Capítulo 2
—Muchas gracias, doctor —dice Katherine Taylor estrechando la mano del facultativo.
—A usted, señora Taylor, sigan cuidando así de su padre, nos vemos en seis meses.
—¿Seis meses? No pienso volver aquí hasta dentro de cinco años —rezonga Warren Taylor empezando a caminar por el pasillo.
Katherine lo sigue tras hacer un gesto de disculpa al médico y se sitúa a su lado.
—Deberías ser más educado, papá —le recrimina cogiéndose de su brazo.
—Soy educado —dice él—, pero no sé por qué tenemos que venir aquí siempre, ya has visto que estoy bien.
—Por eso mismo, para asegurarnos de que ese corazón tuyo sigue funcionando perfectamente. Son solo revisiones, papá, no sé por qué tienes que montar un drama cada vez que venimos a una —se queja Katherine.
—Porque es una pérdida de tiempo, tú tienes cosas mucho más importantes que hacer que perder el tiempo aquí conmigo.
Katherine se detiene en seco justo cuando cruzan las puertas de salida y lo mira fijamente.
—Nada es más importante que tu salud, ¿te queda claro? —dice con ese tono duro y cortante que suele caracterizarla.
—Claro —responde su padre suspirando—, eres igual de cabezota que tu madre que en paz descanse, ¿lo sabías?
—Lo sé, me lo has dicho muchas veces —sonríe Katherine—, pero no por eso te vas a librar de las revisiones, además —añade reanudando la marcha hasta el coche que las espera frente al hospital—, si no te traigo, tendría que soportar las quejas de tus hijas, y ellas son más pesadas que yo.
La carcajada de Warren Taylor capta la atención de varios transeúntes, pero padre e hija no se inmutan y llegan hasta el coche, donde Mike Foster, el chófer y fiel escudero de Katherine, los espera con la puerta trasera abierta.
—¿Qué tal ha ido, señor Taylor? —pregunta, educado, con la confianza que le otorgan los años que lleva al servicio de su hija.
—Perfectamente, Mike, ya sabes, como un toro —bromea Warren subiendo al asiento trasero.
—Me alegra escuchar eso, señor —sonríe Mike y cierra la puerta.
—Hoy está insoportable —comenta Katherine mientras Mike la acompaña hacia la otra puerta.
—Le gusta verte enfadada, eso es todo —contesta Mike.
—Ya, desde que está jubilado se aburre mucho, a ver si viene Caroline y se lo lleva a alguna de sus reuniones —comenta refiriéndose a su hermana pequeña.
—Seguro que vendrá pronto —comenta Mike antes de cerrar la puerta.
Katherine se está abrochando el cinturón cuando le comienza a sonar el teléfono. Mira la pantalla y se la muestra a su padre arqueando las cejas .
—¿Lo ves? Todavía no nos hemos alejado del hospital y tu hija Caroline ya me está llamando para saber cómo ha ido.
Warren no comenta nada antes de que Katherine conteste la llamada de su hermana pequeña, pero el hombre no puede estar más orgulloso de las hijas que tiene.
—Todo perfecto —dice Katherine—, y él, un gruñón, como siempre. ¿Tú qué tal? ¿Ya estás en el crucero? —pregunta activando el altavoz.
—Embarcaré en unos minutos —contesta Caroline—, estaré unos días para comprobar que todo va bien y después volveré a Nueva York, así que sé bueno durante mi ausencia, papá —dice alzando el tono, provocando la risa de Katherine y Mike.
—Yo siempre soy bueno, es tu hermana la que se queja demasiado.
Katherine pone los ojos en blanco y desactiva el altavoz para seguir hablando con su hermana.
—¿Quieres venirte al hotel o prefieres que Mike te lleve antes a tu casa? —pregunta Katherine cuando cuelga la llamada.
—A mi casa, las visitas al hospital me ponen de mal humor, ya lo sabes. Por cierto, he oído que has vuelto a despedir a tu asistenta personal, ¿qué ha pasado esta vez?
Katherine lo mira boquiabierta.
—¿Tienes un topo en mi hotel?
—En realidad tengo unos cuantos, hija, ¿crees que alguno de tus empleados se niega a darle información al padre de la señora Taylor?
La risa de Mike es la que calma a Katherine, que también se contagia.
—Pues siento decirte que te han informado mal, no la he despedido, la he reubicado.
—Ya —su padre pone los ojos en blanco—, ¿esta qué ha hecho? ¿Ordenarte la mesa de trabajo o el cajón de la ropa interior?
—Yo solo quiero que me limpien el ático, papá, no les pido que ordenen nada.
—En primer lugar, llamar ático a vivir en una de las suites del hotel me parece que es un término poco acertado, pero bueno, ya que eres una obsesa del trabajo y contra eso no puedo hacer nada, por lo menos no tengo que preocuparme de que te pase nada de camino al trabajo.
En cuanto a lo de esas pobres chicas, solo intentan hacer su trabajo lo mejor posible, ellas no tienen la culpa de que tu mesa de trabajo parezca una jungla.
Incluso yo siento la tentación de ordenarla cada vez que voy de visita.
—Mi mesa de trabajo está bien cómo está, ¿de acuerdo? Yo sé dónde está cada cosa y como se te ocurra tocar nada, haré que te prohíban la entrada al hotel —lo amenaza divertida justo cuando Mike aparca el coche.
—Yo lo acompaño, Katherine, quédate aquí —se ofrece el conductor, pero Katherine no acepta y, como siempre, es ella misma la que acompaña a su padre hasta el interior de su apartamento y solo sale cuando está segura de que va a estar bien.
Dos horas después y tras haber asistido a una junta, Katherine Taylor sube por fin a la última planta del hotel Mallois para acceder a la lujosa suite que ha convertido en su apartamento.
Se da una ducha y se deja caer en el sofá dispuesta a descansar unos minutos antes de asistir a la reunión que tiene programada en media hora, pero ni siquiera ha cerrado los ojos cuando el móvil comienza a sonarle y en la pantalla aparece el nombre de Rachel, su hermana mayor .
—Bueno, solo faltabas tú —dice Katherine al contestar.
Katherine se acomoda para seguir hablando con su hermana tras ponerla al día sobre la visita al hospital de su padre.
—Oye, ¿cuándo vas a venir de visita? —pregunta Rachel.
—Ojalá pudiera, Rachel, en serio, me apetece mucho ir a veros a ti y a Ashley, pero ahora mismo tengo un montón de trabajo, es más fácil que vengáis vosotras.
—Mmmm —dice Rachel haciéndose la misteriosa.
—¿Qué? —frunce el ceño Katherine.
—Que ahora mismo es imposible. Tu sobrina y sus amigas me han convencido para que monte una pequeña sala de conciertos en el bar y no sabes el lío que tengo ahora mismo.
—¿Por qué le echas la culpa a Ashley si eres tú la que desde pequeña le ha inculcado lo de la música? —se ríe Katherine—. Sois las dos iguales en ese sentido, solo que ella ha montado un grupo con sus amigas y tú eres una loba solitaria.
—Eso es verdad —reconoce Rachel.
—En fin, pues si estás renovando el bar no me quedará más remedio que ir a verlo cuando lo tengas todo en marcha —dice Katherine.
—Ojalá sea pronto, y por favor, arrastra a tu padre y a tu hermana contigo.
Katherine se ríe y le promete que lo hará, pero se despide y corta la llamada cuando llaman a su puerta.
—Hola, Olivia, ¿ya es la hora? —pregunta Katherine con un mohín cómico al ver a su secretaria en la puerta.
—Así es, querida —responde la mujer y se hace a un lado para dejarla pasar.
Olivia, que lleva trabajando para la familia Taylor desde que Katherine tiene memoria, le va relatando toda su agenda del día hasta que llegan al ascensor.
Las dos mujeres acceden al interior y Olivia pulsa el botón para bajar a la planta principal, donde, además de la recepción y dos comedores, disponen de varias salas privadas que los clientes utilizan para cerrar tratos y una de ellas, está reservada en exclusiva para Katherine Taylor.
—Hora de ponerse la máscara de hija de perra —dice Katherine cuando la puerta se abre.
A Olivia no le gusta ese lenguaje soez que a veces escucha de Katherine o su hermana pequeña, pero no protesta, solo asiente y la sigue porque sabe que Katherine tiene razón, para sobrevivir en un mundo de hombres, debe convertirse en una depredadora, y si de algo tiene fama en los negocios, es de ser tan feroz como una loba.