taylor sale del despacho con una sensación que jamás ha tenido en su vida.
Siempre ha sido de esas empresarias que analizan todo lo que tiene que ver con sus negocios, piensa con la cabeza y nunca se deja llevar por un arrebato, pero ha estado a punto de dejar en la calle a Marjorie García porque, al parecer, la tiene tomada con la chica que empieza a adueñarse de todos sus pensamientos, y eso empieza a preocuparle mucho.