Capítulo 3
—Deja ahora mismo lo que estás haciendo y ven conmigo —exige la encargada del servicio de limpieza del hotel Mallois.
Jodie, que estaba cambiando las sábanas de una cama de tamaño extragrande, se queda quieta sin entender qué pasa. Marjorie ha entrado con su habitual tono alto y despectivo a la habitación que está limpiando acompañada de una de sus compañeras, que la mira cabizbaja.
—¿Qué pasa? Todavía me queda acabar esta y limpiar dos más —contesta Jodie, que no entiende nada.
—Te he dicho que lo dejes —suelta Marjorie y se gira para mirar a la otra chica—. Regina, encárgate de acabar con lo que falta.
La chica solo asiente con la cabeza y se acerca hasta la cama para continuar con el trabajo de su compañera. A Jodie no le queda otra que soltar la sábana y salir de la habitación junto a Marjorie, que no deja de mirarla de reojo y negar con la cabeza.
—¿Me vas a decir qué ocurre? —vuelve a preguntar Jodie, que ahora se empieza a sentir nerviosa ante tanto misterio.
—El director del hotel nos está esperando —responde Marjorie, críptica, y sigue caminando sin perder de vista a la limpiadora .
Jodie decide no hacer más preguntas y utiliza ese tiempo que tardan en llegar a la oficina del director para repasar mentalmente todo lo que ha hecho en las últimas veinticuatro horas.
El día anterior, acabó su jornada en el hotel y se fue al bar donde trabaja por las tardes.
Cuando llegó, su jefe estaba saliendo y Jodie no perdió la oportunidad de reclamar el salario que ya llevaba días esperando y el muy desgraciado solo le abonó una parte.
No se lo pensó dos veces y se fue directamente a la residencia, habló con los responsables, les entregó el dinero y llegó a un acuerdo —otra vez— en el que se comprometía a pagar lo que restaba en los próximos días.
Allí no se quedaron muy contentos, pero al menos logró que a su madre la siguieran atendiendo.
No pudo verla, para su pesar, pero sabe que a final de semana podrán compartir un buen rato.
Hoy, ha vuelto al hotel, lo primero que ha hecho es limpiar junto a dos compañeras uno de los comedores, luego se ha paseado por las habitaciones hasta que Marjorie ha aparecido.
Jodie concluye que no ha hecho nada por lo que deba temer.
—Pasa —le dice Marjorie cuando llegan frente a la puerta del director del hotel.
El hombre, de aspecto siempre serio, está sentado detrás de su mesa con un gesto de molestia palpable en el rostro.
—Señor Kumar, ¿me va a explicar qué es lo que pasa? —pregunta la limpiadora, ya harta de las malas caras y las pocas respuestas.
—Hemos recibido una denuncia por parte de un huésped —empieza a hablar Lamir Kumar—. Nos asegura que esta mañana salió de su habitación para desayunar y que cuando volvió había sido limpiada, pero su reloj no estaba.
Jodie eleva las cejas con sorpresa. Es bastante común que en los hoteles ocurran este tipo de robos, pero en el Mallois no es lo habitual.
El sueldo es bueno, los empleados tienen flexibilidad horaria y conciliación familiar; en Nueva York eso es muy difícil de ver.
Por eso mucha gente quiere trabajar en los hoteles de Katherine Taylor y los que ya están en la plantilla, agradecidos por las buenas condiciones, son fieles y respetuosos.
—¿Y qué tengo que ver yo en todo eso? —pregunta Jodie, que aún no ha caído en cuenta de que está allí porque creen que ella es la culpable.
—El equipo de seguridad ha revisado las cámaras y se ve que eres tú quien entra unos minutos después de que el huésped salga de su habitación.
Media hora más tarde, vuelves a aparecer, esta vez empujando el carro por el pasillo tras cerrar la puerta —explica Lamir tras ajustarse las gafas con el dedo y luego poniendo las manos sobre su mesa.
Jodie frunce el ceño, de ninguna manera van a acusarla de algo que ella no ha hecho.
Si ella fuera de las que roban, no estaría en la situación tan precaria en la que vive y, sin duda, no tendría que hacer tratos ni pagar intereses en la residencia de su madre.
Abre la boca para defenderse, pero Marjorie se adelanta.
—Hay que revisarla —resuelve la encargada y se acerca a la limpiadora—. Por experiencia, nunca guardan el botín en la taquilla, suelen esconderlo en la ropa.
Jodie da dos pasos hacia atrás y endurece el gesto.
—Ni siquiera habéis escuchado mi versión y ya me estáis no solo acusando, sino también intentando cachearme, algo que por cierto es ilegal y solo la policía puede hacer —contesta mirando a los ojos de Marjorie y alternando con los del director del hotel.
Lamir Kumar se remueve incómodo en su silla, sabe que la chica tiene razón, pero le cuesta controlar el ímpetu de la encargada, a la que teme más que a su propia mujer.
—Eso es lo que dicen todas, pero si fueras inocente no te importaría dejarnos confirmar que no llevas nada oculto en tu cuerpo —vuelve Marjorie y esta vez se acerca más a Jodie.
Las aletas de la nariz de Jodie Sinclair se abren y se cierran con rapidez. Mira a Marjorie con actitud desafiante, ella no es una ladrona y nadie va a acusarla falsamente. Por suerte, el director carraspea, se levanta de la silla en la que parece que estaba pegado y pone orden.
—Tengo que llamar a la secretaria de la señora Taylor para avisar de lo sucedido y que sea ella la que avise a la policía, es el protocolo —zanja el hombre con voz alta y coge el teléfono que reposa sobre la madera pulida.
Marjorie no está muy satisfecha, pero se queda quieta viendo como el director coge el aparato.
—Que se quede en tu despacho, voy a llamar al jefe Greenwood de la Policía de Nueva York y que mande una patrulla ahora mismo —dice Olivia, que está al teléfono con Lamir Kumar.
—¿Qué ha pasado, Olivia? —pregunta Katherine Taylor, que está en el sofá con el portátil sobre las piernas.
—El director me informa de que hay una denuncia por robo hacia una de las limpiadoras, voy a activar el protocolo —explica la secretaria y, antes de que pueda hacer la primera llamada, Katherine la detiene.
—Voy yo —dice para asombro de la secretaria. Katherine no suele ocuparse de estos temas personalmente—. Necesito salir de aquí para despejarme y así me entero de primera mano de lo que sucede.
—¿No prefieres que se encargue el equipo de seguridad como siempre? —pregunta Olivia, contrariada.
—Las reuniones de hoy me han dejado agobiada y cansada —contesta Katherine, poniéndose de pie—. Me vendrá bien que me dé el aire.
Olivia se limita a asentir con la cabeza y, en cuanto su jefa pone un pie fuera de la suite, llama a Mike para informarle de que Katherine se mueve por las instalaciones.
Las pocas veces que ocurren estas incidencias en el Hotel Mallois, el equipo de seguridad, comandado por el también guardaespaldas de Katherine, es el primero en ser informado y, aunque no suelen estar dentro del lugar donde se lleva a cabo la primera conversación con los implicados, siempre están fuera para asegurarse de que la situación está controlada.
Katherine Taylor camina con tranquilidad hasta la oficina del director, observando todo a su alrededor para comprobar que no hay nada que no esté en su sitio. Cuando llega a la puerta, da dos toques y accede a la oficina.
—Señora Taylor —se levanta Lamir Kumar como si tuviera un resorte en el trasero, sorprendido por la presencia de Katherine Taylor.
Jodie siente un repentino temblor en el cuerpo que le cuesta controlar.
Si ya estaba entre nerviosa y enfadada por la acusación, ahora experimenta una sensación que no puede describir.
Katherine Taylor, esa mujer de la que lleva casi dos años enamorada, está allí en la misma habitación que ella y la mira con un gesto que no logra descifrar.
—¿Qué ha pasado, Lamir? —pide explicaciones Katherine para centrar su atención en otra cosa que no sea la mujer que está en una esquina de la oficina, cerca de la encargada del servicio de limpieza.
Lamir Kumar le relata a su jefa lo ocurrido.
Katherine vuelve a girar la cabeza para enfocar a Jodie y esta vez lo hace para comprobar que eso que ha sentido cuando la ha visto al entrar, no ha sido más que curiosidad.
Pero ahí está, esa sensación de protección que no sabe de dónde viene.
Es como cuando no quieres que a alguien muy cercano le pase nada y luchas para ponerlo a salvo.
Katherine no lo entiende, es la primera vez que ve a esa mujer de mirada triste y cansada y le cuesta comprender por qué motivo se siente así.
—Se rehúsa a que la revisemos —dice Marjorie de repente con el rostro afilado—. Si no tuviera nada que ver con el robo del reloj, no se opondría.
Katherine abandona sus pensamientos y se acerca a Marjorie con un gesto peligroso.
—En mi hotel, las cosas no se hacen así, Marjorie —contesta Katherine Taylor remarcando las palabras con calma—. Existe un protocolo muy específico para estos casos y lo primero es intentar resolverlo internamente. ¿Cómo te llamas? —esta vez Katherine se centra en la limpiadora.
—Jodie Sinclair —logra contestar, pero sin atreverse a levantar la mirada.
—¿Quiere decir algo, señorita Sinclair? —pregunta Katherine con un tono de voz impropio. Demasiado dulce. Algo que le asombra y molesta a partes iguales.
Jodie respira de manera agitada. La situación —sumando todo lo que lleva arrastrando durante años— la está superando, y tener a Katherine Taylor frente a ella, con el cabello suelto, los ojos brillantes y ese perfume cítrico, es más de lo que la mujer puede soportar.
Pero sabe que, si se queda callada, no tendrá oportunidad de defenderse, así que hace su mayor esfuerzo.
—No he sido yo, señora Taylor. Jamás en mi vida he robado nada y mucho menos lo haré en su hotel.
Todos los días vengo aquí, cumplo con mi hoja de trabajo y me marcho para volver a mi puesto al día siguiente.
No he tocado ese reloj del que se habla —explica Jodie de carrerilla con la mirada clavada en el suelo.
—¡Está mintiendo! —exclama Marjorie con un tono de voz que sobresalta a Lamir—. Ayer estaba hablando por teléfono en su turno de trabajo, por cierto, y la escuché decir que no tenía el dinero para pagar. Ahora desaparece un reloj, me parece demasiada casualidad.
Katherine intenta serenarse llenando sus pulmones con todo el aire posible.
—Marjorie, espera fuera —dice la dueña del hotel.
La encargada abre mucho los ojos y mira a Lamir Kumar, que parece una figura inanimada de pie detrás de su escritorio. Titubea, pero decide abandonar la oficina no sin antes echarle una mirada cargada de algo bastante negativo a una muy nerviosa Jodie.
Katherine se recompone. Levanta los hombros y vuelve a tomar el control de la situación y de sus pensamientos.
—No me queda más remedio que suspenderla mientras hacemos la investigación —dice Katherine dirigiéndose a Jodie, que asiente sin moverse de su sitio.
Katherine se gira y abre la puerta del despacho. Sabe que Mike está ahí, como siempre, así que le hace una señal para que entre.
—Necesito que te ocupes de esto, sé discreto y rápido para que podamos saber algo lo antes posible.
—Por supuesto, ahora mismo —contesta Mike y mira de reojo a la limpiadora, que tiembla de manera imperceptible.
—Estaré en la suite, mantenme informada, Mike —le dice Katherine a su guardaespaldas y enfoca a Jodie—. Le avisaremos cuando concluya la investigación, váyase a casa.
Katherine Taylor no da tiempo a respuestas, sale del despacho soltando un suspiro que a Mike no le pasa desapercibido.
La dueña del Hotel Mallois sube con prisa a su casa, quiere enterrar la cabeza entre toda la documentación que tiene que revisar y sacarse del cuerpo esa rara sensación que ha tenido al conocer a la enigmática limpiadora, Jodie Sinclair.