Capítulo 5
—¿Seguro que es por aquí? —pregunta Katherine mirando por la ventanilla del coche.
—Es la dirección que me diste —contesta Mike mientras enciende la luz que indica que va a girar a la derecha.
—Me esperaba otra cosa —responde Katherine y se acomoda en su asiento.
Ese día Katherine Taylor había decidido ir a casa de Jodie, pero no fue hasta el final de la tarde, después de muchas reuniones y varios contratos que firmar, que pudo salir del hotel con su siempre acompañante Mike en busca de la limpiadora.
El barrio al que están entrando es una zona obrera del sureste de Nueva York lleno de comercios de todo tipo, pero sobre todo de gente trabajadora.
Cuando Katherine leyó la dirección que Lamir Kumar le había facilitado se imaginó toda clase de escenarios y no por ser clasista, la dueña del Hotel Mallois está lejos de serlo, pero lleva mucho tiempo trabajando con limpiadoras y sabe que la mayoría suele vivir en distritos peligrosos y bastante deteriorados.
Sin embargo, las calles que está viendo, distan mucho de sus pensamientos, todo está organizado y limpio.
—A varias manzanas de aquí está el pub de Robin. La zona no es mala, de hecho, es bastante tranquila —explica Mike refiriéndose al garito de un amigo suyo.
El guardaespaldas logra aparcar y se baja para hacer una inspección rápida.
Mike siempre lo revisa todo y se asegura de tenerlo bajo control.
Katherine Taylor no es una mujer que corra peligro, realmente poca gente sabe quién es, las hermanas son bastante discretas, aunque de Caroline, la más pequeña del clan, se suele hablar más.
—Es esa de allí —dice Mike señalando una casa de fachada antigua y colores desgastados que está a unos pocos metros de donde están parados.
Katherine asiente con la cabeza y comienza a caminar hasta llegar a la puerta. Estira una mano y toca el timbre en un par de ocasiones. No ha pasado ni un minuto cuando una mujer de rostro cansado, sale de la casa de al lado envuelta en una bata de color amarillo.
—¿Busca a Jodie? Porque no está en casa —dice la mujer, que mira a Mike y después a Katherine intentando adivinar sus identidades—. ¿Sois del banco?
—No —contesta Katherine, que no quiere darle mucha información a la vecina, pero sí quiere saber dónde está su empleada—. ¿Sabe dónde puedo encontrarla?
La desconocida entrecierra los ojos, desconfiada.
—No se preocupe, Jodie Sinclair trabaja para mí y no quería esperar hasta mañana para hablar con ella —dice Katherine con una sonrisa encantadora que pretende generar confianza en la vecina.
Parece que lo logra, porque tras unos segundos, la mujer se acerca un poco y con la voz baja suelta todo lo que sabe cómo si llevara días deseando hablar con alguien.
—Está en el bar ese en el que trabaja por las tardes.
Ya ve, la pobrecita necesita varios trabajos para poder hacer frente a todo lo que el desgraciado de su hermano le dejó —relata la mujer mientras niega con la cabeza—.
Claro, con la madre enferma en esa residencia y su padre muerto, se ha quedado sola.
El padre —suspira la mujer—, qué buen hombre, educado, apuesto y muy amable.
¿Sabe que nació aquí en esta casa? Los tiempos de antes ya no son los de ahora, en esa época venían las parteras a casa y nacías en tu propio hogar.
Katherine y Mike se observan de reojo, ambos impactados no solo por todo lo que está contando la mujer en unos minutos, sino que, de ser cierto, Jodie Sinclair tiene una vida muy desgraciada.
—En fin —dice la vecina y se cierra más la bata—, no me gusta meterme en la vida de los demás.
—Ya lo veo —contesta Katherine y vuelve a sonreír—. ¿Sabe el nombre del bar donde trabaja?
—Claro, es ese que queda en el centro —dice la vecina y se da toquecitos en la frente—. A estas edades, las cosas se olvidan. Voy dentro a buscarlo, lo tengo apuntado.
La vecina de Jodie entra en su casa y aparece con una libreta donde tiene toda clase de anotaciones. Mike estira un poco el cuello y al parecer tiene información de la manzana entera. Les dice el nombre del bar y, con amabilidad, se despiden de la mujer.
—Menudo espanto de mujer —suelta Mike cuando se suben al coche.
Katherine suelta una carcajada y se abrocha el cinturón de seguridad.
—Esta es la típica vecina metomentodo que sabe no solo dónde trabajas, sino a qué hora llegas a casa y hasta lo que comes —dice Katherine y sonríe al ver una foto que envía Rachel, su hermana mayor, al grupo que tienen las tres hermanas Taylor.
Gracias al tráfico insoportable de la ciudad de Nueva York, tardan más de una hora en llegar al bar y más de veinte minutos en encontrar un sitio donde aparcar.
Pese a las quejas de Katherine, Mike no iba a permitir que su jefa bajara sola del coche y se adentrara en un bar que ya desde fuera grita que dentro el ambiente es de esos caldeados.
Entran por una puerta batiente de madera y el tufo a alcohol y sudor les golpea de lleno.
El sitio es un antro oscuro con luces muy tenues que tiene una gran barra y muchas mesas más bien pequeñas, ocupadas en su mayoría, por hombres mayores de cincuenta años.
Katherine siente rechazo de inmediato cuando se da cuenta de que todas las camareras son bastante jóvenes y los clientes las miran como trozos de carne.
—Está allí, al final —dice Mike y señala discretamente a Jodie Sinclair, que lleva una bandeja repleta de bebidas y lo que parecen cuencos con cacahuetes.
El vello de la nuca de Katherine se eriza tanto que le causa un escalofrío repentino.
Es una mezcla que no sabría definir por mucho que lo intenta porque vuelve a sentir ese instinto protector hacia su limpiadora, molestia porque el cliente al que le está sirviendo la mira como si fuera a saltarle encima en cualquier momento y ganas, de esas palpitantes, porque Jodie Sinclair a pesar de su rostro cansado y las ojeras que la acompañan, es una mujer preciosa.
Mike abre los ojos, horrorizado, cuando Katherine empieza a caminar por el medio del bar. El guardaespaldas se pega a ella y coloca su mano derecha sobre la pistola de la que nunca se despega a la vez que mira a la cara a todos los que se giran para observar a su jefa.
—Jodie —la tutea Katherine cuando llega a su lado.
La camarera levanta la mirada y por poco vuelca la bandeja. Tiene que pestañear varias veces para darse cuenta de que lo que ve no es una fantasía producto de su imaginación, es que Katherine Taylor, su amor platónico y jefa, está allí frente a ella .
—Señora Taylor —logra decir la mujer que, después de la sorpresa inicial, siente terror de ver a la dueña del Hotel Mallois en el bar.
—Mañana la quiero en mi ático a las nueve en punto, no llegue tarde.
Y ya está. La empresaria de ojos azules gira sobre sus talones y se enfila hacia la salida, dejando a Jodie con un nudo en la garganta y el corazón latiéndole, a partes iguales, en el norte y en el sur.
Katherine siente haber sido tan tajante, pero la situación la ha puesto nerviosa y ha querido ser directa.
Ahora solo piensa en llegar a su casa, descalzarse y tomarse una copa de vino en su terraza.
Jodie Sinclair atraviesa las puertas del Hotel Mallois a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la mañana.
Intenta pasar desapercibida porque ese día libra y no quiere que ninguno de sus compañeros repare en ella.
Ha pasado, literalmente, una noche de mierda dándole vueltas a esa aparición repentina de Katherine Taylor en el bar.
Muchas preguntas y pocas respuestas, pero lo que sí tiene claro, es que hará lo que sea necesario para no perder su puesto de trabajo como limpiadora.
—Buenos días, señora Taylor —dice Jodie mirando a un punto indefinido cuando entra al ático después de que Olivia le abra la puerta.
—Señorita Sinclair —dice Katherine y se levanta de su silla—, ¿cómo está?
—Bien, señora Taylor —contesta la limpiadora incapaz de decir algo más. Le enfada que su tonto cerebro actúe de esa manera cuando tiene a la empresaria cerca.
Katherine siente el nerviosismo flotar en el aire y ella misma no comprende por qué el corazón le ha latido un poquito más rápido cuando ha visto a la limpiadora en el medio de su salón. Decide que lo mejor es acabar con el asunto lo antes posible.
—El incidente relacionado con el robo …
—Por favor, no me despida, señora Taylor. Yo no he robado nada y de verdad necesito el trabajo —la interrumpe Jodie con cara de circunstancias.
A Katherine el corazón le late ahora más deprisa.
—No se trata de eso —contesta Katherine—. Sabemos que las acusaciones eran falsas y ya nos hemos encargado de resolverlo. Solo quería disculparme personalmente, no es justo que los clientes os señalen de esa manera.
Jodie, que no puede creer lo que escucha, frunce el ceño de inmediato. No es que no se alegre porque el asunto haya quedado zanjado, es que le molesta que sea precisamente Katherine Taylor la que se disculpe cuando fue la única que, en medio de la acusación, la apoyó.
—No debe ser usted quien se disculpe, señora Taylor —se envalentona Jodie y la mira a los ojos sin titubear por primera vez, haciendo que Katherine sienta un martillazo directo en el centro del pecho—.
Lo que ocurrió ayer es lo habitual, para los huéspedes somos unas simples mujeres que se dedican a limpiar, pero fue usted la única que me trató con respeto y escuchó mi versión sin acusarme.
Katherine levanta una ceja, no le pasa desapercibido el tono en el que Jodie le habla y siente que algo o alguien no está funcionando como debe dentro de su hotel.
Espera unos segundos a que la mujer diga algo más, pero se da cuenta de que no abrirá más la boca y ella no quiere presionarla, al menos, en ese momento.
—Tiene un par de días libres, señorita Sinclair. No se preocupe, serán remunerados y está todo hablado —aclara Katherine, que ha notado el cambio de expresión de la limpiadora .
—Gracias, señora Taylor, me vendrán muy bien para descansar —contesta Jodie sin saber por qué ha dado esa información de más.
Jodie se gira, dando la conversación por concluida cuando su jefa se queda callada. Quiere salir del ático, si la cercanía con Katherine la está asfixiando, estar en su casa donde todo huele a ella, es mortal.
—Necesito a alguien de confianza que trabaje por las tardes aquí —suelta de repente Katherine sin pensarlo y se maldice por su impulsividad. Ella no es así.
Jodie se detiene en seco y se gira con lentitud.
—Paso mucho tiempo aquí, esta es mi casa y mi oficina —continúa diciendo Katherine sin poder frenar esa lengua traidora—. Y quiero a alguien que se encargue de mantenerlo todo limpio. Tú me pareces la más adecuada.
—Se lo agradezco, señora Taylor, pero por las tardes estoy en el bar al que fue ayer.
Katherine parece dispuesta a todo.
—Sabes que en el Mallois el sueldo es bueno, además recibirás un plus por trabajar aquí conmigo —explica Katherine, que jamás ha pagado algo adicional a las chicas que han trabajado en su ático—. Piénsatelo y cuando tengas el siguiente turno en el hotel, me das una respuesta.
Jodie no tiene nada que pensarse. Está harta de trabajar en ese bar lleno de salidos que le sueltan toda clase de palabras asquerosas.
En el hotel está muy bien y aunque estar cerca de Katherine es todo un desafío para ella, sabe que podrá controlarlo.
Solo piensa que con otro salario asegurado no tendrá más problema en, al menos, pagar por los cuidados de su madre.
Llegan a un acuerdo y Katherine le dice que lo dejará todo preparado con Olivia para que firme su nuevo contrato.
Ambas mujeres se despiden y una Jodie exultante, sale del ático de Katherine Taylor con una sonrisa.
—¿Me necesitas? —aparece Mike en la terraza una vez se ha ido Jodie y la secretaria ha pedido al guardaespaldas que suba porque su jefa quiere verlo.
—Que tu equipo preste atención a Lamir Kumar y Marjorie García —exige Katherine y le da un trago a su café con leche—. Presiento que a mi personal no se le está tratando como se debe.
—¿Lo dices por lo de la limpiadora? —adivina Mike, que lleva tantos años al lado de Katherine, que sabe muy bien que Jodie ha hecho que sus cimientos empiecen a moverse.
—Sí, no ha dicho mucho, pero he unido piezas con la actitud que los dos tuvieron ayer y no me gustó, ella avasallador y él, que es su superior, incapaz de pararle los pies.
No quiero gente así en mi hotel —dice Katherine con el ceño fruncido—, sé que son buenos en su trabajo, pero me da igual si no tratan a sus compañeros con respeto.
—Me pondré a ello ahora mismo —dice Mike y le guiña el ojo para después salir de la terraza.
Katherine Taylor tiene que sentarse un momento.
Todo lo que está sintiendo en apenas dos días la tiene completamente descolocada.
No tiene tiempo para tonterías, necesita estar centrada en la gestión de sus hoteles y en la nueva sucursal que dentro de poco abrirá sus puertas.
Tiene que quitarse de la cabeza a Jodie Sinclair como sea necesario.