Capítulo 6
—¿Te las vas a comer? —pregunta Sarah señalando las patatas fritas del plato de Jodie.
Ambas limpiadoras, como suelen hacer algunos días cuando acaban tarde su turno, han ido a comer al comedor reservado para trabajadores en el hotel Mallois, donde, a pesar de que el precio de la comida es irrisorio, Jodie se suele llevar un táper porque no se puede permitir gastos extras.
Hoy es el primer día que tiene que trabajar en el ático de Katherine Taylor y los nervios le tienen anudado el estómago de tal forma, que apenas ha probado la carne y la ensalada de su plato, y mucho menos las patatas.
—No, cómetelas —responde empujando el plato hacia Sarah, que lleva rato robándole patatas.
—No sé por qué estás tan nerviosa, solo es un trabajo más —comenta su amiga mientras mastica.
Jodie frunce el ceño y se inclina hacia delante mientras observa a toda la gente del comedor antes de hablar.
—¿Un trabajo más? Voy a estar en su ático, Sarah, en el ático de Katherine Taylor. ¿Tú sabes lo que significa eso para mí? Apenas puedo respirar cuando la tengo cerca y voy a estar tres horas en su casa, respirando su aroma —dice sofocada.
Sarah detiene el movimiento de su mano, ese que iba a llevarle otra patata a la boca, y la mira con expresión valorativa.
—Es cierto, había pasado por alto el minúsculo detalle de que estás enamorada de esa mujer hasta la médula —dice y se echa a reír.
—A mí no me hace gracia, no sé si podré sobrevivir a esto. Espero que no esté mientras trabajo en su casa —dice clamando al cielo.
—Esa mujer es tan adicta al trabajo que vive en uno de sus hoteles, Jodie, claro que estará —asegura Sarah mientras arrasa con las patatas—, pero deberías verlo como una oportunidad para acercarte a ella.
Jamás estarás más cerca de esa mujer que ahora, y joder, tendrás acceso a su ropa interior, ¿cuántas mujeres pueden decir eso? —bromea jocosa.
—Dios mío, no nombres su ropa interior —vuelve a sofocarse Jodie, con el corazón palpitando a mil por hora de manera repentina.
—Vale, ya basta de bromas —Sarah se pone tan seria que incluso aparta el plato de patatas—. Vamos a ver esto como lo que realmente es.
—¿Y qué es? —indaga Jodie.
—Tu oportunidad para salir adelante. Has podido dejar ese trabajo espantoso en el bar por el que te pagaban fatal y encima tarde, por no mencionar lo que tenías que aguantar allí dentro.
En el hotel se cobra bien y tú vas a trabajar por partida doble.
A partir de ahora no tendrás que sufrir para pagar las cuotas de la residencia de tu madre a tiempo y podrás seguir pagando las deudas de tu hermano sin que te coman los intereses.
Algún día conseguirás quitarte todo eso de encima y respirarás por fin, pero de momento, Katherine Taylor te ha dado un poco de oxígeno sin saberlo, así que aprovéchalo y si el corazón te palpita muy fuerte cuando la tengas al lado, piensa en todo lo que tienes que pagar y ya verás cómo se te pasa.
Las carcajadas de las dos amigas giran varias cabezas en el comedor, pero a ninguna les importa y terminan de comer hablando del horrible carácter de Marjorie García.
—Suerte, amiga —le dice Sarah cuando terminan de comer.
Jodie sabe que va a necesitarla porque, aunque ha logrado relajarse mientras estaba con Sarah, ahora que tiene que subir a la última planta del hotel, siente que el corazón se le va a salir por la boca en cualquier momento.
Cuando llega a la puerta del ático, Jodie saca la tarjeta que le da acceso al interior sin necesidad de llamar.
Al principio duda de si debe utilizarla, pero las instrucciones de Lamir Kumar han sido muy claras y, si la señora Taylor está en el interior, ella no debe molestarla.
La mano le tiembla cuando la pasa por el lector y se maldice a sí misma por no poder controlar toda esa inquietud que la invade por el simple hecho de estar tan cerca de la mujer por la que suspira como una adolescente desde lo que a ella le parece que ya es demasiado tiempo.
—Hola, Jodie —el saludo de la señora Taylor la coge desprevenida.
Katherine caminaba por el inmenso salón cuando ella ha entrado y son demasiadas las cosas que llaman la atención de Jodie.
La primera es que lleva esa melena rubia suelta y desordenada, otorgándole un aire informal que a Jodie le gusta al mismo nivel que la Katherine ejecutiva.
La segunda es que viste con ropa cómoda, tan solo un pantalón de algodón y una camiseta bajo la que Jodie intuye que no lleva nada más.
Hasta ahí son las cosas positivas que Jodie puede valorar, porque las siguientes para ella son muy negativas.
La primera es que la señora Taylor caminaba en dirección al sofá con dos copas de vino en la mano y, la segunda y la peor, es que en el sofá hay sentada una mujer de aspecto sofisticado con la blusa mal abrochada y la pinza que probablemente sujetaba un recogido perfecto, torcida a la derecha.
—Hola, señora Taylor —contesta Jodie experimentando una sensación de celos inconfundible que disimula lo mejor que puede—. Quizá prefiere que vuelva en otro momento.
Katherine camina hacia el sofá mientras niega con la cabeza y le entrega una de las copas a su acompañante.
—No es necesario, Annie se marchará en un rato, mientras tanto, puedes comenzar por la habitación y el baño —responde Katherine, sentándose sobre su pierna derecha frente a Annie, que le dedica una mirada rápida a Jodie antes enfocar a la anfitriona y ponerse a coquetear con ella de manera descarada.
Jodie nunca ha estado en el ático de la señora Taylor, pero intuye que la habitación solo puede estar por el pasillo del fondo, así que se dirige hacia allí a paso rápido, agradecida de poder perder de vista a la tal Annie y no tener que presenciar como esa mujer seduce a la única por la que ella suspira mientras a su vez, asimila un dato que desconocía y que sin duda es un rayo de esperanza en medio de la oscuridad que está sintiendo: a Katherine Taylor también le gustan las mujeres, y eso era algo que Jodie no sabía.
Una vez en el pasillo, deja el carro de limpieza y, como si de una intuición se tratase, se dirige hacia la puerta de la izquierda.
En efecto, ahí encuentra el dormitorio de Katherine Taylor, pero con lo que no contaba Jodie era con encontrar las sábanas revueltas y la ropa tirada por el suelo.
Apretando la mandíbula en un impulso que no puede controlar, entra como un torbellino y se dedica a recoger la ropa mientras se pregunta qué pasaría si se deshace de toda la ropa interior y deja a la tal Annie sin nada que ponerse.
Una sonrisa maquiavélica le atraviesa el rostro por un instante, pero se le pasa cuando concluye que probablemente ya se ha duchado y se ha puesto algún conjunto que le ha prestado Katherine.
Con la ropa recogida y las sábanas cambiadas, Jodie entra en el baño que hay dentro del dormitorio y por si le quedaba alguna duda de lo que ha pasado entre las dos mujeres, se encuentra un consolador que reposa sobre el mármol tras haber sido limpiado por alguna.
Jodie agradece el detalle de no tener que hacerlo ella y sigue con su labor hasta que escucha las risas de Katherine y Annie en el salón, entonces se detiene en seco con el corazón encogido, comprendiendo de manera definitiva que, aunque a Katherine Taylor le gusten las mujeres, ella no tiene ni una sola posibilidad porque pertenecen a mundos completamente diferentes y Katherine jamás la vería como Jodie la ve a ella.
Con ese pensamiento oprimiéndole el pecho, Jodie termina de recogerlo todo y echa la ropa sucia en el carro, haciéndose la promesa de que tiene que borrar a Katherine Taylor de sus pensamientos cuanto antes.