Capítulo 4
Katherine Taylor está desconectada, lleva quince minutos sentada frente a Preston Bradford —el cliente que ha denunciado el robo del reloj— escuchando cómo le repite una y otra vez lo inaceptable que es que algo así suceda en un hotel con el prestigio del Mallois.
—¿Y bien? —dice Bradford cruzando una pierna sobre la otra.
Están en el hall del hotel, sentados en uno de los muchos sofás en forma de medialuna frente a una pequeña mesa de mármol donde el servicio acaba de dejar la segunda copa de uno de los Whisky más caros que Bradford ha pedido, sabiendo que Katherine no permitirá que se lo cobren.
Katherine sale de su ensoñación y encuentra a Preston Bradford observándola con una sonrisa que no sabe si le gusta, lo que sí sabe, es que el hombre espera que ella hable.
—Lamento mucho lo que ha pasado, señor Preston —dice Katherine jugueteando con su reloj de pulsera.
Los ojos de Preston Bradford viajan por la chaqueta entallada de Katherine hasta posarse sobre sus manos, y de ahí pasan a sus piernas cubiertas por una falda de tubo por debajo de las rodillas.
—Mi jefe de seguridad se está ocupando del asunto y le aseguro que en breve tendremos una respuesta para este desafortunado incidente.
—¿No han llamado a la policía? —pregunta Bradford ofendido—, es evidente que esa limpiadora me ha robado.
No es la primera vez que esas mujeres toman lo que no es suyo pensando que nadie va a darse cuenta.
Malditas estúpidas —añade chasqueando la lengua—, como si no tuvieran bastante con las propinas que les damos.
Katherine no puede decirle lo que piensa de la gente que se cree superior a los demás porque es su cliente, pero tampoco piensa seguirle el juego ni dejar que continúe hablando así de las limpiadoras delante de ella.
—Si es necesario, avisaremos a la policía, no se preocupe.
Mientras tanto, me he asegurado de que le asignen una habitación nueva con las mejores vistas y puede disfrutar de las instalaciones del hotel a su discreción, invita la casa.
Ahora, si me disculpa, voy a asegurarme de que este incidente se resuelve cuanto antes.
Katherine se levanta al mismo tiempo que Preston Bradford añade unas palabras, pero ella es incapaz de saber si son de agradecimiento o para seguir quejándose, porque lo deja sentado en el sofá y se dirige a los ascensores para ir directamente a la sala de seguridad.
—Dime que ya tienes algo porque si tengo que volver a soportar a ese hombre, puedo entrar en cólera —gruñe en cuanto accede a la sala.
Mike, que le ha pedido al vigilante de seguridad que se tome un descanso mientras él comprueba las imágenes en busca de algo que pueda ayudarles a descubrir lo que ha pasado, se gira hacia la entrada con una sonrisa misteriosa que logra tranquilizar a Katherine de inmediato.
—¿Ya tienes algo? —pregunta ella entornando su mirada azulada.
—Así es, y no te va a gustar —responde Mike arrastrando una silla para que su jefa y amiga pueda sentarse a su lado.
—No me digas que de verdad ha sido Jodie Sinclair —dice Katherine sin entender por qué le provoca tanta decepción si no la conoce.
—¿Sinclair? No —niega tajante Mike—, Sinclair solo es una pobre limpiadora a la que le quieren colgar el muerto.
—¿Entonces? —pregunta Katherine con una mezcla de alivio y furia que comienza a recorrer sus venas.
—Fíjate bien en esto.
Mike le enseña la foto del reloj robado que el propio Preston Bradford les ha facilitado.
—Ese tío no solo es un mentiroso, sino que es estúpido —dice Mike dejando a Katherine descolocada.
La dueña del hotel observa la fotografía y después las imágenes que Mike le muestra en la pantalla.
—Este es Preston saliendo de su habitación antes de que le robasen el reloj, ¿verdad? —le pregunta a ella, que asiente controlando la ansiedad por saber de una vez lo que ha pasado—. Y esta de aquí es Sinclair entrando un tiempo después.
Mike adelanta la imagen.
—Y aquí Sinclair sale y una hora más tarde vuelve Bradford y denuncia la desaparición del reloj.
—Me estoy poniendo nerviosa, Mike —dice Katherine cruzándose de brazos.
Mike sonríe sin poder aguantarse.
—Vale —accede sin perder la sonrisa y vuelve a la primera imagen.
—La clave de todo está aquí, en el momento en el que Preston sale de la habitación la primera vez, porque si detenemos la imagen y la ampliamos…
Mike hace exactamente lo que dice y a Katherine la boca se le va abriendo lentamente.
—No me lo puedo creer, ¿es lo que creo que es? —pregunta tensa.
—Lo es. Preston Bradford llevaba el reloj puesto cuando salió de la habitación, por lo tanto, ni Jodie Sinclair ni nadie de este hotel pudo robarlo —asegura Mike.
—¿Y entonces por qué demonios lo ha denunciado? —frunce el ceño Katherine.
—Bueno, a mí solo se me ocurren dos posibilidades: la primera es que se haya despistado y la segunda es que lo esté fingiendo para cobrar del seguro. Esos relojes valen un ojo de la cara —dice encogiéndose de hombros.
—Qué hijo de puta —dice Katherine, levantándose de golpe—. No lo llevaba cuando he hablado con él, eso significa que lo ha guardado después para decir que se lo habían robado.
—Iré contigo —dice Mike poniéndose en pie.
—No hace falta, puedo echar de mi hotel a ese tipo yo sola —dice iracunda.
—Lo sé, no lo digo por tu seguridad, lo digo por la suya.
Mike Foster mide un metro noventa de altura y, con su cuerpo atlético y su expresión siempre seria, suele dar mucho respeto, pero ahora, caminando un paso por detrás de Katherine Taylor en dirección al despacho del director donde han citado a Preston Bradford, la que da más miedo es ella.
Katherine entra como un huracán y dispara con voz glacial todo lo que Mike ha descubierto. Preston, que no se lo esperaba, tarda en reaccionar, pero al cabo de unos minutos, lo hace alegando todo tipo de excusas .
—Esto es ofensivo —añade sacando su pañuelo para secarse el sudor que le resbala por la sien izquierda.
—Por supuesto que lo es —dice Katherine—, me ofende que se atreva a venir a mi hotel a soltar sus patrañas sin importarle que eso afecte a la vida de una persona inocente.
Ya me pensaré si lo denuncio, pero mientras tanto, no quiero volver a verle por aquí ni por ninguno de mis hoteles o en los cruceros de mi hermana.
Me aseguraré de poner en la lista negra su nombre, y por supuesto, no se marchará hasta que pague hasta el último dólar de lo que ha consumido. Mike se encargará de ello.
Preston Bradford está a punto de abrir la boca, pero Mike se le planta delante.
—Si es tan amable de acompañarme —le pide señalando la puerta.
Katherine espera a que los dos hombres hayan salido para girarse hacia Lamir Kumar, el director del hotel.
—Búsqueme la dirección de Jodie Sinclair, alguien tiene que pedirle disculpas a esa mujer.
—Por supuesto, enviaré a alguien a su casa —responde el hombre mientras teclea en el ordenador.
—No me ha entendido, Lamir, no quiero que envíe a nadie, iré yo personalmente.
—Claro, sí, disculpe, señora Taylor —dice Lamir parpadeando sorprendido.